martes, 15 de marzo de 2011

Reseña: La conspiración de Coltham

La conspiración de Coltham.
 
Jo Walton.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría de Ideas. Col. Línea Maestra # 27. Madrid, 2010. Título original: Ha’penny. Traducción: Beatriz Ruiz Jara. 309 páginas.

Poco tiempo después de los sucesos narrados en El Círculo de Farthing el inspector Charmichael debe enfrentar un nuevo caso, totalmente independiente del anterior, en medio de las presiones de sus superiores que mantienen sus «riendas» bien cortas con la amenaza de desvelar su homosexualidad. La autora retorna así al «escenario» creado para la novela anterior, una ucronía distópica donde los nazis ganaron la II Guerra Mundial conquistando una buena porción de Europa ante la inmovilidad de EE.UU. y la aquiescencia reticente de una Gran Bretaña donde ocho años después de negociar la paz con Alemania un régimen casi dictatorial disfrazado apenas de democracia se ha instalado en el poder. El fascismo se extiende por el continente y sentimientos contradictorios circulan entre la sociedad británica ante las noticias de campos de exterminio y otras barbaridades que cruzan el Canal de la Mancha.

En esta ocasión, Charmichael recibe el encargo de resolver con discreción la investigación de una extraña explosión en casa de una famosa y veterana actriz, Lauria Gilmore, ya que sospechan pudiera tratarse de un atentado. Al mismo tiempo, y aparentemente sin ninguna relación con el caso, otra actriz, Viola Lark ―nacida Larkin en el seno de una importante familia aristocrática con la que no guarda buenas relaciones― se postula para representar el papel de Hamlet ―según se explica, está de moda que las mujeres interpreten los papeles masculinos reescribiendo los clásicos― en la obra homónima de Shakespeare. Sin comerlo ni beberlo, un miembro cercano de su familia va a introducirla contra su voluntad en una conjura terrorista para colocar una bomba en el teatro donde tendrá lugar la representación destinada a acabar con las importantes autoridades fascistas que acudirán a la misma.

Walton utiliza de nuevo una estructura narrativa de dos líneas separadas, siguiendo en capítulos alternos las peripecias de Viola en primera persona y la investigación de Charmichael en tercera, permitiéndose en algún momento narrar un mismo acontecimiento desde ambas ópticas con interesantes resultados. Mientras la figura del investigador está ya firmemente asentada en unos comportamientos ya adelantados en la anterior novela, es de destacar el buen trabajo de la autora para hacer evolucionar a la joven actriz desde su inicial actitud despreocupada y egoísta en la que solo está interesada en su carrera dramática y en vivir tranquilamente el día a día, muy alejada de cualquier preocupación política, hasta una concienciación de la situación europea que le llevará a ver con otros ojos la conspiración en la que ha sido embarcada de forma totalmente coaccionada.

Tal vez lo más difícil de aceptar en ese «crecimiento», sea la relación que establece con el también conspirador Devlin, que peca de precipitada y poco explicada, pero es cierto que en medio de la convulsión que le ha tocado vivir, Viola quizá no tiene otra salida que la que elige. Mientras se debate entre razones a favor y en contra para continuar o no con el complot, el lector se da cuenta de que quizá esté sufriendo un fuerte ataque de Síndrome de Estocolmo que la lleva a tomar algunas decisiones que no hubiera imaginado siquiera en otras circunstancias menos amenazantes.

La conspiración de Coltham es una novela de suspense, un thriller político de cómo el fascismo podría haberse aposentado en tierras británicas y la manera en que la gente se acostumbra a vivir con lo que le toca, aceptando con cierta resignación indiferente las atrocidades de las que tienen noticia mientras se desarrollen lejos de ellos. En el momento de tomar partido es muy fácil encontrarse en el lado equivocado por los motivos correctos, propiciando los tiempos desesperados extrañas alianzas y aún más extraños compañeros de cama. Es esta una novela donde la atmósfera tiene una enorme importancia, donde el desasosiego se instala al ver cómo las buenas gentes miran hacia otro lado permitiendo con su indiferencia y aquiescencia las atrocidades sobre los judíos y otras minorías sociales en Europa. El ritmo sosegado de la narración invita también a la reflexión, consiguiendo retratar con humanidad las motivaciones tanto de los terroristas como de sus perseguidores, y en general de toda una sociedad que de alguna manera da la espalda a la realidad y solo desea alejarse del horror de la guerra, sentirse seguros, sin cuestionarse el precio que han de pagar por su tranquilidad.

