martes, 3 de abril de 2018

Reseña: La extraordinaria familia Telemacus

La extraordinaria familia Telemacus.

Daryl Gregory.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Blackie Books. Barcelona, 2018. Título original: Spoonbenders. Traducción: Carles Andreu. 541 páginas.

Es esta una historia sobre las relaciones familiares y sobre las consecuencias reales que todo poder extraordinario hace recaer sobre quien lo posee. A medio camino entre lo humorístico y el drama más profundo, Gregory escribe una obra profundamente evocadora, llena de amor y de humanidad, de personajes carismáticos, de intriga, mucha tensión y una historia tan inteligente como imaginativa. Grandes dones a veces no siempre significan grandes satisfacciones, ni una necesaria responsabilidad, sino una auténtica carga generadora de problemas. Durante unos cuantos años del siglo pasado fueron bastante populares, sobre todo en la televisión, personajes dotados de poderes psíquicos, como Uri Geller y su capacidad de doblar cucharas con el poder de la mente —y de ahí viene precisamente el título original de la novela, Spoonbenders—, dentro del mundo del espectáculo. El autor le da la vuelta a ese fenómeno, ofreciendo la historia de una familia bastante disfuncional que en los ‘60 del siglo pasado triunfaran en la TV y los teatros con su show basado en sus poderes paranormales, para ser luego desacreditados y caer en el ostracismo y, casi, en el olvido. Conjuga una historia profunda, dura, divertida, intensamente familiar, con un contexto de viejos mafiosos y agencias secretas del gobierno reminiscencia de la Guerra Fría. Tener poderes no siempre trae la felicidad, y si alguien no lo cree así que se lo pregunte a alguno de los Telemacus.

En junio de 1995 Matty Telemacus descubre por primera vez, en circunstancias un tanto escabrosas y sonrojantes, su don como descendiente de una familia con poderes psíquicos. Sale expulsado de su cuerpo y, tras la inicial sorpresa, empezará a investigar la historia de su familia y el alcance de su poder, soñando con encontrar un uso lucrativo para su recién descubierto poder con el altruista fin de ayudar a su madre.

A principios de la década de los 60 del siglo pasado, la extraordinaria familia Telemacus, cuyos miembros hacen gala de dotes para la adivinación, la clarividencia o la telequinesis, después de un carrera fulgurante y exitosa, queda desacreditada ante el gran público, haciendo que su nombre caiga en el olvido junto al de otros grandes fraudes de lo paranormal. Pero, ¿en verdad eran un fraude o todo fue un catastrófico fallo? Queda bastante claro que Teddy, el patriarca, es un embaucador que vive de sus hábiles manos y de su no menos hábil labia, pero, ¿y el resto de la familia? Se hace evidente, por el interés del gobierno en ponerla a trabajar en contraeespionaje, que Maureen, su esposa, sí que poseía una habilidad fuera de lo común.

Teddy es, en efecto. un encantador estafador, pero gracias a Maureen, una de las videntes más poderosas sobre la tierra, sus hijos van a heredar una serie de dones que no siempre, más bien nunca, suponen para ellos una bendición. Frankie, telequinético, apenas es capaz de manipular la bola de una máquina de millón para hacer que vaya donde él desea, resultando el uso de su poder más una frustración que un regalo. Además, como emprendedor empedernido, su intento de sacar adelante sus negocios le ha metido en serios problemas financieros con la mafia. Su hermano Buddy, como Casandra en la Ilíada, sufre la maldición de conocer el futuro sin poder compartirlo con los demás. Pero a diferencia de la profetisa, no ve el futuro como algo a suceder más adelante, sino como eventos que están teniendo lugar simultáneamente en el tiempo. Para él, pasado, presente y futuro tienen lugar a la vez, y llevándolo a actuar de forma aparentemente errática para todo el resto de gente que le rodea al no querer cambiar por acción u omisión algo de lo que ya conoce de antemano, convirtiéndose en un personaje al que es inevitable tomar cariño. La mayor de los hijos de Teddy y Maureen, Irene, la madre de Matty, es un auténtico detector de mentiras humano, algo que ha convertido su vida en una auténtica desgracia. Su conocimiento de toda falta de sinceridad, de subterfugios y engaños por pequeños que sean, de lo que realmente sienten o cuales son las verdaderas intenciones de las personas con las que se relaciona, afectiva o laboralmente, ha hecho que le sea muy difícil unirse a una persona sentimentalmente o poder conservar ningún trabajo, lo que le ha hecho volver a la un tanto desquiciada casa familiar.

