viernes, 16 de marzo de 2018

Reseña: Última ronda

Última ronda.

Tim Powers.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Gigamesh. Col. Gigamesh ficción # 66. Barcelona, 2018. Título original: Last Call. Traducción: Cristina Macía. 547 páginas.

Se antoja todo un acierto por parte de Gigamesh el recuperar esta novela, publicada por primera vez en España con el título de La última partida en 1993 por Martínez Roca, y hacerlo con una nueva traducción que —sin desmerecer la previa— mejora la experiencia lectora, y el renovado título de Última ronda. Es cierto que veinticinco años dan para cambiar muchas perspectivas, pero esta parece ser una de esas novelas que han mejorado con el paso del tiempo o con la adquisición de un mayor número de referentes por parte del lector que esto suscribe. Y es que el bagaje cultural del que hace gala Powers para ofrecer su particular recreación del mito del Rey Pescador puede llegar a resultar incluso apabullante por momentos. Desde los arquetipos jungianos sobre el inconsciente colectivo a los mitos artúricos, pasando por las figuras del tarot, la historia compartida de la mafia y Las Vegas, el poker en sus muchas variantes y los juegos de probabilidad en general, la teoría del caos, la geometría fractal, mitologías diversas —griega, egipcia…— que terminan mostrando sus similitudes, y una peculiar revisión de La tierra baldía de T.S. Elliot. Y todo ello en el magnífico y sórdido escenario de una Ciudad del Pecado en pleno crecimiento y apogeo, repletas de jugadores y de misterio, en la que va a desarrollarse una partida muy especial. Una partida en la que un grupo de aspirantes van a jugarse el destino a una mano de cartas esperando que les conceda el mayor de los premios que puedan concebir. Y si hay que hacer trampas, ¿acaso no se han hecho desde el primer momento en que se repartieron las cartas? Última ronda se desvela así como un thriller de intriga  entre lo mundano y lo esotérico con mucho, mucho fondo simbólico.

1947. Bugsy Siegel es el Rey Pescador, el Emperador de Occidente, que reina desde Las Vegas, y Georges Leon es el aspirante en las sombras al trono que desea derrocarle. Georges tiene dos hijos, y se prepara para hacerle al más pequeño de ellos, Scott, lo que ya hiciera con el mayor, Robert. Mediante la magia esotérica que rige el uso de ciertas barajas lo convertirá en un cascarón sin alma que pueda usar para ver a través de sus ojos. Pero sus planes no salen como tenía previsto. Y Scott, tuerto, escapa de su influencia. Una influencia, no obstante, que gravitará toda su vida sobre él haciendo que, años después, el carrusel de aspirantes al trono le atrape en su estela, introduciéndolo en una partida sobrenatural con su propia alma apostada sobre el tapete.

Scott conocía a la perfección las reglas secretas del jugador de cartas. Su padre adoptivo, Ozzie, jugador profesional de poker, se las había enseñado a conciencia: «Si la bebida se te inclina en el vaso y deja de estar nivelada; si el humo del cigarrillo se arremolina sobre las cartas y se queda allí, suspendido; si las plantas de la habitación empiezan a marchitarse sin más, o si notas de pronto aire seco y abrasador en la garganta, y huele como a piedras calientes expuestas al sol, deja la partida. Cuando llegue el momento de enseñar las cartas, no sabrás qué estás comprando o vendiendo». Sin embargo, conocerlas no significa seguirlas. Y Scott se vio forzado a abandonar su vida siguiendo los pasos de su padre. Ahora, veinte años después, siente que oscuras fuerzas están despertando y algo tira de él hacia el lago Mead, donde en 1969 jugó una partida muy especial y cuyo desenlace todavía está por ver veintiún años después. Siente que algo empieza a arrastrarle de vuelta hacia Las Vegas; algo a lo que no se va a poder resistir.

El autor, como en la mayoría de sus obras, sigue construyendo su particular Historia secreta del mundo, aprovechando los resquicios entre los hechos conocidos para abrir una puerta a un mundo mágico y sorprendente. En este caso parte de la biografía de Bugsy Siegel para adentrarse en su particular visión del mito del Rey Pescador, la personificación a través de diversas mitologías de la figura que representa la fertilidad de la tierra y el buen gobierno de sus gentes. Una figura reinterpretada bajo la inquietante mirada de los intereses particulares de los aspirantes; ya que dependiendo de quien ocupe el trono sus actos y metas pueden no ser tan bienintencionadas como debieran ser. Con la mayoría de la acción situada en 1990, la escena se traslada en contadas ocasiones hasta 1947 y 1969, lo que permite una visión muy amplia de una partida que se desarrolla a lo largo del tiempo, recogiendo las ganancias y las pérdidas mucho después de haberse mostrado las cartas. Una partida donde los dioses del caos y el azar tienen mucho que decir, haciendo del resultado algo de lo más incierto, de modo que cuando se piensa que se va ganando pronto se puede descubrirse con la peor de las manos.