Uno de los aciertos de la autora es ofrecer una historia no de buenos y malos, sino de personas navegando en una ambigüedad moral que impregna de realismo sus acciones. Los personajes de Walton deben tomar decisiones muy difíciles en situaciones muy complicadas y no siempre lo harán de forma desinteresada. Carmichael se siente interiormente impelido a cumplir con su deber y vencer su cobardía, al tiempo que protege a su amante y lucha contra el desprecio que despiertan en él sus superiores y el Gobierno al que sirven. Viola deberá enfrentarse al despertar de su propia conciencia mientras duda de su implicación en el complot, anteponiendo primero su propia vida y carrera a cualquier otra consideración e implicándose después de forma paulatina conforme va conociendo la situación de Europa. El variopinto grupo de terroristas, de tan variada procedencia ―del movimiento obrero, de la nobleza, de los leales a la monarquía, del IRA o de la vida bohemia― que se antoja no tienen otra cosa en común salvo su «causa», deberán a su vez hacer frente a sus propias dudas y ver si el Bien mayor justifica rebajarse a hacer el mal. Pues, ¿justifica la erradicación de un monstruo la muerte de muchos espectadores inocentes? ¿Se puede quedar uno de brazos cruzados, cerrar los ojos al sufrimiento, mientras los que sufren se encuentren lejos? ¿Hasta dónde debe llegar la «obediencia debida» cuando el mando es patentemente corrupto? ¿Pueden unos pocos individuos decidir por toda una nación?

La trama detectivesca persiguiendo hechos que el lector ya conoce en buena medida por la línea paralela de Viola tiene una factura «clásica», mezclando la labor policiaca de reunir y seguir pistas con breves momentos de acción violenta, sombreando en todo momento las actuaciones de Charmichael por el secreto que quiere mantener oculto a cualquier precio, incluida su propia integridad. El difícil equilibrio de convivencia con su ayudante, del que es consciente que le traicionó pero con el que le une una especie de amistad basada en el respeto del trabajo bien hecho, y el deseo de abandonar la policía una vez resuelto este caso, condicionan las formas de actuar del inspector.

El buen hacer de Walton queda demostrada cuando llega el final y, mientras se reconoce que es perfecto tal y como se desarrolla, no se puede sino desear que fuera distinto. Es un final sin duda amargo y triste, irónico en grado sumo, duro, y a pesar de quedar totalmente cerrado ―las novelas de la serie son de lectura independiente― deja en el lector el deseo de poder leer cuanto antes el siguiente libro de la serie.

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Reseña de otras obras de la autora:

  

sábado, 12 de marzo de 2011

Reseña: El último teorema

El último teorema.

Arthur C. Clarke y Frederik Pohl.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Edhasa. Col. Nebulae. Barcelona, 2010. Título original: The Last Theorem. Traducción: David León Gómez. 573 páginas.

Clarke llevaba un tiempo trabajando en esta novela cuando se dio cuenta que las secuelas de la poliomelitis que había sufrido y un total bloqueo del escritor le impedían avanzar en la misma; pidiendo ayuda a su amigo Pohl, le entregó todo lo que llevaba escrito ―que tampoco era demasiado― y un buen fajo de notas con las líneas a seguir. Durante una temporada, Pohl, solo dos años más «joven» y aquejado de sus propias enfermedades o dolencias, trabajó en el libro siempre supervisado por el autor de 2001; finalmente, le presentó a Clarke el libro terminado en marzo de 2008 obteniendo su beneplácito para publicarlo pocos días antes de la muerte de éste.

En la novela, un joven y dotado matemático nativo de Sri Lanka, Ranjit Subramanian, se obsesionará durante sus años de estudio con la demostración del último teorema de Fermat. A su alrededor una convulsa Tierra camina en el filo de la navaja de la violencia y la destrucción. Una situación que lleva a una raza de alienígenas muy poderosos, tras detectar los rastros de fotones enviados al espacio por las diversas explosiones atómicas producidas en el planeta en las pruebas de las diversas potencias, a enviar una misión primero de exploración y luego de exterminio contra la Humanidad al juzgar que representa una amenaza para el resto de razas galácticas. Mientras esa Espada de Damocles se va acercando a la velocidad de la luz desde distancias siderales, la Tierra tiene sus propios problemas y alegrías, y Ranjit irá reflejando con las diferentes etapas de su vida muchos de ellos.

Arthur C. Clarke
Debido a la curiosa estructura elegida para su escritura, cabe decir que, salvo quizá al principio de la novela, Ranjit no va a ser el auténtico protagonista ―en el sentido estricto de la palabra― de la trama, sino más bien un espectador de la misma, un testigo a través de cuyos ojos el lector va a conocer los más importantes hechos de esa Historia futura pero cercana que los autores están relatando. Por su fama y la red de poderosos e influyentes conocidos que le ha tocado en suerte, el matemático se va a situar en primera línea de la información del más alto nivel, del conocimiento de los sucesos más importantes que tienen lugar a lo largo del planeta, sin participar verdaderamente ni tener una auténtica relevancia en ellos, más un observador que un  participante activo en los destinos del mundo.

A lo largo de la novela, que abarca toda la vida del propio Ranjit ―quien en un momento del relato cede el protagonismo a su hija pasándole el testigo de la acción―, se suceden muchos de los temas ya utilizados por los dos autores en obras anteriores: la construcción de un ascensor espacial, una carrera de veleros espaciales utilizando la energía del viento solar, los alienígenas tutores de la galaxia que controlan a las razas inteligentes de manera cuasi omnipotente, la hibridación de hombre y máquina y la inmortalidad a través de soportes informáticos, la colonización del Sistema Solar, la conjunción-antagonismo-convivencia de ciencia y religión, las relaciones familiares, el papel que juegan o que deberían jugar los científicos en la sociedad...

