lunes, 17 de abril de 2017

Reseña: La iglesia

La iglesia.

Alberto M. Caliani.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Cazador de Ratas Editorial. Cádiz, 2017. 362 páginas.

Tercera novela del autor, La iglesia es un thriller de misterio sobrenatural, no tanto de terror  —aunque ramalazos haya y sea inevitable pensar en obras como El exorcista—, sino de la aparición de una presencia maligna y de personas enfrentadas a eventos fuera de lo «normal», que les superan ampliamente, pero con los que van a lidiar lo mejor que puedan. La idea de forma habitual asociada a una iglesia, a cualquier templo, es la de un lugar de silencio y recogimiento, de paz, de meditación, así que la elección de una de ellas como punto de partida y escenario para los sucesos más terroríficos y malignos no deja de tener un gran atractivo y acierto. Sobre todo cuando el autor consigue llevar a buen puerto el relato sin caer en tópicos, descalificaciones o controversias fáciles. Caliani construye con acierto y una cercanía cotidiana una sólida historia de misterio, ocultismo y fuerzas malignas, que atrapa la atención en el incomparable marco de una Ceuta que se desvela un escenario de lo más singular.

En 2005 la Iglesia de San Jorge, en Ceuta, es clausurada tras la repentina muerte del párroco, el padre Artemio, y el repentino envío a la península de su segundo, el padre Agustín. Años después, tras caer en desgracia, el padre Ernesto Larraz recibe la encomienda de reabrirla, tras las pertinentes obras de rehabilitación. Cuando la arquitecta jefa de la Asamblea, Maite Damiano, y el contratista Juan Antonio Rodero, pasan por la iglesia a evaluar las obras necesarias constatan que el edificio, salvo cuestiones estéticas, se encuentra en un sorprendente buen estado de conservación. Cuando, al inicio mismo de la rehabilitación, se descubre de forma accidental una cripta que oculta un secreto de siglos los acontecimientos se precipitan. En el transcurso de veinte días de febrero, tiempo en que discurre toda la acción, una amenaza primigenia empezará a salir de un duradero encierro, difundiendo su oscuridad y su hambre de forma imparable, y tan sólo unos pocos estarán en posición de hacerle frente, si es que consiguen entender a qué están enfrentándose en realidad.

Gracias a una prosa muy cercana, a unos diálogos frescos y naturales, cotidianos,  y a unos personajes muy bien construidos, personas normales enfrentadas a una prueba que les supera y ante la que reaccionan con enorme humanidad, cada cual dentro de sus propias convicciones, La iglesia es una novela que se lee de forma rápida y amena, aunque siempre a un paso del escalofrío. El autor se decanta por una narración coral muy de agradecer, donde cada personaje tiene su granito de arena personal que aportar. El suceso sobrenatural afecta de forma diferente a cada uno de los implicados, reafirmando la fe de algunos, hasta el límite del fanatismo en cierto caso, y acrecentando las dudas previas en otros. Pero de lo que no cabe duda es que la situación va a suponer un cambio radical en las vidas de todos ellos. No hay héroes aquí, no hay personajes impolutos y sin tacha capaces de enfrentar el mal sin titubear. Cada personaje tiene sus propias facetas, sus imperfecciones, sus miedos, sus inconfesables secretos y manías, haciéndolos muy verídicos y consistentes. Algo que hace mucho más grande la valía de su intento de sobreponerse a todo ello y enfrentar la situación por mucho que duden de lo que sus propios ojos les muestran.

Todos evolucionan de forma muy coherente con lo que de inicio Caliani desvela de ellos. El párroco, el padre Larraz, licenciado en Matemáticas y anteriormente profesor de la materia, que en ocasiones hace gala de un fuerte genio al que le cuesta mantener controlado, se ha decantado siempre más por su vertiente racional y cientifista que por la mística, una postura por la que entrará en conflicto con su ayudante, el padre Félix Carranza, recién salido del seminario y de mente propensa a aceptar todos los milagros, o a las obras del maligno, que salgan a su encuentro. Ambos, cada cual por sus razones, enfrentarán lo que está sucediendo de forma casi antagónica, llegando a estar en extremos opuestos.

Pero en la historia también se verán implicados otros actores, como los miembros de la última familia del barrio, habitantes de una casa situada justo enfrente de la iglesia de San Jorge, compuesta por el matrimonio de Saíd Hamed Layachi y su mujer Latifa, y su hijo Dris. De carácter abierto y afable, muy hospitalarios aún con los extraños, ven alterada su pacífica existencia; la sabiduría antigua de Saíd, y sus conocimientos después de tanto tiempo viviendo allí, podrían marcar la diferencia. El banquero y experto en la Semana Santa sevillana Manolo Perea va a llegar a la obsesión con su interés de la talla de un Cristo barroco obra del imaginero Ignacio de Guzmán García, aprendiz del taller de Francisco Rúiz Gijón, haciendo aflorar unos problemas latentes con el alcohol y motivando la preocupación en su esposa Lola y en sus cuatro hijos.

