miércoles, 5 de julio de 2017

Reseña: La suerte del bufón

La suerte del bufón.
El Profeta Blanco, III.

Robin Hobb.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Fantascy. Barcelona, 2016. Título original: Fool's Fate. Traducción: Manuel de los Reyes y Raúl García Campos. 942 páginas.

Con La suerte del bufón se cierra la trilogía de El Profeta Blanco que Fantascy ha publicado en un periodo de tiempo encomiable, permitiendo la lectura continuada de toda la aventura sin excesiva demora —ahora es cuando los aficionados empezamos a preguntar cuándo publican la primera entrega de la siguiente tetralogía—. Hobb vuelve a ofrecer una fantasía muy personal, aunando el elemento mágico a una cotidianidad medieval que hace el relato muy cercano. Se trata ya del noveno y voluminoso libro con el que la autora ha ido construyendo un enorme fresco sobre la historia de los Seis Ducados y las tierras y reinos que lo rodean: el Mitonar, las Islas del Margen.... Un mundo construido a conciencia, con un estilo profuso y exhaustivo donde cualquier pequeño detalle, muchos aparentemente irrelevantes, demuestra tener su interés. El relato se desarrolla en torno a la recurrente misión o búsqueda emprendida por un grupo de heterogéneos aventureros, o más bien a las misiones, pues en la expedición que se ha de emprender varios de los participantes demuestran tener objetivos contrapuestos y nada compatibles. Un conflicto, no siempre armado y sangriento, del que surge la tensión y la fuerza de la narración llevando a la conclusión una historia capaz de cautivar y emocionar, haciendo un placer acompañar a estos personajes en su viaje vital. Una historia, como todas hasta aquí, de amistad y de entrega, de lealtad y sacrificio, de maravillas y sufrimiento, que incide en muchos aspectos de la inevitabilidad del destino y de la forma de burlarlo. Un periplo sombrío y frío que difícilmente pueda tener un final feliz.


Tom Mechatejón y compañía deben embarcarse en su periplo hacia las Islas del Margen para que el príncipe Dedicado pueda cumplir la promesa echa a la narcheska para permitirle concederle su mano. Pronto emìezan los problemas. Es un grupo de lo más diverso el que emprende la travesía con destino final en la isla de Aslevjal donde les espera la leyenda del dragón durmiente enterrado en su glaciar, Yama de Hielo, y la reticencia de los marginados a la misión emprendida. Demasiados intereses parecen encontrarse envueltos en que se corone o no su destino, demasiados secretos que entorpecen el camino, demasiados sospechas y suspicacias, demasiados malentendidos y diferencias de costumbres entre los marginados, abiertamente matriarcales, y las gentes de los Seis Ducados. Narrado, como los anteriores, desde la primera persona de Tom Mechatejón, Traspié Vatídico, el lector conoce lo que el protagonista sabe, quedando muchas cosas en sombras, y creciendo la tensión conforme se sospecha que tras la misión de ofrecer a la «novia» la cabeza del dragón se esconde mucho más, pero sin poder concretar de qué se trata, pues el propio protagonista lo desconoce. Una tensión que crece ante la profecía del bufón de que él encontrará la muerte en la isla para dar forma al futuro que ha vislumbrado. Algo que Traspíe no puede permitir y que hará todo lo posible por evitar.

Inmersa en su particular forma de enfrentar la fantasía, La suerte del bufón es en su mayor parte la historia de una expedición, lejos de grandes despliegues épicos —pero con algunas de las páginas más épicas y emotivas leídas en mucho tiempo—. Hobb estructura el relato en torno a la misión en la que los protagonistas deben pasar por diversas etapas y enfrentar diversos retos. Es un viaje de descubrimiento del paisaje, de inmersión en las costumbres de aquellos con los que se encuentran, de tropiezos y pasos en falso, y de revisión de las decisiones tomadas durante muchos años que parecen haberles llevado de manera inevitable hasta allí.

