jueves, 10 de febrero de 2011

Reseña: La Guerra de la Pólvora

La guerra de la pólvora.
Temerario III.

Naomi Novik.

Reseña de: Jamie M.

Alfaguara. Madrid, 2010. Título original: Black Powder War.Traducción: José Miguel Pallarés. 446 páginas.

Retomando la acción prácticamente donde la dejara la anterior entrega, El Trono de Jade, Temerario y toda su tripulación deben ahora afrontar el largo regreso a casa. Habienado solucionado in extremis los problemas con la corte china de forma más o menos satisfactoria (y bastante sorprendente), el capitán Will Laurence y su dragón, Temerario, se encuentran ansiosos por regresar a Gran Bretaña; sin embargo, ciertas circunstancias ajenas a ellos y una nueva e imperativa misión, les forzarán a emprender la vuelta por la ruta terrestre en vez de la marítima que tomaron a la ida, dejando a sus espaldas a una poderosa enemiga en la figura de la desconsolada dragona Lien. La novela se estructura de tres partes bien diferenciadas: el viaje por Asía, la estancia forzosa en Turquía, en Estambul más concretamente, y su posterior participación en la guerra que sigue asolando Europa.

Las tres partes de la narración ofrecen muy distintos enfoques temáticos, desde el inicial relato de viajes, con los peligros de la travesía por el desierto y del cruce de cordilleras montañosas salpicado su camino siempre con diversas y difíciles etapas y encuentros, a la parte de contenido más “político” de su estancia involuntaria y forzosa en el palacio del sultán de Estambul, hasta las maniobras bélicas por tierras austriacas y prusianas... envuelto siempre todo ello en una atmósfera de aventura, suspense e intriga mientras los protagonistas y sus acompañantes deben ir resolviendo todos los misterios y sorteando todos los problemas que surgen a su paso, y no van a ser pocos precisamente.

La nueva misión que les ha sido encomendada se encuentra siempre a un paso del desastre y sus vidas continuamente en peligro, teniendo que escapar muchas veces usando una mezcla de ingenio y violencia que les llevará al límite de sus fuerzas físicas y psicológicas. El difícil equilibrio entre la premura por cumplir con sus órdenes retornando cuanto antes a Inglaterra y la llamada del deber que les fuerza a dar su apoyo al esfuerzo bélico prusiano será algo complicado de alcanzar, colocando en el fiel de la balanza conceptos tan etéreos como el Honor, la Lealtad, el Deber o la Traición.


Cada etapa del viaje está perfectamente retratada y diferenciada por la autora, primero con los sufrimientos y sacrificios del largo periplo terrestre, con las duras condiciones atmosféricas a las que deben enfrentarse, pasando del calor al frío extremo, de la sed del desierto y el acecho de sus peligrosos habitantes al arduo paso de las montañas con sus dragones salvajes (ocasión de la que se sirve, además, para mostrar otra forma de sociedad draconil que de un mayor contrapunto a las ideas “emancipadoras” de Temerario). Llegando, en segundo lugar, a la corte de Estambul donde se verán enredados en una red de traiciones y complots mientras se ven irremediablemente varados en el palacio del sultán, viendo demorada su misión con excusas varias hasta el momento en que consigan escapar de allí. Para finalmente, en tercer lugar, alcanzar los sangrientos campos de batalla de una convulsa Europa, sumergiéndose de lleno, aunque de forma algo reticente al principio, en la defensa prusiana ante el imparable y cruento avance de las tropas napoleónicas que se encuentran aplicando unas tácticas novedosas y sorprendentes que parecen provenir de un inesperado aliado.

