lunes, 27 de julio de 2015

Reseña: La constelación del Perro

La constelación del Perro.
Peter Heller.

Reseña de: Amandil.

Blackie Books - Círculo de lectores. Barcelona, 2015. Título original: The dog stars. Traducción: Blanca Rodríguez y Marc Jiménez Buzzi. 316 páginas.

Se ha dicho de esta novela que bucea en el mismo estilo y tema que la exitosa La carretera de Cormac McCarthy, pero que  ofrece al lector un final esperanzador y (casi) feliz. Desde luego, el enfoque que Peter Heller adopta en el relato es tan gris y agobiante por momentos como el de McCarthy, sin embargo, las cosas relucen de otro modo. La historia no se desarrolla en un mundo cubierto de ceniza y arrasado, sino en un lugar abandonado, cambiante, que empieza a deslizarse hacia el olvido de la raza humana.

La constelación del Perro se adentra en esa visión de un mundo postapocalíptico sin concesiones al sentimentalismo, duro, violento, enloquecido, desatado, que llevamos visitando en novelas y películas desde los años de la Guerra Fría. Es un relato triste porque está repleto de nostalgia por lo perdido y, sobretodo, por lo que ya nunca se alcanzará. Una nueva señal de aviso para la humanidad (encarnada en el lector, voyeur indiscreto de los pensamientos del protagonista), un grito de advertencia que pretende agitar ese algo común a todas las personas: ama, ríe, acompaña, disfruta, curiosea, salta, baila, llora, pesca, vive. Porque un día cualquiera todo se puede ir al garete: tu hogar, tu familia, tu mundo, tu conciencia.

La historia tiene lugar en un aeródromo secundario cerca de Denver nueve años después de que una enfermedad arrase el mundo y se lleve por delante al 99% de la humanidad. En aquel lugar sobreviven Hig, su perro Jasper, y el fanático de las armas Bangley. No se engañan con falsos sueños de un futuro mejor. Matan a los intrusos que se atreven a acercarse lo suficiente. No hay lugar para la debilidad ni para el riesgo. El mundo se ha convertido en un lugar salvaje y los hombres no dudan en desprenderse de los ropajes del civismo, la solidaridad o el sentimentalismo. Si vienes a mi territorio te mato. Nada personal, solo supervivencia.

Peter Heller
Hig tiene una avioneta operativa, una vieja Cessna que llama "la Bestia", y con ella vigila desde el aire. Pero también con ella fantasea ¿y si fuéramos más allá?¿y si buscásemos algo mejor? Pero le ata su instinto de supervivencia, su miedo a salir, la terrible realidad de un mundo perdido.

Sin embargo, las cosas cambian, lo que es cierto y seguro se derrumba y el dolor nacido en la memoria le sigue visitando cada noche. Hig, el protagonista, aún tiene conciencia, aún se empeña en distinguir lo correcto de lo incorrecto, aún duda antes de matar sin más, sigue necesitando una excusa para hacer lo que antes estaba mal. Es un hombre con reglas en un paisaje caótico. Es débil, según Bangley, y por eso morirá como un imbécil. O, simplemente, es una persona normal que se niega a reducirse al estado animal, que no quiere hacer realidad aquello de que "el hombre es un lobo para el hombre".

¿A qué te agarrarías para no enloquecer en un mundo así?¿Dónde buscarías la fuerza, la cordura, la sensatez? Los recuerdos te atormentan: los felices te hacen llorar, los terribles te hacen odiarte. No hay descanso en la memoria. ¿Dónde entonces?¿En los automatismos?¿En las tradiciones?¿En las acciones neutras? Pescar, cazar, volar, cultivar un huerto.  Lo que sea con tal de evitar deslizarte una y otra vez por la pendiente de la desesperacion. La rutina infinita, saber qué va a pasar luego, huir de la incertidumbre. En definitiva, dejar de vivir.

Pero nada es para siempre, ni lo bueno ni lo malo, y La constelación del Perro se introduce por esa grieta para llevar al lector al lugar donde La carretera no quiso entrar: a la esperanza. Y es que si hay algo que recorre la novela como un río subterráneo es eso. Que pese a que lo terrible, lo cruel y lo inhumano se han  adueñado de todo, el mundo aún tiene sitio para la ilusión. Aún hay futuro, el camino lleva a algún sitio, quizá no como era antes pero sí, al menos, distinto al agobiante presente.

No nos engañemos tampoco. En la novela el mundo no se puede reconstruir, no se puede retroceder para rehacer las cosas, no funciona el lloro infantil para que venga una madre invisible y ponga las cosas en su sitio. La única opción pasa por ser un cabrón desalmado cuando es preciso. Ser más listo que los saqueadores, estar mejor armado que los vagabundos, ser implacable con los intrusos. Matar antes de preguntar. No asumir riesgos que te cuesten la vida. Y sin embargo, el lector se aferra a la conciencia de Hig, a su deseo de romper las cadenas del terror y de la desesperación.

La constelación del Perro es un relato ágil, escrito en una primera persona clásica, con un solo punto de vista que nos da una perspectiva cercana y, por momentos, irreal. La mezcla de diálogos (sin guiones que los separen del texto), el bombardeo de párrafos cortos, la mezcla del pasado y el presente, simulan hasta cierto punto la percepción que Hig tiene del mundo y su lugar dentro de él. Sus temores, esperanzas, miedos, anhelos, sueños y pensamientos se nos lanzan sin pausa pero sin agobios y sin confusiones. Peter Heller ha sabido mantener la estructura de un texto que, de otro modo, había terminado por ser una sucesión inconexa de frases sin sentido. Hay que reconocer que parte de la capacidad de enganchar del relato está en la maestría del autor a la hora de llevar al lector por una senda tortuosa como la de la mente de un hombre cansado.

Y es que el libro engancha desde la primera página. La descripción del mundo, el descubrimiento paulatino de los orígenes de la enfermedad, conocer como han terminado juntos en un aeródromo dos personajes tan peculiares (Bangley, el secundario, es por momentos el que impulsa la acción, el contraste necesario para que la identidad de Hig no se desdibuje, no se desmorone), descubrir el plan casi suicida para salir de allí, las esperanzas renacidas que pueden ser un simple engaño... todo mantiene la atención del lector. Un buen relato que, incluso, pide más páginas.
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