viernes, 20 de mayo de 2016

Reseña: Los soñadores

Los soñadores.

Roberto Malo.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Pregunta ediciones. Zaragoza, 2016. 137 páginas.

Roberto Malo está hecho todo un cuentista, eso nadie puede negarlo. Desde luego, hace todo lo que está en sus manos para vivir del cuento, ya sea escribiéndolos o escenificándolos para un público entregado. Además, es un tipo que nunca se cansa de soñar y eso se transmite en cada una de sus palabras, cargadas de vida e ilusión, tanto si lo hace en formato escrito como de manera oral. En esa primera vertiente de fabulador de prodigiosa, y retorcida, imaginación ofrece aquí al público quince historias, con su particular y muy identificable estilo, inclasificables más allá de un decidido enfoque onírico, que se caracterizan por su brevedad sin caer por ello en el microrrelato —aunque alguno haya como el certero “El blog asesino”—. Mundos que, como ya hiciera en La marea del despertar, aúnan realidad cotidiana, sentimientos cercanos y el difuso universo de los sueños. Certero observador de la naturaleza humana, Malo ofrece en Los soñadores unos relatos muy cercanos, que parecen interpelar directamente al lector, buscando una comunicación íntima, un guiño compartido, que potencie la fuerza del mensaje. Tiernos, humorísticos, muy humanos, los relatos de Malo tienen la virtud de tocar una tecla interior invitando a la reflexión mediante el entretenimiento.

Hay en esta antología cuentos que empiezan cargados de optimismo y terminan con dolorosa tristeza o resignación, como en “Sueños de maternidad”, donde las mayores ilusiones no pueden luchar contra la realidad. Otros se encuentran llenos de un humor absurdo, surrealista, pero terriblemente cercano, como “Vino tinto”, donde el remedio para una «enfermedad» es algo tan mundano que se puede aplicar tanto despierto como dormido. Cuentos absolutamente realistas, donde hay una clara distinción entre dormido y despierto, y otros donde el elemento fantástico se desborda en cierto momento, como en “La animadora”.

Hasta Wonder Woman sueña con Malo
Unos relatos, como “El duende del frío”, juegan de manera tan perversa como tierna, a la par irónica y dulce, con los miedos de la infancia y la particular visión que la niñez imprime en la realidad que no terminan de entender, dotando a las circunstancias más normales de una fantasía arrebatadora capaz de transformarla en algo tan aterrador como a la postre amable. Los hay que versan sobre sueños premonitorios, cargados de agradable humor y, de forma extraña, también de incertidumbre, como “Sueños de fútbol”, donde se demuestra que conocer el futuro no siempre otorga todas las respuestas ni siempre trae ni muchos menos la felicidad —aunque a veces sí lo haga—. Pero también los hay donde ese humor se torna ácido y un tanto negro, como en “Noche de paz”, con su particular visión de la rivalidad entre Papa Noel y los Reyes Magos, llevada a sus últimas consecuencias.

Algunos son inesperadamente crueles, como “La secretaria”, donde los sueños compartidos adquieren una resolución que quizá no fuera la deseada, donde los anhelos propios se confunden con los deseos ajenos. Otros son siniestros y tensos, cortantes como “Las tijeras” y todo lo que se llevan por delante. Están los que son una auténtica obra de teatro en miniatura dedicada a ejemplarizar «defectos» como la pereza, y así se muestra en “En la cama”. Otros se dedican a glosar los muchos usos perifrásticos del vocablo agua, a ofrecer una clase magistral sobre el elemento que compone tanto la mayor parte del cuerpo humano como de la del planeta, como “Sueños de agua”. Algunos son idílicos como “Volando en sueños”, otros auténticas pesadillas como “Coincidencia fatal” o “Sueños de baloncesto”...

Malo es un especialista en tomar una frase hecha, un dicho popular o un refrán del rico acervo de nuestra lengua, y destrozarlos sin piedad dándoles la vuelta, sacando a la luz sus escondidas entrañas y cambiando todo su sentido. Juega con las palabras y los dobles significados con una apariencia de sencillez que no es nada sencillo, mostrando vertientes que no imaginadas y devolviéndolas como ese algo nuevo que siempre había estado allí, esperando tan sólo a ser descubierto por la mente inquieta de un soñador de cuentos.

El lector se va a encontrar historias muy cercanas, con personajes cotidianos que ven cómo su realidad se ve cuestionada por fortuitos encuentros con lo onírico, personas que son como cada hijo de vecino, que encuentran en sus sueños formas de escapar a su realidad o de trascender los malos momentos, de embellecer los buenos y de superar circunstancias que les incomodan. Pero también descubrirá que existe un lugar donde se conservan todos los sueños esperando el momento en que vuelvan a ser necesarios, que a veces la fantasía es una necesidad para sobrevivir, que el destino no siempre tiene la última palabra y que uno siempre puede reír por muy mal que vengan dadas. Aún en sus cuentos más oscuros Malo destila el aroma amable, cariñoso y tierno, aunque también admonitorio, de quien sabe que con los sueños no se juega.
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