jueves, 22 de junio de 2017

Reseña: Dados cargados

Dados cargados.

Rodolfo Martínez.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Cazador de Ratas Editorial. Cádiz, 2017. 394 páginas.

Rodolfo Martínez lleva ya un tiempecillo escribiendo, a lo largo de su carrera ha tocado muchos palos, sobre todo los que tienen que ver con el fantástico y siempre con tendencia al riesgo estilístico y al gusto por el mestizaje de géneros. Desde esta recopilación de textos escogidos por el propio autor casi 25 años de vida literaria contemplan al lector, once relatos que ofrecen una precisa muestra de lo «más representativo», si no lo mejor, de su producción. Once relatos que abarcan desde un microrrelato hasta una novela corta que es casi una novela per se. Ordenados de forma cronológica en relación a la fecha en que fueron escritos —no en la que fueron publicados— dan cuenta de la evolución estilística y temática del autor, aunque se echen en falta algunas aportaciones imprescindibles para entender a Martínez como son sus pastiches holmesianos o su universo de Yáxtor Brandan que hubiera sido más complicado introducir en un volumen de estas características. Para mí ha sido todo un placer reencontrarme con estos relatos y para quien no conozca la obra del autor seguro que suponen toda una revelación. Martínez es un autor que en un país con mayor tradición fantástica sin duda habría obtenido mucho mayor reconocimiento, y no obstante, ahí están todos los Ignotus recibidos y el cariño con que cada prologuista habla de él al introducir sus cuentos para atestiguarlo, no deja de ser uno de los grandes autores del género patrio. Tanto para quien ya haya leído estos textos como para quien no sólo puedo hacer una recomendación: Disfrutadlos.

Tras Unas palabras iniciales de parte del propio autor abre el volumen La carretera (con prólogo Felicidad Martínez). Varias son las sagas o series en las que Martínez ha situado buena parte de sus relatos a lo largo de su carrera. Una de las primeras y más longeva es la del universo de Drímar. Drimar se encuentra en una Tierra ficticia, en una realidad paralela escindida de la nuestra en la década de los 80 del siglo pasado, donde la humanidad ha llegado a expandirse por la galaxia y en cuyo amplio escenario a lo largo de los años Martínez ha ido desarrollando historias de ciencia ficción de muy diverso corte, desde el space opera, la exploración planetaria o el cyberpunk, con diversos grados de fusión con otros géneros como el noir, abarcando desde cuentos como el que nos ocupa, uno de los primerísimos del ciclo, hasta novelas completas. Como si una especie de “Historias del futuro” se tratara, pero de un futuro que no se corresponde con el nuestro, el autor creó toda una completa y muy interesante cronología de hechos destacados en la que fue situando la acción de un buen puñado de historias, rellenando los huecos pertinentes de diversos puntos importantes, claves para el desarrollo de la sociedad surgida de una hecatombe nuclear, y de su expansión y reconstrucción del mundo.

Sencillo, lineal y breve, La carretera versa sobre la exploración de una pista interminable que recorre sin aparente fin un planeta inhóspito e inhabitable llamado Bluyeiuey que cambia de «ambiente» de forma aleatoria ―puede pasar de un instante al siguiente, sin aviso previo, de una atmósfera perfectamente respirable a otra de metano, matando a los exploradores sin la preparación adecuada que se atrevan a enfrentar su misterio― y cuyas particulares circunstancias bloquean la comunicación órbita–superficie, impidiendo el seguimiento de aquellos que bajan al planeta. Debido a ello, y a la poca rentabilidad real de la exploración, las corporaciones que todavía buscan un beneficio del planeta, envían allí a la escoria de la Humanidad, criminales convictos que buscan redimir sus culpas arriesgando sus vidas en el intento. Uno de ellos, superviviente más allá del periodo promedio, avanza por la carretera hacia su futuro a la vez que elucubra sobre las causas que le han llevado hasta allí, mientras desentraña algunas de las claves para haber sobrevivido durante tanto tiempo en un ambiente claramente hostil, y no solo por el planeta en sí, sino también por el tipo de individuos que comparten sus exploraciones. El lector asiste aquí a un retrato de la soledad en un ambiente adverso, mostrando lo que la ausencia prolongada de compañía ―humana o de cualquier tipo― puede hacerle a la mente, a los procesos cognitivos y a la estabilidad psíquica, sobre todo cuando el sujeto narrador ya partía de un cierto desequilibrio. Es un relato que no da respuestas, que refleja de esa búsqueda de lo ignoto simplemente por descubrir sus secretos que tantas veces mueve a los seres humanos o el cómo las corporaciones no dudan en sacrificar las vidas de sus equipos exploradores tan solo con la escasa esperanza del descubrimiento y sus beneficios. Es un relato que habla de locura, de decisiones difíciles y de lo que mueve en realidad a las personas.

