lunes, 30 de mayo de 2016

Reseña: Los que no perdonan

Los que no perdonan.

Charlotte Cory.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Nevsky Prospects / Fábulas de Albion. Madrid, 2016. Título original: The Unforgiving. Traducción: James y Marian Womack. 451 páginas.

Charlotte Cory es una polifacética autora que hace unos años enfocó su talento creativo hacia la escritura de cuya ópera prima literaria estamos ocupándonos, pero que, fruto de otros intereses, en un momento dado la dejó de lado para centrarse en otra vertiente artística, en torno a la fotografía y la pintura —o una suerte de híbrido de ambas—, cuyo máximo exponente es una serie de retratos en que aparecen diversos arquetipos de personas victorianas pero con cabezas de animales, siendo la imagen de portada elegida para la edición española de la novela que nos ocupa un buen ejemplo de ello. Así que vaya por delante que si alguien, sin saber nada del libro, al ver tal imagen se lo pregunta, la respuesta es no, la trama no tiene nada que ver con animales antropomorfizados, aunque sí mucho con la época retratada. Los que no perdonan es, en efecto, un pastiche victoriano repleto de personajes singulares, situaciones rocambolescas, ambiciones desmedidas, secretos inconfesables y la comedia más negra. Una novela que se hace grande en el retrato de sus personajes: Manipuladores sin escrúpulos, amorales, envidiosos, cotillas, rencorosos, y sobre todo, egoístas, a los que, sin embargo, se hace inevitable «querer» —al menos a un puñado de ellos— y penar por sus desgracias.

Edward Glass, un arquitecto altamente respetado, que firma sus obras como Arcanun Arcanorum, vive entregado a su profesión a la espera de ese proyecto definitivo que consagre su fama y legue su nombre a la posteridad, aunque eso también hace que viva un tanto fuera del mundo, dedicado al cultivo de su ego, apartando a un lado todo aquello que pueda ser una molestia o ralentizar su carrera como, por ejemplo, sus tres hijas, Stacia, Milla y Helen. Recientemente viudo, toma la un tanto intempestiva, pero para él totalmente lógica, decisión de casarse con un mujer a la que en realidad no conoce —se han visto una única vez antes de cerrar el compromiso— para poner en sus manos el cuidado de su casa y de su prole. Esa mujer es Elizabeth Cathcart, también recientemente viuda, quien sale de un desgraciado matrimonio y que haría cualquier cosa para no recaer en la miseria que ha vivido en los últimos tiempos.

Dividido el relato en cuatro partes: Orden, Interferencias, Destrucción y Caos respectivamente, Cory, situando a las hijas en el corazón del relato, va a ir narrando la vida en la casa del arquitecto en York Street, en la que él no reside, fijándose tanto en los habitantes de la misma como en las visitas, no siempre invitadas ni bienvenidas, que sus habitantes reciben. La autora va a retratar una parte de la sociedad victoriana que se encuentra moralmente «enferma» bajo el barniz de la perfección y elegancia que muestran al mundo. Personajes de lo más mezquino que sólo piensan en su propio beneficio, atormentados por sus propios pecados de una forma totalmente retorcida, buscando siempre el ángulo que les permita obtener provecho propio de cada situación. Matrimonios de conveniencia que son meras transacciones, sin amor por enmedio. Muchachas atrapadas en un fuego cruzado de ambiciones irrealizables, ilusiones vanas, falsas promesas, esperanzas truncadas, amoríos ilícitos y sueños de difícil alcance. Gentes de la más diversa índole que muestran al mundo sus máscaras de civilización y refinada educación mientras ocultan bajo ellas pasiones indeseables, ingenuas, violentas o simplemente repugnantes.