Hay que cogerle el gusto al estilo de la autora, sofisticado a la par que conciso y lleno de un minucioso detallismo en que cada decisión es debidamente diseccionada y cada pequeña acción es reflejada, en ocasiones varias veces, para que cada pequeño cambio quede así más remarcado. Pero lo hace tan bien que consigue sumergir al lector en el relato sin sacarlo de la narración —algo a lo que, en español, contribuye sin duda la magnífica tarea de los traductores, encargados de toda la trilogía en una labor que hace muy agradable la lectura; todo un acierto de Fantascy el hacerlo así para mantener el criterio de la traducción, los términos y nombres, y la voz narrativa, aunque en ocasiones su riqueza de lenguaje invite a visitar el diccionario (y no es una crítica en absoluto)—. Es una prosa prolija sí, pero también fascinante y muy adecuada a la historia que Hobb desea narrar, llena de situaciones interesantes y aventuras tan grandes como los libros que las contienen. Una prosa que consigue transmitir las penurias del viaje en barco, el frío de los hielos del glaciar, el penoso caminar por el barro, el lujurioso verdor de la selva —y el picoteo de sus insectos—, la desorientación y el peligro del abuso del tránsito por los Pilares de la Habilidad... Una prosa que consigue hacer palpable el mundo, que lo vuelve «real» y cotidiano, muy cercano, a fuerza de repetir acciones, de describir geografías, lugares y estancias, de asistir a lo que los protagonistas hacen en sus momentos más íntimos, de acudir a las saunas de la guardia, de visitar las cocinas y los pasadizos y cámaras secretas de Torre del Alce. Y sobre todo de conocer con precisa insistencia los pensamientos, muchas veces recurrentes, de Traspíe, un protagonista que, visto todo desde su propio punto de vista, alguna vez habría que darle una colleja y decirle que cambie su forma de ser y de actuar. Una prosa, en fin, que imprime al relato su ritmo más adecuado, cadencioso en ocasiones, lento de inicio se podría argüir sin peligro de equivocarse, tomándose su tiempo para coger velocidad, intenso en otras, fluido y preciso en todas.

Resulta muy interesante la manera en que Hobb presenta la figura del bufón, quien dando nombre a esta trilogía, goza de un protagonismo que se podría incluso considerar queda en todo momento en segundo plano, apareciendo y desapareciendo, mientras su destino planea por las páginas de toda la novela, sobre todo en los dos primeros tercios. ¿Se cumplirá su propia profecía y morirá en Aslevjal o podrá Traspié evitar tan aciago destino aún a riesgo de cambiar el futuro anticipado? Chade sigue embarcado en su tarea de manipulación de todos los que le rodean en pos del bien del trono y de quien lo ocupa o lo ocupará en el futuro, aunque eso en ocasiones signifique oponerse abiertamente a sus decisiones. Tordo es un ser desdichado que se pasa la mayor parte del libro padeciendo las elecciones que otros hacen por él, incluido el subirlo a un barco en una travesía que odiará con toda su alma, pero es un personaje que da el perfecto contrapunto a los demás y es un gusto ver cómo la autora enfoca el tema de la discapacidad psíquica y las reacciones que su presencia despierta en aquellos con los que el grupo va cruzándose, en sociedades como la marginada en que hubiera sido asesinado o abandonado al nacer; vivencia a vivencia, demuestra ser un personaje increíblemente bien caracterizado. El príncipe Dedicado se va perfilando como futuro monarca, tomando sobre sí decisiones difíciles, haciendo honor a su palabra por mucho que le pueda costar y actuando, al fin y al cabo, como el muchacho de quince años embelesado por el encanto de Elliania que es. Una joven que permanece víctima de sus secretos y demandas. Vencejo, escapado del hogar paterno, y quien de inicio da la sensación de ser un personaje un tanto encajado sin mucho sentido en la trama, luego demostrará resultar vital. Ortiga va adquiriendo más y más protagonismo, revelándose como una jovencita con personalidad e ideas propias por mucho que en ocasiones debe plegarse a lo que sus «mayores» disponen para ella, ajena a tantos secretos que la rodean y moldean su vida sin ella saberlo. Incluso los que menos presencia parecen tener están ahí por algo y tienen su razón de ser y su momento de lucimiento: Civil, Acertijo, Peottre, Percán, Kettricken y otros que es mejor no citar para no reventar la sorpresa de su participación