Powers va reuniendo a un buen número de actores, de aspirantes al trono y de sus secuaces, de aliados y enemigos, y los hace desenvolverse en un escenario cargado de una atmósfera electrizante. Fuerzas oscuras, antiguas y poderosas, se mueven en las sombras de la existencia más cotidiana. Personajes excéntricos en un mundo a su altura buscan dominarlas. Asesinos, embaucadores, miembros de sectas, locos iluminados, vírgenes propiciatorias, sicarios con filosofías de lo más chocante, enfermos terminales en busca de una improbable cura... Arquetipos todos ellos, cada cual un Arcano Mayor que aspira a mejorar o cambiar su estatus dentro del gran juego. El autor dota al relato de variadas tramas que se van entrelazando y desenredando, haciendo que se requiera cierta atención al detalle para seguir todo el juego que se desarrolla en sus páginas. Y, no podía ser de otro modo, se guarda hábilmente cartas bajo la manga, de modo que el lector asiste en todo momento tan sólo a una parte de la escena, dejando muchos detalles en tinieblas, algunas veces de forma excesivamente críptica, para ser desvelados tan sólo muchas páginas después. En muchas ocasiones los protagonistas son de los que menos saben de lo que está sucediendo, dando palos de ciego y cruzando los dedos para que el resultado obtenido sea el esperado, el más beneficioso o uno que, al menos, no haga que les explote todo en la cara. En ocasiones cuesta avanzar en semejante maraña de tramas y misterios, pero siempre se termina viendo la luz, aunque sea algo tenue y difusa.

Con un tono crecientemente oscuro, Powers se muestra una  vez más especialista en llevar a sus personajes hasta el límite físico y psíquico. Scott Crane y sus compañeros las van a pasar canutas. La magia se revela peligrosa y bastante indomable, caprichosa y difícil de doblegar a los deseos de los que la empuñan. Van a sufrir lo indecible y sólo a través del dolor van a alcanzar la siguiente etapa de su viaje. Pero sus contrarios y enemigos no lo van a pasar mucho mejor. Aquí hay sufrimiento para todos, hasta el punto de que el premio termina por no antojarse tan apetecible como pudiera imaginarse. Cada uno de ellos encarna un arquetipo, pero no por ello resultan menos humanos —bueno, alguno sí— en sus comportamientos. De hecho, su profunda humanidad, sus defectos y egoísmos, hacen más admirables algunos de sus sacrificios y mucho más dolorosos sus fracasos. El Rey y la Reina, el Joker, las Jotas, La Muerte…, giran unos en torno a los otros sin dar tregua ni refugio, y la ayuda puede venir del lugar más inesperado. El componente femenino, la diosa lunar, se revela fundamental en el necesario equilibrio, imprescindible para alcanzar el trono. La hermanastra de Scott, Diana, también «adoptada» por Ozzie a la que intentó mantener al margen de todo este entramado, y una seria aspirante al papel de Reina como Nardine Dinh, preparada de manera brutal por su hermano en las reglas del mundo secreto, se desvelan vitales en el camino hacia la corona del mundo.

Dentro de esta vorágine, aflora como uno de los temas centrales de la novela la idea del eterno renacimiento. No es casualidad que en el centro de la trama tenga tanta importancia la Semana Santa, final y principio por antonomasia. Powers no da puntada sin hilo y que el culmen deba de tener lugar el Domingo de Pascua es tan revelador como inevitable. Tampoco es que Última ronda sea tan apabullantemente simbólica como podría sonar en la reseña. Y, aunque lo fuera, Powers tiene la habilidad de arroparla con una aventura de lo más intensa, dotada de un ritmo que no decae en momento alguno, cargada de violencia y enfrentamientos mágicos y terrenales. Está llena de bien introducida acción y de numerosos giros que no permiten respiro. Hay que permanecer muy atento, seguir con detalle las manos que barajan y reparten las cartas para no perderse en los entresijos del juego, pero el esfuerzo obtiene su recompensa. Ahora se trata de mantener cruzados los dedos y de que, esta vez sí, podamos ver publicados en español los dos siguientes libros de la trilogía que permanecen aquí inéditos.
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