Frederik Pohl
Sin embargo, es una pena que un libro escrito por dos firmas tan famosas y con unos temas a priori tan interesantes sea tan irregular, un  libro del que se puede decir que “no está mal”, pero que no levanta realmente ninguna pasión. Con un ritmo muy irregular, alargado más allá de lo que debiera haber sido su longitud natural ―y eso que en realidad no es tan largo como podrían hacer suponer las 570 y pico páginas de esta edición―, peca de evidentes desequilibrios de interés entre unas historias y otras. El desarrollo de la novela es un tanto deslavazado, sin que se vea gran relación entre la trama del teorema de Fermat y la de la amenaza extraterrestre ―que narrada a través de breves capítulos, queda en todo momento demasiado distante, separada del resto de líneas hasta casi el final donde irrumpe con algo de brusquedad en medio del resto―, salpicadas además con otra serie de historias que brotan y desaparecen ―para volver mucho más tarde― de la principal dando una impresión de poca cohesión narrativa, de una dispersión temática que sugiere que se ha querido meter muchos temas y no se ha sabido renunciar a  ninguno para dar más unidad al conjunto. Es como si, sabiendo que muy posiblemente se trataba del último libro de Clarke, hubieran querido hacer una especie de homenaje-despedida con todos sus temas más queridos, abarcando sin embargo demasiado y fallando en la concreción.

A su favor decir que es una novela de fluida lectura en la que se nota literaria y especulativamente el oficio de sus autores para hacerla cuando menos agradable y entretenida, sabiendo mantener el interés incluso en las partes más áridas cuando se sumergen ―o más bien cuando lo hace Pohl, gran amante y conocedor de la materia― sin rubores en didácticas explicaciones matemáticas de alto calado. El último teorema destila en todo momento sentimientos positivos, un deseo de alcanzar el mañana y contemplar sus logros, un amor incondicional a la ciencia y a sus descubrimientos no exento de crítica a sus excesos, un optimismo lastrado no obstante por la contemplación de la realidad ―sabiendo a la perfección que una parte de la Humanidad siempre está inmersa en una guerra u otra, pero intentando ver más allá, y aventurando una solución a través de una organización supranacional llamada Pax per Fidem―... Y es agradable, a lo largo de sus páginas, revisitar muchas de las grandes ideas de la ciencia ficción clásica desde la óptica más moderna de este siglo XXI nuestro, dándoles un enfoque ligeramente diferente, una nueva interpretación.

Sin embargo, al terminar se produce, sobre todo en el lector veterano, una cierta sensación de decepción, no tanto porque el libro sea malo per se, sino porque después de muchos años siguiendo y disfrutando de sus carreras literarias y especulativas uno esperaba mucho más de la conjunción de estos dos autores. Es una sensación agridulce, saber que de alguna forma esta era la despedida de Clarke ―ya que no la de Pohl, que en este mismo 2011 sacará nuevo libro― y que sin duda no pasará a los «anales» como una de sus mejores obras; no obstante, tampoco estará entre las peores, situándose en un discreto término medio. Poco bagaje, para uno de los mejores y más interesantes autores de ciencia ficción de todos los tiempos, una novela que simplemente «se deja leer».

miércoles, 9 de marzo de 2011

Reseña: Los Tudor

Los Tudor.

Michael Hirst.

Reseña de: Amandil.

Peace Arch Entertainment / Showtime Network / Working Title.
Cuatro temporadas, 2007-2010.

Tras cuatro temporadas en antena y una buena cosecha de premios, la vida seriada de Enrique VIII tocó a su fin dejando a todos los seguidores de la serie "Los Tudor" con ganas de más, mucho más. ¿Qué elementos se han combinado en esta serie histórica para que haya marcado un hito al que ya se están apuntando nuevos proyectos televisados (por ejemplo, "Los Borgia", ya en producción)?¿Supone una "novedad" la temática, el estilo y la trama o es, sencillamente, una nueva visita al género que inauguró grandiosamente la célebre "Yo, Claudio"?¿Es una buena serie?

Empezando por el final, sí, es una buena serie. De hecho es una magnífica serie que sabe a poco pese a haber estado cuatro años en antena. Combina con maestría y acierto un buen elenco de actores con unos guiones sobrios y entretenidos y una puesta en escena (vestuario, atrezzo, localizaciones, recreaciones) propia de una gran producción cinematográfica. Y todo ello acompañando un tema tan apasionante como fue la vida del monarca más conocido de Inglaterra y su turbulenta vida sentimental por la que pasaron seis esposas más o menos afortunadas.

La trama:

Los Tudor es un drama ambientado en el reinado de rey Enrique VIII (Jonathan Rhys Meyers) y sus seis matrimonios en los que el único objetivo del monarca fue la búsqueda de un heredero que garantizase a su estirpe, la familia Tudor, continuar a la cabeza del reino.

