viernes, 26 de noviembre de 2010

Reseña: La ciudad al final del tiempo

La ciudad al final del tiempo.

Greg Bear.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2010. Título original: City at the End of Time. Traducción: Pedro Jorge Romero. 633 páginas.

Es este un libro complejo, ambicioso, difícil, denso y audaz. Un libro que intenta explorar la naturaleza de la realidad, de la forma en que se ve y se interpreta el mundo y de cómo éste se reconstruye de muy diferentes maneras para distintos observadores. Un libro en el que el autor ha querido abarcar un tema superlativo, inabarcable en sí mismo, y se ha visto superado en parte por su imposible tarea. Bear presenta dos líneas dentro de la narración: el presente en el Seattle de nuestro mundo ―o al menos un mundo muy cercano al nuestro―, y el futuro muy, muy lejano, al final del tiempo en la ciudad de Kalpa.

En la Tierra actual, tres desplazados espaciales, Jack, Ginny y Daniel, poseedores cada uno de una piedra «sumadora», huyen de una amenaza difusa en las sombras saltando entre las realidades alternativas que sienten que más les «favorecen», manipulando las posibilidades de una forma que a duras penas comprenden, siendo impulsados a una reunión que podría definir la nueva realidad o el final de todo. Ciertos agentes aparentemente inmortales de una entidad incógnita se encuentran tras su pista, como Glauco, reclutado por sus particulares habilidades en algún momento del siglo XVIII, quien los persigue de realidad en realidad ―a ellos y a los que fueran como ellos a lo largo de los siglos, buscando a aquellos que puedan responder una críptica pregunta: «¿Sueñas con una ciudad al final del tiempo?»― y que quizá sea el personaje con mayor profundidad y más interés de toda la novela, con toda su crueldad, sus anhelos, su cansancio, sus dudas y sus frustraciones.

Y muy lejos en el futuro, en Kalpa, la última ciudad sobre la Tierra y cuya situación da título a la novela, dos jóvenes Jebrassy y Tiadba se sienten impelidos a cumplir una misión en busca de la mítica ciudad de Nataraja ―que ni siquiera saben si existe todavía o no―, a la vez que comparten una extraña conexión cuasi telepática con dos de los desplazados de nuestro presente a través de sus sueños. A lo largo de su Historia, una Humanidad evolucionada en diferentes direcciones hasta hacerla casi irreconocible ha aprendido a enfrentarse a la propia entropía, luchando contra las propias leyes físicas del universo, expandiéndose por las estrellas, conociendo y relacionándose con otras razas alienígenas y retrayéndose finalmente al lugar de su origen. Y ahora, por fin, el Caos Tifón se abalanza sobre los límites de la ciudad amenazando con el fin de toda existencia. Tratando de evitarlo, las entidades que controlan los destinos de la ciudad, los Eidolones, han «creado» de nuevo seres humanos según como eran antaño ―a ellos pertenecen Jebrassy y Tiadba―, instrumentos del último intento desesperado de cambiar las cosas.

Si por ambientación y temática La ciudad al final del tiempo es claramente una novela de ciencia ficción ―y ciencia ficción hard―, por simbolismo y lenguaje muchas veces parece situarse más cercana a la fantasía, compartiendo muchos de los elementos naturales de este género: desde la búsqueda iniciática al uso de objetos de carácter aparentemente mágico que abren puertas a múltiples posibilidades ―como las piedras sumadoras que vendrían a ser el recurrente «talismán» mágico de tantos relatos fantásticos―. El mismo trasfondo de la lucha desesperada contra el Caos retrotrae al lector de alguna forma a los mundos imaginarios lejos del «racionalismo» de la especulación más científica.

Es esta una novela ciertamente críptica, esotérica, metafísica, y caótica, bastante caótica, la verdad, aunque sea intencionadamente. Llena de una cosmogonía un tanto inaccesible que mezcla a discreción diversas tendencias religiosas y mitológicas, como el hinduismo, el budismo o los panteones griego o romano con las teorías del multiverso y de las realidades paralelas. Ofrece Bear un juego metaliterario que entrelaza la creación de mundos con la escritura, con reiteradas referencias a Borges; sugiriendo que el mundo sea lo que se lee o lo que se escribe, planteando la posibilidad de libros cambiantes, que se corrigen a si mismos lejos de la vista de sus lectores o que solo tienen plena existencia cuando son abiertos y contemplados, y que a su vez modifican la realidad circundante.