Gracias a ese variado enfoque temático, Novik consigue huir de repeticiones innecesarias (aunque sí que se vuelva a asistir a nuevos combates aéreos y a demasiadas conversaciones “filosóficas” y sociales entre Laurence y Temerario, que no aportan nada que no hubiera quedado claro ya) con los libros anteriores, ofreciendo un relato ameno que se aleja de la rutina. La autora sigue construyendo su mundo sirviéndose de la Historia del nuestro; introduciendo los suficientes matices como para hacer verídica la existencia de los dragones y su implicación en los asuntos de los humanos, pero ciñéndose en lo básico a lo que efectivamente sucedió en aquellos convulsos años. Introduce para la ocasión la presencia de dragones asilvestrados, sin jinete, que amplia el conocimiento sobre estos animales y su forma de organizarse, aunque deja muchas lagunas que podrían ser exploradas posteriormente.

Mientras Temerario está deseando aplicar en Inglaterra los conocimientos adquiridos en China en torno al diferente trato que allí reciben los dragones, Laurence se ve martirizado por los sentimientos encontrados de no desear defraudar los impulsos casi infantiles de su dragón y el convencimiento que la rígida sociedad inglesa no va a aceptar con facilidad ni alegría los cambios que quiere impulsar su compañero alado. Por un lado, el capitán está de acuerdo con Temerario en que los dragones deberían gozar de ciertos privilegios y concesiones en el trato que se les dispensa, con mejores lugares de residencia, acceso a las ciudades, un pago por sus esfuerzos... Que se les trate como las criaturas inteligentes a un nivel similar a los humanos que son en definitiva. Por otro, es perfectamente consciente que con las rígidas estructuras de la sociedad británica ya establecidas, y en pleno periodo de guerra además, esos cambios van a ser imposibles de establecer en la práctica.

Con el alma desgarrada, el capitán va a preguntarse más de una vez si no habría sido mejor para Temerario quedarse en China y ser tratado con el respeto que un celestial recibe en su tierra de origen. La tensión se llega a mascar en ocasiones y la ingenuidad del dragón, todavía en una etapa similar a la adolescencia, le jugará malas pasadas en más de una ocasión; la fidelidad entre los dos, a pesar de su profundidad, será puesta duramente a prueba, tal vez con consecuencias desastrosas.


Cabe decir, sin embargo, que tampoco hay un excesivo “crecimiento” de los protagonistas, y es de remarcar que irónicamente el que tal vez sea el mejor y más interesante, o al menos intrigante, personaje del libro es la nueva incorporación del guía de caravanas Tharkay, un individuo ambiguo en todo momento, del que Laurence no sabe si puede fiarse o no, pero del que depende en muchos momentos para salir de los atolladeros a los que se ven abocados en su viaje por tierras asiáticas. Su aire misterioso, la indefinición de su conducta y las dudas sobre su pasado, su mestizaje britanico-nepalí, consiguen dotarlo de una atractiva personalidad, robando al resto de los personajes las escenas en las que aparece (o desaparece). La tripulación de Temerario sigue allí más para dar un contrapunto dramático (cuando se meten en líos o cuando muere alguno de vez en cuando), para servir de apoyo a las acciones de los protagonistas, que para tener una profundidad propia que les dotase de vida “independiente”; de todas maneras cumplen con creces su papel.

La Guerra de la Pólvora se anunciaba como el final de una trilogía, a la que sucede otra a continuación, con lo que se daba una idea de “independencia” entre ambas; sin embargo, el final tan abierto, con las guerra napoleónicas en pleno apogeo y los compañeros todavía sin instalarse de vuelta en “casa”, hacen, tal vez no imprescindible pero sí necesaria la lectura de los siguientes libros para obtener la imagen completa de la historia que se está narrando y obtener así, quizá, un desenlace satisfactorio. Tal y como termina esta novela deja en el lector la sensación de que queda mucho camino por recorrer todavía, muchas aventuras en el futuro de Temerario y Laurence, a la par que se antoja que la autora no termina de explotar del todo el enorme potencial de la serie y del mundo creado para la misma. Por ello sería deseable, y muy de agradecer, que la editorial publicase cuanto antes la siguiente trilogía y si puede ser toda de golpe (como ha hecho con esta reedición) mejor que mejor.

