viernes, 25 de noviembre de 2016

Reseña: El despertar del leviatán

El despertar del leviatán.

James S.A. Corey.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2016. Título original: Leviathan Wakes. Traducción: David Tejera Expósito. 603 páginas.

Space opera desatada, imaginativa, divertida, irónicamente humana y profundamente inteligente y reflexiva. ¡Leedla! Ya está, esa es la reseña. Todo lo que viene a continuación es innecesario, pero supongo que habrá que justificarlo. Ahí va. El despertar del leviatán es la primera entrega de una serie llamada The Expanse —el mismo título que ha recibido la adaptación a la TV cuya primera temporada ocupa la mitad de esta novela— que por el momento ha alcanzado las 10 entregas entre novelas y novelas cortas, firmadas por James S.A, Corey, seudónimo —no es ningún secreto, lo pone en la solapa de portada— del tándem formado por Daniel Abraham y Ty Franck —«protegidos» ambos de George R.R. Martin—. Nominada a premios como Hugo y Locus, la novela despliega una trama de noir espacial repleta de acción con toques policiales y «militaristas», desarrollada dentro de los límites de un colonizado Sistema Solar, sobre todo en las estaciones y naves que pueblan el Cinturón de Asteroides. Una space opera moderna y muy clásica a un tiempo. Un auténtico western espacial con sus sheriffs corruptos, sus intereses mineros, sus forajidos, sus poblaciones en la frontera, su héroe dispuesto a enfrentarse a todos, y sus duelos a muerte —que para la ocasión tienen lugar entre naves espaciales y no entre pistoleros, no os toméis todo lo anterior al pie de la letra—, y donde el escenario marca realmente la diferencia.

El motor de fusión Epstein, capaz de permitir grandes aceleraciones a las naves espaciales, ha abierto a la humanidad la puerta para colonizar el Sistema Solar y mantener el contacto y las relaciones comerciales entre la Tierra, la Luna, Marte y el lejano Cinturón de Asteroides y los planetas exteriores, como las lunas de Júpiter, Saturno o Urano, que ya cuentan con millones de habitantes, pero no le ha permitido todavía acceder a las estrellas. Una colonización que ha creado un sistema geopolítico lleno de tiranteces, injusticias, abusos y agravios —reales e imaginados—, cuyo devenir de fuerzas mantiene un equilibrio siempre al borde del estallido. En estas circunstancias, Jim Holden, segundo a bordo de la nave transportadora de hielo Canterbury, verá como su vida cambia radicalmente al acudir a una llamada de auxilio que resulta ocultar una desagradable sorpresa. Al mismo tiempo, el inspector Joe Miller, miembro de una fuerza de seguridad privada encargada de mantener el orden en la Estación Ceres, recibe el encargo de encontrar a Julie Mao, una joven heredera «oveja negra» de una rica familia procedente de la Tierra, y «devolverla» a sus padres incluso aunque sea contra su voluntad; una tarea nada sencilla con la que el inspector llegará a obsesionarse, convirtiéndola en algo personal, en una salida para una vida opaca.

Dos líneas narradas en capítulos alternos y que, es obvio, van a terminar encontrándose siempre envueltas en un ambiente de inevitable conflicto. La situación entre los planetas interiores y exteriores se va deteriorando de forma irreparable, y cada descubrimiento acerca cada vez más el estallido de un enfrentamiento de proporciones inmensas. En medio de un escenario de enormes dimensiones y que implica a un buen número de fuerzas de naturaleza supraplanetaria, los autores invierten mucho esfuerzo en crear un gran elenco de personajes, de muy distintos caracteres, y narrar sus historias con un ritmo sin descanso y una prosa ágil e inmersiva —algo a lo que sin duda también contribuye la acertada traducción. El idealista Holden, siempre con la mente puesta en hacer lo justo, se mueve en un universo moralmente cuestionable, del que de alguna manera se siente distanciado, sin terminar de comprender en realidad las reglas que lo rigen, y dedicándose a perseguir molinos, aún sabiendo perfectamente que son molinos —y así no es de extrañar el nombre que va a ponerle a su nave—, sin tomar en cuenta las consecuencias. Su máximo apoyo va a ser la confianza demostrada por su tripulación, la segunda oficial y jefa de ingeniería Naomi Nagata, el piloto Alex Kamal y el mecánico Amos Burton, con quienes va a enfrentar situaciones y decisiones de lo más peliagudas. Una tripulación de lo más heterogénea, con miembros de procedencia tanto terrícola como cinturiana, que hacen de su diferencia de habilidades, de su unión y su lealtad su mayor fuerza. En el otro plato de la balanza, Miller es el prototipo de inspector de novela negra, pero en versión de estación espacial, que mola más: duro, divorciado, bebedor, perdido, hastiado, un tanto solitario y sin auténticos amigos —si acaso podría considerar como tal a Havelock, su compañero, que resulta ser un terrestre a su vez bastante marginado por el resto de agentes—... El inspector es alguien que ni siquiera se da cuenta del profundo agujero en que se encuentra metido hasta que le fuerzan a salir del mismo. Y, sin embargo, la cruzada que va a emprender no será en absoluto una forma de intentar redimirse, sino una búsqueda de una humanidad perdida que ni siquiera había echado en falta. La combinación de ambas historias, de los descubrimientos a los que los empeños particulares de cada protagonista van a ir llevando, muestra la compleja situación sociopolítica del Sistema Solar, donde una desconocida mano parece empeñada en orquestar una guerra de devastadoras consecuencias y vencedor incierto. Grandes intereses se encuentran en juego y los protagonistas se descubren como meros peones en una conspiración de proporciones incalculables; pero unos peones que tienen mucho que decir, incluso llegando con sus acciones a convertirse en piezas de mayor valor, decisivas.

