miércoles, 23 de enero de 2019

Reseña: El cielo de piedra

El cielo de piedra.
La Tierra Fragmentada, volumen III.

N.K. Jemisin.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2019. Título original: The Stone Sky. Traducción: David Tejera Expósito. 400 páginas.

Con un «no va más» definitivo Jemisin lleva orgánicamente la trilogía a su cierre lógico y coherente, y lo hace con un gran número de respuestas de lo más satisfactorias, con la resolución de los misterios planteados, la aclaración a las dudas en torno al género en que debía clasificarse —ciencia ficción, ciencia ficción, sin duda, aunque viendo ciertas premisas quizá los más puristas no estén en absoluto de acuerdo con tal afirmación—, la revelación de cómo se había llegado a esa situación exponiendo el origen de la orogenia y otras peculiaridades del escenario, y con una gran, intensa, emocionante aventura cargada de drama. Una obra que bucea tan profundamente en las consecuencias de la opresión y explotación de un grupo de personas por otro, además de, y sobre todo, en la lucha épica de una madre por reencontrarse con una hija renuente y en las cosas que el amor, en todas sus vertientes, empuja a hacer, no podía sino comportar una importante carga de tragedia, aunque sea tan bien acompañada de una intangible y frágil belleza. Como siempre advierto en estas circunstancias, mucho cuidado al adentrarse en la lectura de la reseña, pues si bien no habrá —o intentaré que no haya— destripes de relevancia de la novela presente, sí es bastante probable que los haya de las precedentes —y sí, es imprescindible haber leído aquellas para hacer lo propio con esta—.

El relato vuelve a dividirse en tres líneas, todas ellas narradas por una misma voz, la de Essun, la de su hija Nassun y la del narrador en cuestión, que desvelará por fin los eventos del pasado que han llevado a lo largo de un dilatado periodo de tiempo hasta la situación que ya fuera dada a conocer a los lectores. Essun, con los ahora desplazados habitantes de la comu de Castrima, anhela salir en busca de su hija, pero debe quedarse con la comunidad al menos hasta que encuentren un refugio seguro contra los rigores de la devastadora Estación. Lejos de ella, Nassun, tras los traumáticos eventos acaecidos en Luna Hallada, debe abandonar la comu en compañía del antiguo Guardian Schaffa y partir en busca del lugar donde convocar el poder del Portal de los Obeliscos para intentar poner fin, o atenuar al menos, a la Estación que amenaza con convertirse efectivamente en el fin del mundo —¿pero el fin del mundo para quién? A la Tierra, como planeta, le importa bien poco el destino de la molesta vida que pulula por su corteza—. El narrador, Hoa o Houwha quizá, pondrá voz, por fin, al discurrir de los eventos que dieron origen a la Quietud, ofreciendo explicación tanto a la presencia de los Obeliscos como al surgimiento de la orogenia y a otras cuestiones candentes que habían estado presentes en las dos entregas precedentes.

En un mundo de maravillas tecnológicas, dominado por Syl Anagist, una ciudad que se extiende por todo el continente, está a punto de ponerse en marcha un proyecto largamente acariciado, un adelanto sin igual. Sin embargo, el proyecto reposa sobre las espaldas de unos pocos humanos «creados» especialmente para la tarea, víctimas de la peor opresión, aquella que los oprimidos ni siquiera sienten como tal mientras son tratados como meras herramientas desechables para lograr un fin. La caída de su civilización —no es ningún destripe después de conocer en los volúmenes anteriores el mundo que es su futuro—, narrada en una suerte de cuenta atrás imparable e inevitable, tiene resonancias que se extienden hasta el presente de Essun y Nassun. Ellas, junto al resto de habitantes de la Quietud, son las herederas directas de las ambiciones de gigantes con pies de barro, pues las consecuencias de los actos de aquellos han golpeado con dureza durante milenios a toda la humanidad. Pero es una situación que para bien o, es más fácil imaginar, para mal está a punto de alcanzar una resolución final. Una sociedad esplendorosa, de gran desarrollo tecnológico, que domina las energías de la materia, va a ser víctima de su propia desmesura, ambición, prejuicios y despropósitos. El lector de las anteriores novelas ya conoce, o sospecha, que algo ha de salir mal. Y aquí es dónde va a descubrir exactamente qué fue lo que se torció —¿o quizá lo que se enderezó después de todo?— en el mundo.

