martes, 22 de febrero de 2011

Reseña: Los Cien Mil Reinos

Los Cien Mil Reinos.

N.K. Jemisin.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Barcelona, 2011. Título original: The Hundred Thousand Kingdoms. Traducción: Manuel Mata. 346 páginas.

Al poco de morir su madre en extrañas circunstancias, Yeine es convocada por su abuelo, rey sin corona de los Cien Mil Reinos y a quien no conoce, a la ciudad llamada Cielo. Sin saber el motivo para tal requerimiento y buscando descubrir la verdad tras el sospechado asesinato de su madre ―la heredera al trono de los poderosos Arameri al que renunció por amor a un noble del bárbaro Norte―, acude temerosa a la cita y es sorprendida cuando es nombrada ella misma heredera junto a sus primos, Scimina y Relad. En medio de complicadas maniobras políticas, pronto descubrirá que nada le había preparado para lo que se le avecina y que las cosas son mucho más complicadas que cualquier escenario que hubiera podido imaginar. Atrapada en la antiquísima lucha entre los dioses, sus descendientes y los humanos, las decisiones que pueda tomar parecen inútiles ante su aparentemente predestinada muerte. Sin embargo, enfrentada a una carrera contrarreloj de la que depende su vida ―toda la acción trascurre en apenas un par de semanas―, no se va a quedar de brazos cruzados; los tiempos desesperados requieren medidas desesperadas, y Yeine no está dispuesta a abandonar toda esperanza sin ofrecer una férrea resistencia. Sumándose a las intrigas palaciegas, el paso de los días corre en su contra, y el descubrimiento de algo que lleva en su interior no va a contribuir precisamente a aumentar su entereza.

Yeine es una joven que se va a ver atrapada en un juego ya iniciado y del que desconoce todas las reglas; a sus diecinueve años se ve arrojada de repente a un lugar, lejos del único hogar que ha conocido, donde todas las redes de amistades y enemistades, de alianzas y apoyos se encuentran ya firmemente establecidas, donde no conoce a nadie, y donde se antoja que su destino no es otro sino ser un peón de los demás, dioses y humanos por igual, papel que ella no se resigna a representar. No obstante, en su búsqueda de aliados y respuestas nunca podrá estar segura de ninguna de las personas que la rodean ni de a quién puede entregar su confianza.

Sin esperárselo, se va a encontrar justo en el centro de una trama de intereses políticos donde no hay nadie inocente, donde las víctimas son también verdugos de dudosa moralidad, asesinos y genocidas sin escrúpulos ni remordimientos, siempre intrigando, siempre buscando su propio interés en el trato con los demás, siempre calculando cómo usar a la gente, manipular a sus peones, de la manera más favorable para conseguir sus objetivos. Se verá atrapada en una red de intrigas, de mentiras y de engaños, en un juego de poderes donde la muerte acecha tras cada elección o decisión desacertada, sumergiéndose en una historia de tiranía, de esclavitud y de racismo, de asesinato y traición, de confianza ciega y de justicia, de hacer lo correcto por razones erróneas...

No hay en esta novela corazones puros, y muy pocos personajes que se puedan considerar intrínsecamente buenos; e incluso el altruismo de Yeine tiene su contrapunto en esa búsqueda de respuestas al asesinato de su madre y su deseo de vengarla. No hay generosidad en sus actos, y la duda marca todas las relaciones que pueda llegar a establecer. No obstante, tampoco existe una absoluta maldad y todos los personajes ―tal vez salvo uno―, incluso los dioses dentro de su amoralidad, muestran en algún momento una vulnerabilidad que los hace candidatos a la redención. Y es que el tema del amor y del perdón está muy presente en toda la trama.

No obstante, en esa parte que debiera haber sido más amable, se antoja que el inevitable romance está metido con algo de brusquedad y falta de verosimilitud, con poca naturalidad, como una necesidad narrativa introducida sin embargo de forma forzada y sin demasiada coherencia con el resto. La ―única― escena de sexo está bastante traída por los pelos, con un exceso de grandilocuencia y de imágenes metafísicas que lo que consiguen es despojarla de la que debiera haber sido su emoción real. Esa atracción es una relación que desde el principio se muestra al lector como imposible, insana incluso, pero que lejos de la tragedia inherente al deseo irrealizable lo único que despierta es cierto rechazo e incredulidad.