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Reseñas de otras obras de la autora:


lunes, 7 de febrero de 2011

Reseña: Feral

Feral.

David Jasso.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Equipo Sirius. Transversal. Madrid, 2010. 294 páginas.

Lejos del planeta Tierra, Runa es una colonia minera donde la joven Marea se enfrenta a un futuro perfectamente estructurado, cómodo, aunque sin demasiadas opciones. Las empresa encargada de las prospecciones, Minerspace, ha dotado las instalaciones de gran número de comodidades, pero no deja de ser una existencia aislada lejos, muy lejos del planeta natal, donde las salidas y distracciones se encuentran todas dentro del mismo entorno restringido. No hay mucho en lo que un adolescente pueda invertir su tiempo. De hecho, la máxima preocupación de Marea es la manera de seducir a Nilo, el chico que le gusta, para que se de por aludido de sus intenciones y recibir así su primer beso. Pero su planes van a sufrir un giro trágico cuando la colonia minera reciba un amenazador mensaje proveniente de una raza alienígena que se dirige hacia el lugar: todos los habitantes del lugar van a ser exterminados.

Una civilización galáctica, los ferales, que da culto a la muerte y cuyo único propósito aparente de su existencia es la erradicación de toda vida inteligente que despunte en el inmenso cosmos. Y cuanto más cruel y sangrienta sea la forma de conseguir sus fines más realizados se sentirán; pues para que el enfrentamiento sea digno, para sentir que su tarea está bien realizada, las presas deben ofrecer una lucha decidida, una resistencia valerosa, deben responder al ataque con todo lo que tengan a su alcance. Sin embargo, los ferales juegan con ventaja ya que su tecnología parece estar muy por encima de la humana. Cuando finalmente su nave se pose en el hangar de Runa, los habitantes de la colonia pronto se darán cuenta de que cualquier resistencia es inútil y solo les quedará morir con la mayor dignidad posible.

Feral, una mezcla de Alien, el Octavo pasajero, Aliens ―y es inevitable pensar en la colonia devastada donde llegan Ripley y sus marines―, Predator, Atmósfera Cero o un buen número de las películas de Carpenter entre otras ―y todas las referencias cinematográficas son absolutamente intencionadas visto el estilo narrativo del autor― es acción pura, tensión dramática más que terror, horror, una profunda inquietud, desasosiego... Tras un comienzo más descriptivo, sentando las bases de la colonia y presentando a alguno de sus habitantes, la narración pronto entra en una frenética lucha por la supervivencia, puntuada con breves espacios de calma en la metódica tarea de los ferales, aprovechados por el autor para dar las pertinentes explicaciones sobre lo que está sucediendo y las intenciones de la mayor parte de los protagonistas. El movimiento continuo, las persecuciones y enfrentamientos, dan un ritmo acelerado y tenso mientras afloran los sufrimientos y miedos de los humanos ante la inmisericorde misión de los ferales.

Es curioso enfrentar el concepto de una raza que quiere exterminar a todas las demás y, una vez cumplida su sagrada misión, inmolarse ella misma, y donde la noción del psicópata, del enfermo, el pervertido, es la de aquel individuo que desea «salvar» a las víctimas en vez de nadar en su sangre. No se puede juzgar a los ferales desde la moralidad humana, pues su concepto del bien es totalmente opuesto al nuestro. Ellos están inmersos en una misión casi «sagrada» donde la muerte es el fin deseable y la vida tan solo un error que debe ser subsanado.

