martes, 29 de noviembre de 2016

Reseña: Lo que ves cuando cierras los ojos

Lo que ves cuando cierras los ojos.

David Jasso.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Apache libros. Col. Abraxas # 2. Madrid, 2016. 331 páginas.

Esta no es lo que habitualmente entendemos por una novela «normal» en absoluto, así que ésta tampoco podía ser una reseña normal en absoluto. Aunque… ¿qué es la normalidad? ¿Lo sabes tú? Pues eso. En todo caso esta es una novela sobre la locura, o puede que no, quizá sea sobre el amor, sobre el deseo, la libertad o la crisis en que estamos envueltos, sobre la sociedad enferma en que nos ha tocado vivir. Pero bueno, digamos que versa sobre la cordura. Esa cordura que todos buscamos aparentar y no es sino «la capacidad de disimular la locura». Sí, todos estamos un poco locos, ¿no? El caso es cómo gestionamos nuestra demencia. Jasso, es obvio, la vomita en el papel y nos la lanza contra la cara para que seamos partícipes de su mundo interior. Así que, ¿cómo podría calificarse esta novela? Esa es difícil. No llega a ser terror, ni siquiera es fantasía de ningún tipo. Todo es demasiado real, aunque haya ciertas presencias que pudieran llevar a engaño. Es cierto que el propio autor la califica como «terror anímico» —algo sabrá él de lo que ha escrito—, y vaya si te deja tocado el ánimo, sí. Es perturbador y hasta  doloroso. Y lo peor es que todo está dentro de tu mente, lector, así que mucho cuidado. Hay que estar dispuesto a jugársela, a seguirle la corriente y dejarse llevar a lo profundo del pozo de la psique desequilibrada de los personajes que por aquí pululan. Aunque quizá desequilibrados no sea la palabra para definirlos; tal vez tan sólo sea que ellos ven la realidad de otra manera, enfocada o desenfocada eres tú quien debe decidirlo si te atreves a internarte en sus historias; quizá es que nadie está hecho para resistir un exceso de golpes propinados por la vida.

Porque este libro va de lo que sucede cuando se cruzan los caminos de unas personas un tanto inestables, «especiales», contado por ellas mismas, casi siempre en primera persona. Unas vidas marcadas por la fatalidad, buscada o no, sufrida o causada. Ahí está el perverso de Ernesto del Río, en el centro de todo aún sin ni siquiera estar en escena. Va a proponerte un pacto, lector, y vas a terminar cayendo. Te va a invitar a acompañarlo en un descenso a los infiernos y tú vas a aceptar gustoso, a pesar de toda la repugnancia y rechazo que estés sintiendo. Ni siquiera estará presente, siendo sus palabras transmitidas por otro, pero van a alcanzarte. Y ese otro es Nolasco, su compañero de sanatorio —decir amigo sería decir demasiado—, su aprendiz, su acólito, su albacea testamentario; un tipo sin escrúpulos y con una peculiar filosofía de vida en la que Del Río ha influido mucho. Ambos buscando el infinito en el dibujo que forman las líneas de las baldosas. Y qué decir de Darío, el zorro puesto a vigilar el gallinero, pero un zorro timorato, un compendio de traumas e inseguridades de todo tipo, pero sobre todo en torno a las mujeres y el sexo, de rabia acumulada y falta de confianza mayúscula, la bomba a punto de estallar.

José Luis del Río (editor) y David Jasso (autor)
Luego está Hilario, ese pobre hombre al que todos conocemos sin haberlo conocido. Seguro que lo has visto muchas veces; en casi todos los barrios hay un bar como el suyo, un tanto ruinoso, apenas decorado —un bar “de viejos” decíamos antaño—, y casi siempre vacío. Has pasado en cantidad de ocasiones por delante sin fijarte demasiado, pero viendo al hombre derrotado sentado detrás de la barra o pasando un paño por vasos que no necesitan ser limpiados, solo, sin clientes, con los ojos perdidos en la nada, llenos tan solo de desesperanza y triste resignación.

