lunes, 9 de mayo de 2011

Reseña: La colina de Watership

La colina de Watership.

Richard Adams.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Seix Barral. Biblioteca Formentor. Barcelona, 2009. Título original: Watership Down. Traducción: Pilar Giralt Gorina y Encarna Quijada. 451 páginas.

Tengo la costumbre de, entre novedad y novedad, ir recuperando alguno de esos clásicos recomendados de todos los tiempos para ir cubriendo los huecos que no se llenaron en su momento. El problema surge cuando las recomendaciones son tan vehementes que temes que la realidad no esté a la altura de las expectativas creadas. Confieso que algo así me llevó a retrasar la lectura de La colina de Watership que me había sido tan bien puesto desde diversas fuentes que tenía miedo de que me decepcionase. Tiempo perdido, la verdad; y es que este es un libro que hay que leer sí o sí, disfrutándolo con calma, paladeándolo y reflexionando sobre los amplios temas que presenta el autor envueltos en una particular historia de «conejos».

Y es que Quinto es un conejo muy especial, pues tiene el don de la profecía, y queda aterrorizado cuando siente que una gran amenaza se cierne sobre su madriguera, así que les dice a sus compañeros que deben abandonarla o todos morirán. Pero el líder, el Threarah o «Señor del Serbal», no acepta sus palabras y tan solo su hermano Avellano y un pequeño grupo de amigos creerán en él, de forma que, a pesar de ciertos contratiempos, emprenderán un viaje en busca de un lugar seguro donde vivir, una soñada colina donde encontrar la paz y la tranquilidad, aunque para llegar allí deban superar una serie de obstáculos que pondrán su decisión y su unión en peligro. Deberán enfrentarse a la amenaza no solo de los depredadores y de los humanos que puedan salir al paso de su periplo, sino de otras colonias de conejos que no verán con buenos ojos su misión. A través de un viaje de carácter iniciático por la campiña inglesa, los conejos van a ir descubriendo sus propias habilidades, van a hacer frente a sus temores y van a «crecer» conforme la aventura se desenvuelve bajo sus pies.

Al partir no tienen una idea muy clara de cómo es el mundo que les rodea, no conocen los obstáculos que van a encontrar por el camino, no saben los peligros a los que se van a enfrentar, y a pesar de todo, juntos, van a hacer caso a su corazón y a apoyarse en los lazos de su amistad mientras se lanzan en pos de una utopía. Así la historia se convierte en la búsqueda de la libertad y de la seguridad, simbolizadas ambas en ese hogar que todos anhelan alcanzar, en esa sociedad idealizada por la que merecen la pena todos los sacrificios por muy difícil que sea de alcanzar. Y, dolorosamente, la muerte va a estar muy presente en todo momento, como algo cruel pero también natural, azarosa, inesperada, común... La lucha contra los elementos, contra otros animales, contra sus propios congéneres que buscan sojuzgarlos, deja bien claro que la vida no es un camino de rosas. El grupo estará muchas veces a punto de sucumbir ante las amenazas, incluso a aquellas más insidiosas como el atractivo de la comodidad de una sociedad hedonista que cierra los ojos ante el terrible precio que cuesta su confort o la seguridad de una sociedad totalitaria donde la comida y la protección están garantizadas a cambio de renunciar a la propia libertad y a los más mínimos derechos.

Una de las principales bazas de la novela es que no se trata de una historia de animales antropomorfizados, sino de conejos silvestres ―y zorros, pájaros, perros, gatos...― actuando dentro de las capacidades que su naturaleza les impone. Poseen, ciertamente, una cultura y un lenguaje propios, con sus mitos y leyendas ―como las de El-ahrairah, el Príncipe con Mil Enemigos, o las de Frith, esa luz cegadora que cada día se mueve por el cielo de horizonte a horizonte y que creó el mundo―, pero cuando tienen que enfrentarse a los retos lo hacen desde sus cuerpecitos con todas sus limitaciones, sin elementos externos ni herramientas imposibles de manipular por ellos. Así uno de los grandes aciertos de Adams es el profundo realismo que impregna toda la obra, basado tanto en sus propias observaciones como en el uso del libro de Ronald Lockley La vida privada del Conejo; y si el lector duda en algún momento que estos mamíferos puedan realizar algunas de las cosas que hacen a lo largo de su periplo bien podría llevarse una sorpresa descubriendo de lo que realmente son capaces.

Eso sí, existe poca interacción con los humanos, pero cuando la hay los mismos no salen ―salimos― precisamente bien parados ―salvo en una excepción que redime un poco a la especie―, siempre vistos como el enemigo que valla el campo, que extiende venenos, que construye estructuras que diezman las madrigueras, siempre dispuestos a erradicar a los conejos por «invadir» las tierras que les pertenecen, por encontrarse en lugares donde se quieren levantar viviendas o cultivar los campos, o por simple «deporte».

