miércoles, 5 de mayo de 2010

Reseña: Intrépido

Intrépido.
La flota perdida 1.

Jack Campbell.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría. Col. Ventana abierta # 31. Madrid, 2009. Título original: Dauntless. Traducción: Roberto Gelado Marcos. 320 páginas.

Jack Campbell es un seudónimo utilizado por el autor de space opera militarista John G. Hemry, quien con su auténtico nombre ya había publicado varias series de ciencia ficción bélica; antes de dedicarse a la escritura, fue oficial de la marina norteamericana y su padre también perteneció a las Fuerzas Armadas estadounidenses. Con tales antecedentes es normal que en la mayoría de sus series saque a pasear su vena marcial y sus conocimientos de la vida militar para situar la acción. En Intrépido, el lector, lanzado casi sin introducción a la vorágine del combate, se va a encontrar con un hombre que debe luchar por hacerse tan grande como lo ha hecho su propia leyenda a pesar de saber que la misma se basa en premisas equivocadas o no totalmente ciertas.

El capitán John “Black Jack” Geary, después de permanecer alrededor de un siglo a la deriva en una cápsula criogénica de salvamento tras una gran batalla espacial, es recogido por una flota de la Alianza que se encuentra en precaria situación tras ser emboscada. Dado por muerto durante todo ese tiempo, el revivido Geary pronto descubrirá, muy a su pesar, que se ha convertido en un héroe de guerra para las generaciones posteriores por sus hazañas y decisiones legendarias en el campo de batalla, aunque él sabe que la historia que le ha llevado a esa posición no es exactamente tal y como se ha trasmitido. Cuando inesperadamente el mando de toda la flota recaiga en sus manos, deberá luchar para salvar al mayor número de subordinados que le sea posible, enfrentándose a los prejuicios, admiración desmedida, malentendidos y cambios en la disciplina que se han producido en esos cien años, al tiempo que debe adaptarse él mismo a su nueva situación: vivir en un mundo en el que debería estar muerto, en el que es más joven que sus nietos, donde todos sus amigos y todo lo que conocía han desaparecido, y donde el sentimiento de honor, justicia y disciplina se han relajado de manera alarmante para conformar una nueva idea donde lo importante es no dar tregua al enemigo mediante el sacrificio personal.

De esta manera empieza el largo camino de retorno a casa de la flota, aislados de los mundos de la Alianza por una emboscada en el espacio profundo, siempre perseguidos por el enemigo, ―los síndicos―, jugando al gato y al ratón tratando de adivinar las rutas y saltos que les permitirán escapar de la encerrona. Geary debe poner a punto una armada que ya no está acostumbrada a su forma de hacer las cosas, al tiempo que debe ganarse el respeto de gran parte de sus subordinados que ven con recelo el ascenso del «héroe» venido del pasado, cuestionando alguno de ellos su derecho a ostentar el mando en las circunstancias actuales. Todo ello implica un buen número de maniobras políticas añadida a las acciones militares.

El autor intenta dar verosimilitud a las batallas espaciales, creando a su vez una tensión y emoción realmente atractivas mediante precisas y satisfactorias explicaciones de las tácticas empleadas, de los golpes causados y recibidos, de las bajas, de las acciones evasivas, de las predicciones de rutas y de las razones para hacer las cosas tal y como se supone se harían en una nave espacial sujeta a la física relativista. Y es que la física real toma parte en las variables de las batallas ―aunque el autor eche mano de los socorridos agujeros de gusano o puntos de salto para justificar el viaje entre sistemas estelares lejanos mediante la llamada hipernet―, la relatividad, la velocidad de la luz, lo incierto de dónde se encuentra situados los objetivos cuando su señal tarda en viajar por el espacio y cuando se recibe la nave en cuestión ya ha podido cambiar su vector de dirección.

Lo cierto que el trasfondo general de la historia, todo el enfrentamiento entre la Alianza y los síndicos queda quizá algo cojo, poco desarrollado, visto que está tratado desde la distancia de la flota aislada y de los cien años de sueño criogénico del protagonista. Al ser una primera novela y tener que explicar la situación general de una contienda que dura ya décadas, se antoja que el autor pasa algo rápido sobre sus orígenes y motivos, sobre las sociedades que hay detrás de cada uno de los dos bandos ―que se presentan un tanto desdibujadas o inconsistentes―, aunque aún así se demora en ocasiones en exceso haciendo a los personajes discutir la política interna de la propia flota, un juego de poderes ―a veces soterrado a veces a plena vista― que se va a interponer en el mando de Geary dando coherencia y profundidad a las reacciones de los protagonistas.

En Intrépido el autor ofrece a su vez una reflexión sobre las leyendas, sobre el culto al héroe, sobre cómo el paso del tiempo puede ir modificando lo que realmente ocurrió en un determinado momento pasado acomodándolo a lo que las nuevas generaciones desean escuchar para sentirse respaldados por la Historia y justificados así en sus actos. Geary se descubre consternado y agobiado al descubrir la exagerada imagen que sobre él se ha creado, como se ha convertido en el ideal del valor y la entrega al que las nuevas generaciones de combatientes deben aspirar a alcanzar, una imagen de la que es casi imposible mantenerse a la altura y que no coincide con la realidad. La leyenda en este caso se usa como estímulo para el ardor guerrero, para la exaltación de los valores propios frente a los del enemigo, encontrándose el protagonista con una reputación a la que no puede hacer frente sin defraudar a gran número de personas. Y si no está a la altura de las expectativas eso podría significar el desmembramiento de la flota y la muerte de la gran mayoría de las tripulaciones de sus naves. Debe enfrentarse así tanto a la desmesurada admiración de algunos de sus subalternos como al escepticismo burlón de una buena parte de sus oficiales, intentando por el camino que la flota trabaje como una unidad y no como un montón de desperdigadas unidades individuales que buscan su propia gloria dejando a los rezagados en la estacada. Y la tarea no es sencilla en absoluto. Geary es un hombre que, ante todo, siempre cumple su deber y hará todo lo necesario, dentro de un rígido código de conducta, por terminar la misión que ha heredado sin desearlo y de la que depende en buena manera la victoria y el final de la guerra.

Pero tampoco hay que engañarse, Intrépido es pura aventura; como en toda buena space opera militarista la acción comienza casi de inmediato, mientras el protagonista aún se siente confuso con su nueva situación, y a partir de ahí el ritmo no va a decaer, aunque la tensión dramática tarde algo más en comenzar dado que el lector, al no estar emocionalmente implicado en la suerte de unos personajes que todavía no conoce, no se siente partícipe de los sucesos como sí lo hará en batallas posteriores preocupándose por la suerte que corran unos y otros. Conforme avanza el libro la tensión y el drama se van acentuando, cuando realmente se siente que la acción y la flota están yendo hacia algún sitio, tomando de alguna forma la iniciativa, en vez de simplemente defenderse de una emboscada, jugando un retorcido juego del escondite con los síndicos al tiempo que Geary intenta contrarreloj reeducar a la flota ―dada la aparente indisciplina de la mayoría de sus naves― en una serie de maniobras conjuntas olvidadas desde hace tiempo que pueden significar el éxito y por tanto el mantenimiento de sus vidas de realizarse correctamente o el fracaso más estrepitoso y la muerte de todos ellos si cada uno actúa por su cuenta. Para un lector con los parámetros de hoy día es un poco difícil de aceptar el absurdo nivel de desidia y el deterioro de la disciplina en que ha caído la Flota, el que cada cual prefiera hacer la guerra por su cuenta en vez de tomar en consideración las tácticas coordinadas mucho más efectivas y con menos bajas, pero las explicaciones de Campbell, justificando la inexperiencia de las tripulaciones y de los mandos, la idea de una religión vinculada al culto a los antepasados, el desgaste de la moral, las largas distancias con los planetas maternos, el odio acumulado al enemigo... sirven de contrapeso para que la trama no chirríe en exceso.

