martes, 9 de febrero de 2021

Reseña: La cabaña del fin del mundo

La cabaña del fin del mundo.

Paul Tremblay.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Nocturna ediciones. Col. Literatura mágica # 100. Madrid, 2021. Título original: The Cabin at the End of the World. Traducción: Manuel de los Reyes. Ilustración de cubierta: Mark Owen / Arcangel. 326 páginas.

La novela presenta un escenario de lo más cruel. Gente corriente enfrentada a una decisión imposible que va a mostrar el potencial para la violencia de personas que en circunstancias normales nunca hubieran sospechado encerrar ese volcán dentro de sí. Violencia aparentemente gratuita, explosiva, sangrienta. Tremblay sumerge al lector en un horror psicológico, con un posible apocalipsis en el horizonte y un dilema moral y filosófico muy imbricado con los tiempos que nos han tocado vivir. Y todo partiendo de uno de los miedos intrínsecos de buena parte de la humanidad y uno de los temas angulares del género del terror: la invasión del hogar o, como en este caso, del lugar de descanso; la irrupción de un elemento perturbador en ámbitos en los que la seguridad se daba por descontaba. Angustia, horror, estremecimientos, suspense y desasosiego. Aquí se ha venido a sufrir un poco.

Eric
y Andrew son una pareja de Boston que se han tomado unos días de vacaciones junto a su hija adoptiva Wen en un remoto paraje de New Hampshire. Han alquilado una aislada cabaña lejos del mundanal ruido, allá donde los móviles siquiera tienen cobertura. Tan solo quieren relajarse y disfrutar de la paz. Pero no es eso en absoluto lo que el destino tiene reservado para los tres. Dos hombres y dos mujeres van a llegar al lugar e interrumpir su descanso, ofreciéndoles una terrible elección para la que ni están preparados ni dispuestos a dar contestación. Los intrusos no quieren hacerles daño, pero no está en sus manos evitar lo que se avecina. Han venido para que les ayuden a salvar el mundo, dicen, para que eviten el apocalipsis que está por llegar de modo inminente. Pero el dilema que les plantean, la decisión que deben tomar es simplemente imposible.

El matrimonio ha elegido ese lugar de retiro precisamente por su aislamiento, por la falta de cobertura, de wifi, de vecinos cercanos o de cualquier distracción mundana que les impidiera disfrutar de la paz que buscaban. Solo un teléfono fijo, que ya no da señal, y un televisor les mantienen en contacto con el mundo de allá fuera. Así que saben que cualquier salvación debe venir de sí mismos. ¿Merece la pena luchar o es mejor seguir la corriente a estos invasores esperando que desistan de sus extrañas y siniestras intenciones?

Iniciando el relato desde la óptica de la pequeña
Wen, una niña curiosa y vital, fruto de una adopción internacional, que lidia con la difusa conexión con su herencia china pero muestra no obstante una maravillosa manera de enfocar el conocimiento del mundo que la rodea, el autor va cambiando la perspectiva de la narración, saltando de un punto de vista narrativo a otro. Como en un truco de luces y sombras va a ir modelando la angustia de los implicados —de todos los implicados—, planteando opciones, mostrando el camino vital recorrido por los intrusos hasta llegar hasta allí, cambiando la percepción de la veracidad de la propuesta, creando dudas, intensificando el suspense, y ofreciendo una tensión creciente que finalmente desemboca en una explosión de violencia, primero controlada y luego absolutamente desbocada. Las motivaciones de cada participante en el drama, sus miedos, sus valores, sus flaquezas y virtudes, son expuestos a la consideración del lector. El escepticismo de unos choca con la férrea convicción de inspiración pseudo divina de los otros, y las consecuencias nefastas no se hacen esperar. ¿Es el apocalipsis prometido una profecía autocumplida? Tan horrible es pensar que el fin del mundo de verdad haya llegado como que todo el sufrimiento y sacrificio sea fruto de un mero autoengaño fanático.

