lunes, 21 de noviembre de 2016

Reseña: El bufón dorado

El bufón dorado.
El Profeta Blanco, II.

Robin Hobb.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Fantascy. Barcelona, 2016. Título original: Golden Fool. Traducción: Manuel de los Reyes y Raúl García Campos. 842 páginas.

Tras los eventos de La misión del bufón la acción de la presente novela retoma el relato prácticamente donde aquella lo dejara, haciendo muy necesaria su lectura para afrontar la de ésta —haciendo además que esta reseña contenga algún destripe de los antecedentes—. Como es habitual en ella, y aquí no iba a ser una excepción, Hobb gusta de construir sus tramas de forma muy sólida —lenta dirían algunos—, ofreciendo de inicio gran cantidad de información, enfrentando la narración de una forma casi puntillosa y sumergiéndose con minuciosa profundidad en las emociones, decisiones y actuaciones de protagonistas y secundarios, pero también cuidándose mucho de hacerlo de una forma amena e interesante —aunque pueda llegar a ser abrumadora por la cantidad de datos aportada—. Hebra a hebra teje un colorido y espectacular tapiz, complejo y profundo, donde cada hilo es tan importante como el de al lado. Su fantasía refleja un medievo realista, donde cada personaje interpreta a la perfección su papel, y donde la intriga y maniobras cortesanas priman sobre la épica desatada, aunque no falten enfrentamientos. Hobb, libro a libro, ha construido un mundo muy consistente, lleno de Historia y de leyendas, y lo ha poblado de gentes interesantes a las que no dejan de pasarles cosas intrigantes y emocionantes.

Mientras debe lidiar con el dolor que le causa la ausencia de Ojos de Noche, Traspié, en su papel de Tom Mechatejón, se ha instalado en la corte del castillo de Torre del Alce como servidor y guardaespaldas de lord Dorado, cargando cada vez con más tareas sobre su espalda a instancias de la reina Kettricken y de su antiguo mentor Chade. Debe enseñar al príncipe el uso de la Habilidad y buscarle compañeros para formar un «destacamento» que se ocupe de su protección mágica. Debe prestar atención al problema de la persecución de los mañosos, que no se ha detenido aún a pesar de la prohibición de la reina, y entre los que los picazos siguen siendo una amenaza en la sombra. Debe controlar los desposorios entre Elliania, narcheska de las Islas del Margen, y el príncipe Dedicado Vatídico, que siguen adelante con unos primeros contactos poco prometedores y cargados de recelos. Debe ver como su relación con la bruja vulgar Jinna se complica; como Percán empieza a descubrir las «maravillas» de la ciudad y su aprendizaje se resiente; o como Ortiga empieza a derribar en sueños las barreras mentales que había alzado para mantenerse a salvo del uso de la Habilidad.

Hobb tiene en marcha un buen número de tramas heredadas de La misión del bufón y, no contenta con ello, empieza a añadir unas cuantas más, siendo seguramente la principal aquella que implica la visita a la corte de algunos viejos conocidos de los lectores de las trilogías anteriores, una delegación del Mitonar que busca una alianza con los Seis Ducados en su enfrentamiento contra Chalaza; aunque importante es también la que se desarrolla en torno al séquito de la narcheska y sus acompañante de las islas de las Runas del Dios, cuyo equilibrio de poderes no parece corresponderse con lo que se les ha insinuado. Así, prácticamente toda la narración tiene lugar en el castillo y la ciudad de Torre del Alce, embarcando al lector en una vorágine de maniobras políticas, misiones diplomáticas, entuertos de la corte y dramas domésticos que incluso llevan a enfrentarse a los amigos mejor avenidos. Todo ello, bajo la minuciosa escritura de Hobb, cuidando cada detalle y describiendo cada ropaje, maniobra y vianda, no exenta de intriga, misterio y un pulido sentido de la aventura, donde la tensión, la duda, las decisiones equivocadas, los secretos y las sorpresas son continuas. Donde una vez atrapado en sus redes, sin saber dónde va a terminar, el lector se deja llevar por una gran historia narrada con una prosa tan minuciosa como pulsante, descriptiva y emocionante —y aquí habría que decir algo halagüeño de la magnífica traducción, pero viniendo de los traductores que viene es un inciso que ya se debería dar por descontado—.