Se permite entonces el autor mostrar los horrores de la deshumanización que produce un largo periodo de guerra, la pérdida de honor cuando las vidas del enemigo dejan de tener ninguna importancia, cuando las reglas de la guerra son dejadas de lado y las convenciones más elementales son pisoteadas sin compasión, cuando los soldados se convierten en una parte más de la máquina bélica, sin alma, sin más sentimientos que el odio, la aversión y el deseo de aniquilar a cualquier precio al adversario. El lector es capaz de sentir el horror del propio Geary al descubrir que las gentes de la Alianza se han convertido en alguien tan malvado y sin escrúpulos como achacan ser a los Síndicos, desechando la moral por el cansancio que produce una campaña que dura ya décadas y décadas.

Conforme avanza la trama, conforme vamos conociendo sus fallos, sus dudas, la presión con la que viven, las decisiones a que se ven abocados, y los personajes van haciéndose más humanos, van despertando más simpatías e interés en el lector, implicándolo emocionalmente en la narración y deseando que encuentren de alguna manera, aunque sea casi milagrosa, el difícil camino de regreso a casa ―cosa que no será en este volumen, por cierto―. La acción no está exenta de ciertos requiebros traídos un tanto por los pelos, de situaciones desesperadas que requieren una salvación in extremis, pero eso forma parte de la creación de la tensión y el ambiente necesarios para que el lector quede atrapado en la red y esté deseando continuar la lectura.

Pierde sin embargo el autor una gran ocasión de mantener una importante cuota de misterio al desvelar un secreto esbozado que apunta a una tercera parte implicada en el conflicto mostrando demasiado pronto sus cartas. Si lo que quería era sorprender, quizá no debiera haber dado tantas pistas inequívocas y no mostrar la evidente solución todavía. Pero, desde luego, es algo que supongo que puede dar mucho más juego en las posteriores entregas. Intrépido es, desde luego, una ciencia ficción recomendable para el público que disfruta con la acción y las batallas espaciales, con la space opera más militarista con todas sus virtudes y supuestos defectos; sin duda, se encuentra a la altura de las novelas de la Honor Harrington de Weber o del Seafort de Feintuch. Aventuras entretenidas y bien narradas, con un rico trasfondo más intuido que descrito, y las explosiones garantizadas. No es poco.

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Reseña de otras obras del autor:


Impávido. La flota perdida 2.



Libros recibidos: mayo 2010

Hemos recibido ejemplares de los siguientes libros como servicio de prensa cortesía de Grupo AJEC y La Factoría:

lunes, 3 de mayo de 2010

Redifusión: Elantris

Recuperamos la reseña de esta novela que publicamos con fecha de 18 de julio de 2007 con ocasión de su reedición en Zeta Bolsillo:

Elantris

Brandon Sanderson

Reseña de: Amandil

Ediciones B - Círculo de Lectores Barcelona. 2006. Título original: Elantris. Traducción: Rafael Marín Trechera. 616 páginas.


Elantris es el nombre de una ciudad maravillosa habitada por criaturas que en el pasado fueron hombres pero a los que un día alcanzó una especial bendición que les convirtió en semidioses. El color de su piel era plateado, su pelo de un blanco níveo y sus vidas auténticas emulaciones de la inmortalidad. Pero de ellos lo que más impresionaba era el poder de su magia y su paternal benevolencia. Ayudaban a todos aquellos que acudían a verles y se encargaban de que en las tierras vecinas, conocidas como Arelon, la población "humana" no sufriese ningún mal más allá de su propia e inevitable mortalidad. La Shaod podía alcanzar a cualquiera y alzarle por encima de su mortalidad hasta el grado de semidiós.

Pero todo eso terminó diez años atrás. "Algo" sucedió y Elantris sucumbió por completo. Su magia se esfumó, sus habitantes se convirtieron en seres horripilantes y la antigua Shaod pasó a ser una maldición que, por las noches, podía convertir a cualquier habitante de Arelon en un monstruo. La ciudad de los dioses pasó a ser una cárcel donde los "humanos" desterraban para siempre a los nuevos elantrinos.

Y el final de Elantris supuso el inicio de una nueva era y el surgir de una terrible amenaza. Desde el este una antigua y poderosa religión reclamaba las tierras de Arelon ahora que sus dioses se habían esfumado . El reino se tambalea y sólo podrá salvarlo su recién firmada alianza con Teod...

En este contexto tan sugerente, Brandon Sanderson sitúa la acción de la novela. Por medio de tres lineas argumentales paralelas, y en ocasiones convergentes, el autor nos va desvelando los misterios de la ciudad de Elantris al tiempo que suceden a su alrededor luchas de poder en torno al trono de Arelon. El medio usado son tres personajes que persiguen fines distintos pero están abocados a enfrentarse o colaborar.

Por un lado la joven princesa Sarene, recién llegada desde el reino de Teod para casarse con el príncipe Raoden descubre que su prometido ha muerto pero ella, a causa del contrato matrimonial, debe permaneces en Arelon si quiere que las clausulas de alianza militar entre los dos países perduren. Ella sospecha algo y con la ayuda de su "seon" (una especie de duende volador) comienza a investigar los misterios que rodean la muerte de su prometido.

Por otra parte llega a Arelon un clérigo derethi de nombre Hrathen con la sagrada misión de convertir el reino a su religión en un plazo de noventa días para evitar que los ejércitos del Wyrn (el sumo sacerdote de su dios) arrasen el país por hereje e infiel.

En último lugar está el propio príncipe Raoden, un joven listo, bondadoso, justo y amado por su pueblo, al que una mañana el destino le deparó la maldición de haber sido alcanzado por la Seod convirtiéndose en un elantrino al que desterraron a las ruinas de la antigua ciudad.

El motor de la historia, más allá de los enfrentamientos políticos entre el clérigo y la princesa, es el misterio que envuelve a la ciudad de Elantris y que Raoden intenta descifrar mientras, al mismo tiempo, pretende conseguir que los malditos salgan de la miseria en la que han de vivir como auténticos condenados que son. La ciudad y las descripciones de su pasado son lo más evocador del libro y lo que consigue mantener en vilo al mayor parte del tiempo al lector.

Por lo demás la historia es relativamente novedosa aunque en determinados momentos da la sensación de sacarse demasiados ases de la manga según los va necesitando. También le resta atractivo el uso de un determinado vocabulario que desentona con un ambiente pretendidamente medieval y algunas situaciones y descripciones que parecen consecuencia de la americanización del medievo que padecen muchos autores de EE.UU. Aunque uno se queda con la duda de si en el original pasa lo mismo o es un efecto producido por la traducción al español (cosa que dudo ya que Rafael Marín es uno de los mejores traductores que hay en el ámbito de la literatura fantástica).

Por todo ello Elantris se puede definir como entretenida, a ratos evocadora y sencilla de leer, lo resuelve todo en el último capítulo y deja abiertas las puertas a una serie de continuaciones de manera muy descarada.

viernes, 30 de abril de 2010

Reseña: Furia de Titanes

Furia de Titanes

Louis Leterrier

Reseña de: Amandil

Warner Bros. Pictures / Legendary Pictures / Thunder Road Pictures / The Zanuck Company. 2010, 106 minutos.

Hay tres aspectos relacionados con esta película que querría separar desde el primer momento para que sea un poco más clara y directa la reseña. Dos de ellos son francamente negativos y el tercero es moderadamente positivo, así que, en puridad, creo que es más justo diferenciarlos y que sea así el lector el que perciba mi (escaso) criterio de un modo más nítido.

El 3D, o la estafa de nuestros infaustos días.