La primera temporada narra como la reina Catalina de Aragón (Maria Doyle Kennedy) descubre como, poco a poco, pierde el favor y el amor de su marido al ser incapaz de engendrarle un hijo varón. La devoción y el amor que siente por su esposo se ve traicionado cuando irrumpe en escena una joven cortesana, Ana Bolena (Natalie Dormer) que no sólo alejará al rey de su mujer sino que, además, apoyará con firmeza las nuevas ideas reformadoras y anticatólicas que comienzan a infiltrarse en Inglaterra. Enrique, empujado por una juventud desinhibida e impetuosa, y deseando obtener el divorcio o la nulidad de su matrimonio opta por seguir los consejos del Canciller, el cardenal Wolsey (Sam Neill), tratando de lograr que el Papa anule su voto matrimonial con la reina para, de ese modo, no provocar la ira del Emperador Carlos, sobrino de Catalina (y el personaje ausente de la serie por antonomasia, ya que son constantes las referencias a su persona y sus políticas pero apenas se le concede un minuto de metraje en los primeros episodios de la serie aunque el papel de embajador Imperial recae en el personaje del despistado pero honrado embajador Chapuys, interpretado magistralmente por Anthony Brophy). Pero el fracaso a la hora de conseguir el divorcio provoca la caída del cardenal Wolsey y el inicio de la ruptura definitiva con Roma y el catolicismo.

La segunda temporada nos presenta a una Ana Bolena asentada en el trono pero lejos del amor del pueblo y a una Catalina de Aragón apartada y enferma, aferrada a su titulo de reina de Inglaterra, que cuenta con el apoyo de dos figuras clave, el Canciller Tomás Moro (Jeremy Northam) y el obispo Fisher (Bosco Hogan) que no dudarán en anteponer su catolicismo y su lealtad a la reina a la cada vez más despótica voluntad del rey Enrique. Pagarán ambos con su vida, abriéndose las puertas a los "reformadores" que tratarán de destruir la presencia de la Iglesia en el reino aprovechándose de la vanidad y el orgullo del monarca, que ordena y logra ser proclamado Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra. Destacará en ese papel los luteranos Thomas Cromwell (James Frain) y el cardenal Cranmer (Hans Matheson). En contraposición, y conspirando desde Roma, el Papa Pablo III (Peter O'Toole) pone en marcha un intento de asesinato contra Ana Bolena con intención de eliminar a la "prostituta del rey" y devolver a Catalina su legítima posición. Pero la reina muere y queda libre el camino de Ana, pasando a ser su mayor preocupación el lograr concebir un hijo varón a Enrique VIII. Pero todo será en vano ya que el matrimonio sólo concebirá a una hija, Isabel, provocando la ira del rey y la caída en desgracia de Bolena, que se tornará en su perdición (y ejecución) cuando aparezca en escena una virginal y dulce Jane Seymour (Annabelle Wallis) que ganará el corazón del rey de un modo casi platónico, dando inicio a la que parece una nueva primavera en la vida del monarca.

La tercera temporada comienza con la muerte de la reina Jane como consecuencia del nacimiento de su único hijo, el enfermizo príncipe Eduardo. Enrique queda sumido en un estado parecido a la locura lo que le lleva a replantearse su existencia y la posibilidad de que Dios le esté castigando por su comportamiento. Es en ese momento cuando los súbditos de Lincolnshire, al norte de Inglaterra, se revelan contra las medidas anticatólicas del monarca (la destrucción de los monasterios y las abadías, la supresión del culto latino, los desmanes y abusos de los funcionarios reales, el gobierno del canciller Cromwell), provocando un conato de guerra civil que se ve obligado a aplastar el leal y honrado Charles Brandon, Duque de Suffolk (Henry Cavill). Paralelamente, desde Roma el cardenal Von Waldburg (Max von Sydow) insta a un primo del rey, y garante de unos ciertos derechos al trono, el joven cardenal Reginald Pole (Mark Hildreth) a preparar una insurrección católica en Inglaterra con apoyo de España y de Francia. Por otra parte el intrigante y peligroso canciller Cromwell trata de reforzar la posición de los protestantes en Inglaterra manipulando la voluntad del rey para que se case con una princesa que profese esa religión, la joven Ana de Cleves (Joss Stone). Pero el matrimonio es un fracaso, provocando la anulación del mismo, y la caída y ejecución del Canciller en beneficio de los parientes del joven príncipe Eduardo, la familia Seymour, encarnada en el hermano de la difunta reina Jane, Edward Seymour (Max Brown). Finalmente, el rey encuentra en la joven Catherin Howard (Tamzin Merchant) la alocada, pueril y desenfada reina que le devuelve, en buena parte, un sentimiento de vigor y juventud.