Otro acierto del autor es que cada conejo del grupo tiene su personalidad y su papel, complementándose a la perfección los unos a los otros, desde Avellano, el líder renuente que no es el más fuerte, ni siquiera el más inteligente, pero que «gobierna» por sus evidentes dotes de liderazgo que le hacen tomar las mejores decisiones por el bien del grupo olvidando cualquier consideración egoísta; o Quinto, el visionario, un conejo débil que tiene poco que ofrecer a la comunidad salvo su apoyo y esperanza inquebrantables, y que demuestra que muchas veces el papel de los «pequeños» resulta vital para las grandes acciones. Y luego están Zarzamora, el observador-pensador que resuelve muchos de los problemas a los que van enfrentándose como el de cruzar un río o una carretera; Diente de León, el cuentacuentos que levanta los ánimos con sus historias en las horas más oscuras; Pelucón, el matón que sin embargo terminará poniendo su fuerza al servicio del grupo; Pico de Halcón y Plateado, quienes a pesar de su mayor peso, envergadura y fuerza, se pliegan ante las ideas de los demás, reconociendo tácitamente que es mejor pensar antes de actuar, que la reflexión siempre debe anteponerse a la violencia; o el débil Puchero a quien nadie quiere dejar atrás...

Y entre los que se van encontrando están Prímula y Fresón, víctimas y a la vez cómplices de una madriguera conformista y trágica; o el general Vulneraria de Efrafa, que encarna precisamente el concepto contrario al del grupo viajero, dirigiendo una madriguera con una estructura que se mueve entre el fascismo y el comunismo, donde las relaciones, los movimientos, la reproducción y el crecimiento de la población están ferreamente controlados, y donde se demuestra que no se puede imponer la felicidad por decreto. Mas el grupo también se va a encontrar con otros animales y no solo con conejos, como cierto zorro que les pondrá en serios apuros, o como la gaviota Kehaar, que demuestra que las buenas obras siempre son recompensadas y que la colaboración es mejor camino que el individualismo...

Calificado como literatura infantil-juvenil es fácil darse cuenta que dicho nicho no le hace honor en absoluto. Es un clásico de la Literatura contemporánea en cualquiera de sus vertientes, recomendable para ser leído por cualquier público ―por todos los públicos―, con un mensaje universal de enorme interés que se asimila mejor, quizá, al estar protagonizado por conejos. Una historia de superación, un viaje iniciático de autoconocimiento, una denuncia de los totalitarismos, un alegato a favor de la solidaridad y la colaboración para vivir en paz. La colina de Watership es esa clase de libro «infantil» que introduce a los niños en el mundo de los adultos, sin callarse, sin ocultar ni edulcorar la realidad, sin esconder temas vitales como la muerte, las luchas políticas, la traición, la amistad, el compañerismo y la colaboración con los demás, la compasión, el respeto a la naturaleza, la capacidad de adaptación y el trabajo en equipo, la lucha por la supervivencia, la empatía con el prójimo, el sacrificio desinteresado, el amor ―o la búsqueda de una pareja en todo caso― y el anhelo por la utopía y la libertad. Un libro que leído a diferentes edades sin duda ofrece muy diferentes «lecturas», pero que será disfrutado en multitud de niveles en cualquiera de ellas.

A lo largo de la novela Adams no hurta a sus lectores ni el fracaso ni el dolor ni la brutalidad ni el sacrificio, no esconde que la vida es dura y que no siempre es fácil alcanzar los objetivos marcados o que muchas veces ni siquiera se puede alcanzarlos. Sin embargo, si una lección hay en la novela es la de la superación ante las adversidades, la no rendición ante los obstáculos, la lucha por alcanzar los sueños. La colina de Watership es un libro de emocionantes aventuras, de un grupo de personajes entrañables, vivos, que respiran y sienten creando en el lector auténtica empatía, que se enfrentan a innumerables peligros con la simple fuerza de su unión y con un plan en la cabeza, de un apasionante viaje a través de una campiña británica que a veces no es tan idílica como podría parecer ―sobre todo cuando no levantas más que un par de palmos sobre el suelo―... Un libro que todo el mundo puede disfrutar y del que extraer algunas lecciones que aplicar en el día a día. Recomendable es poco, ahora tan solo me arrepiento del tiempo que he tardado en decidirme a leerlo.

2 comentarios:

QUIQUE dijo...

Es un libro que gusta olvidar por el placer de volverlo a leer. Recuerdo una vieja edición del Círculo de lectores, de mis padres perdida en los avatares de la vida. Me encanta el análisis de la obra que hace el autor.

Santiago dijo...

Totalmente de acuerdo. No pasará mucho tiempo antes de que los relea :-)

Saludos