Lo terrible será contemplar cómo en medio de la crueldad y la falta de misericordia de los ferales, existen humanos capaces de cometer las mayores atrocidades sobre sus propios congéneres sin la excusa de la falta de empatía alienígena. El hombre siempre ha sido un lobo para el hombre, y mientras algunos se convierten en héroes por sus acciones en pos de salvar a otros humanos, los hay que dejarán desatada su auténtica y rastrera naturaleza, liberando la bestia interior y bajando a un pozo moral donde prevalecen sus instintos por encima del bien común o los lazos humanos, y donde harán cualquier cosa para sobrevivir incluso antes de verse auténticamente amenazados. Es en ese personaje que traiciona todo lo humano, ruin y manipulador, capaz de las peores transgresiones, y en la compañía Minerspace, siempre en busca de beneficios al coste que sean, donde el relato se convierte en reflexión moral mostrando la faceta más oscura de la Humanidad, aquella parte de nosotros que prefiere subyugar a los congéneres, ponerse por encima de todos, antes que convivir en plan de igualdad con ellos. La demostración palpable de que los monstruos ya viven entre nosotros, sin necesidad de buscarse un enemigo exterior para enfrentar el horror de la deshumanización absoluta.

Marea, frente a la aniquilación se convierte en la voz de la supervivencia, el irracional impulso de aguantar un día, una hora, un minuto más respirando pese al dolor, el sufrimienbto y la convicción del inevitable fin, a la rebelión que se niega a ver la absoluta ausencia de futuro, de salidas y busca ayudar con todas sus limitaciones a la supervivencia de aquellos que la rodean, que han convivido con ella, conocidos o no... Es ella la imagen de la Humanidad solidaria, compasiva, misericordiosa; la cara amable frente al terror y que, sin embargo, termina convirtiéndose en máscara hierática que oculta el miedo interior contra el que es muy difícil luchar: El fin de los sueños, de las esperanzas, del amor; algo que solo deja cenizas en el corazón ante la única respuesta que se puede ofrecer a los ferales y sus creaciones: violencia frente a violencia, violencia irracional, cruel, sangrienta, deshumanizada, mucho más allá de las lágrimas y de la empatía.

Es una lástima que la prosa de Jasso se muestre en esta ocasión menos depurada que en sus obras anteriores, La silla y Día de perros; más apresurada y falta de tensión en algunos momentos ―algo que debiera haber sido especialmente cuidado en el género en que se mueve con tanta maestría―. El narrador omnisciente es por momentos demasiado reiterativo, demasiado machacón con circunstancias ya conocidas o anticipadas sin necesidad de continuos recordatorios. La falta de una cohesión estilística, de una unidad narrativa contribuye además a crear en la mente del lector la sensación de una prosa poco pulida, apresurada, con bruscos cambios de tono, de sensibilidad y, al parecer, de objetivo. Parece que Jasso no haya encontrado una «voz» homogénea con la que relatar su historia, una coherencia y unidad estilística que diera consistencia a la narración.

Hay ciertos diálogos ―y mira que ese es precisamente uno de los fuertes del autor― que chirrían en el oído, que resultan impostados y falsos, faltos de vida, de fluidez y de credibilidad. Por otro lado, comete errores que una relectura hubiera subsanado fácilmente, como repetir en varias ocasiones una misma palabra dentro de un párrafo sin intenciones aliterativas ni como recurso literario. Pequeños detalles que lastran la lectura, pequeñas chinitas en el camino del lector que sin sacarle del mismo si limitan el disfrute.

Junto a una buena tarea para crear la tensión necesaria para acompañar esta historia, superada con nota la creación de la atmósfera opresiva, el temor a los alienígenas, el desasosiego de protagonistas y lectores, el suspense en definitiva, Jasso no acierta, sin embargo, en parte de la ambientación de ciencia ficción, tanto en el escenario en que discurre la acción, esa colonia minera que nunca se muestra en profundidad para que el lector pueda hacerse una idea cabal de su «geografía», como en la descripción de esa futura Humanidad que, salvo por algo de tecnojerga y la aparición de ciertos gadgets pesudotecnológicos, es en todo prácticamente igual a la actual, o en la «génesis» de esos mutantes que han de enfrentarse a los ferales en un reto digno y que se antoja muy poco «trabajado», sin base científica. Y no es que abogue en absoluto porque el autor debiera haber convertido la narración en ciencia ficción hard, pero, aceptando que los ferales poseen tecnologías muy superiores ―e incluso incomprensibles (¿alguien ha mentado a Clarke?)― a las humanas, Jasso debería al menos haberle dado una capa de barniz al trasfondo que impidiese ver las costuras del relato.