La cuarta y última temporada nos muestra el lento declive físico de Enrique VIII y su descenso paulatino a la locura de la vejez, dónde los fantasmas del pasado se agitan a su alrededor mientras descubre que la corte se ha convertido en un nido de intrigas que pretenden lograr que unos u otros se apoderen del príncipe cuando el rey haya muerto. La reina, debido a su inconfesable pasado se ve involucrada en una serie de escándalos, incluida su relación con el ayudante del rey, Culpepper (Torrance Coombs), que terminan por separarla de su esposo y, a la postre, suponen la causa de su ejecución. Enrique, enfermo y debilitado encuentra a una dama seria, madura y honrada, Catherine Parr (Joely Richardson) que, pese a estar casada será cortejada por él y, tras la muerte de su viejo esposo, se convertirá en la última esposa del monarca. Paralelamente, el obispo Gardiner (Simon Ward), aprovechando la nueva alianza entre el Emperador Carlos y Enrique VIII, se lanza a buscar y ejecutar protestantes en el entorno del rey para debilitar la influencia de esos grupúsculos en el Príncipe, convirtiéndose de ese modo en enemigo de la familia Seymour y liderando una de las facciones en liza en la corte. Mientras tanto, el rey, tratando de pasar a la posteridad como un héroe para su país se lanza a la guerra contra Francia y dilapida los recursos del reino en la toma de la ciudad de Boulogne, de dónde regresará debilitado y cansado. La reina, mientras tanto, trata de aglutinar en torno a sí a los hijos del rey, María (Sara Bolger), Isabel (Laoise Murray) y Eduardo, al tiempo que usa su influencia para proteger a los protestantes que están siendo perseguidos en la corte, ya que ella misma es una seguidora confesa y notoria de Lutero. El conde de Surrey, Henry Howard (David O'Hara), asqueado por la creciente presencia de "abogados" y gente sin título en el entorno del rey, decide que él, un miembro de la más alta nobleza, debería ser quien tutele al príncipe Eduardo cuando sea rey, por lo que trama un complot para secuestrarlo en el momento en que el Enrique VIII muera. Pero el plan es descubierto y el conde ejecutado, mostrando al rey que, cuando fallezca, su hijo se verá manejado por alguna de las facciones que pugnan en la corte: los católicos, en torno al obispo Gardiner y los protestantes, en torno a Edward Seymour. Al final de su vida, Enrique, débil y viejo, parece inclinarse por los Seymour y nombra Lord Regente a Edward, echando de la corte a Gardiner y poniendo el futuro de Inglaterra en manos de los protestantes. Sin embargo, María, su hija mayor, se declara abiertamente católica y devota a la memoria de su madre, la reina Catalina de Aragón, asegurando que si accede a la corona, restaurará la lealtad a Roma y perseguirá con todas sus fuerzas a los enemigos de su fe.

Tras este breve repaso de las cuatro temporadas que componen la serie, cabe señalar que el extenso número de personajes presentes ha obligado a los guionistas a entretejer tramas y subtramas que, en algunos casos, no han sido bien cerradas. Por ejemplo, durante la segunda temporada, un enfervorecido rey Francis jura que atacará Inglaterra al propio Papa pero, pese a ello, esa amenaza tan ominosa sobre Enrique VIII se desvanece sin más explicaciones al concluir la temporada. O, en la tercera, parece abrirse una trama muy interesante con la figura del Cardenal Pole y su plan para regresar a Inglaterra que, sencillamente, se queda inconclusa y sin más explicaciones.

Algo parecido sucede con los dos personajes interpretados por maduras estrellas del cine,como son Peter O'Toole y Max von Sydow, que parecen incrustadas en cierto modo (siempre están en Roma y apenas interactúan con algunos personajes secundarios) y que desaparecen como por arte de magia al final de sus respectivas temporadas. ¿No ha habido tiempo en las cuatro temporadas para cerrar bien estos flecos? Supongo que este es uno de los problemas de programar la duración de la serie en función de los resultados económicos de cada temporada. Ya se sabe: si la primera temporada cuaja, contratamos la segunda, si esta funciona, entonces la tercera y eso, aunque garantiza la solvencia económica de la producción impide que los guionistas puedan trabajar con cierta proyección de futuro sobre estas subtramas que van abriendo y que, sencillamente, no saben si terminarán. Es una lástima porque, vista en conjunto, Los Tudor muestra una solidez argumental que sólo se tambalea un poco con estos cierres en falso.

Otra cosa reseñable es el alto contenido erótico que han volcado en la mayoría de los personajes en edad de merecer. Quizá movidos por el contexto que provoca la hiperactividad sexual del rey Enrique y por el añadido comercial que supone ese toque picante (que no explícito aunque sí muy sugerido), no hay episodio en el que no se nos muestre una mujer desnuda y uno o dos fornicios mejor o peor llevados. Tal vez todo sea una alegoría de la contumacia desinhibida del monarca pero lo cierto es que hay momentos en que la serie parece pivotar sobre el próximo encuentros sexual de este o aquél. Realmente, ¿es tan necesario mostrar la promiscuidad de tirios y troyanos o es una licencia moderna, un atractivo para el espectador, un gancho comercial sin más?

Por cierto, observen la singularidad temporal que tiene lugar en el quinto episodio de la quinta temporada, cuando, de repente, Enrique VIII pasa a tener de golpe y porrazo sesenta años, mientras que en las tres temporadas anteriores la única diferencia apreciable en su aspecto físico es la longitud del pelo de su cabeza. Lo cierto es que este detalle, desentona notablemente o, mejor dicho, llama mucho la atención ya que hasta ese momento parece que nadie se percató de que no era coherente mantener a todos los personajes en una especie de inmortalidad estética. Es el dilema de la "eterna juventud" de los protagonistas que impera en las producciones actuales de cualquier género: todos y todas tienen que ser jóvenes, guapos y atléticos siempre. Y Los Tudor, lamentablemente, no han sido una excepción.