Mucho después, madre e hija, por caminos separados, deben afrontar terribles pruebas con la vista puesta en el Portal de los Obeliscos y sus posibilidades. Forjadas a golpes, moldeadas mediante el sufrimiento y las penalidades, ninguna de las dos tiene ante sí un camino sencillo de recorrer. Essun, después del despliegue de poder que supuso la defensa de Castrima, empieza a sufrir el mal que ya aquejó a Alabastro y cualquier uso de la orogenia tan sólo agravará la situación. No obstante no sabe, no puede, quedarse de brazos cruzados y va a poner todo de su parte para acompañar a un nuevo hogar a la comu que aúna orógratas y táticos, ejemplo de que la convivencia es después de todo posible, antes de pensar siquiera en completar la misión que ella misma se impusiese anteriormente. Mientras tanto, con su ingenuidad infantil matizada por una rápida, abrupta y más bien traumática e impropia madurez, alcanzada mediante las repetidas pérdidas, la violencia, el odio recibido, el desprecio y todo el dolor vivido, Nassun se ciñe a alcanzar un objetivo que ponga broche a su historia, que le otorgue un cierre satisfactorio. La ira acumulada, la ingenuidad de la que no puede evitar hacer gala y todo el poder que atesora como digna hija de su madre la dirigirán con determinación hacia una solución tan radical como definitiva.

¿Se puede arreglar lo que está tan profundamente roto? La autora pone el foco una vez más sobre la terrible y ciega estupidez humana, sobre los prejuicios raciales —con una importancia vital en este caso— y sexuales, sobre la deshumanización del diferente para poder hacerlo foco del odio y justificar su marginación y explotación, el genocidio, las desigualdades y privilegios, la esclavitud encubierta y la lucha por la libertad..., y sobre la familia —aquella que se construye, que quizá no siempre sea coincidente con la que se nace— y los lazos del amor por muy disfuncional que sea. Y lo hace describiendo las acciones de personas imperfectas que hacen lo que hacen lo mejor que pueden. A veces el opresor, o quien lo sostiene, es también víctima, y el poderoso es el fruto de la sociedad purulenta que lo ha modelado durante generaciones de enseñanzas envenenadas. A veces el oprimido tiene que entregar tanto de su alma en la lucha que se le hace difícil justificar el camino emprendido para alcanzar la libertad, los sacrificios necesarios, las renuncias y pérdidas inevitables. A veces la «tradición» no es la mejor guía para la supervivencia. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas aún con las mejores intenciones, y entonces ¿quién será verdugo y quién víctima propiciatoria? ¿A quién se salvará y quién deberá morir? ¿Se debe destrozar al opresor o al sistema que lo ha creado? ¿Se puede separar de alguna manera al uno del otro?

Con su llamativa y magnífica forma narrativa —y con la espléndida traducción de David Tejera Expósito; qué gran idea es siempre mantener un mismo traductor para una serie, saga o enealogía para mantener la unidad y voz de la misma—, con el peculiar e íntimo uso de esa segunda persona que tanto chocaba y conquistaba en las anteriores entregas, Jemisin, aún con un mínimo y justificable maniqueísmo, no da soluciones fáciles a los problemas morales de hondo calado que propone, porque tampoco existen en el mundo «real», sino que invita a reflexionar mediante el ejemplo para que sea cada lector quien saque sus propias enseñanzas y conclusiones. Es un aprendizaje difícil que requiere interés, atención y predisposición a profundizar en lo que se está contando y en cómo se está contando, pero merece mucho la pena.

El cielo de piedra es un poderoso cierre a la trilogía, emocionante, bello y doloroso a partes iguales. Apocalíptica en grado sumo. Lo que comenzó con la intencionada desencadenación de una Estación devastadora termina con el desesperado intento de una madre por recuperar a su hija mientras ambas hacen lo que creen necesario, cada una a su manera, por salvar el mundo —o a sus habitantes cuando menos, pues el planeta seguirá ahí suceda lo que suceda—. Si alguien se espera un final feliz en medio de una catástrofe de proporciones épicas quizá debiera repasar la historia narrada hasta llegar aquí. El final, hermoso y necesario, es tan triste, incómodo y desgarrador como a la postre satisfactorio.

2 comentarios:

Rul T. dijo...

No he leído nada de Jemisin, pero esta trilogía tiene muy buena pinta. A ver si el tiempo nos permite su lectura.

Saludos!

Santiago dijo...

Pues a ver si encuentras el momento. Yo creo que merece la pena (o al menos yo he disfrutado bastante de la trilogía).

Saludos