El insidioso mal introduce fisuras entre los que siempre habían sido uña y carne, como el matrimonio de Juan Antonio Rodero y su esposa Marta, quien incapaz de entender lo que le está sucediendo a su hija no encuentra otro camino que echarle la culpa a su marido, incapaz de encontrar la manera de poder explicarle lo que está sucediendo. El que uno de los defectos de Juan Antonio, a pesar de su amor incondicional por Marta, sea el de fantasear con otras mujeres consigue hacer mucho más convincentes las sospechas y el desmoronamiento de la relación. Además, el papel reservado a su hija Marisol, y de rebote a su, hermano mayor Carlos hace el horror mucho más profundo, más cercano y terrible, al afectar de esta manera a la inocencia de la infancia, a aquellos a quienes se debería mantener a salvo. Y un segundo plano, llegado al drama casi de forma accidental al investigar un suceso poco claro en torno a la figura de Maite Damiano y su novia Leire, sobrevuela la acción, tomando cada vez más importancia, la figura del inspector de la policía Jorge Hidalgo, con insospechados dones que le harán implicarse hasta más allá del deber en el misterio. Es la figura del policía, y lo que a través de él se desvela al lector, lo que da constancia de la enormidad del mal al que todos ellos se enfrentan.

Caliani incrementa de forma perfecta, poco a poco pero sin descanso, la tensión. Va introduciendo el suspense y los elementos sobrenaturales como una insidiosa infección, de forma pausada, que va infiltrándose en el día a día de los implicados, junto a  unas pinceladas «históricas» e investigaciones que dan trasfondo al relato, de manera que el lector los acepta de forma absolutamente natural, mientras aumenta paulatinamente la ominosa sensación de opresión y oscuridad, de maldad absoluta. Una sensación potenciada por una prosa agradable y concisa, directa, fluida y agradable, con descripciones que dejan traslucir toda la fascinación de una Ceuta alejada de la imagen más habitual con la que suele ser retratada la ciudad autónoma, mostrada aquí, con un cariño que desborda las páginas, como un lugar de convivencia y de belleza oculta, y que contrasta con los oscuros eventos, descritos de forma muy visual, que están teniendo lugar de forma oculta a la gran mayoría de la población de la ciudad, haciendo todo mucho más terrible y amenazador. Cuando todo estalle y la acción se encamine hacia un final apoteósico en la iglesia, es difícil pensar que algo así podría estar pasando allí, aunque también se muestra inevitable.

Existen un par de detalles que «chirrían» —los sacerdotes sí pagan la Seguridad Social y hacen la Declaración de la Renta, o una iglesia a todos los efectos abandonada seguramente habría sido desacralizada pasado ese tiempo—, pero que en realidad no interfieren en el correcto desarrollo de la trama en absoluto. Sin embargo, sí resulta algo chocante, como muestra del pensamiento actual de nuestro país y no del transmitido en general por el autor en la novela —siendo algo más bien achacable al subconsciente colectivo—, el que un joven musulmán que cumple con el precepto de rezar cinco veces al día mirando hacia La Meca sea mostrado como un orgullo para sus padres y todo un ejemplo para su comunidad, mientras que un hombre católico de misa todos los domingos sea catalogado de meapilas y su familia, hasta para el propio párroco, sean unos capillitas —expresado con ánimo más peyorativo que jocoso, como también se suele usar en el sur—. En ningún momento el autor da muestras de menosprecio, antes bien, aboga por el entendimiento y la concordia entre todo tipo de pensamientos, por la convivencia y hermandad, pero supongo que es difícil abstraerse a lo que es algo tan común en el día a día y que termina permeando de forma casi inevitable a toda la sociedad.

Con una magnífica edición a cargo de Cazador de Ratas, La iglesia es una novela, quizá, no rabiosamente original, partiendo de elementos muy «tradicionales» dentro del género, pero que se muestra muy bien construida, con una trama muy entretenida, ágil y de ritmo muy bien llevado, ofreciendo un relato que consigue evitar en todo momento el tópico abierto. Una historia inquietante, desasosegante, que aún dentro del horror de la situación aboga por la convivencia aún cuando las convicciones entran en conflicto, por tender la mano, por ayudarse los unos a los otros, y que logra trascender la arquetípica lucha entre el Bien y el Mal. La unión hace la fuerza y es mejor no despreciar a nadie sin unos motivos de lo más sólidos —e incluso entonces cabe preguntarse por qué hace alguien lo que hace y si no habrá algo más detrás—. Para mi ha sido una grata, e inesperada, sorpresa.
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