Pero todo esto es, a la postre, accesorio. Los guionistas han logrado introducir en una serie de televisión un repaso histórico muy acertado (con sus excepciones, sus licencias y todo lo que se que quiera) de una época muy convulsa para Europa. Abordan algo tan complejo como la Reforma protestante, el surgimiento del Anglicanismo, el inicio de la reacción Católica, las tensiones políticas entre Inglaterra, Francia y España (el Imperio), las intrigas de la corte, la convulsión política sin caer en maniqueísmos de buenos y malos. Logran que el espectador asista al drama histórico sin perderse, con las ideas claras de qué está sucediendo y por qué, al mismo tiempo que se disfruta de una excelente historia y una magnífica ambientación.

¡Ah, la ambientación! Los Tudor marcan, por el momento, el límite por lo alto de la calidad en cuanto a vestuarios, localizaciones y atrezzo. Ya quisieran muchas series de televisión siquiera rozar el nivel que podemos observar aquí desde el primer minuto del primer episodio hasta el último. Se nota el mimo y el interés que los encargados del equipo de recreación y documentación han volcado en el proyecto, hasta el punto de que la mismísima heráldica exhibida concuerda prácticamente con la real, por nombrar un detalle muy concreto. Esos vestidos, la reconstrucción aérea del Londres del siglo XVI, la Torre, el palacio de White Chapel (hoy destruido, salvo el salón del trono), los jardines exteriores, las salas de palacio, los palacetes campestres, los vestidos, las armaduras, las joyas, los ornamentos, los banquetes... consiguen completamente que el espectador se sumerja visualmente en la narración. No chirría la ambientación y eso, es un drama histórico, es esencial.

Lo mismo se puede decir de los diálogos (en la versión traducida al español muy logrados y perfectamente adaptados a la época dentro de lo que cabe) y de las motivaciones de los personajes (la religión, la ambición, el oportunismo, la convicción, la supervivencia), consiguiendo dar el salto a la credibilidad. No asistimos a un transposición de nuestro presente hacia el pasado, como sí que ocurre en otras series pretendidamente "históricas" (y de las que en España, lamentablemente, tenemos muchas ahora mismo en proyección), sino que los personajes se mueven dentro de los parámetros morales y sociales de su época, lo cual es, a mi juicio, un mérito enorme de los guionistas. Enrique VIII se nos muestra como un rey tardomedieval y levemente renacentista, mujeriego, ambicioso y que, en ocasiones, se equivoca, no se le aplican ningún tipo de barniz actual, ni se le ahorran diálogos y actitudes que hoy escandalizarían a mucha gente atrapada en lo políticamente correcto. Y junto con el rey, el resto de personajes también trazan unas lineas de actuación que reflejan su época y no la nuestra, lo que consigue, igualmente, reforzar la sensación de que estamos viendo algo genuino, atractivo, potente.

En definitiva, y a modo de conclusión, Los Tudor es una serie que debe verse si te gusta la ambientación histórica hecha con cariño, esfuerzo y medios. Y aunque ya sabes como va a terminar y lo que les va a pasar a muchos de los personajes, han conseguido un producto original y fresco, sorprendente en algunos giros y, sobre todo, muy entretenido. Ahora habrá que esperar al siguiente proyecto de similares características que ya ha comenzado a rodarse: Los Borgia.

domingo, 6 de marzo de 2011

Reseña: Antes bruja que muerta

Antes bruja que muerta.
Rachel Morgan 3.

Kim Harrison.

Reseña de: Jamie M.

Pandora (La Factoría de Ideas). Madrid, 2010. Título original: Every Which Way but Dead. Traducción: Javier Fernández Córdoba y Marta García Martínez. 378 páginas.

La vida de Rachel Morgan no es fácil en absoluto. Se ha visto obligada a hacer un pacto con un demonio y no le queda otro remedio que cumplirlo. Así empieza la novela, poco tiempo después de donde se quedara la anterior, El bueno, el feo y la bruja, de forma emocionante, con la protagonista convocando a Algaliarept para aceptar su parte del trato y converitrse en su familiar, aunque interiormente se guarda una pequeña esperanza de salir bien parada del lance. Con su vida convertida en una montaña rusa lanzada, lidiando con vampiros, demonios, hombres lobo y peculiares elfos traficantes de productos de bioingeniería prohibida, las cosas no se le presentan precisamente sencillas en su futuro. Retirado Piscary de la circulación, un  nuevo jugador entra en la partida, moviéndose de forma agresiva para hacerse con una parte del pastel del inframundo de la ciudad, del tráfico de drogas, el juego organizado y otra serie de acciones delictivas. En una inestable y algo contra natura alianza, Rachel se verá metida en medio de todo el jaleo, arriesgando su vida y su alma en una lucha tal vez equivocada.

