jueves, 10 de enero de 2019

Reseña: Herederos del tiempo

Herederos del tiempo.

Adrian Tchaikovsky.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alamut. Madrid, 2018. Título original: Children of Time. Traducción: Luis G. Prado. 518 páginas.

De vez en cuando un libro, una lectura, te sacude y te recuerda la razón por la que lees ciencia ficción. Esa magnífica sensación de sorpresa y fascinación, el sentido de la maravilla, el enorme despliegue de imaginación, las tramas inteligentes, bien construidas, que cautivan y expanden la mente, la especulación verosímil, la aventura subyugante y la necesaria reflexión, todo unido sin fisuras. Y sí, este es uno de esos libros. Herederos del tiempo es una novela de una ciencia ficción absolutamente moderna con un sabor agradablemente clásico. Una obra que reúne tecnologías avanzadas, terraformación, catastrofismo, nanovirus, trans y post humanismo e incipientes Inteligencias Artificiales —o intentos cercanos de todo ello, una nave arca en busca de planetas habitables, una epopeya espacial, emergentes sociedades «alienígenas» sentientes —no exactamente, no del todo, extraterrestres—, nuevas sendas evolutivas…, en una narración que abarca un inmenso periodo de tiempo y que habla del auge y caída de civilizaciones, y de caminos evolutivos divergentes. Una lectura fascinante.

En un futuro relativamente lejano la humanidad, con unos niveles de desarrollo tecnológico sin par, ha alcanzado otros sistemas estelares. En uno de ellos se está llevando a cabo un singular proyecto de terraformación cuyo culmen debiera ser la elevación de nuevas inteligencias. Un proyecto diseñado y dirigido desde un satélite que orbita su atmósfera por la doctora Avrana Kern, una mujer centrada en sus propias investigaciones y con poca empatía hacia el resto de la humanidad. Una vez acondicionado el planeta para la vida terrícola el plan es sembrarlo de un nanovirus que potenciará la inteligencia de sus nuevos moradores, un cargamento de monos. Pero justo cuando se enfrenta la última etapa del proyecto las cosas empiezan a marchar realmente mal en la Tierra, dando al traste con la civilización humana a lo largo de toda la galaxia y poniendo un fin brusco al experimento, que queda liberado a su propio desarrollo. Frustrada, la doctora Kern volcará su mente en un simulacro informático de sí misma y se pondrá en criogenia a la espera de que el experimento siga su curso sin ningún control exterior. Así resulta que los cauces por los que va a desarrollarse no serán precisamente los previamente planeados. Mucho, mucho tiempo después una civilización, muy diferente de la esperada, se desarrolla en el planeta, al tiempo que los restos de una humanidad la borde del colapso, que apenas poseen una mínima fracción del conocimiento tecnológico de sus antepasados, se acercan a bordo de una nave arca, la Gilgamesh, en busca de un nuevo hogar donde renacer. La colisión entre las dos sociedades parece inevitable.

Abarcando un periodo de miles de años Tchaikovsky presenta dos tramas íntimamente conectadas, que en contadas ocasiones llegan a tocarse, pero que en la mayor parte del tiempo tan sólo se mantienen en la distancia —de hecho una de las partes desconoce la existencia de la otra durante la mayor parte de la novela—. El relato alterna los capítulos donde se narra la evolución de la civilización en el nuevo planeta con aquellos que reflejan los sucesos a bordo de la nave que transporta las últimas esperanzas de la humanidad. Una nave que, construida con tecnologías recuperadas de los restos de la ahora inhóspita Tierra, se encuentra inmersa en un proceso de lenta decadencia, tanto en los materiales que la componen como entre algunos miembros de la durmiente tripulación, obligados a despertar según lo requieran las circunstancias. Luchando contra la misma entropía que va desgastando los componentes de la nave y sin recambios posibles, la tripulación al cargo comprenderá que sólo hay un planeta al que puedan volver a llamar hogar y que, para su desgracia, ya se encuentra ocupado y bien defendido. En la superficie, desconocedora de la suerte de la humanidad, y dirigida de manera distante por las directrices dictadas en el pasado por la doctora Kern, una nueva civilización emerge, se enfrenta a grandes desafíos, crece, descubre la tecnología y se expande por derroteros muy diferentes a los seguidos por la evolución de la humanidad.