Tal y como se ha ofrecido el libro parece obvio que su objetivo era llegar a un público joven ávido de sensaciones y sin demasiada ansia analítica. La «profundidad» del escenario, sin duda, no es lo que importaba o buscaba el autor, sino que se sirve de ello como excusa para mostrar el deshumanizado enfrentamiento, la tensión y la lucha en un lugar del que no se puede escapar y donde no se puede esperar la salvación, el abismo psicológico al que se ven abocados los protagonistas y la respuesta que cada uno, sobre todo Marea, encuentra en su interior. Y hay que reconocer que Feral eso sí que lo consigue con nota, ofreciendo una serie B chorreante de sangre y de emociones hormonales. Lástima que ―como buena serie B, por otra parte― la novela haya sido castigada con una portada y una presentación tan poco atractivas. Entretenimiento puro y duro, sin más complicaciones; si fuera una película no dudaría en denominarla «palomitera».Y es que en la colonia minera Runa, nadie podrá dejar de oír los gritos.

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Reseña de otras obras del autor:


viernes, 4 de febrero de 2011

Reseña: El Código de Medianoche

El Código de Medianoche.

David Whitley.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Timunmas. Barcelona, 2011. Título original: The Midnight Charter. Traducción: Albert Vitó i Godina. 316 páginas.

Antes que nada hay que advertir al lector despistado, como era yo, que El Código de Medianoche es la primera entrega de una trilogía ―cosa no advertida en ninguna parte del volumen― mezcla de distopía, fantasía y thriller, y destinada, en principio, a un público juvenil. En una ciudad llamada Ágora donde todo, todo, se compra y se vende mediante trueques ―los productos y bienes de consumo, por supuesto, pero también el trabajo, las ideas, los niños, las emociones y sentimientos, el amor (o al menos los matrimonios)...―, dos jóvenes van a ver cómo sus vidas toman caminos muy diferentes al poco de conocerse. Hasta la edad de doce años los niños son una mera propiedad de sus padres o sus tutores, y al cumplir esa edad, el Día de la Titulación, alcanzan la libertad y pasan a ser dueños de si mismos, momento en el que, sobre todo los que provienen de estamentos más bajos, deben venderse a cambio de un contrato que les permita sobrevivir. Mark y Lily convergen por diferentes caminos en la torre del mayor astrólogo de la ciudad, el conde Stelli, y allí verán como sus destinos entrelazados adquieren muy diferentes direcciones.

El autor ha escrito la novela estructurándola como la historia de dos vidas que se entrecruzan contada en capítulos alternos, siguiendo en los impares a Mark y en los pares a Lily, y con algún interludio intercalado por en medio para dar a entender que tras los dos jóvenes hay una historia mucho más grande de lo que se pudiera sospechar, al mostrar que se encuentran bajo el escrutinio y seguimiento de importantes poderes de la ciudad, que parecen saber y esperar mucho de ellos.

El sistema «económico» establecido en la ciudad es tan extremo que sus ciudadanos no pueden entender que alguien haga algo sin pedir nada a cambio, de forma desinteresada, y la caridad es un concepto inexistente; ayudar al prójimo es tan solo una forma de obtener algo que se deseaba y aquel que no puede hacer frente a sus pagos se convierte en un mero «deudor» desahuciado y despreciado por el resto de ciudadanos. La de Ágora es una sociedad donde no existe el dinero, pero todo tiene precio, y donde la única ocasión en que una persona va a recibir un regalo gratis es el día de la titulación. El resto de su existencia, todo es mercancía y el valor de una vida se calcula según lo que se posea, y si no se posee nada, ni siquiera la capacidad para ofrecer tu trabajo, no se vale nada.