La novela está narrada en primera persona desde el punto de vista de Yeine, lo que da una agradable cercanía e inmediatez a la acción, y Jemisin ha intercalado de vez en cuando unas breves digresiones desde el «presente» del relato, con la voz de la protagonista adelantando al lector hechos de resonancia luctuosa que dan a entender que algo terrible ha sucedido o está sucediendo, incrementando así la tensión narrativa sin desvelar en modo alguno el final, pero atrapando la atención sobre lo que ha de venir. Los pensamientos de la protagonista, mostrando cierta confusión sobre lo sucedido mientras interpela a una desconocida compañera, rompen la linealidad narrativa, cambiando el enfoque con el que se debe leer el grueso de la novela, arrojando sombras y luces sobre los acontecimientos, matizando y poniendo en duda a veces la autenticidad de los recuerdos que la protagonista está relatando.

Mientras va avanzando el relato, la joven descubrirá que la Historia no es en absoluto cómo le han enseñado ―a ella y a todo el mundo― en un ejemplo claro del recursivo “los vencedores escriben la Historia” y tendrá que bucear mucho en busca de las auténticas fuentes que le indiquen cómo actuar. El trasfondo de la guerra de los dioses ―muy lejana en el pasado y llena de reminiscencias mitológicas greco-latinas― sus auténticas causas, motivaciones y consecuencias, manipuladas en interés de los Arameri, adquieren una vital importancia para comprender las acciones que debe emprender Yeine y la forma de comportarse de los dioses cautivos. Su esclarecimiento será una tarea difícil pero imprescindible para poder elegir el camino correcto que la aleje de su en principio inevitable sacrificio.

En el apartado de los personajes llama la atención la riqueza de matices en algunos frente a la absoluta desatención de otros. Frente al completo retrato de la propia Yeine, a la feroz dicotomía Naha/Nahadoth, a la ambigüedad de T’vril, o la ambivalencia y atractivo infantil de la personalidad de Sieh, choca la superficialidad arquetípica de Scimina, una mala malísima totalmente bidimensional, o la poca relevancia y profundidad de personajes llamados a tener gran importancia como Relad, Viraine, Dekarta o el resto de los semi dioses..., y que se antojan poco «trabajados», planos y sin auténtico «espíritu». No debe, sin embargo, desmerecer esto el brillante juego de espejos en que embarca la autora a sus lectores, sugiriendo más que mostrando el juego de los poderosos.

A pesar de algunos evidentes fallos de ritmo y de caracterización de alguno de los personajes secundarios, de la escasez de descripciones de lugares y escenarios o de la falta de una auténtica exploración y profundidad del mundo creado para la ocasión ―que el lector no llega a conocer demasiado, ya que la acción, a pesar del título, es casi absolutamente local en Cielo, y solo se nombran y visitan un par de esos reinos con muy poca implicación o repercusión en la trama central―, Los Cien Mil Reinos es una muy interesante primera novela en el debut de Jemisin.

A pesar de que ya existe, en inglés, publicada una continuación, The Broken Kingdoms, lo cierto es que esta novela es absolutamente autoconclusiva, lo que siempre es de agradecer. De hecho, la trama se encuentra tan perfectamente cerrada que se hace inevitable sentir la curiosidad de saber cómo la autora va a continuarla, aunque el título de la siguiente novela ya da alguna pista.

En un libro sin grandes alardes bélicos, más de intrigas «cortesanas» y políticas que de acción propiamente dicha, la emoción reside en las fintas y contrafintas en las que se ve envuelta Yeine en el intento de salvar sino ya su propia vida al menos la de sus gentes y seres queridos. En una coletilla que se está volviendo ya recursiva, esperemos que la editorial no tarde demasiado en ofrecer a los lectores la continuación. Al menos llegar hasta aquí ha merecido la pena.

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