Existe un evidente aunque larvado conflicto entre los planetas interiores y exteriores. La Tierra, cuna de la humanidad, tiene la mayor armada y la propiedad de las mayores firmas y contratos comerciales del Sistema. Marte, todavía en proceso de terraformación y por tanto todavía débil, con sus ciudades encerradas bajo «frágiles» cúpulas, tiene las naves militares de tecnología más moderna. Y  el Cinturón y las estaciones dependen en gran grado de ambos planetas, lo que amplifica el sentimiento de insatisfacción y rebeldía, algo a lo que se añade el que los cinturianos, después de generaciones de vivir en ambientes cerrados, dependiendo de sistemas de filtrado y reciclaje, y creciendo lejos de los «pozos de gravedad», están a un paso de convertirse en una rama desgajada del tronco de la humanidad. Corey explora como trasfondo y escenario principal temas en absoluto novedosos, pero con un enfoque muy impactante. El colonialismo y la explotación de los planetas exteriores y los asteroides del Cinturón que deviene en abierto racismo de dos direcciones. El miedo al diferente. El desprecio del que se siente superior por haber nacido en un planeta; y el orgullo de quien se sabe superviviente en las duras condiciones de las estaciones espaciales, que se convierte en odio hacia aquellos de los que depende y por quienes se siente explotado. La segregación y la discriminación…
No hay ningún cariño entre terrestres, marcianos y cinturianos. Los dos primeros mantienen firme la correa, comercial, militar y científica, sobre los últimos; pero sus propias relaciones no son precisamente cordiales. Y el sentimiento de injusticia hace que entre los habitantes del Cinturón se extienda un movimiento, la APEAsociación de Planetas Exteriores—, de carácter revolucionario y que busca librarse del yugo de sus explotadores echando mano incluso de acciones terroristas: Un movimiento, sin embargo, que tiene tantas incongruencias y contradicciones en sus fines y seguidores, tantas corrientes, que lleva en su seno su propia condena y desafecto —quieren independizarse, pero dependen demasiado de los productos procedentes de los planetas interiores como para ser autosuficientes; algunos abogan por la violencia, otros por el diálogo; algunos son meros criminales, otros políticos en la sombra...—. La tensa situación se traduce en un caldo de cultivo realmente explosivo con el que alguien en las sombras empieza a experimentar. Las acciones bélicas se suceden. La avalancha parece imparable. Y los protagonistas se van a ver justo en medio, poseyendo algo que todos los bandos parecen, sin saber lo que es, desear tener en su poder.

El despertar del leviatán es, también, puro espectáculo, pura diversión, donde no faltan combates espaciales, enfrentamientos en los cerrados pasillos de las estaciones espaciales, asaltos a naves, asesinatos en sórdidos establecimientos, luchas en esclusas de aire, incluso jiu-jitsu en gravedad casi cero. No falta la acción, aunque en ocasiones la  diplomacia intente demostrarse más efectiva. No faltan misterios. No faltan revelaciones sorprendentes que llevan a más misterios. Gentes actuando bajo presión, mucha presión. Personas capaces de bromear en las puertas del infierno y personas que se toman demasiado en serio a sí mismos. Corporaciones que ponen sus intereses por encima de cualquier otra consideración. Incluso hacen acto de presencia algo que se podría calificar de zombies agregando su granito de arena a una trama repleta de giros y recovecos. Y hay un perfecto uso de los recursos de la ciencia ficción, de la física espacial y del gusto por el detalle que, sin llegar a convertir la novela en hard, la hace muy «real», consiguiendo que sea muy fácil introducirse en el relato. Desde las tecnologías implicadas en diversos aspectos de la narración a detalles como la forma en que la falta o aumento prolongado de la gravedad afectan a los tripulantes a bordo de una nave o a los habitantes de una estación espacial. Desde las maniobras orbitales a los resultados del efecto coriolis. Es un escenario «vivo», creíble, magníficamente construido; sórdido cuando debe serlo, y deslumbrante cuando es necesario. Sorprendente. Pero sobre todo tiene unos personajes capaces de cautivar y una historia —sí, a pesar de las dos líneas la historia es solo una— en crecimiento continuo y bajo la que subyace el eterno anhelo de la humanidad por alcanzar las estrellas, simbolizado en la mega nave generacional, Nauvoo, que un gran consorcio está construyendo para los mormones en su empeño de alcanzar otro sistema estelar. Es, además, una historia que tiene un perfecto y cerrado final abierto —y sí, resulta contradictorio, pero es así—. Haceos un favor, si habéis llegado hasta aquí, si os gusta la buena space opera, ¡leedla!

4 comentarios:

Sandry dijo...

¡Hola!

He estado a punto de comprarme este libro un montón de veces cada vez que voy a las librerias. Me llama muchísimo y ahora tras leer tu reseña me llama aún mas. Se que la voy a disfrutar tanto como tu =)

Gracias por la fantastica reseña.

¡Abrazos!

Santiago dijo...

Bueno. Tampoco vayas con tantas expectativas, que luego no se disfruta tanto ;-)

No, en serio, me parece una novela espectacular.Tiene algún defectillo (como lo tópico de los protagonistas), por supuesto, pero es que tiene un ritmo arrollador que cuando quieres darte cuenta ya has pasado de largo.

Saludos

Un mundo por descubrir dijo...

No sabía que existía una novela, he visto la primera temporada de la serie de Tv y, sin estar a la altura de Firefly, es una gran serie. Tendré que tenerla en cuenta para futuras lecturas.

Santiago dijo...

Yo es que me esperaba a haber leído el libro para ver la serie de TV, y te puedo decir que, con sólo dos capítulos vistos, que la adaptación televisiva me está gustando, pero la novela gana de calle...

Saludos