Furia de Titanes en su versión 3D es, en el mejor de los casos un fiasco y, en el peor, una autentica estafa. Se nota que la película no fue rodada para verse en 3D (a diferencia de Avatar) y que han querido hacer caja a base de añadir a posteriori los efectos sobre el metraje ya grabado. Como resultado de ello, apenas se nota ningún tipo de diferencia entre las películas "de toda la vida" y esta, salvo porque hay que soportar las gafas y se ven ciertas partes de un modo levemente más profundo. Lo han querido arreglar en el prólogo (con las constelaciones y eso) y en los créditos del final (ahí sí que hay efecto 3D... ¡qué consuelo tener que quedarse a ver las letras para ver algo así!). Así que, al subirse al carro tridimensional, lo único que se le aporta al espectador es un gasto adicional y una nula experiencia de inmersión en la historia. En este aspecto me siento engañado y, desde ahora, voy a informarme muy mucho sobre las películas que se anuncian a bombo y platillo como "3D" ya que, me temo, que nos van a intentar seguir metiendo goles por ese lado hasta que se generalicen realmente los cambios necesarios para volver a la calidad ofrecida por Avatar.

Más vale "corrección política" que coherencia.

No debería sorprenderme, no debería sorprenderme, no debería sorprenderme... pero por mucho que me repita eso como un mantra enloquecido, me sigue sorprendiendo la de idioteces que se ven obligados a perpetrar los guionistas en aras de contar historias que se resignen a circular por los estrechos canales de la corrección política. Y en Furia de Titanes hay corrección como para parar un tren. Y más si se la compara con la película original. Entre los "hermanos Balki" con el obligado acento del vendedor de alfombras, los émulos de "Barbol" con ese aire "árabe-aladinesco", el papelón de Io (Gemma Arterton) para aumentar la cuota femenina, el guerrero con pinta homosexual, etc. La cosa es que la película no puede ofender a nadie (ni por acción ni por omisión) salvo a Hades y, quizá, a la gente con rastas. Tampoco es que el objetivo de una película deba ser el ofender sin más, pero, en esta caso, les ha podido mucho lo de actualizar el mensaje a los tiempos que corren. En fin.

La película en sí.


Basándose en el mito griego de Perseo, y teniendo como referente inelu
dible la película del mismo nombre rodada en 1981 de Desmond Davis, Leterrier pone ante nosotros una nueva visita al mundo de los mitos desde una perspectiva actualizada y adaptada a las nuevas tecnologías de efectos digitales. Así, lo que en la anterior película era producto de la imaginación y técnica de Ray Harryhausen, ahora queda supeditado a una nueva demostración de lo que los ordenadores son capaces de hacer... nada novedoso, por otra parte. El director ha optado por hacer más grande las cosas y listo: escorpiones gigantescos, un Kraken descomunal similar al celebérrimo Rancor de El retorno del Jedi, una medusa más sensual, una ciudad de Argos que parece el Minas Tirith de Peter Jackson. Desde luego, en esta versión, el tamaño sí importa. En cualquier caso los efectos especiales son muy buenos y sirven para añadir ese factor de espectacularidad que se espera de una producción "épica" y que se agradece poder ver en pantalla grande.

En el caso de la caracterización hay de todo. Los dioses olímpicos parecen sacados de un episodio de Los caballeros del zodiaco, con esas armaduras brillantes que hacen de ellos algo así como una exhibición de enlatados de lujo, y un papelón que se limita al de estar un rato en pantalla sin abrir la boca. Los guerreros de Argos, en cambio, parecen a priori más logrados en la apariencia de sus armaduras y armas, haciendo que, al menos ellos, no parezcan demasiado alejados del tiempo en que se supone que sucede la acción. De Perseo (Sam Worthington) cabe decir que no le pega en absoluto ese look a lo marine (¿estaba rodando Avatar a la vez y por eso opta por exactamente la misma apariencia -bueno en FdT al menos anda-?), y lo cierto es que consigue que el personaje sea absolutamente anodino, plano y falto de carisma. Todo lo contrario de lo que se espera de un héroe... ¡o de un actor! Hades (Ralph Fiennes) ha sido caracterizado como el décimo nazgúl y es, probablemente, el personaje que mejor está interpretado. Y del resto de actores, actrices y decorados, en general salen bien parados y hay que reconocer que hacen creíble (dentro del contexto fantástico en que se encuadra la historia, claro) las partes de la película que tienen que soportar. En general, en el aspecto visual, la película se deja ver y no hay demasiados "peros".

El guión es una mezcla entre la película de 1981 y un programa como gladiadores americanos, con los obligados toques cómicos de la mano del dúo sacapuntas que forman los aventureros de aspecto palestino Ozal (Ashraf Barhom) y Kucuk (Mouloud Achour). En definitiva, cogen el mito de Perseo, lo agitan, y lo adaptan hasta hacerlo irreconocible, añadiendo unos toques "rebelión de los ateos" que no hay por dónde pillarlo.

La cosa es así: Un humilde pescador, Spyros (Pete Postlethwaite) encuentra un día en el mar a Perseo y lo adopta. Pasados los años, debido a que el rey de Argos se cree más poderoso que los dioses y ordena derribar una estatua de Zeus (Liam Neeson), Perseo ve horrorizado como Hades asesina a su familia y él es capturado por los argónidas. En el ínterin, Hades convence a Zeus de que los humanos son una panda de ingratos cabroncetes que han olvidado quien manda y a los que hay que castigar para que sigan siendo fieles servidores de los dioses. El castigo consiste en que si no se sacrifica en un cierto plazo de tiempo a Andrómeda (Alexa Davalos) Hades lanzará a su Kraken contra la ciudad matando a todos sus habitantes. El rey de Argos, ante tan oscura perspectiva, decide mandar a un grupo de guerreros, encabezados por Perseo (que pasa de pescado
r a superguerrero en cosa de treinta segundos de formación en un bosque) y el veterano Draco (Mads Mikkelsen), a lograr la cabeza de Medusa (Natalia Modianova) para destruir con ella al Kraken. Al grupo se le unirán dos cazadores, los ya citados hermanos Balki, la inmortal Io, quien acompaña a Perseo desde su más tierna infancia vigilándose de lejos, y un extraño ser de aspecto arbóreo y aires árabes.

Pero Hades, que además de siniestro es malvado
y maquiavélico, conspira contra el grupo azuzando contra ellos al monstruoso Calibos (Jason Flemyng), mientras Zeus, padre de Perseo, le intenta echar una mano enviándole una espada mágica (como un sable láser pero más feo) e interviniendo sutilmente para que cuando lleguen hasta Caronte tengan una moneda con qué pagarle (y el espectador vea un conato de escena en 3D con poco éxito en el empeño).

Sin embargo, lo que mueve a Perseo no es únicamente su esencia heroica y hacer el bien. Su verdadero objetivo es vengarse de Hades por la muerte de su familia y, a la postre, derribar a todos los dioses por ser los culpables de los males del mundo para su mayor gloria. De hecho, al principio de la película Spyros suelta una discurso muy elemental (pensando para audiencias de calidad intelectual baja) con el corolario: "Alguien tiene que decir basta". Perseo es ese alguien, por supuesto. Y el método es tan simple como intentar liquidar a las bravas a los dioses.

¿Logra la película enganchar? A ratos lo consigue de sobra ya que existen concatenaciones de momentos de acción que muestran la maravillosa capacidad que se ha alcanzado en los efectos especiales. Sin embargo, el extraño uso de las elipsis destruye la sensación del viaje (parece que al acceso al Hades está al lado de Argos o que las tierras con aires árabes se encuentran en el valle vecino) y del tiempo (puesto que los plazos se acortan sin apenas referencias a los días y las noches, recordando la espantosa elipsis empleada en Gladiator) destruyen en ocasiones el ritmo y denotan un cierto desbarajuste a la hora de querer contar mucho en apenas hora y media.

Los actores están, por lo general a la altura, siendo el que más desentona el Perseo-Marine que encarna, muy por debajo de sus posibilidades, un Sam Worthington tan nefasto como Brad Pitt en la también épica Troya. Y lo malo es que, al ser este el protagonista, arrastra consigo la historia hacia extremos que tocan lo anodino e inverosimil (cuando se descubre su naturaleza de héroe hijo de Zeus su reacción tan expresiva como la de una fregona... ¡pues menos mal que es un sorpresón que cambiará el rumbo de los acontecimientos!). Por otra parte, Furia de Titanes recuerda desde su mismo inicio una partida del juego de ordenador Age of Mythology en la que sólo falta la gestión de recursos y el ir y venir del puntero del ratón por la pantalla.

