lunes, 16 de mayo de 2011

Reseña: Los relojes de Alestes

Los relojes de Alestes.

Victor Conde. 

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Grupo Ajec. Col. Albemuth Intenacional # 33. Granada, 2010. 255 páginas.

Nordhal Dass, un atlético geólogo con ocultas e inesperadas habilidades para el espionaje, debe acortar bruscamente su estancia en los EE.UU. y volver a su Branderburgo natal tras ser testigo indirecto del “despegue” de la cápsula que el Gun Club ha lanzado hacia la Luna en lo quie significa el primer vieja del Hombre hacia nuestro satélite. De vuelta a una Europa convulsa, que mantiene tensas relaciones con el Imperio Otomano y en cuyo horizonte se otea la inevitable amenaza de guerra, se pone en contacto con los servicios secretos quienes lo citan en un castillo de los Alpes bávaros con Irna Hohenstaufen, una noble prusiana que planea invertir su fortuna en financiar otro viaje a la Luna, después de que los estadounidenses hayan hecho lo propio, buscando explotar los grandes recursos que se supone van a encontrar en ella. 

Una mezcla de aristócratas, de aventureros y de científicos europeos procedentes de diversos países se sumarán al proyecto de forma algo atropellada en medio de grandes peligros, y compondrán una heterogénea tripulación cuyos objetivos finales no son precisamente filantrópicos, ya que el propósito principal del viaje será obtener materias primas, sobre todo oro, con las que financiar la maquinaria bélica que tan necesaria se intuye en un futuro cercano para oponerse al enemigo otomano. Pese al secretismo en que se ven envueltos los preparativos de la misión, resultará inevitable que sus adversarios, tanto europeos como americanos, intenten por todos los medios hacer fracasar el proyecto. Los sabotajes y atentados estarán al orden del día y sus vidas correrán serio peligro.

Tomando como base, al tiempo que le rinde un sentido homenaje, la obra de Julio Verne ―algunos de cuyos personajes llegan a realizar sus particulares cameos―, Conde escribe una ucronía steampunk de hondo calado y recorrido, planteando una particular carrera espacial en un siglo XIX que diverge bastante del nuestro, pero en el que todavía es fácil reconocer ciertos hechos que desembocarían en el estallido bélico de la Gran Guerra, aunque aquí sin duda los participantes y aliados de cada bando serían un tanto diferentes. Unos cielos dominados por grandes zeppelines dan buena cuenta de que nos encontramos en una realidad agradablemente anacrónica.

Narrado a forma de pastiche, Conde consigue emular en muchos momentos el lenguaje preciosista y algo recargado de la prosa de Verne, principal pero no único referente del relato ―hay bastante de Wells también por ahí―. Con un tono por momentos excesivamente decimonónico, de elevado lenguaje y recargadas florituras verbales, el relato se hace árido y estéril en puntos concretos, tropezando en algunos escollos literarios, para luego dar paso a una narración mucho más fluida. A pesar del tema y el escenario, Los relojes de Alestes no es una novela de acción propiamente dicha, aunque haberla hayla, sino más bien de intriga. La aventura es un trasfondo trepidante que le permite al autor retratar otras muchas cosas, buscando sin duda ese sentido de la maravilla asociado siempre a este tipo de obras y tan presente en las novelas de Verne, retratando una sociedad inmersa de lleno en unos irrefrenables cambios tecnológicos ―y la visita a la Exposición Universal de Moscú es plenamente sintomático― sumergiendo el autor a los protagonistas en una particular «era de los inventos».

Dependiendo de la necesidad del relato, el autor llega a ofrecer voz hasta a cinco narradores distintos, todos en primera persona, utilizando diversos recursos como la prosa epistolar, diarios manuscritos o a grabaciones en fonógrafo, cambiando también así el registro estilístico para hacer más legible, ágil y entretenida la obra. El pastiche verniano, una vez que el lector consigue entrar en el juego de Conde, funciona a la perfección ―más todavía para quienes hayan leído las obras de referencia―, aunque allá donde el autor francés siempre destilaba un firme optimismo de fondo, tanto en la técnica como en el propio ser humano, el español imbuye al texto de una sutil crítica, mostrando cómo el intelecto siempre consigue poner al servicio del empeño bélico cualquier invento o adelanto que pudiera ser imaginado y, cómo, en última instancia, el motor de las acciones humanas es la ambición, la codicia o la simple búsqueda del poder sobre los demás. Es significativo que allí donde la expedición de Verne a la Luna ―aparentemente según la lectura pura y simple de la novela, sin bucear entre líneas― tan solo buscaba lograr un hito científico, demostrar el potencial de la ciencia y el espíritu humano, la ruso-prusiana de Conde tiene el prosaico interés de encontrar materias primas, explotar el satélite y apoyar financieramente el impulso bélico.

El heterogéneo grupo de protagonistas, con la aristócrata prusiana Irna Hohenstaufen y el geólogo Nordhal Dass a la cabeza, da mucho juego al autor. El grupo reunido por Irna comprende un buen número de disciplinas científicas ―matemáticos, físicos, expertos en armas y explosivos...― con un amplio abanico de procedencias geográficas, no solo europeas o estadounidenses, sino también con la agradecida presencia de la princesa hindú Asha, o del esquimal Anok. En otro plano, la presencia de la novia-prometida de Nordhal, Ginka Maudenhoff, permite una visión distinta de la sociedad en que se desenvuelve la aventura, al tiempo que introduce una necesaria evasión humorística y da un refrescante toque femenino al relato.

Embarcados en un periplo que les llevará a recorrer buena parte de las tierras europeas e incluso a dirigirse hacia el Nuevo Mundo, el grupo luchará contra viento y marea para llevar a cabo su misión a pesar de todos los peligros que surgen a su paso. ¿Y el tal Alestes...? Bueno, esa es una cuestión que el lector deberá descubrir por sí mismo introduciéndose en las páginas de la novela. Tal vez descubra algunas sorpresas inesperadas.