jueves, 20 de mayo de 2010

Reseña: La leyenda de la piedra

La leyenda de la piedra.

Barry Hughart.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alamut. Madrid, 2008. Título original: The Story of the Stone. Traducción: Carlos Gardini. 245 páginas.

Qué gran novela hubiera sido La leyenda de la piedra si no existiera Puente de pájaros, su antecesora. Es algo contradictorio, lo sé, pero es que la que nos ocupa es una obra magnífica en la que, sin embargo, se antoja que el autor ha pensado aquello de «si una cosa ya ha funcionado, el doble será todavía mejor», y no, no se trata de eso. De alguna manera esta novela parece una exageración de la anterior, con más de todo lo que allí había, lo cual estaría muy bien sino fuera porque existe la posibilidad de comparar y, desgraciadamente, sale perdiendo en la contienda, antojándose excesivamente recargada. Perdiendo, eso sí, tan solo en la comparación, porque como novela independiente sin duda nos encontramos ante una obra extraordinaria y sobresaliente.

Hughart ofrece un nuevo relato de esa antigua China que nunca existió con los mismos protagonistas principales, el Maestro Li Kao, quien tiene un ligero defecto en su carácter, y el campesino Buey Número Diez, reconvertido ahora de cliente en su ayudante. Un nuevo misterio sale a su encuentro cuando son reclamados desde el monasterio del Valle de las Penas por su abad para enfrentarse al retorno del Príncipe Risueño ―un tirano enloquecido que reinó sangrientamente sobre el valle siglos antes―, al asesinato imposible de un monje-bibliotecario del monasterio y al robo de un manuscrito sin aparente trascendencia de su biblioteca. De nuevo, emprenderán un viaje hacia lo desconocido a través de esta fascinante China, cruzándose con personajes a cualquiera más extraño y curioso ―y donde destacan especialmente Cuita del Alba y Niño Luna― cada uno de ellos con su particular y atractiva historia, lidiando con funcionarios imperiales y reyes bárbaros, con las situaciones más peregrinas, mezclándose con el horror, la magia y lo sobrenatural, llegando incluso a iniciar un memorable «periplo» por el infierno chino, y aderezándolo todo con un humor nada estridente marca de la casa que permite avanzar por todo el libro con una sonrisa en la cara a pesar del tono bastante más oscuro de esta entrega.

Y es quizá precisamente ese tono más sombrío lo que marca una mayor diferencia entre ambas entregas, con superior profusión de detalles truculentos y morbosos en esta ocasión. Las atrocidades del pasado del Príncipe Risueño se ofrecen más descarnadamente descritas al lector, más explícitas, mucho más vívidas bajo una capa de inocencia que las crueldades incluidas en el libro anterior. Deja entrever mucho más las maldades de las que es capaz un corazón malvado, hasta dónde puede rebajarse una persona en pos de su propia y egoísta satisfacción, y cómo a su vez los justos, los honestos a pesar de verse atrapados en el vertiginoso vórtice de la podredumbre y la locura embriagadora del poder, luchan con todas las armas a su alcance para que el mal no triunfe a través de las eras.

La dispar pareja, la sabiduría acompañada de la fuerza y la humildad ―un crepuscular y resabiado Sherlock Holmes y un humilde Watson (porque además es Buey Número Diez quien, como aquel para mayor paralelismo, escribe la historia)― pondrán sus propias vidas en peligro para resolver el misterio de lo que persigue el retorno del Príncipe Risueño, mientras la magia marca su camino, llevándoles por sendas que jamás soñarían transitar, recogiendo por el camino experiencias que luego les serán sin duda valiosas en extremo. Y es que todo está relacionado y ningún detalle puede ser pasado por alto, hay que seguir con mucha atención todas las revueltas de la narración. También es cierto que varias de las historias de apoyo poco o nada parecen tener que ver o aportar a la resolución del relato, pero le dan un encanto especial a la historia, como los pies de serpiente de Crowley que se apartan de la historia para contarnos otras cosas dándole un sabor especial al conjunto.

