domingo, 12 de junio de 2016

Reseña: La polilla en la casa del humo

La polilla en la casa del humo.

Guillem López.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Aristas Martínez. Col. Pulpas # 19. Badajoz, 2016. 172 páginas.

La cuarta novela de Guillem López, tras sus inicios con la fantasía más épica de su saga Leyenda de una Era y su inmersión en la brillante ciencia ficción weird de Challenger, es una obra visceral, oscura y brutalmente fascinante donde las haya, llena de fuerza, desgarro y crudeza, de entrañas —de la tierra y de cuerpos humanos—, desesperación, picaresca extrema, ironía, violencia y humanidad. Una atípica narración ¿postapocalíptica? donde nada se sabe de la posible catástrofe —si es que siquiera la hubo— y sólo se ven las consecuencias: gente encerrada en un mundo subterráneo, el pozo, sin que se revele desde cuándo ni porqué se encuentran allí, cavando cada vez más profundamente sin que puedan decir muy bien para qué o para quién. Un relato de coordenadas difusas, donde la acción se desarrolla en esa indeterminada localización cerrada y agobiante, y donde los protagonistas se mueven en unas dimensiones morales más que cuestionables, porque todo lo que conocen es miseria.

Abajo, en el pozo, una inmensa red de cavernas, túneles, galerías, cuevas y nichos, fortificada hacia el exterior —más para que nadie salga que para que nadie entre— el dios de la mecánica impone sus designios y la vida de los hombres y mujeres se limita a excavar cada vez más profundamente, ampliando el abismo, en una existencia monótona y miserable. Veintiuno es un joven a quien, sobreviviendo como puede a las palizas y abusos que son la norma en la adolescencia en los túneles, no le gusta ni su presente ni su futuro. Al borde de la edad de tener que convertirse en un mecatacto y comenzar a rendir de verdad como minero, tampoco tiene muy claro qué hacer para cambiar su situación, salvo dejar pasar el tiempo de forma desordenada, fumando bok en las casas del humo, hasta que la oportunidad salta a sus manos y echa a rodar acontecimientos que ya no podrá detener. No dudará en mentir, en engañar, en traicionar…, para mejorar su situación y elevarse por encima de sus compañeros de penurias. No le importa quien quede atrás ni a quien pisotear siempre que al final del día él se encuentre en mejor posición. Lo que sucede es que incluso los mejores planes tienen sus fallos.

López ofrece el relato, con un estilo descarnado y de lo más directo, desde una primera persona que muestra la óptica de Veintiuno, cual desquiciado monólogo, donde el joven va desgranando su historia, sin edulcorarla en absoluto, sin esconder sus evidentes defectos, pero guardándose datos, engañando incluso al lector —¡eh! ¡Esta es su historia y él la cuenta como quiere!—, para resultar más impactante cuando finalmente la verdad se vea revelada. Su vida se compone de momentos, pequeñas escenas sucesivas y concatenadas de forma atropellada, en lo que termina por convertirse en una huida hacia delante cada vez más desesperada. Pragmático, individualista, embustero y egoísta, un cuentacuentos demasiado lenguaraz para su propio bien, carente de escrúpulos o remordimientos y dotado de una muy defectuosa brújula moral adaptará sus sueños a la situación, valiéndose de todo y de todos para conseguir sus fines. Esculpido a golpes por la propia sociedad en la que vive su actuación se muestra allí abajo de lo más coherente y razonable por muy condenable que sea.

Una sociedad que se revela como un microcosmos repleto de personajes de lo más peculiares, muchos infames, unos pocos patéticos, despojados muchos de ellos de auténticos nombres e identificados tan sólo por algún defecto o particularidad física o por un mero número como el narrador. Brutales trabajadores, de cuerpos biomecánicos que rezuman aceite y vapor salidos de una desquiciada pesadilla steampunk, rendidos a su repetitiva vida. Individuos dotados de un toque de locura que les permite escapar de su entorno, pero no de la burla, el desprecio y el maltrato. Sicarios despiadados, vendedores de kif, polvo de hueso o armas ilegales, e inmisericordes prefectos, capataces y sacerdotes que son la auténtica aristocracia del lugar...