Aún así, Furia de Titanes consigue volver a traer a las pantallas el género épico mitológico (aunque sea creando una nueva mitología ad hoc) en lo que espero que sea una nueva visita a una parte del cine que, gracias a la excelente calidad de los efectos especiales (y la potencialidad de un 3D bien usado y sin pretensiones estafadoras) y a un sinfín de novedades en potencia (o, me temo, un creciente número de remakes). Lástima que, a la postre, esta película se haya visto atrapada en el lapso de tiempo en que el cine "digital" y el nuevo en 3D van a convivir hasta la extinción del primero porque, sin la amenaza del nuevo Eldorado, habría podido significar mucho más de lo que está llamada a ser.

martes, 27 de abril de 2010

Reseña: Vacaciones en el infierno

Vacaciones en el infierno.

Varias autoras.

Reseña de: Jamie M.

Alfaguara. Madrid, 2010. Título original: Vacations from Hell. Traducción: Mercedes Núñez. 304 páginas.

Tercer título de la serie de antologías junto a Noches de baile en el infierno y Amor en el infierno, que parte de las mismas premisas que las citadas: cinco autoras de éxito en el ámbito anglosajón escriben un relato largo o novela corta con protagonistas adolescentes en torno a un tema concreto (en este caso las vacaciones) dándole siempre un toque de romance paranormal. Además, parte de lo recaudado por la venta de los volúmenes originales iría a parar a fines benéficos.

Abre el volumen En el crucero, de Sarah Mlynowski, y, por suerte o desgracia, se trata de la más floja de las cinco narraciones. Por suerte, porque al ser la primera no queda tan mal sabor de boca al elevar el nivel las siguientes; por desgracia, porque puede espantar a algunos lectores que se perderían así lo que viene a continuación. En el crucero es poco más que una anécdota, un chiste ni siquiera original, ya que hace mucho tiempo que circula por Internet una de esas cartas-cadena titulada algo así como “La primera vez” que usa prácticamente la misma idea cambiando vampiros por dentistas (y si a alguien le he chafado la sorpresa, si alguien no lo venía venir desde mucho antes, mis más sinceras disculpas, pero es que es de cajón). Dos jovencitas, Liz y Kristin se embarcan en un crucero sin tutela adulta, con el objetivo confeso de que Kristin pierda la “virginidad”, mientras Liz se dedica enrrollarse con todos los tíos buenos que se le ponen a tiro. Se hacen amigas de Hailey, una joven que viaja con su madre (una mujer que en ningún momento abandona su camarote), que les cuenta una truculenta historia de desapariciones misteriosas en otros cruceros achacadas a la existencia de sanguinarios vampiros. La trama avanza mediante largos diálogos, sin apenas descripciones, y con más bien poco oficio, mientras pasan los tres días del crucero y Kristin siente que se le acaba el tiempo. A la postre, el supuestamente sorprendente giro final es tan evidente que no puede resultar más decepcionante. Es una narración cortita, muy breve en realidad gracias a tanto diálogo, con lo que tampoco llega a atragantarse exactamente.

Por suerte, a continuación viene Tu novia no me cae bien, de Claudia Gray. La joven bruja Cecily Harper se enfrenta a las vacaciones familiares con evidentes muestras de desagrado. Una vez al año, aprovechando el verano, el aquelarre de su madre se reúne en la playa para mantener y reforzar los antiguos lazos y ampliar la educación de sus hijas. Para desgracia de Cecilia, una de esas jóvenes es Kathleen Pruitt, una odiosa chica de su edad que año tras año no cesa de hacerle la vida imposible mientras se encuentran bajo el mismo techo. Pero lo de este año va a ser peor, por un lado no para de llover y no hay posibilidad de ir a la playa; por otro, Kathleen ha venido en esta ocasión acompañada de su nuevo y maravilloso novio, un chico ideal, perfecto, atento e interesante, por el que la joven bruja no puede evitar sentirse atraída. Y es que Scott, que así se llama el muchacho, es alguien demasiado bueno como para ser verdad. ¿Demasiado bueno en efecto? Con gran sentido de humor y una hábil dosificación de la tensión, Gray ofrece un relato de vindicación realmente atractivo, en el que al final no todos obtienen lo que desean. Interesante y divertida.

Con La ley de sospechosos, Maureen Johnson envía a dos jóvenes hermanas norteamericanas, Charlie y Marylou (por Charlotte y Marie-Louise) al viejo continente a conocer sus raíces francesas en lo que esperan que sean unas vacaciones espectaculares, pero la realidad es que terminan aisladas en una casa de campo en la campiña francesa, sin nada que hacer, sin la compañía prometida y con la única visita de un encargado que cada día las aprovisiona de comida. Cuando Charlie emprende un paseo sin rumbo fijo por los alrededores no sabe que sus pasos la van a acercar a un destino cruento que va a saltar a su paso. Cuando encuentre la casa de Henri, un peculiar y nervioso personaje, y este le cuente una inquietante historia sobre la Revolución Francesa y la “ley de sospechosos” su suerte quedará sellada. Y cuando el apuesto Gerard entre en sus vidas con una terrible advertencia sobre su futuro inmediato toda su existencia se convertirá en un carrusel desbocado. Mezclando con maestría los datos históricos con el suspense, el terror y unas apenas perceptibles gotas de romance, Johnson consigue atrapar la atención creando dudas en la mente del lector a través de varias vueltas en la trama que no permiten dar nada por supuesto. Curiosa, cuando menos.

En La casa de los espejos, Cassandra Clare (tal vez la más conocida de estas cinco autoras en nuestro país gracias a su trilogía Cazadores de sombras) lleva a los protagonistas a Jamaica, donde el mal les estaba aguardando. Violet ha visto como su madre se casaba con el padre de Evan, un chico de su instituto por el que se sentía (y todavía se siente) atraída y emprendían todos juntos una especie de luna de miel familiar. Cuando una misteriosa mujer llamada Anne Palmer, que vive en la mansión al lado de la que ellos han alquilado al borde de la playa, pida ayuda a Evan para reparar su coche (a pesar de que el chico no tiene ni idea de mecánica) este no dudará en dar una respuesta afirmativa aunque solo sea para escapar del cargado ambiente que rodea a su familia dado que sus “padres” no dejan de discutir (llegando él al maltrato a su nueva esposa). Damaris, una de las sirvientas, advertirá a Violet que Anne no es una mujer normal, que es malvada, y que quien va a su casa termina por no volver, pero la joven se verá impotente sin saber cómo actuar mientras su hermanastro, el chico a quien en realidad ama, va desmejorando a marchas forzadas ante sus ojos. Una historia que esconde mucho más de lo que una lectura ligera pudiera desvelar. Una denuncia de los malos tratos, de sacrificio y de ayuda desinteresada. Quizá se quede algo coja por su brevedad, pero desde luego invita a la reflexión.

Cierra el volumen No existe lugar seguro, de Libba Bray, donde cuatro amigos estadounidenses que están haciendo, con motivo de su graduación del instituto, un viaje “mochilero” por Europa con un bono del eurorail deciden en un momento de aburrimiento dirigirse al pueblo de Necuratul, en un país de la Europa del este, atraídos por un folleto turístico en el que se anuncia para el próximo 13 de agosto la celebración de un festival que conmemora el oscuro y demoniáco pasado de la población. Poe Yamamoto, el narrador de la historia, y sus amigos se internarán en la remota y atrasada región rodeada de cerrados y tupidos bosques que parecen ocultar misteriosos secretos, como la identidad de un niño zarapastroso que parece mirarlos desde la penumbra de los árboles. Amenazado por la construcción de una central eléctrica, el pueblo se dedica a los preparativos del que seguramente sea su último festival, motivo que ha traído de vuelta a los jóvenes del lugar (emigrados por temas de estudios o de trabajo) que enseguida congenian con los viajeros y los acojen bajo su ala en el peculiar ambiente de Necuratul. Poco a poco la atmósfera se irá volviendo más opresiva, mientras antiguos rituales amenazan con renacer para salvar al pueblo, chocando la tradición con la modernidad. Un relato potente que deja muy buen sabor de boca para cerrar el libro. Es, sin embargo, el único relato que deja abierto el final para una posible continuación, con una nueva aventura eso sí, ya que esta queda definitivamente cerrada.