Tremblay
establece una suerte de discusión filosófica y moral entre la pareja y los cuatro intrusos. Para unos, los damnificados por la situación, la locura de la situación resulta evidente; para los otros se trata de una cuestión ineludible, cargada de razones y una lógica de lo más particular. Los invasores son también gente corriente, pero sienten, «saben» en lo más íntimo, que no tienen elección. Son tanto verdugos como víctimas. Atento a los argumentos de unos y otros conforme se van exponiendo las posturas enfrentadas, la incertidumbre se adueña del lector al mismo tiempo que de uno de los protagonistas, que empieza a cuestionarse sus propias convicciones. ¿Es posible que todo sea real, que la catástrofe esté empezando o es todo cuestión de sugestión y Síndrome de Estocolmo? ¿Son reales las visiones, los mensajes? ¿Se podía haber evitado la violencia y todo el drama subsiguiente? El autor, ofreciendo los diversos puntos de vista, mantiene abiertas todas las posibilidades, siembra la duda, juega con las expectativas y deja que sea el espectador quien extraiga sus propias conclusiones. La acción se mantiene en todo momento en una medida ambigüedad, en un difícil equilibrio que muestra el peligro de la desinformación y de no contar con todos los datos para juzgar una situación, de cómo con unas cuantas noticias aparentemente inconexas se puede montar un entramado extravagante pero atractivamente sólido y creíble, de cómo los foros de internet puedan dar voz a las teorías más descabelladas y que aún así encuentren eco, de cómo personas bienintencionadas, que están convencidas de lo positivo de sus actos, pueden ser arrastradas a su lado más oscuro.

Las resonancias emocionales se dejan sentir a lo largo de todo el relato. Desesperanza y optimismo se alternan, el amor, la inevitabilidad, la culpa, la ira, el dolor, el deseo de huida —física y mental—, la aceptación, la rebelión, la pérdida... Conforme la angustia crece en ambas partes, las muertes empiezan y la situación se hace insostenible, enfrentados a un destino que se les presenta como predestinado pero no inamovible, a unas convicciones casi religiosas, y a una homofobia que podría matizar toda la situación, una familia es sometida a una presión insoportable, al punto de tensar incluso los lazos que los unen. ¿Sobrevivirá su amor al auténtico apocalipsis privado en que están envueltos? ¿Sobrevivirán ellos mismos?

Con momentos de violencia muy gráfica y mucha tortura psicológica, es un libro muy intenso, cuya acción se desarrolla en un muy breve espacio de tiempo, en un escenario limitado a la cabaña y sus alrededores más inmediatos, y con tan solo siete personajes. No obstante, su resolución podría afectar a toda la humanidad, o tal vez no. Ahí, en la duda, está la gracia de la historia. Y al final… Bueno, el final. Lo cierto es que no existe una conclusión cerrada en absoluto. El final es uno de esos algo indefinidos que a unos les parecerá perfectamente coherente y satisfactorio, y a otros, sobre todo —aunque no solo— a los que más gustan de obtener respuestas, dejará con el morro torcido. No obstante, es muy posible que unos y otros concuerden que el viaje hasta ahí ha merecido ampliamente la pena. Si la incertidumbre y la ambigüedad es uno de los pilares básicos del relato su cierre no lo iba a ser menos. Como en otras de sus obras, Tremblay deja en manos de su público la decisión de si la presencia de lo sobrenatural es real o no, oculta tras un horror de lo más humano. Da tantas razones para creerlo como para desecharlo. La cabaña del fin del mundo no es estrictamente una novela de terror, aunque sí da mucho miedo que lo que cuenta pudiera ser muy real en el mundo en que vivimos. Es una pesadilla de la que los protagonistas no pueden despertar; una pesadilla que destroza por dentro, que araña la mente y deja con una sensación de inmenso desasosiego. Y todo partiendo de una decisión a la que ningún padre —ni madre— querría verse enfrentado.

2 comentarios:

Yadira Gómez dijo...

¡Hola!
No conocía este libro y es cierto que hace tiempo que no leo una novela de terror, aunque no de excesivamente miedo me gustaría darle una oportunidad porque creo que puede engancharme.
¡Muchas gracias por la reseña!

Nos leemos <3

Santiago dijo...

Lo cierto es que es más de tensión psicológica que de terror físico, pero a veces con este primero se sufre incluso más.
Espero que lo disfrutes si finalmente lo lees.

Muchas gracias por pasarte a comentar ;-)

Saludos.