Y también tenemos a Ely. Pobrecita Ely. A esa no me la creo demasiado. Es demasiado impostada, demasiado forzada. Vale, que sí, que su enfermedad es todo un palo, algo terrible, frustrante e incapacitante, pero las hay peores como para lamentarse tanto. No. No compro, no la trago. Seguro que hay algo más detrás de su actitud, algún trauma que no quiere contarnos, algo que, junto a su desgracia, ha terminado por moldear así su carácter. Pero esa es la gracia, ¿no? Claro que con veinticuatro años las cosas se ven de manera diferente y cualquier tropiezo puede ser una gran tragedia. Tal vez no hay más que lo que se ve. Aquí cada uno ha venido a contarnos su historia en primera persona y sólo nos cuentan lo que quieren que se sepa de ellos. Si guardan secretos —si queremos creer que guardan secretos—, si resultan un poquito falsos, es cosa suya, nadie puede obligarlos a más, ya están abriendo sus almas para nosotros, ¿no?

Y no están solos, aunque sean los principales. El libro es totalmente coral y hay más gente aportando su importante granito de arena a las miserias ajenas, como la pizpireta y dulce Mari, la rígida enfermera Azucena o el intenso doctor Ramírez, paseando sus historias por estas páginas. Aunque igual no las cuenten ellos mismos, pero al final poco importa, cuando todo el conjunto adquiere sentido. Porque sí, al principio el relato es un poco mareante. No va del punto A al B y de allí al C, sino que salta adelante y atrás, de un personaje a otro, sin linealidad temporal ni aparente coherencia narrativa —la hay. Oh, sí que la hay—. La primera persona se mezcla con la tercera, los tiempos verbales parecen confundirse, incluso hay erratas que quizá no sean tales… Esta novela es un experimento acerca de la locura, y tu mente es el laboratorio donde se va a llevar a cabo. Tú, lector, vas a ser tanto el científico que recibe y analiza los datos como el sujeto sometido a estudio. Vas a tener que analizarte a ti mismo a la luz de las reacciones que las propuestas de Ernesto del Río te susciten, y quizá no te gusten del todo los resultados obtenidos, quizá no sean precisamente los que esperabas.
Por lo que te voy contando puedes pensar que este es un libro centrado en la locura, en la desesperanza, en la enfermedad o la infelicidad… Y sí, lo es. Pero tiene mucho más. ¿Acaso no conoces a Jasso? —Deberías—. Porque este también es un viaje a las causas de todo ello. A las motivaciones que llevan al desequilibrio a una persona. Desde la crisis económica y política hasta la desintegración familiar. El paro, el botellón, el desamor, el ansia, el suicidio, la ambición académica, el sexo y la explotación sexual… Muchos son los factores y todos se encuentran aquí retratados con maestría, pero con cierta malicia y muy poca condescendencia. No es ésta una lectura convencional, cómplice ni complaciente, no es para todos los públicos, no es para estómagos débiles, no da las cosas mascaditas para poder pasar la última página con un suspiro de satisfacción —y eso que las FAQ que cierran el libro (no se te ocurra leerlas de antemano) sirven para poner unos cuantos puntos sobre las ies—. Hay momentos muy duros, hay momentos morbosos, grotescos y perturbadores, hay momentos en que te dan ganas de tirar el libro por la ventana y buscarte otro más agradable, y momentos en que la ternura desborda y no podrías sino enamorarte o compadecerte de alguno de estos personajes tocados por la desgracia, hay momentos sucios y degradantes, y hay momentos directamente imposibles. ¿Cómo voy a cerrar los ojos, como se pide en cierto pasaje, y seguir leyendo? No, Jasso, no. No voy a cerrar los ojos —quizá tenga miedo de la imagen que podría estar allí acechando—, pero te puedo decir que, a pesar de su amargura, he apurado la copa hasta la hiel… Y he disfrutado.
¿Qué me dices, lector? ¿Que esto no es estrictamente una reseña? ¿Que no te he contado de qué va la novela o cómo es su prosa? ¿Seguro? Quizá sea mejor así, ¿no? Tan solo tienes que preguntarte si estás dispuesto a internarte en las mentes desequilibradas de personas que ven la vida bajo una óptica diferente. Y tú, ¿eres normal? Entonces…, ¿qué es lo que ves cuando cierras los ojos?
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