Vacaciones en el infierno es una antología que tiene claro cuál es su público y ofrece algo para cada uno de ellos. Algo de humor, horror, sangre, magia, brujería, pocos vampiros (solo aparecen en la primera historia), tensión, misterio, pactos diabólicos, romance (aunque menos del que se podría esperar), anhelos imposibles, desilusiones, valor y miedo, finales no siempre felices... en unas historias ideales para leer cada una de un tirón dada su apropiada longitud y la rapidez con que se devora su prosa. El libro perfecto para pasar un rato agradable sin desgastarse demasiado las neuronas.

sábado, 24 de abril de 2010

Reseña: Los magos

Los magos.

Lev Grossman.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Grandes Novelas. Barcelona, 2009. Título original: The Magicians. Traducción: Franciscon Pérez Navarro. 492 páginas.

¿Es esta, como nos han querido vender, una Fantasía para adultos? Es más, ¿no ha existido siempre una Fantasía adulta como para que vengan ahora con este cuento? Espero, sinceramente, que el camino del género no vaya por aquí. Se ha definido, muy acertadamente, Los magos como un “Harry Potter universitario que viaja a Narnia”; y es que, en cuanto a argumento, poco más hay. Un Harry Potter ―como se ha visto antes en muchas de las parodias nacidas al amparo de la obra de Rowling―, que se deja llevar por la desilusión, el hastío, se emborracha y se droga y no pierde la ocasión de mantener relaciones sexuales con sus compañeras. Muy adulto sí, podría pensarse, pero aparte de lo supuestamente impactante del planteamiento, la novela se queda en agua de borrajas; concentrado en epatar al lector se olvida de darle profundidad a la trama, convertida en un quiero y no puedo muy insatisfactorio que despojado de sus “referencias literarias” ―que sobrepasan ampliamente el «homenaje» y el «referencialismo» para bordear peligrosamente el plagio― pierde todo sentido. Añadido a un ritmo muy desigual, con partes francamente interesantes y otras que invitan al bostezo, muy lento al principio ―una lentitud, sin embargo, que choca con lo rápido que quiere pasar sobre ciertos temas― para terminar en una carrera acelerada que se olvida de muchas cosas que la habían llevado hasta allí, la verdad es que se trata de una novela más bien fallida.

Quentin Coldwater es un joven brillante que se encuentra valorando opciones para su paso a la universidad. Persiguiendo una misteriosa nota en torno a sus amados libros de Fillory se adentra en un minúsculo parque que, sin embargo, le lleva a un bosque y a los jardines de la escuela Brakebills de Pedagogía Mágica, una institución para el estudio de la magia donde es aceptado sin que él mismo se lo cuestione demasiado y donde estudiará unos cuantos años interactuando con sus compañeros, aprendiendo hechizos y jugando al welters, un trasunto de ajedrez mágico a tamaño natural. Tras unas cuantas experiencias se licenciará y no sabrá qué hacer con su vida hasta que surja la oportunidad de viajar a Fillory, embarcándose en la aventura que ha soñado toda su vida con un variopinto grupo de compañeros ―de los cuales sobran unos cuantos visto su estelar papel que podría haber concentrado en cualquiera de los otros protagonistas saliendo ganando todos―, que no será lo que esperaba en absoluto. Y les pasan cosas, más malas que buenas, y supongo que hay por ahí una moraleja y nada volverá a ser como era y todo eso, pero la verdad es que para cuando el lector ha llegado a las últimas páginas poco interés le queda en lo que está sucediendo, dado lo triste y confusamente que está narrado.

Un problema importante viene dado por su carácter de «homenaje» a libros anteriores ―no solo Harry Potter y Narnia― que consigue que prácticamente ninguna de las situaciones planteadas causen sorpresa sino que suenan a ya leídas o vistas. Los magos es un refrito de muchas cosas, en un intento de darles una visión original ―por el simple método de buscar polémica de manera tan burda como introducir a un personaje auto marginado y rarito, que luego será uno de los mejores amigos de Quentin, y que resulta ser gay. Pues muy bien, ¿y qué?― sin terminar de conseguirlo porque hay cosas que ya no escandalizan. El colegio de magia se ha visto mil veces antes y con mayor implicación emocional en el aprendizaje como en Un mago de Terramar. El arquetipo de chico brillante pero algo obstuso socialmente está ya más que quemado. El grupo de amigos que terminan siendo más que la suma de sus partes se podría considerar un tópico clásico. Aquí, en la academia de magia incluso tienen su «fraternidad» ―que no es tal, pero para el caso como si lo fuera― donde se dedican a las actividades habituales que tantas veces se han retratado en las “comedias” universitarias yankis, esto es, al bebercio y al fornicio, y donde lo de menos es el estudiar porque aparentemente todos van a ser aprobados indistintamente de sus habilidades.

Además, el lector se encuentra con un personaje al que se está deseando durante toda la lectura darle un par de collejas y pedirle que espabile. Cada vez que Quentin consigue algo que deseaba se desencanta, descubriendo que no era tal y como lo esperaba y refocilándose en su dolor hasta que encuentra otro nuevo objetivo que no va a ser más satisfactorio que el anterior. Es un privilegiado y, sin embargo, no para de quejarse de su vida y de tirarse piedras contra su propio tejado. Es un adulto con un carácter demasiado infantil. Y por lo menos Quentin tiene un carácter, los demás personajes no dejan de ser planos en ningún momento, no adquieren personalidad en absoluto, son solo vehículos para acompañar al protagonista, para darle la réplica en sus frases y provocar ciertas situaciones necesarias para que la acción avance, pero nunca llegan a hacerse «reales», a adquirir profundidad. Personajes como Alice parecen estar ahí tan solo para provocar y soportar las frustraciones de Quentin, quien mide todo lo que le rodea con un doble rasero realmente peculiar según sea él el ejecutor o la víctima de la situación.

Quentin está desencantado con su vida y cada paso que da, creyendo que es para mejorar, la empeora. Lo único que sabe hacer es huir, nunca cuestionar lo que le viene de cara o tratar de cambiarlo, y quejarse de todo lo que le sale mal echando balones fuera y sin aceptar nunca sus propias culpas, descargándolas siempre en los demás. Es un niño, con reacciones de niño, en un cuerpo de hombre. Solo le faltaba el aguantar la respiración cuando se enfadaba para ponerse rojo, tan infantil resulta, por mucho que el autor se empeñe en meterlo en situaciones supuestamente adultas como la infidelidad, el «menage à trois», el alcoholismo o la drogadicción.

Pero peor aún es el absurdo tratamiento de la existencia de la magia en nuestro mundo y el uso que de ella hacen los magos. ¿Para qué les sirve? Estudian, las pasan moradas y luego los envían al mundo para que se busquen las castañas sin ningún objetivo en absoluto. Se supone que Brakebills los mantiene, lanzándolos a una vida disipada absolutamente vacía, sin nada en su futuro más que dejarse llevar. Una vez terminado su paso por la escuela, la pregunta obvia es ¿qué van a hacer a partir de entonces con su vida y sus poderes? Y la respuesta parece ser: nada de nada. Llevar una vida diletante en un apartamento de Manhattan, gozando de una vida disoluta y sin preocupaciones, en una espiral de fiestas y aburrimiento que les llevará a tomar decisiones poco meditadas y que pronto Quentin descubrirá no le llenan y le dejan tan insatisfecho y enfadado como siempre hasta entonces ―o más, pero la culpa, a pesar de lo que piensa, es solo suya―. Supongo que parte del relato trata sobre el madurar, el crecimiento de las personas, el bagaje que se va adquiriendo conforme se vive y la influencia de esas vivencias en la construcción de la personalidad; una especie de viaje iniciático a la búsqueda de uno mismo. El problema es que Quentin ―los otros están tan apenas esbozados que ni siquiera entran en el planteamiento― deja el libro casi exactamente igual que lo ha iniciado: infantil, gruñón, apático, egoísta, quejica, sin madurar en absoluto... Entonces, ¿para qué tanto viaje?