Tercera entrega de la serie, lo cierto es que deja un regusto amargo al terminar la lectura, sintiendo que de alguna manera la novela no está a la misma altura que sus antecesoras. La trama particular de la novela es menos interesante e intensa que las anteriores, hay demasiados tiempos muertos, menos momentos de auténtica acción, hace demasiado hincapié en el tema sentimental y sensual (más bien sexual, desde luego no me atreveré a llamarlo “romance”) de la relación de Rachel, no ya con Nick que hábilmente se aparta de en medio, sino con otro de los personajes hasta ahora más o menos secundario que adquiere cada vez mayor importancia... El tema del rival por los bajos fondos queda muy desdibujado, casi anecdótico en muchas ocasiones, desviando la atención a otros temas menos interesantes y movidos. Lo cierto es que en la primera mitad larga del libro, obviando el comienzo en el cementerio tras la iglesia donde viven y algunos momentos de emoción puntuales, no sucede nada realmente de importancia, y solo bien entrado el último tercio, cuando Rachel se quita de encima unos cuantos complejos y auto restricciones, deja de limitarse a reaccionar y de ser arrastada por los demás, e intenta tomar las riendas de la situación y se entrega a sus pasiones, la novela adquiere algo de ritmo e interés.

Comete Harrison un enorme pecado al apartar a Jenks de Rachel, llevándose con él la mayoría de las salidas humorísticas características de las anteriores novelas y ausentes es esta; y eso que en el primer tercio en que sí aparece había empezado bien con la familia del pixie instalada en la iglesia y su pequeña prole haciendo de las suyas. Es cierto que Jenks se adueñaba de la escena cada vez que aparecía, robándole protagonismo a la bruja, pero prescindir de él de esta manera es desprenderse de una de las mejores bazas de la serie. Así, el humor se limita entonces a las referencias, ya usadas con anterioridad y aquí repetidas machaconamente, a la confusión que el nombre elegido para su “agencia” causa entre aquellos que buscan compañía femenina en vez de remedios mágicos.

Unido a los bandazos a los que somete a Ivy, muy alejada también del protagonismo, casi siempre fuera de escena, que mantiene la tensión en la relación, pero se aleja en exceso de los focos, da la impresión de que la autora ha querido dar una mayor fuerza y preponderancia a la propia Rachel; pero al hacer que en casi toda la novela la bruja esté reaccionando a las circunstancias, mostrándose enormemente vulnerable, dejándose arrastrar por los sucesos que le rodean en vez de enfrentarlos, metiendo la pata y necesitando la protección y ayuda de terceras personas para conseguir mantener su integridad física al final del día (con interesantes nuevas adquisiciones para el plantel de protagonistas, eso sí, como Ceri y David, y la mayor implicación de algunos antiguos como Kisten y su “irresistible” encanto) hace que no lo consiga del todo satisfactoriamente. Rachel se muestra durante casi todo el libro demasiado insegura, demasiado dubitativa y demasiado inflexible. Es cierto que las cartas que le han tocado para jugar no son ninguna maravilla, pero se siente que podría haber tomado mejor las riendas del asunto en vez de limitarse durante mucho rato a reaccionar en vez de tomar la iniciativa.

El auténtico interés de esta entrega, reside en que la autora sigue desgranando lentamente las claves de su mundo, coherente y bien construido, profundizando en los secretos que esconden sus protagonistas y estableciendo poco a poco las relaciones entre todos ellos. Más allá de la trama puntual, vamos a conocer más de la relación que une de alguna manera a Rachel con Trent, se despejarán algunas dudas sobre el pasado que unía a los padres de ambos, veremos cómo se divierten los vampiros lejos del escrutinio de ojos humanos, aprenderemos más sobre la forma de tratar con los demonios y sobre el uso de las líneas de luz, descubriremos muchos detalles sobre los licántropos y sobre los elfos y su desgraciada historia pretérita... y todo ello, a pesar del evidente bache de calidad dentro de lo que era una serie sobresaliente dentro del género paranormal, dejando eso sí multitud de misterios y preguntas en el aire que hacen que al terminar la novela quede inevitablemente el deseo de leer la siguiente entrega, cosa que espero hacer en poco tiempo. No es que el libro sea malo, porque entretener, entretiene; es que, después de los dos anteriores, yo esperaba un crecimiento y no este paso atrás. Antes bruja que muerta simplemente no ha estado a la altura. Espero que la serie remonte el vuelo y, por favor, que vuelva Jenks.

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Reseña de otras obras de la autora:

  

jueves, 3 de marzo de 2011

Reseña: Flores de Sombra


Flores de Sombra.

Sofía Rhei.

Reseña de: Jamie M.

Alfaguara. Madrid, 2011. 341 páginas.

En el verano de su último año de instituto, Hazel Hawthorne se ve obligada por circunstancias familiares adversas (su padre las ha abandonado a ella y su madre) a trasladarse a Umberfield, un pueblo remoto y perdido en medio de ninguna parte que ni siquiera tiene cobertura de móvil. Alejada de su novio Bob y su mejor amiga Virginia, se encuentra de repente en un lugar donde no parece existir ningún tipo de diversión para una adolescente. Enfadada con su madre y con el mundo en general, siente que ese va a ser el verano más aburrido de su vida, pero está terriblemente equivocada.