En el inencasillable Todo fluye (con prólogo de Sofía Rhei), una mañana cualquiera un hombre se despierta en su habitación con la sorpresa de tener una mujer, y además embarazada, compartiendo su lecho y descubrir, para más mayor desazón, que está casado con ella. A pesar de reconocer el piso y aquello que le rodea todo parece haber cambiado. Él recuerda otra vida, pero no puede explicar cómo ha llegado a esta que parece haber sido siempre la suya. ¿Habrá otro como él ocupando su lugar? El lector asiste a un puzzle cuyas piezas no dejan de fluir. Un puzzle que habla de las señas de identidad, de la construcción de la personalidad, de todas aquellas cosas que se dan por seguras e igual no lo son tanto, de la ironía de pertenecer a un grupo del que ni siquiera se es consciente o del egoísmo innato de poner el beneficio propio por encima del del conjunto.

A continuación Territorio de pesadumbre (con prólogo de José Carlos Somoza) es una novela corta que por longitud es casi una novela a secas en la que se pueden llegar a rastrear multitud de influencias y filias de Martínez. En un mundo postapocalíptico que por momentos recuerda un cruce entre Dune, El último Castillo de Vance y Mad Max, los restos de la humanidad luchan contra la absoluta desertización de la Tierra y las radiaciones ultravioletas, ocultas en fortalezas subterráneas e intentando sacar adelante valiosos y frágiles cultivos en invernaderos. Unos invernaderos amenazados de un tiempo a esta parte por los ataques de los Exteriores. En un mundo al borde del colapso, duro y violento, con una sociedad rígidamente estratificada con un componente feudal, la trama se adentra en caminos no demasiado originales siguiendo el entrenamiento del heredero de una de las seis casas que controlan las diversas regiones de esa Tierra futura a cargo de un implacable y enigmático instructor llamado Samael. Una instrucción de la que, dada las ambiciones de sus parientes más cercanos, podría muy bien depender su vida. En un momento dado la narración da un giro hacia el Gaiman de ciertos pasajes de Sandman, con implicaciones recurrentes en la obra de Martínez, que aunque se ve venir no deja de resultar de lo más ingenioso dentro de la trama, abriendo el relato hacia nuevos horizontes bastante más atractivos. Escrito en 1994 da cuenta ya de un interesante mensaje ecológico, una advertencia de lo que el cambio climático y la desaparición de la capa de ozono pueden todavía llegar a ocasionar. Es en este sentido una obra totalmente actual, que mantiene toda su carga de advertencia. En otros sentidos invita a ciertas reflexiones, muy presentes a lo largo de toda la obra de Martínez, en las que es mejor no entrar en profundidades aquí para no desvelar la «sorpresa».

Mensajero de Dios (con prólogo de César Mallorquí) es un relato que, con un decidido toque noir y cyberpunk, pertenece al ya mencionado ciclo de Drímar. De hecho se trata de una especie de corolario a su novela La sonrisa del gato —y de refilón también a Un jinete solitario—, pues narra eventos que tienen lugar un tanto después de lo sucedido en esta. Vaya por delante que se trata de un estupendo, muy imaginativo y sorprendente relato, pero leyéndolo sin referencias se antoja que quizá no sea la mejor elección de cara hacia aquellos lectores que no sepan nada de la historia precedente, que no hayan visitado previamente La Peonza, la Confederación o el Mandato, que no hayan conocido a Vaquero ni a toda una serie de elementos claves que marcan el devenir de la historia. Ciberpunk, Inteligencias Artificiales y el reto de encontrar a quien no desea ser encontrado dentro de lo más profundo de la red son los parámetros de una historia con, además, un final tan abierto que ni siquiera parece un final, invitando al menos a la lectura del resto de historias del ciclo —lgo muy recomendable por otra parte—. Un relato donde vuelven a aflorar todas las filias de Martínez, desde las novelas de Alicia hasta el género policiaco, detectivesco y negro, y que destaca muy notablemente por su retrato del ciberespacio y de los entes que moran en él.