Los capítulos van saltando de un protagonista a otro, siempre relacionados, y de una década a otro, de modo que van conformando un mosaico de cuya imagen costará toda la novela hacerse una idea, pero que es muy entretenido ir viendo surgir poco a poco hasta el explosivo —y no es una figura retórica— final. En los primeros ‘90 la familia, aunque viviendo todos menos Frankie bajo un mismo techo, se encuentra en horas bajas. Una situación que en realidad arrastran desde la falta de la madre, auténtica argamasa de la familia, aunque quizá ya mientras vivía empezasen a mostrarse las fisuras. Irene soporta una mala racha que dura ya demasiado tiempo, al punto que ha tenido que dejar atrás su independencia y volver al hogar paterno. Pero es Frankie, sobre todo, quien tiene que lidiar con un problema de dimensiones trágicas, una deuda que de no pagar podría costarle todo lo que tiene, incluida su propia familia. Es muy de remarcar la habilidad de Gregory para ofrecer una historia muy divertida, con un humor un tanto oscuro, sobre la base de personajes profundamente dañados e infelices implicados en eventos estremecedores —lo del guante de piel no sé si se lo voy a perdonar—.

Gregory retrata de forma magistral las décadas implicadas en la acción, la de los ‘60 y la paranoia de la Guerra Fría, con sus agencias de inteligencia y sus programas secretos de espionaje, incluido la exploración de los poderes psíquicos como arma; y la de los ‘90, con las redes sociales empezando a descollar, con una pujante AOL y unas conversaciones de IRC y salones de chat que ahora pueden resultar ya tan primitivas como encantadoras.

Construyendo la historia sobre una situación de lo más dramática, que implica a antiguos elementos de la mafia de Chicago, agencias secretas federales en horas bajas cuyos viejos agentes suspiran por los buenos viejos tiempos de la Guerra Fría, hombres maduros con viejas deudas por cobrar y adolescentes con las hormonas revolucionadas, Gregory hace avanzar las tramas confluyentes de forma tan divertida e ingeniosa como trepidante, aunque sin implicar un ritmo frenético que en nada hubiera convenido a la narración. Cada capítulo sigue a uno de los mentados miembros de la familia, cada cual con su línea particular que se va a ir imbricando con la de los demás hasta que todas confluyan en un culmen dramático, explosivo y, por lo que va dejando caer Buddy de lo que les espera el fatídico 4 de septiembre de 1995, inevitable. Pieza a pieza, tomándose un tiempo necesario para establecer las diferentes tramas y todo el contexto, buceando hacia atrás para rescatar y reconstruir la historia familiar, la novela ofrece un rompecabezas entre el pasado y el presente de los Telemacus hasta que todas se unen encajando de manera genial.

Un puzzle en el que el lector, según su propia idiosincrasia, va a verse en la obligación de lidiar con una serie de situaciones algo conflictivas, como el voyeurismo inherente a ciertos momentos claves de la acción, el uso recreativo de las drogas por parte de menores de edad o ciertos comportamientos algo sexistas implícitos en alguno de los protagonistas, aunque luego todo ello se vea matizado por unos giros, la mayoría humorísticos, muy bien planteados que salvan la situación aunque no esconden del todo el dilema ético.

En una historia en absoluto de superhéroes, el autor explora lo que en realidad podría significar para una persona tener poderes psíquicos y lo que haría cualquier hijo de vecino en caso de tenerlos, haciendo hincapié en el agobiante peso y amarguras que comporta su uso. Lanza una profunda mirada sobre cada uno de los protagonistas y lo que de verdad les ha supuesto disponer de sus habilidades. Conocer el futuro o la realidad de los pensamientos de una persona no supone ningún camino de rosas, antes bien, todo lo contrario, es muy fácil que se convierta en tortura y sufrimiento. Envidiados por quienes no los tienen, hay momentos en que podría ser una ventaja, sí, incluso ser explotados para conseguir beneficios tanto de carácter legal como ilegal, pero en general no representan sino una carga de la que alegremente, los adultos al menos, se desharían de poder hacerlo.

La extraordinaria familia Telemacus encierra una historia de viejos mafiosos y de las víctimas de sus prácticas, de agentes secretos que añoran los buenos tiempos de la Guerra Fría, de estafadores maduritos que no han perdido del todo su toque y de muchachos que anhelan ser especiales, pero su centro es el amor a la familia, a las personas más cercanas por mucho que te saquen de quicio. La historia de tres generaciones de una familia, y de sus vínculos a través del tiempo, repleta de afecto y cariño, de enfrentamientos y desencuentros, de lazos indisolubles que surgen en los momentos de mayor tensión —y vaya si hay tensión—. Cada uno de ellos parece ir a su aire, guardando sus secretos y sus miserias, ilusiones fallidas, anhelos quebrados o amores perdidos, pero cuando la situación termine por requerirlo no dudarán en echar una mano, arriesgándolo todo por ganarle la mano al destino. Un destino que por muy conocido que sea no va a ser en absoluto fácil de burlar. Una gran lectura a la que hay que dejar ir madurando para sacarle todo su jugo.
Publicar un comentario