El tiempo está desapareciendo, las realidades están colapsando en una única existencia que pronto podría desaparecer, los textos de los libros se están borrando, pasado y futuro convergen en un mismo punto. La Historia, la Leyenda y el Mito adquieren un nuevo significado, fundiéndose y conformando nuevas interpretaciones mientras la realidad se estrecha. Es muy significativo que el «dirigente» de Kalpa, la mente tras muchos de los planes esbozados en la narración, sea conocido como El Bibliotecario, y que los habitantes de la ciudad, más allá de la humanidad recreada, sean unos seres llamados Eidolones, invisibles para sus criaturas, que viven tras los asediados «generadores de realidad» que rodean Kalpa y que muy posiblemente les den soporte a ellos mismos, representaciones de la evolución del ser humano al final del tiempo, muy posiblemente meros archivos. O que el grupo de mujeres que ayudan a Jack en un momento dado, y que luego tendrán su particular importancia, se autodenominen «las brujas de Eastlake» en una referencia literaria fácilmente reconocible que se une a otras muchas, algunas excesivamente oscuras, de las que está plagado el texto.

Como grave defecto ―o tal vez no―, debo hacer mención a que hacía mucho tiempo que no encontraba un libro de Ediciones B con un número tan significativo de erratas tipográficas. Desde letras que bailan, que faltan o que sobran, palabras que no concuerdan con la frase o faltas de concordancia de persona, género y tiempo verbal. De hecho, dada la existencia de un personaje que busca libros con pequeñas «taras», con errores y modificaciones en el texto que dan fe del avance del Caos, mientras leía me llegué a preguntar si no sería un juego del autor con sus lectores, un guiño a la araña que camina entre el texto, que «corrige», añade y cambia pequeños detalles. No lo sé, porque tampoco se hace ninguna referencia a ello, pero desde luego, sería la forma de perdonar una edición un tanto deficiente.

¿Me ha gustado? ¿La verdad? Al final, sí. Pero es cierto que me queda la sensación de haberme perdido una gran cantidad de niveles de la lectura, un buen número de capas y significados que se me escapaban mientras leía, falto de las claves que me hubieran dado la llave del significado de tanto símbolo oculto en el texto. Es este, sin duda, un libro muy denso y el lector tiene que estar muy atento a todos los giros y a todas las referencias veladas.

Como pura aventura se trata de un «simple» viaje iniciático ―varios viajes, en realidad―, de búsqueda en pos de respuestas y salvación, en que varios personajes deben encontrarse entre ellos y a sí mismos, mientras el Caos devora el tiempo y el universo ―o los escasos restos de la Tierra que quedan en él―; el problema de inicio es que en la larga primera parte de introducción, de posicionamiento de los personajes, hay demasiados momentos de transición, de repetidos paisajes y escenarios que no suman demasiado a la acción, hay un exceso de situaciones que demoran el relato, rebajando el sentimiento de urgencia que el fin de toda existencia debiera conllevar. La escritura peca de un ritmo irregular, demasiado lento en ocasiones para luego, llegados por fin a la parte de la resolución, acelerar las revelaciones y la acción, con excesivas casualidades y un par de soluciones sacadas de la manga del autor...

Así que debe haber algo más que la simple aventura, y lo hay, sin duda, pero hay que bucear para encontrarlo. La Ciudad al final del tiempo es un libro enigmático, algo árido mientras se está leyendo, pero que mejora en el recuerdo conforme se asienta el poso de la mente una vez terminada su lectura y la reflexión va dando paso a ciertas deducciones ―acertadas o no― y se obtiene una imagen más global de lo que el autor estaba intentando transmitir. Es sin duda un libro mejor a posteriori que mientras se está caminando a través de él.

Y aunque me parece una «trampa», ―porque un libro tiene que defenderse por si mismo―, comentar que se han creado varias páginas en la red ―basta teclear en el buscador el título inglés de la novela― para quien quiera profundizar en lo narrado o simplemente quiera informarse un poco antes de decidirse a leerlo.


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