martes, 24 de noviembre de 2015

Reseña: Estación Once

Estación Once.

Emily St. John Mandel.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Kailas. Col. Ficción. Madrid, 2015. Título original: Station Eleven. Traducción: Puerto Barruetabeña Díez. 339 páginas.

Novelas sobre futuros post apocalípticos, oscuros, devastados y terribles hay ya unas cuantas, es cierto. Novelas sobre la supervivencia, la regresión o involución a estadios anteriores de la Humanidad, la reconstrucción. Novelas que presentan el espíritu de superación o las negruras a las que es capaz de caer el ser humano. Novelas que muestran el fin de la civilización y el inicio de algo nuevo, más duro y triste porque se es consciente de lo que se ha perdido, de lo que es imposible recuperar. Novelas sobre el precio de la fama y de cómo moldea y afecta en las vidas y relaciones de las personas cercanas. Novelas sobre relaciones tumultuosas, tóxicas en ocasiones, terriblemente cotidianas en otras, también hay unas cuantas. Y, siendo partícipe de alguna manera de un parentesco con todas ellas, Estación Once es, no obstante, una novela llamada a sorprender y a cautivar. Una novela que trasciende con mucho su inicial arranque hecatómbico, mezclando géneros y conjugando diversos palos narrativos a un tiempo. Mandel propone una estructura caleidoscópica, donde según se unen y separan las piezas del relato, presente, futuro y pasado, van conformando diferentes imágenes, cada vez más complejas y completas, las de la historia de cómo una enfermedad devastadora, la gripe de Georgia, arrasa la civilización de forma radical y de cómo eso afecta a ciertas personas anteriormente relacionadas. Mediante saltos adelante y atrás en el tiempo, la autora va a dar precisas pinceladas del durante, el antes y el después del apocalipsis —aunque sin ahondar en el origen del virus ni en su difusión—, aprovechando para reflexionar sobre el arte, sobre la fama, la memoria, la solidaridad y la crueldad que habitan por igual en el alma humana, el compañerismo, la muerte y la tiranía, la suerte y el azar. Un relato por momentos tierno, por momentos duro, que hace gala de un optimismo con sombras, más interesado en la bondad y la solidaridad que en sus contrarios, pero sin ocultar estos en absoluto. Un relato triste, desgarrador, intrigante, cautivador y hermoso.

Arthur Leander, un actor en el apogeo de su carrera, una celebridad de Hollywood con dos divorcios a sus espaldas y otro más en desarrollo, se encuentra representando El rey Lear en un teatro de Toronto cuando sufre un infarto y cae desvanecido sobre las tablas. Un espectador, Jeevan Chaudhary, estudiante de técnicas sanitarias, se da cuenta de inmediato de lo que está sucediendo y salta al escenario a intentar socorrerlo. Olvidada, casi confundida con el decorado, una niña actriz, Kirsten Raymonde, asiste a este drama que, sin llegar a comprenderlo del todo, la marcará de por vida en diversas formas. Y fuera del teatro, la ciudad empieza a enfrentar un drama mucho mayor. Esa noche lo que parecía una epidemia aislada y lejana llega a Toronto como parte de su proliferación global convertida en pandemia. Se trata de un virus tan agresivo que en muy breve espacio de tiempo acabará con el noventa y nueve por ciento de la población mundial. La vida nunca volverá a ser igual a cómo era.

Mandel juega con los tiempos, lanzando entonces veinte años hacia el futuro el relato, mostrando como supervivientes como Kirsten intentan mantenerse a flote. En el Año Veinte la ahora casi treintañera se ha unido a un grupo de músicos y actores en una troupe itinerante llamada la Sinfonía Viajera, que recorre un área limitada de los antiguos EE.UU. interpretnado de pueblo en pueblo un repertorio musical y una selección de obras shakesperianas, y cuyo lema, dibujado en el lateral de uno de sus «carromatos» es: La supervivencia es insuficiente —homenajes a la cultura popular pasada y presente hay unos cuantos—. Entre las ruinas que se encuentran por el camino, Kirsten busca antiguas revistas de cotilleos recortando cualquier artículo que hablese de Arthur Leander, convertido en su nexo con un mundo que ya no existe,  un mundo mucho más sencillo y seguro que en el que se encuentra ahora. Junto a los recortes atesora dos manoseados comics: Doctor Once, vol. 1, nº 1: Estación Once y Doctor Once, vol.1, nº 2: La persecución. Unos comics de los que nadie salvo su poseedora parece haber oído siquiera hablar, y que la autora utiliza para conectar el relato con sus raíces en el pasado.

Todos los servicios han caído. Sin un 99 % de la población el colapso es inevitable y total. No hay quien mantenga las redes eléctricas, ni las cadenas de distribución o producción; los combustibles se han degradado y ya no pueden usarse, terminando así con los medios de transporte que no usen propulsión animal; internet deja de funcionar; las comunicaciones quedan en silencio… Así que, años después de la catástrofe, el mundo ha involucionado casi a tiempos del Far West. Kirsten es ahora una mujer dura, adaptada al mundo que le ha tocado vivir, que apenas recuerda el tiempo anterior y que, sin embargo, lucha junto a sus compañeros por recuperar algo de esa Humanidad perdida entre el caos y la desolación convencidos de que es algo que merece la pena conseguir.