No tengo muy claro si el autor lo que intentaba era reflejar una juventud indolente, pasota, sin valores, conformista, incapaz de comprometerse en algo durante demasiado tiempo, autodestructiva, desencantada de su vida y de la sociedad, amante de las juergas y la diversión perpetua, carne de botellón... y si con eso ha querido dara entender que toda la juventud actual responde a ese estereotipo ―o es que solo se ha basado en las descerebradas «comedias» universitarias como modelo― para que los adultos podamos criticarla y sentirnos a gusto. Por suerte, aunque algunos sin duda sean así, sabemos perfectamente que no toda la juventud entra en esa definición, ni creo que muchos de los posibles lectores de la edad del protagonista puedan sentirse identificados en absoluto con él.

Durante toda la larga primera parte, la narración va claramente enfocada en llevar a Quentin y sus comparsas a Fillory, desde la para-médico ―personaje «comodín» por otra parte, que aparece y desaparece como el Guadiana sin más aparente motivo que empujar a Quentin por ciertos caminos― que casi al principio del libro le da un manuscrito de incierta procedencia, a las muchas menciones a los hermanos que viajaron allí en los libros infantiles originales o a los anhelos del propio Quentin por abandonar su vacía vida y gozar de las mieles del país fantástico, donde convertirse en el héroe que siempre ha soñado ser y dejar atrás sus problemas ―vamos, una nueva huida―. Y aún con muchos puntos de interés, Fillory volverá a defraudarle ―y con él, al lector. ¿De verdad hay alguien que no vea venir quién es el misterioso ser malvado que ha subyugado el reino?―. Tal vez lo narrado sea un intento de metáfora sobre la imposibilidad de conseguir los sueños infantiles, de enfrentarse a la dura realidad de la vida, de resignarse a lo que uno tiene y no aspirar a más... Tal vez la muy posible secuela aclare algo más y profundice en los temas de interés aquí esbozados. Lo que es seguro es que va a ser difícil fiarse de las frases publicitarias, vengan de quien vengan, visto quien firmaba las recomendaciones de Los magos y lo que se obtiene en realidad.

Es este un libro profundamente anti escapista, que parece recomendar que ante la duda ni siquiera lo intentes, que te conformes con lo que te ha tocado en suerte sin aspirar a nada mejor, porque cada vez que Quentin aspira a algo termina peor de lo que estaba. Los magos es un libro oscuro y triste, pero no por la narración en sí, sino por el mensaje desencantado que destila; un pesimismo vital que cuesta asimilar. Es una novela decepcionante, que lo tenía a priori todo para ser un éxito, con un buen tema, un interesante planteamiento, una escritura fluida y agradable, con oficio detrás, sólida, con acierto en las descripciones ―aunque en la acción se pierda un tanto, volviéndose algo confusa― y unas recomendaciones de renombre, pero la trama nunca llega a despegar, va dando vueltas y revueltas sin conseguir implicar al lector. Plasma un mundo donde la magia es posible, donde los sueños son posibles, y lo estampa contra una supuesta realidad mundana que demuestra una estrechez de miras realmente sorprendente. Eso sí, la campaña de marketing ha sido realmente apabullante; triste, pero cierto.


viernes, 23 de abril de 2010

23 de abril. Día del libro y de Aragón


Para celebrar el Día de Aragón nos vamos a dar una vuelta por la Feria del Libro y a dejarnos caer en la tentación de nuestro vicio: la lectura. ¡No faltéis!



¡No fumes, lee!

miércoles, 21 de abril de 2010

Reseña: La señora de los laberintos

La señora de los laberintos.

Karl Schroeder.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría. Col. Solaris ficción # 127. Madrid, 2009. Título original: Lady of Mazes. Traducción: Virginia Sanmartín López. 315 páginas.

Schroeder ofrece en La señora de los laberintos una visión de un futuro lejano que podría estar comenzando ahora mismo. Lo extraño es que presentando una sociedad altamente tecnificada, que vive inmersa en una realidad virtual tan perfecta que hace imposible distinguir lo real de lo virtual, la novela transpira una tecnofobia realmente asombrosa. Supongo que no era precisamente esa la intención del autor, o tal vez sí, pues las preguntas que subyacen en el fondo de toda la narración son: ¿Es el progreso tecnológico, a priori, algo bueno per se? ¿Debe la tecnología estar al servicio de la humanidad o viceversa? ¿Debe determinar e incluso crear el tipo de sociedad en que se desarrolla o ser la sociedad quien imponga los límites y los caminos a seguir? ¿Llega esa tecnología a estar muchas veces por encima del propio individuo? ¿Comprenden las personas el alcance de los adelantos, lo que va a significar en sus vidas, antes de su implantación o simplemente «sufren» las consecuencias a posteriori, cuando ya no hay marcha atrás? ¿Subyugará finalmente la tecnología la libertad de la humanidad? ¿Y, tal vez lo más importante, qué es la realidad? ¿Es lícito refugiarse en la «ilusión» cuando esta te provee de todo lo necesario y te mantiene a salvo y seguro? ¿Es más feliz una sociedad con unos parámetros bien delimitados y constreñidos o una en la que se instaure una libertad absoluta? ¿Quién tiene el poder de decidir por todos los demás?... Y las respuestas que se obtienen de esta lectura cabría calificarlas, cuando menos, de paradójicas.

En la Corona Teven, una suerte de pequeño Mundo Anillo de Niven o un orbital de Banks, habita una sociedad separada en diferentes «colectores», donde las poblaciones de cada uno comparten un mismo entorno físico, pero no la misma «realidad». Schroeder lleva la realidad virtual a su máxima expresión propugnando la inmersión total de los individuos en sus mundos virtuales, solapados los unos con los otros y donde es totalmente imposible distinguir entre la experiencia real y la experiencia virtual. Livia Kodaly, habitante del colector de Westerhaven, es una persona especial: es de los pocos habitantes de la corona con la capacidad mental de aceptar las otras realidades y por tanto de transitar de uno a otro colector como una especie de embajadora, interactuando con otros individuos con unos referentes culturales y unas creencias sobre lo que les rodea muy diferentes de las propias. Cada colector tiene unos niveles tecnológicos que no pueden ser superados debido a unos bloqueos instaurados por los «fundadores» y que mantienen de alguna forma inamovible el status quo de todas las sociedades de la Corona Teven. Cuando estos bloqueos empiecen a caer, Livia observará de primera mano como en su vecina Raven, una sociedad que recuerda la de los indios norteamericanos pre colonización, se están introduciendo cambios imposibles que pueden llegar a desestabilizar el entramado de toda la corona. Acompañada de Quiingi, un guerrero de Raven, descubrirán que una misteriosa presencia denominada tan solo 3340 está detrás de todos los cambios y que no va a parar hasta que los horizontes de todos los colectores colapsen y se difuminen los unos en los otros. Junto a su amigo de la infancia, Aaron, con quien compartió una traumática experiencia en su adolescencia, deberán embarcarse en una viaje fuera de su hogar, trasladándose a Archipiélago, donde descubrirán que existen otros muchos mundos y nuevas formas de sociedades «perfectas» que pondrán bajo examen la suya propia, obtendrán algunas respuestas y se cuestionarán muchas de las certezas que tenían sobre su idílica existencia.

