Kim Stanley Robinson.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Minotauro. Barcelona, 2016. Título original: Aurora. Traducción: Miguel Antón. 447 páginas.
Robinson es un autor al que siempre ha gustado explorar en sus novelas las «fronteras» que aún le quedan por descubrir al ser humano llevando a sus personajes al límite de lo físico y lo intelectual. Cuando se habla de él enseguida acude a la mente de los lectores de ciencia ficción su monumental trilogía de Marte —Rojo, Azul y Verde— en la que abordaba con exceso de detallismo la terraformación y colonización de nuestro planeta vecino, mientras echaba mano de toda teoría científica y tecnológica que sirviera a tan magno proyecto. Pero ese gusto por la inmersión en condiciones extremas y, de alguna manera, de aislamiento, también se puede observar en la exploración de la Antártida —en la novela homónima— o en la colonización del Sistema Solar vista en 2312. En Aurora, partiendo del tema de las naves generacionales enviadas a colonizar planetas lejanos, vuelve de alguna manera a explotar un trasfondo semejante. El viaje, los ambientes cerrados y agobiantes, la colonización —y en su caso terraformación— de un planeta que pudiera o no sostener la vida humana, el desafío constante y la vida al límite siempre dependiendo de que todo lo que tiene que ir bien vaya bien y nada falle de manera irreparable, la sociedad que se crea modelada por unas circunstancias tan particulares… Una aventura en condiciones extremas arropada por mucha ciencia y especulación, y desarrollada en grandes escenarios —aún en su versión más claustrofóbica—, aunque en esta ocasión todo termine matizado por un pesimismo que no estaba presente en obras previas de Robinson.