Se trata de una sociedad de alguna manera enferma, algo perfectamente simbolizado por esa peste gris terriblemente contagiosa que asola la mayoría de la ciudad, dejando gran cantidad de muertos principalmente entre los más desfavorecidos, y de la que Mark es sanado gracias al doctor Theophilus tras ser vendido a él por su propio padre. Una ciudad donde los huérfanos crecen en los orfanatos para ser vendidos como simple mercancia, donde los sirvientes están muy poco por encima de la esclavitud, aunque sea de forma voluntaria cambiando sumisión por manutención, y donde los políticos juegan a sus juegos de poder sin importarles demasiado el destino de los que se encuentran por debajo de ellos. Una ciudad donde incluso las emociones ―asco, alegría, placer, éxito, entusiasmo, felicidad, pena...―, previamente embotelladas, son una mercancía más, objeto de compra y de venta, convertidas en unas drogas adictivas que añaden nuevas cadenas sobre los hombros de los menos favorecidos por la fortuna.

Una ciudad inmensa, amuralla, dividida en doce distritos que reciben cada uno el nombre de uno de los signos del zodiaco ―y es que la astrología es tenida en muy alta consideración―, aislada dentro de sí misma, de la que nadie conoce la manera de entrar o salir, autosuficiente, donde el dinero no existe, con apenas desarrollo tecnológico ―más o menos a la altura de nuestro siglo XVIII― y mucho desequilibrio social, con todos sus ciudadanos vigilados por la figura inescrutable del Director desde el Directorio de Recibos, y con la presencia de los síndicos para imponer sus decretos y sancionar todos los «contratos». Una sociedad inestable donde el valor de las cosas varía de un día para otro según su demanda y donde los sirvientes pueden convertirse en amos por herencia o por un golpe de suerte.

Dentro de la misma, Mark y Lily elegirán dos caminos diametralmente opuestos, aunque a veces se intuye que predestinados, subiendo uno en la escala social y volcándose firmemente en los principios de la ciudad con gran éxito, y sumergiéndose otra en los bajos fondos decidida a cambiar la filosofía que subyace bajo el sistema de trueques, entregando su trabajo y esfuerzos a los desfavorecidos sin esperar ningún contrapartida beneficiosa a cambio. Dos caminos que, sin embargo, no romperán su contacto ni su amistad, a pesar de la distancia y de las terribles circunstancias que ambos tendrán que afrontar. En este curioso trasfondo ambos tendrán que enfrentarse a ciertos riesgos que podrían llegar a poner en peligro su libertad e incluso sus vidas, mientras ven cómo surgen a su alrededor los mimbres de una profecía que los tiene a ellos en su centro y que se encuentra escrita en el misterioso Código de la Medianoche. Es cierto que no hay mucha acción como tal y que el ritmo se demora en ocasiones, más descriptivo que trepidante, pero el interés se mantiene a lo largo de todo el volumen y la lectura es muy fluida mientras se van desvelando los secretos que encierra Ágora.

La novela, dirigida en principio a un público juvenil y a pesar de ciertas licencias algo ingenuas de la trama ―debidas, tal vez, a la propia juventud del autor―, puede ser disfrutada por cualquier persona. Lejos de la violencia o el sexo de propuestas más «adultas», lo cierto es que el relato invita a la reflexión a adolescentes y mayores sobre nuestra propia sociedad. Se podría decir que se trata de alguna forma de una fábula ética que pone al lector ante los hechos de una forma amena con la que entregar su mensaje de justicia social, una historia que encierra una radiografía algo extrema del capitalismo salvaje y de la codicia humana y que Whitley no olvida de vestir con un atractivo ropaje de intriga, aventura, conspiración y misterio. Aunque sin duda algo exagerado en su plasmación, el mensaje no es adoctrinario ni machacón más allá de mostrar como algo deseable la solidaridad y la caridad, y rechazable el afán de acumular poder y riquezas y el abuso sobre los menos favorecidos.