Desde una vida disipada, absolutamente centrada en si mismos, donde todo lo tienen resuelto gracias a omnipresentes nanobots que les proveen de todo lo que necesiten, tendrán que abrir los ojos a lo que significa depender de manera absoluta de algo que no dominan. En ese sentido, para los protagonistas los descubrimientos cambian irremediablemente sus vidas, de forma que nunca podrán volver a ser lo que eran, nunca podrán retornar a la ignorancia que permite su hedonista existencia; el conocimiento conlleva la pérdida de su inocencia y tendrán que tomar partido entre la inmovilidad o el cambio que suponen los adelantos tecnológicos. Al llegar a Archipiélago ―donde la historia adquiere una dimensión mayor, más introspectiva quizá, pero más interesante también―, los tres protagonistas, héroes embarcados en la salvación de su hogar, aislados de todo lo que conocían, enfrentarán el dilema de forma muy diferente, eligiendo caminos divergentes que les vendrán marcados por los distintos referentes culturales de lo experimentado en su pasado, eligiendo soluciones aparentemente irreconciliables que cuestionan la vida que han llevado hasta entonces. La aventura queda suspendida hasta la resolución de los dilemas personales.

Livia ha vivido en un mundo perfecto, inmersa en una realidad que le permite interactuar con otros individuos en muy diversos planos, desdoblarse en varias personalidades, retraerse a su interior, comunicarse en múltiples niveles, modificar su entorno a su voluntad... Mas su mundo se encuentra solapado, utilizando la misma localización física, ya que no el entorno, con Raven, un lugar donde la tecnología avanzada no tiene cabida, donde los individuos viven en comunión con la naturaleza en una especie de trasunto de la América del Norte antes de la llegada de los colonos británicos. Y ninguna de las dos sociedades interfiere con la otra ―ni con ninguna de las muchas que las rodean―, ni dan muestras siquiera de saber de su existencia en una especie de solipsismo comunitario que recuerda mucho a una ceguera voluntaria. En la sociedad de Livia, los ciudadanos tienen la capacidad de modificar y dar forma a lo que les rodea ―sin superar los bloqueos tecnológicos―, viviendo como diletantes «elois» en un mundo sin preocupaciones que les provee de todo lo que necesiten y donde todo permanece estable, en una utopía aparentemente feliz que nadie ―o casi nadie― se cuestiona. Si la ignorancia les proporciona la felicidad, si todas sus necesidades están cubiertas... ¿para qué cambiar? ¿Por qué introducir modificaciones en una sociedad «perfecta»?

Se presenta en definitiva una lucha entre el inmovilismo, entre los bloqueos que permiten que las sociedades se mantengan siempre iguales sin interferencias, pero congeladas en su evolución, y aquellos que intentan que las tecnologías se mezclen, que se rompa el equilibrio aunque el resultado inicial sea el puro caos y la muerte de muchos seres humanos que no están preparados para asimilar la nueva realidad de sus vidas. En el nuevo entorno, las personas deben cambiar de forma radical su forma de pensar, de aceptar aquello que los rodea, deben de crecer de alguna manera, redescubriendo tal vez las reacciones normales de un ser humano que han olvidado al vivir demasiado tiempo inmersos en la realidad virtual ―es sintomático la escena en que se muestra como solo unos pocos entienden que en el mundo real una caída desde gran altura significa la muerte y no un «reseteo» que te devuelva al punto de partida o que los nanobots te rescaten indemne―.

Schroeder ha escrito una novela repleta de ideas, que prácticamente no da descanso entre revelaciones, que a veces fuerza la credulidad del lector ―como en el vehículo utilizado por Livia, Aaron y Quiingi para dejar la corona Teven, perfectamente justificado, pero un tanto traído por los pelos―, pero que en todo momento le sumerge en un mundo de posibilidades futuras entre las que tendrá que elegir. A la altura de un Stross, un Banks o un Hamilton, la novela está repleta de buenos postulados: las IAs, las fábricas de nanobots, los orbitales o mini mundo-anillos, el uso de la realidad virtual, la aplicación de un interesante sistema político plasmado en los «votos», las diferentes sociedades dentro de Archipiélago, los implantes tecnológicos, la inmersión en la discusión ética entre el uso y abuso de la cultura y los adelantos técnicos, o la justificación del tutelaje de la humanidad buscando el bien común aún a costa de perder buena parte de la libertad... De esta forma, en la novela se encuentran presentes unos posthumanos que han trascendido su naturaleza original, aparentemente benévolos, pero con agenda propia, y unos misteriosos seres denominados «aneclípticos» que parecen estar interesados en mantener y proteger las diferentes sociedades creadas por la humanidad, tutelándolas sin consultárselo, y tomando las decisiones pertinentes para mantener el status quo. Tarea que aparentemente llevan ya un tiempo realizando.

Por desgracia, el autor no consigue plasmar de forma perfecta todas sus ideas dentro de la trama y esta se le escapa de las manos en algunos momentos, perdiendo cohesión sobre todo cuando abandona el punto de vista de Livia para seguir a otros personajes que apenas son esbozados sin conseguir la profundidad necesaria . La propia protagonista está esquematizada en ocasiones, sin implicar emocionalmente al lector en sus preocupaciones ―y el caso de su «corazón roto» es sintomático―. Cuanto más se aleja el autor de los tres protagonistas principales más se pierde la definición, y aunque quizá esos secundarios sean necesarios para mostrar el tapiz completo, lo cierto es que el dibujo resultante se muestra algo difuso en ciertos pasajes a los que, quizá, se debería haber dedicado un poco más de atención. Con todo, la hábil introducción de todas las ideas dentro de la acción, y no mediante largos discursos, se agradece dada la importante fluidez que imprime al texto. Tal vez esta inmersión directa en la tecnología del futuro pueda resultar confusa para algún lector despistado ―sobre todo en el inicio que se sumerge directamente en la sociedad virtual de Westerhaven, teniendo que ir el lector deduciendo de qué está hablando el autor cuando muestra a Livia interactuando con su «sociedad»: recopilando a un doble para reproducir parte de una conversación a la que no ha acudido o dando instrucciones a sus agentes o hablando con sus fantasmas―, pero consigue una mayor implicación al obligar a mantener en todo momento la atención sobre el texto. Todos los detalles se van configurando según los protagonistas los van utilizando ―al igual que a un lector moderno no debería ser necesario explicarle qué es o qué hace un microondas, Schroeder se permite que el lector capte qué es cada cosa según vayan interactuando los personajes con las diferentes tecnologías o sociedades―. Es cuando Livia se enfrenta a las novedades desconocidas de fuera de Teven cuando el autor sí concede que un tercero le explique a ella, y al lector de paso, qué es lo que tiene delante o lo que está utilizando. De esta forma, las explicaciones se encuentran muy bien integradas en la trama, de manera que en ningún momento distraen la atención de lo que se está narrando―. El autor da muy pocas cosas bien mascadas, debiendo poner el lector mucho interés por su parte. Quizá la trama en sí pierda fuerza o no esté a la altura de las ideas planteadas, dejando algo que desear en ocasiones ―las disquisiciones morales de Quiingi, su búsqueda de un plano más espiritual, menos tecnológico, son a veces algo tediosas― y es cierto que al final el ritmo se acelera en exceso hacia el «gran enfrentamiento final» donde las diferentes tendencias intentarán imponerse de forma violenta, dejando algunas cosas colgadas o demasiado comprimidas, explicadas en dos pinceladas que dejan algo insatisfecho al lector dada la expectación creada y la confusión de ciertas descripciones.