Tom Mechatejón / Traspié va acumulando tareas, obligaciones y problemas en rumbo de inevitable desastre. Sin atreverse a confiar realmente en nadie —y teniendo luego que arrepentirse en muchas ocasiones de no haber confiado—, se va a ver envuelto en una crisis tras otra sin haber solucionado la anterior ni sospechar dónde le llevan sus investigaciones, haciendo que, a pesar de no tratarse de una novela de ritmo frenético propiamente dicho, ni el protagonista ni el lector obtengan descanso a lo largo del relato. Tanteando el camino casi a ciegas ante la falta de una información que intenta recopilar de forma casi desesperada bajo la dirección de Chade, lidiando con las más diversas amenazas, buceando bajo la enorme cantidad de secretos que todos se ocultan, sospechando de las ocultas intenciones de todo y de todos, y viendo como el delicado mundo que había construido, las pocas relaciones que había conseguido mantener, empiezan a resquebrajarse, va a verse saltando de la sartén al fuego sin comerlo ni beberlo, siempre anteponiendo su deber al trono de los Vatídico a su propio bienestar y seguridad. Siendo una novela enormemente coral, y aún estando centrada en Traspié debido a que es él quien relata los acontecimientos en primera persona, Hobb no deja decaer ninguna de las subtramas, manteniendo entre ellas un equilibrio realmente de agradecer. Los cimientos de la historia se componen de las relaciones que se establecen entre unos personajes dotados de vida, que toman decisiones no siempre acertadas y deben lidiar con las consecuencias. Personajes con unas motivaciones de lo más humanas, primando casi siempre la amistad, pero sin dejar de lado otras como el deber, la pasión o el mero egoísmo. La autora parece más interesada en la debilidad de las personas, en los defectos, y su superación, que en el frío valor de los héroes. Algo que el lector puede comprender y con lo que puede empatizar, incluso identificarse, haciéndose cómplice del relato.

Como apunte importante, es cierto que sigue sin ser imprescindible haberse leído previamente la trilogía de Las leyes del mar, pero se hace cada vez más necesario y recomendable, sobre todo por la aparición de la citada delegación de embajadores y representantes del Mitonar y los Territorios Pluviales, a la mayoría de cuyos integrantes es muy aconsejable conocer de antemano. Es conveniente estar al tanto de la historia tras personajes como Serilla o Selden Vestrit o, aunque no formen parte de la delegación pero sí estén relacionadas, Ámbar o Tintaglia, entre otros. Pero es que además es fabulosa la manera en que la autora muestra la manera en que se puede llegar a tergiversar la historia, la forma en que los rumores se convierten de facto en la verdad aceptada por el común de los mortales, incluso de los cronistas, ocultando muchas veces lo que realmente sucedió o está sucediendo. A través de referencias cruzadas, de los textos introductorios de cada capítulo o de diálogos perfectamente integrados, la autora da cuenta de buena parte de los eventos de las dos trilogías anteriores, tal como fueron o como la gente piensa que fueron —cuestión que hace mucho más vital el habérselas leído con anterioridad si el lector no quiere que se le destripen detalles de lo más importantes y reveladores—, haciendo una historia con un trasfondo cada vez más grande. Un trasfondo que no rehuye ciertas reflexiones que muy bien podrían, o deberían, aplicarse en nuestra realidad, demostrando que la Fantasía, si el libro es bueno, es mucho más que mero escapismo:

«Pero al cambiar demuestras que sigues vivo. A menudo los cambios nos dicen hasta qué punto toleramos a quienes son distintos a nosotros. ¿Estamos dispuestos a incorporar su idioma, su cultura, su atuendo y su cocina a nuestra vida? Si lo estamos, entonces podemos establecer vínculos, relaciones con las que reducir las probabilidades de que estallen nuevas guerras. Si no lo estamos, si creemos que debemos seguir haciendo las cosas a la antigua usanza, tendremos que luchar para continuar como estamos, o morir.»

Es cierto que El bufón dorado da muestras evidentes de ser el libro central de una trilogía, continuando la acción donde quedara en la anterior entrega, recuperando hilos antiguos, presentando nuevas líneas y personajes y, aún con el consuelo de que algunas subtramas sí que adquieren su debida conclusión, terminando con un final tan abierto y anticlimático —no exactamente con un clifhanger, pero casi— que deja con la necesidad imperiosa de que se publique ya el siguiente volumen, del que la estupenda edición de Fantascy incluye un avance del prólogo y el primer capítulo para dejar con más ganas si cabe. Es, se puede decir, un maravilloso «libro de enmedio» que prepara la historia con mimo para su conclusión en La suerte del bufón, novela donde habrán de confluir los dos argumentos principales que quedan en el aire, aparentemente muy alejados geográficamente, encerrando así la promesa de grandes sorpresas.
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