La leyenda de la piedra es una novela inteligente, una fábula intrigante, divertida, atroz y conmovedora a partes iguales, muy bien escrita, con un ritmo realmente admirable, que bebe de las historias de misterio y suspense, detectivesca, con una atractiva historia de fantasmas y una peculiar historia de amor, trágica sin duda, que muestra los horrores a los que el poder absoluto puede rebajar a cometer a una persona ―incluyendo el genocidio―, y lo hace mediante un relato principal y varias subtramas ―que en ocasiones se apoderan del primer plano― tan interesantes o más que aquellas. Narrada con una prosa que roza la poesía en ocasiones, que transporta a otra época y otro mundo, a un plano mítico, tan ajeno a lo que conocemos y tan evocador sin embargo, donde lo mejor y lo peor de las personas es posible.

El «pero» inevitable que se le puede sacar a la novela, el problema al que se enfrenta el lector que ya disfrutó de la extraordinaria Puente de pájaros, es que todos los recursos narrativos aquí empleados ya los había utilizado Hughart en aquella, forzando aquí un tanto las cosas al intentar ir un paso más allá, dar otra vuelta de tuerca, repitiendo sin embargo un mismo esquema. Donde allí había una intrigante sutileza aquí todo es un poco más enrevesado; donde allí la magia no irrumpía prácticamente hasta mitad del libro, introduciéndose casi sin llamar la atención, e iba creciendo hasta el explosivo final aquí salta continuamente a su encuentro diluyendo el impacto al justificar mediante ella demasiadas explicaciones; donde allí había un toque de oscuridad aquí son directamente tinieblas. Además, el autor repite recursos como las coletillas recurrentes o el uso de un culpable misterioso que resulta ser el personaje más inesperado, dejando una sensación de déjà vu un tanto incómoda. Hughart busca salidas que rozan lo imposible con soluciones demasiado inesperadas en un intento de triple salto mortal sin red que supere lo conseguido con anterioridad y que le lleva quizá a exagerar un tanto los sucesos, a sonar algo rebuscado por momentos. La narración corre en ocasiones el riesgo de convertirse en un laberinto en el que se hace difícil ver la salida, debido a un exceso de intencionada complejidad que no es capaz de ocultar ciertas carencias que no tenían lugar en Puente de pájaros.

Como ya he dicho y vuelvo a incidir: La leyenda de la piedra sería una extraordinaria novela si no sufriera con la comparación de la primera entrega. Quizá es que se esperaba demasiado de su lectura, quizá es que el autor se había puesto a sí mismo el listón demasiado alto como para repetir la hazaña. Es, no obstante, un libro tan recomendable como imprescindible es, desde luego, Puente de pájaros; se encuentra lleno de aciertos que no deberían quedar ocultos por la magnificencia de su predecesora. Quizá se le podría haber pedido que hubiera intentado distanciarse un tanto más de aquella ―aunque entonces igual estábamos quejándonos de que lo hubiera hecho―, no obstante, es una obra inteligente, muy ingeniosa, un portento de imaginación, que funciona como un colorido puzzle donde a pesar de parecer imposible todas las piezas terminan encajando a la perfección sin dejar resquicios entre ellas, llena de sorpresas y de giros imprevistos, de personajes fascinantes, de filosofía, de poesía, de humor cáustico, de una triste nostalgia, de un horror cercano. Es imposible no quedar fascinado por esa China que nunca existió pero que ojalá hubiera hecho.

Queda un poso de insatisfacción al cerrar el libro, eso es cierto, una sensación de ocasión desaprovechada, de que podría haber dado para más, de que debería haber intentado de alguna manera salir de debajo de la sombra de su antecesora, pero es que era muy difícil alcanzar su altura. Quizá sea cuestión de intentar olvidar los precedentes y disfrutar sin más ni más de una extraordinaria obra. Por mi parte estoy deseando sumergirme en la lectura de Ocho honorables magos sin prejuicios ni expectativas inalcanzables. La pena es que de los siete libros previstos que el autor iba a dedicar a estos dos personajes, solo escribiera finalmente estos tres, pues ―al menos los dos primeros― están muy por encima de la media de la literatura fantástica a la que estamos acostumbrados. Una pena, pero al menos es posible disfrutar de los que sí hay escritos.