Cambiando una vez más radicalmente de registro, en Tarot (con prólogo de María Zaragoza), perteneciente tangencialmente al corpus de la serie de La Ciudad, un escenario de fantasía urbana oscura en que Martínez ha situado ya unos cuantos de sus mejores títulos, el lector va a asistir a una tensa, surrealista y muy especial partida de poker, jugada con una peculiar baraja de tarot y en la que las apuestas son de algo mucho más valioso que el dinero. Dos jugadores que se quedan solos en la sal de un casino, un peculiar tahúr y un hombre que luchará duramente por sus sueños. Intensa y emocionante encierra una reflexión sobre algunas cuestiones que nos acompañan siempre y a las que apenas hacemos aprecio. Esos sueños o recuerdos que conforman nuestra manera de ser y que tantas veces pasamos por alto como si no fuesen más que detalles nimios de nuestras vidas. Una fantasía entre lo oscuro y lo onírico, no exenta de cierto lirismo que acompaña muy acertadamente a las descripciones de sueños y anhelos.

Con el muy emotivo Intruso (con prólogo de Juan Ramón Biedma) Martínez ofrece un sentido homenaje a los creadores y transmisores de cuentos. Un hombre exhausto llega a un poblado del frío norte. Se presenta ante los lugareños nada más que como un narrador, dispuesto a contar sus historias a cambio de su mantenimiento y de los relatos propios del lugar. Poco a poco, mientras transcurre el frío invierno, va integrándose en el poblado, aunque no termina de encajar del todo. Parece que algo le falta y quizá allí descubra por fin de qué se trata. Martínez crea una muy inspirada historia de amor por las palabras, por los relatos y por los que los cuentan; al tiempo que ofrece una peculiar reflexión sobre la eterna lucha de sexos, según la interpretación sobre el papel que deben desarrollar hombres y mujeres dentro de la sociedad dependiendo de las diferentes visiones de los individuos provenientes de distintas culturas. El autor rompe con las tradicionales reglas y ofrece un cuento sin principio ni desenlace, todo nudo, realmente atractivo. Las historias cambian a quien las escucha, pero también a quien las cuenta, y esa es parte de su magia, del arte de contar una historia.

Aquí, allí, en todas partes (con prólogo de Cristina Jurado) es un auténtico descenso a los infiernos del horror más, lamentablemente, cotidiano, el de la violencia de género. Dejando a un lado cualquier atisbo fantástico, el relato se revela como un muy inquietante viaje a lo más enfermo del alma humana, donde una mujer se enfrenta a la terrible obsesión de un asesino en serie que resulta mucho más cercano de lo esperado. Martínez se mueve como pez en el agua en el juego irónico de los motivos que llevan al psicópata a hacer lo que hace mezclados con la terrible ironía que encierra el sujeto de sus desvelos. Y es que el pasado siempre vuelve. Gráficamente impactante, el autor da un toque gore a un cuento por otra parte muy «realista». Resulta extraordinario el modo cómo consigue destilar una vida en tan sólo unos minutos, cómo dilata el tiempo para hacer pasar a la protagonista, y al lector con ella, por todo un abanico de sentimientos y emociones contradictorios en un tema tan controvertido. Duro, impactante y bastante descorazonador, no puede dejar indiferente.

Volviendo a la ciencia ficción, y a uno de los temas más queridos del género, Con dados cargados (con prólogo de Eduardo Vaquerizo) plantea sugerentes posibilidades en torno a los viajes en el tiempo. Dos hombres conversan en la terraza de un café, uno quiere forjar su propia realidad, cambiando lo que sea necesario del pasado para amoldar su presente a sus deseos; el otro, perteneciente a un grupo mayor, intenta impedirlo. Mientras tanto, desde una mesa cercana un tercer hombre les espía. Es esta una interesante y a la vez intimista —al fin y al cabo es apenas una conversación— propuesta sobre paradojas temporales, realidades paralelas y otras cuestiones sobre la posibilidad de cómo los cambios en el pasado afectan al futuro. Como una partida de ajedrez todo depende de anticipar el movimiento del contrario en un juego del que podría depender el destino de todo lo que existe.