Y es entonces, cuando la narración parecía decididamente enfocada hacia lo postapocalíptico más tradicional, con la Sinfonía Viajera regresando dos años después de su última visita a un pequeño poblado, Santa Débora en la Orilla, para representar sus obras y encontrándoselo inesperadamente dirigido con mano férrea por un «profeta» de palabras bondadosas pero actos un tanto sospechosos, cuando de pronto la autora salta atrás hacia el pasado pre gripe de Georgia para profundizar, no en el origen de la misma, sino en la vida de Arthur Leander: en sus raíces, sus estudios, los inicios de su carrera, sus sueños y anhelos, su ascenso hacia la fama, su vida sentimental, sus infidelidades, sus ex esposas, sus amistades, sus agentes, el acoso de los paparazzi, su paternidad... Mandel ofrece así un relato de corte mucho más cotidiano y «realista», que se va abriendo en abanico, husmeando en las vidas de diversos personajes, centrándose en sus relaciones en un tono más mundano; revelando la autoría y procedencia de los comics de Doctor Once, imprescindibles para la trama; confrontando el mundo conocido, con todas esas comodidades y avances que se dan por hechos y en los que ya apenas se repara, como puedan ser la facilidad para atravesar medio mundo viajando en avión o para comunicarse con una persona que se encuentra a cientos de miles de kilómetros, con ese otro mucho más pequeño y aislado de asentamientos de apenas un centenar de personas carentes de tecnología «moderna» y que invita a la reflexión sobre qué sucedería si de repente desaparecieran todas esas cosas que se dan por descontadas, cuando una inservible tablet o una inoperante tarjeta de crédito fueran tan sólo objetos a venerar en un museo.

A través de las décadas, fragmento a fragmento de apariencia aleatoria, deslizándose adelante y atrás de los años sin una continuidad evidente, Mandel va entretejiendo vidas apenas conectadas, tangenciales, que muchas veces ni siquiera saben que han llegado a cruzarse o que nunca lo harán, para crear una historia rica y profunda del antes y el después de la pandemia. Jeevan, antiguo paparazzi quien en varias ocasiones esperara largas veladas para fotografiar a Arthur con alguna de sus mujeres, se parapeta en el apartamento de su hermano asistiendo impotente al fin del mundo. Miranda, ex esposa del actor, recuerda las ocasiones perdidas. Diversos actores secundarios terminan en destinos que no eligieron. Un niño crece con referentes extraños. Vidas truncadas por doquier.

El misterio que encierra la génesis y la historia de los comics de la Estación Once, y su metáfora de las condiciones en que ha quedado ese mundo post virus, las conexiones que van surgiendo inesperadamente entre la obra de ficción y la realidad —en forma de nombre de un perro que recuerda a otro o de una página en poder de quien no debiera poseerla— o los recortes de prensa, de un pasado que se antoja increíble desde la perspectiva de quienes no lo conocieron, van configurando un tapiz tan deshilachado como el futuro que se retrata, con hilos sueltos que no forman parte del dibujo general, pero sí de su trasfondo. Un tapiz que habla de pérdidas y de hallazgos, de amor, infidelidad y amistad, de duelo, de nostalgia, de la necesidad del arte y la interpretación en cualquier vida, de belleza entre las ruinas, del tiempo que no se puede recuperar, de la búsqueda de la felicidad, del autoengaño, de la fragilidad de los recuerdos, de ambición y decepción, del valor de las cosas pequeñas, de los tesoros inesperados… Y de seguir perseverando pese a todo.

Estación Once es un libro hermoso, inesperado, emocionante, cotidiano en su retrato de esas vidas que se tocan con la de un actor famoso, y postapocalíptico más en la línea «sosegada» que ya marcara La constelación del perro, de Peter Heller —aunque aquí haya con una mayor exploración del pasado— que en las muchas propuestas de acción zombi de moda. Con enfrentamientos, luchas y crueldades, con mucha tensión, pero también mucha reflexión, es un canto de admiración al mundo moderno y todas sus comodidades, y una advertencia de su fragilidad. Un libro sobre las personas que se niegan a «sólo» sobrevivir, aportando algo más a las vidas de los demás; gente que se niega a dejarse vencer, que mantienen la esperanza y se esfuerzan por reconstruir aún en las peores de las condiciones. Gentes que aman, que sufren, pero no desfallecen. Porque la supervivencia es insuficiente. Star Trek y Shakespeare se encuentran en el lejano camino, en la desolación, y muestran la necesidad de los recuerdos y de soñar metas para seguir viviendo.

Un libro que me ha sorprendido muy gratamente.

2 comentarios:

Javi R dijo...

Lo tengo pendiente, pero todo el mundo dice que es muy sosegado y por ello lo voy dejando pasar y así lleva tiempo.

Buena reseña.

Saludos

Santiago dijo...

Desde luego, en la parte post apocalíptica no esperes nada parecido a Mad Max o similares. Hay violencia, pero no está reflejada de manera gráfica.

Y en las partes pre y durante el apocalipsis se basa más en contar las vivencias "mundanas" de los protagonistas que en investigar qué lleva a la hecatombe o qué se hace para combatirla.

Saludos