Y entre ellos el pozo es uno más, si no el principal, de los protagonistas. Cientos de túneles, pasadizos y galerías excavados en la roca donde los trabajadores que nunca han salido de allí han construido una enfermiza sociedad de familias altamente jerarquizadas, donde los jóvenes se ven obligados a trabajar desde bien pronto y donde los mayores, exigidos por la liturgia de los sacerdotes del dios de la mecánica, van sustituyendo sus miembros y órganos por implantes mecánicos, piezas y engranajes de metal incrustados en la carne, convirtiendo paulatinamente sus cuerpos en híbridas máquinas orgánicas cada vez más poderosas, cada vez menos humanos, para seguir machacando piedras y extrayendo mineral con un fin desconocido, agrandando involuntariamente su mundo. Donde las bandas criminales se enseñorean, estableciéndose como una casta especial, y donde la vida es dura en todas sus facetas. Un lugar sin intimidad ni auténtica esperanza más allá de los sueños producidos por el humo de bok. Un lugar en un continuo estado de decadencia y podredumbre, de enfermedad e injusticia, de violencia y violaciones, de lucha por la supervivencia que crea su propia moralidad, de roca y nada más que roca. Donde los que se atreven a salirse de las reglas establecidas, aunque sea mínimamente como las «polillas» —una banda de muchachas jóvenes que buscan protegerse entre ellas de abusos y violaciones, y sobreviven mediante pequeños rateríos y fechorías—, son perseguidos y aplastados.

Un lugar de máxima degradación, en cuya red de cubículos organizados como una pequeña ciudad subterránea las pocas oportunidades de «esparcimiento» pasan por las casas de humo, fumaderos de bok donde los jóvenes sueñan con lugares mejores, como la inaccesible superficie, mientras intentan olvidar la miseria y el hambre en los que viven, donde se cuentan sus historias imposibles, donde se forjan sus leyendas, dejando escapar el tiempo de forma abotargada mientras les dure la droga que han podido comprar con unos escasos cristales de ámbar —la moneda de cambio en el pozo— duramente adquiridos.

En lo profundo del pozo las luces tanto iluminan como producen sombras. Sombras en las que es difícil augurar lo que se esconde. El lector sólo sabe lo que sabe y quiere contar Veintiuno, y él es un narrador un tanto tramposo, que hurta detalles importantes al lector, aunque no miente para quedar bien, sino por pura autodefensa. Nada se sabe del mundo exterior, puesto que el joven no lo conoce. Nada se sabe de otros lugares o de cómo se llegó a crear esta extraña sociedad minera. El joven termina por establecer un entrecortado diálogo con el lector, no para justificarse, sino para cerrar la historia de la mejor manera, aunque siempre reticente a contar la verdad —una verdad que no le deja muy bien parado, pero que lo muestra como el inevitable fruto del lugar donde vive—. A caballo entre la adolescencia y la madurez, sin haber conocido otra cosa que violencia en todas sus facetas, deberá elegir su mejor opción cuando ninguna es buena.

López, a través de su narrador, utiliza un lenguaje crudo, afilado, cortante, descarnado y mordaz como el entorno en que se desarrolla la acción, donde los personajes se muestran deslenguados, malhablados y descreídos, procaces y soeces, reflejo puro del mundo que los ha forjado a golpes en la roca, pero con un relato no exento de poesía en ciertos momentos que lo requieren, como vetas de metales preciosos entre la vasta piedra. No hay en el texto nada gratuito y cada palabra se encuentra medida al servicio de la historia. Puede haber momentos realmente desagradables para el lector, escenas duras, insistencia en situaciones sórdidas y repetidas referencias sexuales nada románticas, pero es que esta es la confesión de un joven perdedor que intuye la posibilidad de escapar del infierno y la coge al vuelo sin saber que el camino al cielo está trufado de trampas y decepciones.

Es esta una historia llena de recovecos y vetas entrecruzadas, de lecturas superpuestas a varios niveles, que se lee de un trago, sin poder soltarlo a pesar de los contradictorias sentimientos que despierta, fascinación y repugnancia, atracción y rechazo, y siendo consciente de que el rumbo de colisión tomado por el narrador hace inevitable un cierre sin final feliz. Veintiuno no se resigna a su suerte y busca romper las invisibles cadenas que atan a todos allá abajo; es de los pocos que osan rebelarse —sin ningún tipo de conciencia social o de una lucha de clases que ya fuera aplastada antaño, en un pasado que se antoja mítico— entre un «proletariado» explotado hasta el punto de la esclavitud bajo una mínima apariencia de libertad vigilada. En un desequilibrado combate entre el hombre que es contra la máquina en que ha de transformarse, el adolescente se resiste a dejarse convertir en uno de sus mayores. Desea ascender dentro de su sociedad, no ser un mendigo en otra, alcanzar cierto estatus para mejorar su vida —y sólo su vida—. Y, habiendo conocido el lugar donde vive, ¿quién podría juzgar el camino de autodestrucción emprendido, las decisiones tomadas, y llegar a condenarlo por ello?
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