El autor enfrenta así una civilización en auge social y científico, floreciente y cargada de potencial, a otra en franca decadencia, desesperada y al borde del abismo, que ha perdido gran parte de los conocimientos que sus antepasados lejanos llegaron a reunir. Sobre la superficie del planeta el relato mantiene una linealidad a través de ciertos personajes que de forma recurrente comparten el nombre y los intereses. Generación tras generación existe un definido puente que une el pasado con el presente de cada uno de ellos, haciendo que la sociedad avance, se sobreponga a las amenazas, desarrolle su propia tecnología —bombardeada por contradictorias sugerencias desde la órbita por las directrices de la cada vez más desquiciada doctora Kern— y se alce triunfante en el árbol de la inteligencia y la civilización. Portia, la cazadora y exploradora, que busca en todo momento trascender sus limitaciones, siempre desde una perspectiva de servicio a la sociedad a la que pertenece; Bianca, personificación del pensamiento científico, del deseo de saber, de experimentar y de dar respuestas a las grandes cuestiones sobre el mundo que les rodea; Fabián, el macho subyugado —¿he olvidado decir que esta es una sociedad totalmente supeditada a las hembras y al matriarcado, lo que permite al autor unas muy interesantes miradas especulares a los problemas de género?— que no obstante, dotado de gran inteligencia y curiosidad, servirá en muchas ocasiones en sus diversas encarnaciones de fulcro para desatascar las más peliagudas situaciones. Reflejados en una sociedad totalmente ajena a cualquier sociedad humana, el autor se sirve de sus comportamientos para tratar de forma provocativa temas cruciales como el sexismo, la construcción de la Historia, los usos partiddistas de la tecnología o el sentimiento religioso.

En la Gilgamesh sostiene la continuidad el personaje de Holsten Mason, miembro del núcleo de la tripulación original, un clasicista —un experto en la historia pasada de la humanidad, o en los restos de la misma que casi se han convertido en mitología— a caballo entre un historiador, un lingüista y un arqueólogo. A lo largo de todo el relato Holsten es más un testigo que un participante; alguien que es despertado y vuelto a poner en criogenia dependiendo de los avatares a los que se ve sometida la nave y que hacen que sus conocimientos sean requeridos. Su extrañeza por lo que va a encontrar cada vez que es sacado de su sueño, tras prolongados periodos de tiempo, refleja la que va a sentir el propio lector. Cada vez debe enfrentar una situación nueva, desconocida, con unos pocos actores que permanecen pero cambian por el paso del tiempo que hayan permanecido despiertos en cada ocasión, y otros nuevos que van apareciendo para añadir complejidad a las ya difíciles circunstancias. Es lo que tiene la criogenización, que uno nunca sabe lo que va a encontrar al ser despertado. Y normalmente lo que el protagonista se encuentra es una situación cada vez más precaria, algo que no habla precisamente bien de la humanidad, incapaz de renunciar a su individualidad y a su afán por el poder incluso cuando la supervivencia de la especie depende de la colaboración y la unión de sus integrantes. El ingenio y el tesón, pero también enfrentamiento y el conflicto, el imponer la visión personal sobre la ajena, parecen las únicas elecciones de los implicados, mientras todo depende de su próximo paso y de una colaboración que está lejos de producirse. Cada individuo actúa según piensa que es lo mejor para el grupo y el éxito de la misión, pero cuando las soluciones propuestas chocan frontalmente entre sí nadie dará su brazo a torcer. La Gilgamesh avanza de potencial catástrofe a palpable desastre siempre con el punto de mira en la salvación de una humanidad que muestra lo mejor y lo peor de la especie en un ámbito cada vez más claustrofóbico y desesperado.