Así el lector dentro de la casa se encontrará, además de con la segunda señora Glass y las hijas de su reciente y casi siempre ausente esposo, con la señora Curzon, la desabrida, rencorosa y extrañamente beata ama de llaves, y con las dos criadas bajo su mando, la enamoradiza Mary Ann y la indolente Cora, todas ellas con su particular historia de envidias y revanchas a la espalda. Personal al que se añadirá poco después la elusiva institutriz Emily Housecroft, envuelta en un misterioso proyecto del que nadie allí se encuentra al tanto. Cerniéndose sobre todos se proyectan las alargadas sombras de la fallecida Sarah Glass, de su enfermedad y muerte, y de su hijo, el hermano mayor, el «querido» William, emigrado en circunstancias que no se intuyen alegres a hacer las Américas. Rondando entre ellos por visita o por trabajo aparecen personajes como Philip Eames, el ayudante del arquitecto, siempre digno y contenido, pero con un mundo interior de lo más inquietante y escalofriante. El «doctor» Morgan, especialista en espiritismo y editor de una publicación sobre fenómenos paranormales, que en realidada es todo vividor a cuenta de la credulidad de sus seguidores y, en especial, de sus seguidoras. Una de las cuales, la intrépida exploradora e inventora, Lady Blouvier, es junto a su hija y desde la atalaya de su supuesta superioridad moral y social, especialista en crear humillantes situaciones que hagan desgraciadas a otras personas. O el avejentado profesor de música, el señor Luscombe, guardando celosamente un secreto que de salir a la luz que podría destruir todo lo que le queda... Muchos otros personajes van a ir poblando el texto, insuflando profundidad y vida al relato: Matrimonios que viven por y para el cotilleo y el escándalo, regodeándose en las desgracias ajenas; trepas aspirantes a arquitectos que gustan de arrimarse zalameramente a la llama que más ilumina; miembros de diversos consejos que maniobran para obtener las mejores comisiones de cada empresa que acometen; pizpiretas jovencitas disconformes con el papel que la sociedad les guarda buscando destacar en áreas reservadas tradicionalmente a los hombres; niñas con grandes sueños que algún día tendrán que conocer la dura realidad… Un rico ramillete de egos en ruta de colisión.

Pues la narración, como los títulos de sus partes ya indican, va fluyendo de manera sutil pero harto inquietante, apenas vislumbrados los detalles, hacia la destrucción y el caos más absolutos. Una pendiente descendente, que ya se podía intuir en la extraña situación de los primeros momentos, pero que se desencadena de forma irresoluble cuando a Henry Glass le llega por fin ese proyecto definitivo con el encargo del diseño y construcción del Nuevo Gran Hotel de París, en Londres. Los eventos se encadenan sin que ninguno de los protagonistas tenga un control real sobre ellos. Los mejores planes se enfrentan al azar —y a la malevolencia de las personas—, trastocándose y arrastrando a los implicados a un pozo del que difícilmente van a poder salir. La muerte, ya sea en las presencias recordadas de la primera señora Glass y del primer marido de Elizabeth Cathcart, en la figura del espiritista que promete el reencuentro con los seres queridos, en el brusco quebranto de un sueño o en la fatalidad inevitable del desmoronamiento de un proyecto, se encuentra en todo momento presente, como un demoledor recordatorio de la fatuidad de las vanidades.

Y si los personajes son importantes, la atmósfera conseguida por la autora lo es tanto o más. Apoyándose en un excelente gusto por el detalle y en un alambicado y delicioso lenguaje acorde a la época retratada —mantenido con gran acierto y efectividad por la pareja traductora al trasladarlo al español en una tarea que no se antoja sencilla—, el recargamiento y magnificencia victoriana ocupan un primer plano, reflejando tanto esa sociedad llena de oropeles por fuera, de elegantes salones de té y grandes mansiones señoriales que ocultan la podredumbre interior, como la vacuidad de unas vidas en apariencia plenas pero llenas de lagunas y mentiras. Bajo la envoltura de un ambiente de la más refinada educación y buenos modales subyace un entramado oscuro y violento, donde quien más quien menos oculta algo a los demás y haría casi cualquier cosa porque sus secretos y pasiones inconfesables no salieran a la luz. La autora no se priva de lanzar sus dardos contra la hipócrita moral victoria y contra el papel secundario asumido —de forma obligada— por la mujer en la sociedad de la época, relegada a mero soporte del marido, a cuidadora del hogar y los hijos, o a simple elemento decorativo, mostrando que aquellas pocas que tratan de salirse de lo establecido son juzgadas de la forma más descarnada por sus propias congéneres y utilizadas sin rubor por el elemento masculino que no va a condescender a ponerlas a su altura.

El sorprendente salto temporal del último tramo, necesario para dar un cierre satisfactorio a ciertas tramas, se produce sin embargo de una forma un tanto brusca rompiendo con el ritmo del relato y con el desarrollo lineal de los personajes seguido hasta entonces, de manera que se antoja un tanto anticlimática. Algo que no desmerece todo lo construido hasta entonces, una imprevisible comedia negra, irónica y no exenta de crítica social, donde nada es finalmente lo que aparentaba y que culmina un tenso «juego», la vida misma, que nadie podía ganar.
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