Cuando las dos se instalen en la vieja casa familiar, un antiguo caserón algo apartado del pueblo, Hazel se va a encontrar viviendo en medio de dos mundos. En el descuidado jardín, un misterioso reloj nocturno de flores negras le permitirá pasar al Otro Lado y visitar la Feeria, donde conocerá a un serio y enigmático joven de rostro enmascarado, Áster, por el que se sentirá irresistiblemente atraída, aunque al principio crea que todo es tan solo un vívido sueño. Pero, como es inevitable, las cosas han de complicarse y el destino de toda la Humanidad podría encontrarse en peligro debido a las acciones que debe emprender Hazel.

El acierto de Rhei es partir de la utilización de todos los tópicos de este género fantástico juvenil tan de moda hoy en día para ofrecer después una obra con un toque diferente. De inicio se podría pensar que no hay nada demasiado original, desde la adolescente con problemas familiares que es arrastrada lejos de todo lo que conoce y se ve inmersa en un ambiente extraño y desolado, un lugar donde debe “rehacer” desde cero su vida hasta que descubra que tiene una habilidad especial, herencia de su linaje familiar, que le abrirá la puerta a nuevas experiencias fantásticas, pasando por la aparición de seres sobrenaturales (y es de destacar la habilidad de la autora al evitar los tan trillados vampiros, hombres lobo o zombies para ofrecer una novedosa mitología de heléboros, sugreles y azogues, muy emparentada sin embargo con el mundo clásico de las hadas y la naturaleza), intercalando la inevitable historia romántica con el prototipo de chico atractivo y misterioso, y recalando finalmente en la inevitable y frenética misión salvadora que solo ella puede llevar a cabo.

La originalidad de la novela reside entonces en el mundo creado y en la forma de plasmarlo, en la poderosa imaginería del Otro Lado, con reminiscencias que recuerdan de alguna manera al Gaiman de Stardust, mostrando una Feeria intrigante, atractiva, fascinante y terriblemente peligrosa, habitada por unos seres extraños y maravillosos, buhoneros proveedores de increíbles mercancías mágicas dispuestos, sin embargo, a llevar a cabo los peores engaños y a cometer las más crueles felonías y maldades. La autora muestra una sociedad de criaturas sobrenaturales, escindida de nuestro propio mundo hace mucho tiempo, estrictamente dividida en rígidas “castas” y llena de estrictas reglas de obligatorio cumplimiento bajo la amenaza de las más terribles consecuencias por su incumplimiento.

La autora crea toda una nueva mitología para la ocasión, muy emparentada, sin embargo, con todo el mundo natural y feérico (como deja bien claro el nombre del “mercado” que se encuentra Hazel al cruzar al otro lado: la feeria), de hadas y animales parlantes, de seres humanoides que sin embargo están más cerca de las plantas; un mundo mágico, fascinante y peligroso a partes iguales. Destaca un palpable amor por la naturaleza, por el mundo botánico, que tiñe de un amable ecologismo el fondo de la trama. El profundo conocimiento de las flores y plantas implicadas en el paso de un mundo a otro dota de gran sensibilidad y realismo al relato.

Con una protagonista perfectamente definida y retratada, y con el mundo en el que ha de moverse bien establecido, si Flores de Sombra falla en algo es, sin duda, en la caracterización de los personajes secundarios (sobre todo Bob y Victoria, pero también de la “mala de la película”, Catleya) que parecen construidos tan solo para cumplir en un determinado momento un determinado papel, cambiando inesperadamente el mismo conforme avanza la narración, entrando y desapareciendo de escena como a ráfagas, sin llegar a adquirir una personalidad definida más allá de lo que la narradora dice directamente de ellos, sin demostrarlo realmente por sus actos. Hay instantes en que quedan excesivamente postizos y planos, meros transmisores de la acción sin implicación emocional para el lector. Irónicamente Rhei consigue crear mucha más afinidad por cierto erizo de jardín o cierto hurón parlante que por los humanos, con la excepción, tal vez, de la dicharachera Poppy.

Con seis libros de poemas publicados, la autora hace gala de una escritura cuidada y certera, evocadora en muchos momentos. A través de una prosa que en muchos momentos podría perfectamente ser denominada “poética” y que atrapa desde un primer momento por su sencillez y claridad, la autora consigue trasmitir todos los sentimientos implicados en la acción y la fascinación de ese mundo mágico que se abre ante los ojos de la protagonista. Si es cierto que la trama es previsible en ciertos pasajes y que el final no llama a la sorpresa (de hecho la sorpresa hubiera sido que no hubiese sido ese, pero casos se han visto), también lo es que la novela es una lectura muy agradable y fluida, dotada de una frescura que últimamente se echaba en falta dentro de este género. Conforme avanza el relato consigue, además, transmitir a la perfección el sentimiento de carrera contrarreloj en el que se ve inmersa la protagonista, el nerviosismo provocado por el inminente desastre y el deseo de proteger y cuidar de sus seres queridos. Destinado a un público eminentemente juvenil y femenino, Flores de Sombra es un libro que deja buen sabor de boca y además, en este tiempo de enealogías y dilatadas sagas, es autoconclusivo, con un final cerrado y satisfactorio como corresponde a un buen cuento de hadas.