La aventura se desarrolla de forma imparable, aunque le cueste entrar en faena, construyendo con mimo el escenario, las tensiones, las intrigas, y va a ir de revelación en revelación una vez que coge la marcha adecuada. El destino del mundo se encuentra en la balanza, pero no se trata tanto de ver cómo cambia el mundo en sí, sino como la búsqueda de ese cambio, sea la vertiente elegida que sea —y sí, hay como poco dos facciones con visiones antagónicas y contrapuestas—, afecta a los que se implican en la historia. De cómo sortean las dificultades, de cómo crecen y evolucionan, de cómo cambian en definitiva. Hay momentos introspectivos, momentos de reproches, enfrentamientos, alegrías y tristezas, intrigas, dudas, desafíos imposibles, decisiones impulsivas, lealtades inquebrantables, torturas y crueldades, amores más allá del romance y del sexo, y luchas desesperadas. Hay abundantes parcelas de Habilidad y de Maña, magia no falta. ¿Y dragones? Bueno, Tintaglia está ahí, sin duda.

Y cuando cualquier otro autor hubiera puesto fin a la novela y la aventura, cuando parece haberse alcanzado el clímax, Hobb empieza en las últimas doscientas o doscientas cincuenta páginas, a reunir y atar hilos que el lector ni sospechaba abiertos, cerrando el círculo con la primera trilogía de la serie, la del Vatídico, dando un satisfactorio broche a personajes secundarios que habían quedado en las sombras del desarrollo de la historia, y hermanándola muy satisfactoriamente también con la de Las leyes del mar, convirtiéndolo así en la conclusión no de una sino de tres trilogías. Algo que hace ahora todavía más recomendable —y aquí enlazo con dicho en la reseña de La misión del bufón— haberse leído con anterioridad todas las entregas previas para conocer de dónde vienen ciertas líneas que adquieren aquí su culmen. Tan sólo hay dos cosas que podrían «chirriar». Una es que se cierra un poco en falso, demasiado de pasada, un tema que aparecía tan vital como el de los picazos, pero la verdad es que se dan las explicaciones necesarias; y la otra es algo que no se puede comentar bajo el peligro de revelar detalles que no se deben conocer de antemano, pero que choca con el comportamiento que se espera de los sentimientos de alguno de los implicados —más de los ausentes que de los presentes, aunque sabiendo que quedan más novelas en perspectiva se hace más llevadero—.
La suerte del bufón presenta así un largo final, un epílogo dilatado, demorado, que va atando cabos de forma metódica, haciendo que todo encaje y lanzando guiños a los lectores que han acompañado a los protagonistas —a los que han sobrevivido— hasta aquí, lleno de reminiscencias y ecos de un pasado que va abriéndose hacia un futuro que se presenta desconocido. Un final inevitablemente emotivo, triste y agridulce como la vida misma, y que podría haber sido el perfecto cierre de toda la serie, pero que, por suerte, no lo fue. Ahora sólo falta que la autora vuelva pronto a tener presencia en nuestras librerías con la traducción de la siguiente tetralogía, cuya acción vuelve a desarrollarse principalmente en el Mitonar, y no tengamos que esperar tanto como se ha hecho esperar esta trilogía que aquí culmina. Eso sí, si no se desea destriparse a uno mismo detalles muy importantes de la presente mejor que ni se piense en buscar los títulos de todas las próximas entregas bajo riesgo de descubrir destinos que seguro que es mejor no conocer de antemano.
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