Las dos visiones, prácticamente opuestas, que ofrecen las acciones de Mark y Lily, son aleccionadoras a la vez que amenas. Pero la novela, a través de un buen número de personajes bien construidos, tiene muchas más «lecturas»: la belleza de la amistad incondicional, los lazos afectivos de la familia y el riesgo de su desintegración, el precio de la utopía y del altruismo, el coste de alcanzar y mantener la libertad, la fatalidad de la predestinación, el dolor de la traición, lo terrible de los complots de sociedades secretas que buscan sus propios fines sin importar los de los demás, la posibilidad de la corrupción del poder como algo inherente a su mismo ejercicio, la fuerza que hay tras una idea para cambiar el mundo, el horror y la degradación de la adicción a las drogas... Y una reflexión curiosa que acude a la mente del lector, sobre todo al amparo de recientes «sucesos», trata sin duda sobre el valor real que se puede llegar a dar a las cosas intangibles o inmateriales ―como la propiedad intelectual de una obra artística, sobre todo cuando el lector es testigo de cómo en Ágora una intérprete tiene que entregar incluso su propia voz como pago de una sentencia condenatoria― y cómo el mismo varía según demasiadas circunstancias aleatorias.

Tal vez el mayor escollo de la novela sea precisamente la edad de los protagonistas, que no parece en absoluto acorde con las acciones que emprenden o los pensamientos que tienen. Se podría pensar que en una sociedad tal, y después de las penurias pasadas, ambos han madurado más rápido, pero aún así sigue siendo algo demasiado chocante la forma en que, sobre todo Lily, toman las riendas de sus vidas colocándose por encima de muchos adultos, cercanos y lejanos, sin duda más experimentados. Si el autor les hubiera añadido dos, o más bien tres añitos, a cada uno la cosa hubiera sido mucho más verosímil. Siendo esto lo que hay, veremos cómo evolucionan de aquí en adelante.

Y es que es un lástima que El Código de Medianoche termine con tal cliffhanger, sobre todo cuando, como me ha sucedido a mí, no te lo esperas ―inicié la lectura convencido de que se trataba de un libro independiente y tan solo al acercarme al final y ver que aquello no tenía visos de terminar consulté el autor en internet descubriendo, en efecto, que se trataba de una trilogía―. Cuando se cierra el libro, desvelado el misterio de lo que el Código es y dice, quedan multitud de preguntas sobre el destino de los protagonistas. Ahora tan solo puedo decir que estoy impaciente porque la editorial nos ofrezca pronto las continuaciones ―o al menos la que hay hasta el momento―.

martes, 1 de febrero de 2011

Reseña: El cementerio de los reflejos

El cementerio de los reflejos.

Silvia Ibáñez Cambra.

Reseña de: Alb Oliver

Grupo Ajec. Granada, 2010. 447 páginas.

Interesante novela de Silvia Ibáñez Cambra, joven zaragozana, con la que inicia su debut como profesional. Para ello elige una historia ambientada en la ciudad de Zaragoza durante los años previos a la Guerra Civil, narrando dos historias paralelas hasta que finalmente quedan enlazadas.

El cementerio de los reflejos, nos cuenta la historia de Miguel Campos, un joven de familia de clase media-baja, que adora la lectura, al que poco a poco vamos viendo crecer y cumplir su sueño de convertirse en escritor. Nos es narrada una infancia que podríamos considerar traumática a todas luces, en la que el destino juega a su antojo de formas increíbles. En la mayoría marcado por la tragedia, casi cualquier atisbo de positividad muchas veces se vuelve en contra, lo que ayuda mucho a simpatizar con el personaje.

Si me preguntaran sobre la temática del libro, realmente no sabría responder si se trata de amor, misterio o el superar adversidades en la vida, dado que nos encontramos con todo eso mezclado hábilmente.