Mientras tanto, en la superficie crece desde cero, desde sus primeros tímidos y salvajes pasos como cazadores, una civilización que debe enfrentar sus propios callejones sin salida, las encrucijadas tecnológicas, el descubrimiento de la divinidad, la escasez de recursos que marca sus posibilidades de desarrollo y a algunos enemigos temibles. No son una sociedad humana, no son seres extraños comportándose como lo harían hombre y mujeres en sus circunstancias. Tchaikosky tiene la enorme habilidad de plantear un camino evolutivo totalmente diferente, divergente del humano —aunque con cierta influencia inevitable—, pero perfectamente comprensible. La comunicación táctil, el desarrollo tecnológico basado sobre todo en la biología, la construcción de ciudades casi orgánicas…, encierra una absoluta alienación respecto al lector, quien, no obstante, no tiene dificultad alguna en adentrarse en la naciente civilización y sentirse capturado por sus avances y triunfos, simpatizando con sus logros y sufriendo con sus tropiezos. Cuando llegue el tiempo del enfrentamiento, cuando las dos tramas entren en colisión, y nadie dude que lo harán, ¿de parte de quién se pondrá el lector? Habla muy bien del gran acierto del autor al desarrollar historia y personajes el que se trate de una pregunta difícil contestar.

Hijos del tiempo es una novela repleta de imaginación, de preguntas y de aventura. De hecho el autor bien podría haber escrito dos novelas separadas con sendos temas clásicos de la ciencia ficción, una con cada línea, la de la búsqueda de un nuevo planeta de la decadente humanidad y la del auge de una pujante civilización en un planeta terraformado. Pero es en esa conjunción de las dos tramas, en el contrapunto y matización que cada una significa para la otra, donde el relato adquiere todo su dramatismo y esa inmediatez, esa prisa, tan cargada de significados —aún desarrollándose en tan largo periodo de tiempo—. El final, con una dramática y brillante resolución al dilema del prisionero, es satisfactoria, plena y absolutamente autoconclusivo. Pero Tchaikosky, al estilo de tantos escritores clásicos, guardándose las espaldas, se permite un epílogo que abre las puertas a una continuación de inminente publicación en inglés, Children of Ruin. Una continuación que no es necesaria en absoluto para disfrutar de la presente, pero que, visto lo visto —o leído lo leído—, sería muy de agrado poder leer también en español.

8 comentarios:

Javi R dijo...

Lo tengo comprado y pendiente de leer, no creo que de este mes pase que empiece con él y más ahora tras haber leído tu reseña.

Rul T. dijo...

Realmente tiene muy buena pinta. Me la apunto!

Saludos!

Vic dijo...

Hard cifi o space opera?

Santiago dijo...

Muy buenas a todos.

A mí me ha parecido una lectura muy recomendable, así que no voy a hacer desistir a ninguno de su lectura ;-)

Y Vic, tiene un algo de Space Opera, en cuanto el viaje de la nave y la supervivencia de la humanidad a bordo, y un poquitito de hard en cuanto a los mecanismos y desarrollo del auge de la civilización en el planeta, aunque los derroteros son más biológicos y sociológicos. No sé si te sirve de orientación. En todo caso lo mejor es que cada uno se haga su propia idea. ¡Léelo! :-D

Saludos

Eilonwy dijo...

Le tenía ya echado el ojo en inglés y ¡sorpresa! Hay edición en castellano. Me lo anoto sí o sí como lectura próxima. Me apetece un montón una novela de ciencia ficción con aire clásico.

Gran reseña, por cierto.

Saludos.

Santiago dijo...

Bien apuntado ;-)

Ya nos dirás si te gusta.

Saludos

Anónimo dijo...


Una novela grandiosa. Una reseña repleta de spoilers.

Santiago dijo...

Hola, anónimo.

Estoy al 50% de acuerdo con tu escueta aportación.
Creo que he tenido mucho cuidado en, salvo en el caso del inicio de la narración, no incluir detalles relevantes de la trama como tales que puedan destripar el relato.

Gracias por pasarte a comentar, aunque deberías tener en cuenta que los comentarios sin autoría son borrados de la página, cosa que estaría bien tuvieras en consideración para próximas intervenciones.

Saludos.