La señora de los laberintos es una novela de aventuras, con matices de space opera, con un alto contenido de ciencia ficción hard y un significativo poso de reflexión sobre el futuro que vislumbramos a la vuelta de la esquina. En la mejor tradición especulativa, Schroeder intenta anticipar la aplicación extrema de muchos adelantos tecnológicos que ya estamos intuyendo a nuestro alrededor y ver cómo influirán en las vidas de los seres humanos, para bien o para mal. Proponiendo cuestiones cuasi filosóficas el autor pone sobre el tapete temas de auténtica enjundia con un ropaje de intriga, de acción y unas pocas batallitas. Tal vez semejante caudal de ideas en estas poco más de trescientas páginas ahogue un tanto la exposición de las mismas al tener que cuidar tanto el contenido ―la reflexión sobre la tecnología, sobre la ética, sobre el futuro de la humanidad― como el continente ―la aventura en sí, motor de la historia, vehículo que ha de hacer interesante la reflexión planteada―. Un libro para leer con calma y tranquilidad, que hace pensar se esté de acuerdo o no en las tesis y conclusiones que el autor presenta, y que, aunque no termina de enamorar en la parte aventurera, resulta no obstante lo bastante satisfactorio en lo especulativo como para darle una oportunidad. Un mensaje final contradictorio, ambiguo, permite seguir elucubrando aun después de haber cerrado el libro. No es poca cosa.


domingo, 18 de abril de 2010

Reseña: The big bang theory

The Big Bang Theory

Chuck Lorre & Bill Prady

Reseña de: Amandil

¿Qué puede salir de una comedia que mezcla jóvenes, genios asociales, fans de todo tipo de juegos (rol, tablero, ordenador, videoconsola, paintball) y una vecina guapa y un tanto ingenua? O un trasto inservible, humillante y lleno de tópicos insultantes o una maravilla como The Big Bang Theory.

La historia global es bien sencilla: una chica que pretende triunfar como actriz en California, Penny (Kaley Cuoco), se muda al apartamento que está enfrente del que habitan dos "geeks", el físico teórico Sheldon Cooper (Jim Parsons) y el físico experimental Leonard Hofstadter (Johnny Galecki). Desde el primer instante Leonard, movido por la cercanía de una mujer guapa, establece una amistad interesada (en el sexo, principalmente, pero también en el deseo de conseguir tender puentes con gente que no sea como el resto de sus amigos) a la que arrastrará al especialmente asocial Sheldon y a sus dos amigos científicos, el astrofísico indio Raj Koothrappali (Kunal Nayyar) y el ingeniero aeroespacial judío Howard Wolowitz (Simon Helberg).

A lo largo de la serie se nos van mostrando las especiales aptitudes y limitaciones de todos los personajes convirtiéndose, en muchas ocasiones, en los motores de gran parte de los gags e incluso de algunos episodios. La simpleza de Penny, arrastrada a no entender la mayor parte de las cosas que le dicen Leonard y sus amigos pero por los que siente una creciente ternura al comprobar que son un grupo de auténticos trozos de pan, bondadosos y, con sus rarezas, unidos entre sí por la pertenencia a una especie de élite intelectual que les hace divertirse de un modo distinto (el juego de cenar pizza esquivando lasers) o llegando a extremos divertidísimos en cosas como los juegos online (la adicción de Penny es tan verídica como esperpéntica), el piedra-papel-o-tijera (lagarto y Spock) o los experimentos químicos que recuerdan a las sesiones del Quimicefa.

Junto a Penny, que hace las veces del "ciudadano americano medio", destacan las rarezas que se convierten en las señas de identidad de los demás personajes. Raj y su incapacidad para hablar delante de mujeres salvo si toma una droga experimental o si bebe alcohol, junto con todos los tópicos del inmigrante en EE.UU. y su punto exótico que consigue darle algunos éxitos insospechados. Howard y su enfermiza salidez que le convierten en algo así como el eterno adolescente pajillero e infantil que, además, explota a conciencia el humor basado en su estatus de judío renegado de sus costumbres y que vive con su madre (aunque él afirme que es su madre la que vive con él). Leonard, adopta el papel de personaje consciente de que su grupo de amistades, y él mismo, son considerados "raros" y trata de tender puentes con el resto de la humanidad tanto por el mero hecho de ser aceptados como por intentar mantener relaciones sexuales con alguien que no sea Leslie Winkle (Sara Gilbert). Y por último, Sheldon, el personaje que, según pasan los capítulos, se está convirtiendo en el eje de la mayor parte de los grandes puntazos humorísticos debido a padecer algo parecido al síndrome de Asperger (algo negado por los guionistas) y atesorar una gran cantidad de manías derivadas de su concepción de que el resto de la humanidad está muy por detrás y muy por debajo de su nivel (salvo en el caso de la madre de Leonard, Beverly, interpretado por la veterana actriz Christine Baranski).

En definitiva, una parte considerable del humor de la serie se basa en las especiales características de los personajes mezcladas con un apabullante número de guiños al mundo de la ciencia ficción, la fantasía, los juegos de ordenador y consola, los cómics y la ciencia. De hecho, para entender la mayoría de los chistes es necesario conocer, al menos superficialmente, algunos de los grandes mitos modernos de los géneros citados (Star Trek, Star Wars, El Señor de los Anillos, los universos Marvel y DC y algo de Física). Sin embargo, los guionistas son plenamente conscientes de que si no amplían las referencias humorísticas más allá de ese ámbito la serie no podrá triunfar ante una audiencia que no sólo está formada por conocedores de esas parcelas del entretenimiento y los conocimientos. Así que, la acidez e ironía alcanzan puntos comunes a cualquier televidente estadounidense, aunque siempre desde la perspectiva de los protagonistas de Big Bang, llegando de ese modo a enredarse en temas tan prosaicos como la religiosidad creacionista, la sexualidad desenfrenada, la competitividad como motor de la investigación o las relaciones madres-hijos.

Cabe mencionar que una parte creciente del humor de la serie se basa en las rarezas innatas al personaje de Sheldon Cooper, magistralmente interpretado por Jim Parsons, quien ha logrado que asistamos al nacimiento de uno de los futuros iconos del mundo de la comedia de situación y que, a la postre, es probable que se convierta en el motor Big Bang Theory desplazando a los otros personajes principales (Leonard y Penny) a un papel levemente por encima de los de Raj y Howard. De hecho, la poco creíble relación sentimental entre Leonard y Penny amenaza con terminar de manera abrupta (y esperemos que mejor cerrada que las anteriormente finiquitadas con la doctora gordita, la camarera católica y la pobre Leslie Winkle) o bien sacando oro del filón que puede ser un proceso de desamor entre vecinos con Sheldon interviniendo como celestino o como crítico atroz. Lo veremos.

En cualquier caso, es destacable el frescor se está logrando imprimir en la serie gracias la combinación de unos guiones magníficos con un elenco que se está asentando de un modo magnífico en unos personajes tan atractivos como enloquecidos y a los que se les está explotando sus rarezas sin llegar (por el momento) a la exageración casi enfermiza que se dio en otras series similares como Friends, dónde en las últimas temporadas personajes como Joey o Mónica se habían convertido en parodias de sí mismos (él parecía un tonto funcional y ella una maníaca obsesiva compulsiva). De hecho, Penny ha evolucionado desde una simpleza bastante paleta (sonrisa bobalicona y no enterarse de nada) hasta una especie de estado de dominio de los frikis amigos de su novio.

En todo caso, la línea que está siguiendo The Bing Bang Theory en éxito de audiencia en EE.UU. (pero aún de un modo mínimo en España, dónde sólo la podemos disfrutar en canales sujetos a plataformas de pago) augura un futuro brillante en el que la diversión estará asegurada gracias al reflejo de la actualidad que nos encontramos en los guiones (en los últimos episodios hay comentarios sobre la película Avatar, por ejemplo) y al buen resultado que está cosechando entre los televidentes que sin ser necesariamente "geeks" o fans de la ciencia ficción, los ordenadores, los juegos de rol o la literatura fantástica (o la astrofísica, la física o las matemáticas ya puestos) ven reflejados en los cinco protagonistas un reflejo del mundo del entretenimiento que nos rodea y, en ocasiones, nos absorbe.

En definitiva, Big Bang es una serie que merece ser tenida en cuenta a la hora de dedicar tiempo al mundillo de las comedias desenfadadas y con tirón. No te defraudará lo más mínimo.