Hombres de césped (con prólogo de Elia Barceló) versa sobre la historia de una joven que cada día se fuerza a sí misma a superar sus miedos y a cruzar por un parque de camino al trabajo y de vuelta a casa. De los parterres de hierba surgen a su paso amenazadoras figuras que nadie más parece ver. ¿Qué son? ¿De dónde vienen? ¿Por qué la atacan? Preguntas que podrían contestarse si pudiera abandonar su agobiante soledad. Una fantasía oscura, amarga pero con una pizca de esperanza. Cargada de referencias literarias, principalmente pero en absoluto en exclusiva, a la Alicia a través del espejo de Carroll, y en concreto a cierta ilustración de Tenniel del Jabberwocky —aquí al ladito podéis contemplarla. Es una historia de valentía, de hacer frente a los miedos para impedir que le devoren a uno, de amor, de pérdida, olvido y resolución. Una historia de terror, pero que encierra también una fábula ecológica de mundos enfrentados, de expolio a la naturaleza y de un mundo de sueños. De lo mejor entre lo mejor.

En la mente de Dios (con prólogo de Luis Alberto de Cuenca) es un microrrelato procedente de la antología Vintage ’62: Marilyn y otros monstruos, seleccionada por Alejandro Castroguer para la propia editorial. El autor plantea cómo dentro de la mente de Dios las posibilidades son prácticamente infinitas y puede suceder todo aquello que sí tuvo lugar, pero también todo lo que en realidad no sucedió. Un relato sobre un asesino que se cuestiona sus acciones mientras piensa en suicidarse, muy breve cargado de lirismo, de ironía y de cierta rabia, teñida de resignación. La muerte es inevitable, entonces ¿para qué soñar una cosa distinta?

Cierra el volumen En el ático (con prólogo de Ismael Martínez Biurrun), publicado en la antología distópica Mañana todavía, se trata de un relato que es toda una explosión, casi hard boiled, de violencia y sexo. Alberta, una soldado proveniente de las fuerzas especiales, es destinada como guardaespaldas del joven heredero y alto gerifalte de una gran corporación, AdAstra, que ocupa una gran arcología, una pirámide truncada donde cuanto más alto vivas más estatus tienes. Como ya intuía, sus tareas van más allá de proteger su vida, convertida en su «brazo ejecutor». Además de cumplir ciertas obligaciones amatorias, deberá embarcarse en la búsqueda y eliminación de unos clones del padre de su contratador, de muy diferentes edades y diseminados por todo el edificio, en una tarea que bien podría costarle buena parte de su alma. Tiene trece meses para cumplir la tarea y le espera poca recompensa. El edificio presenta una sociedad tan injusta y mal repartida como pueda ser la nuestra, donde los poderosos se ven justificados para dar rienda a cualesquiera sean sus deseos, donde la dignidad se vende como un producto más, donde la sumisión adquiere una dimensión insospechada, y la supervivencia depende mucho de la suerte y de la voluntad de «otros». Martínez presenta un gran escenario, entre distópico y cyberpunk, un personaje femenino de fuerte carácter  y un final, tan apoteósico e irónico como abierto, que dejan con ganas de conocer más de ese mundo futuro. Afortunadamente el autor ya ha escrito un nuevo relato ambientado en otra planta del mismo edificio titulado Piso 27 y ya se encuentra trabajando en una novela con nuevas subtramas y personajes.


Un brillante ramillete de relatos, con un peso mayoritario de aquellos escritos en el siglo pasado, es de suponer por el paulatino dominio de las novelas sobre los relatos en la producción del autor, que sirve de repaso a una carrera literaria a la que todavía le queda mucho camino por recorrer —es de esperar—. Heterogéneos temáticamente, todos ellos destacan por el pulido trabajo estilístico que hay tras ellos, cuestión que a veces no se aprecia en toda su dimensión, pero que hace de su lectura una actividad de lo más agradable a la par que sugerente e inmersiva. Cada cuento, como queda indicado en la reseña, viene precedido de un prólogo escrito por algunas de las mejores plumas patrias. Cada uno de ellos da cuenta tanto de la obra a la que introducen como de lo que ha supuesto y supone la figura de Martínez para las letras fantásticas de nuestro país. Algunos inciden en su prosa, otros en sus ideas, otros en las temáticas… Todos transmiten un mismo mensaje: disfrutad de estos cuentos y después id a por más obras de Rudy. No va más.
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