Lo que empieza como una tontería alimentada por la curiosidad de Adelaida, una niña huérfana a la que cuida su abuelo, y comparte días con Miguel al cuidado de sus padres cuando el abuelo de ésta tiene que acudir a médicos, poco a poco y al cabo de los años les lleva a conocer una historia de amor que ocurrió sin que ellos lo sepan, y que tiene cierto guiño a Romeo y Julieta. En parte, al paso de los años, la historia de amor que surgirá entre los dos, tampoco será una fácil.

Siguiendo un cúmulo de casualidades, Adelaida descubre en un mausoleo una carta dirigida a una joven ya fallecida, y Miguel, aunque reticente, le promete escribir el relato que hay tras esas cartas. Como ya he dicho, son varias coincidencias las que llevan a Miguel a conocer a los protagonistas de esa historia, y a convertirse en cierta forma en el protegido de Bruno Sanpedro, el propietario de una extraña mansión que da comienzo a las indagaciones de Miguel.

Ya he comentado que la historia ocurre en el periodo previo a la Guerra Civil, por lo que conforme se va desarrollando, presenta cosas que ocurrían entonces, como familias acaudaladas que emigraban a otro país para huir de la ella, o imágenes de niños mendigando o el estado de la ciudad con cadáveres por doquier.

Quizá se podría decir que falla en algún punto de la ambientación, pues a pesar de la época en la que está situada o de dar nombres de calles y establecimientos fácilmente reconocibles, la historia podría situarse en cualquier otra época o circunstancia, no siendo la guerra un transfondo de importancia para el relato.

Lo interesante del libro viene a ser el viaje de Miguel, desde la inocencia a la madurez, en la que parece que nada en la vida puede salir bien, pues cuando parece que una de sus metas se cumple, otra se ensombrece rápidamente. Tal vez no notamos la evolución de Miguel, mostrando ya desde niño (comienza con ocho años) una madurez propia de adulto, pero viene acompañada con situaciones cotidianas que hacen muy ameno seguir su historia.

En este aspecto se podrían señalar conductas repetidas en diferentes personajes, por ejemplo cuando uno recibe una herida, se da una especie de proceso, (coger de la mano, llevar al baño y curar con alcohol) que vemos tres veces en la historia. También indicar que hay tres niñas a lo largo del relato, que parecen ser la misma Adelaida, quizá pretendiendo de alguna forma sugerir que al protagonista le recordaban a ella.

Por otro lado, el nivel de misterio es plenamente satisfactorio, pues pocas veces se puede intuir lo que va a ocurrir a continuación, viendo como blanco de conspiraciones y traiciones a un simple chaval. Hay casos como que descubre que una muerte importante para él no fue accidental como en un principio se supuso, y eso da origen al resto de situaciones que ocurren.
Quizá siendo objetivos, podamos pensar que hay un exceso de casualidades en el libro, pero metiéndonos en la historia es algo que fácilmente se puede pasar por alto, dado que la historia nos mete de lleno en su mundo, narrado desde el punto de vista de Miguel, teniendo bastante fuerza para lograrlo.

Conforme la historia avanza, resulta más difícil no seguir leyendo, a mí realmente me engancharon las tramas que presenta, reservando muchas sorpresas al lector y haciéndole en ocasiones pensar en distintas explicaciones, que en mi caso resultaron erróneas.

Lo que hace una pena la lectura de este libro, es que habiendo hecho el esfuerzo de editarlo en tapa dura con sobrecubiertas, nos encontramos ya desde el mismo prólogo con enormes errores a la hora de su corrección, como frases repetidas, ausencia de determinantes y en otras su aparición sin sentido, y diversos errores ortográficos, que se mantienen capítulo tras capítulo. Hay alguna ocasión en la que llegas a dudar si es una falta de ortografía no corregida o simplemente un corrector automático haciendo de las suyas.

Para ser una primera obra, nos encontramos con una gran historia, quizá con defectos por pulir, que se corregirán con la experiencia.