lunes, 31 de mayo de 2010

Reseña: Impávido

Impávido.
La flota
perdida 2.

Jack Campbell.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría. Col. Ventana abierta # 37 Madrid, 2010. Título original: Fearless. Traducción: Beatriz Ruiz Jara. 315 páginas.

La flota perdida sigue su «accidentado» periplo por el espacio síndico buscando el camino de retorno a los planetas de la Alianza al tiempo que intenta evitar aquellos puntos donde se supone que el enemigo mantiene una mayor concentración de efectivos. Partiendo prácticamente del punto dónde se quedó en la primera novela, Intrépido, el autor retoma la acción bélica ya desde las primeras páginas de la novela, haciendo que las fuerzas en repliegue deban enfrentar a las fuerzas síndicas que se encuentran al entrar en el sistema de Sutrah, donde deberán lidiar con una serie de trampas que ponen en riesgo su escape. El capitán Geary, además, tendrá que hacer frente al desolador sentimiento de traición cuando un nuevo personaje que arriba a la flota por diversas circunstancias, el capitán Falco ―lleno de una especie de fanático y carismático mesianismo―, produzca una escisión de la misma, arrastrando a una serie de naves lejos de las demás en una misión que a todos, menos a los implicados, se les antoja suicida. Falco, en su búsqueda de la gloria y del enfrentamiento directo con el enemigo sin que le importen las bajas propias, da la perfecta réplica a Geary, siempre preocupado y dolido por cada pérdida en sus filas. Es por un lado un personaje que se hace odioso al lector, pero por otro se antoja que está algo infrautilizado, que en el enfrentamiento de dos poderosas voluntades como las de Geary y Falco podría haber dado para más.

A lo largo de las páginas de Impávido, el autor defiende la vida militar ―obvio en una obra de ciencia ficción bélica―, pero entendida como servicio y no como fuerza de imposición de una forma de obtener el poder. Enaltece el honor, la lealtad, el compañerismo, la disciplina bien entendida. Sin duda tiene ramalazos totalitarios, pero deja muy claro que Geary lucha de manera férrea contra ellos, sin dejarse llevar por la tentación de imponer su voluntad sobre los demás por el mero hecho de encontrarse al mando, sino justificando ―aunque tan solo sea ante sí mismo y de esta manera ante el lector― la razón de sus acciones, buscando siempre el bien del total de la flota, lamentando cada decisión que lleva al sacrificio de vidas, respetando a los combatientes y civiles «enemigos», y tratando de minimizar los «daños colaterales», pero sin dejar que eso le impida tomar las mejores decisiones tácticas para que sobreviva el mayor número de sus naves y causando el mayor daño posible en las instalaciones síndicas. No se puede olvidar que se encuentran en medio de una guerra, y por mucho que las razones del comienzo de la misma estén casi olvidadas no por ello va a dejar de hacer lo necesario, dentro de las reglas, para darle la victoria a su bando. Es evidente, que la visión de la guerra que se muestra es muy «estadounidense», y es inevitable, ante ciertas situaciones y actuaciones, que a la mente del lector vengan ciertas imágenes de Afganistán o Irak, ante el uso de misiles horada-montañas o perfora-bunkers similares, aunque a una mayor escala, a los utilizados contra los supuestos escondites de Bin Laden, o la tranquilidad con la que se asumen las «víctimas civiles colaterales» de los ataques contra objetivos militares un tanto indiscriminados.

En el apartado «científico», y como ya sucediera en la anterior entrega, la «sumisión» a la relatividad ―al menos en su mayor parte― lleva en muchos momentos a la ralentización de la acción. El propio autor, consciente de tal hecho, y sin duda tirando de propia experiencia, lo expone en la mente de Geary:

En la flota se pasaban grandes cantidades de tiempo sin hacer otra cosa que esperar. Esperar a llegar a otro sitio, esperar una vez que has llegado a ese sitio, esperar a que no se produzca una emergencia o una crisis, esperar a saber cuánto tiempo más vas a tener que esperar. Parecía constituir una parte tan importante de la vida militar como arriesgar tu vida o la comida mala.

Y es en las batallas donde esa espera se hace más tensa, transformándose en largos momentos de preparativos y escasos minutos o segundos de combate real. Cuando no se sabe exactamente dónde se encuentran las naves enemigas, cuando solo la intuición ofrece una idea relativa de dónde se encuentran unos blancos que pueden perfectamente haber cambiado de dirección en el período transcurrido desde su primer avistamiento hasta que la luz de su señal ha recorrido el espacio que los separa, es muy difícil preparar la estrategia correcta y acertar con las acciones que lleven a la victoria.

Campbell consigue dotar de una mayor verosimilitud a las batallas a cambio de perder seguramente algo de su intensidad y emoción, que no en absoluto de su tensión, que es algo que se masca en el ambiente. No es fácil tomar decisiones tácticas cuando tantas variables entran en la ecuación y no es de sorprender que la maniobra más aceptada en los últimos tiempos fuera la carga frontal contra el enemigo hasta el exterminio total de las naves. Hace falta una mente calculadora, intuitiva y muy fría para soportar la presión y acertar con las estrategias. Geary, aún luchando contra las reticencias ―cada vez menores, eso sí― de alguno de sus subordinados, posee esa mente con una forma de pensar que le retrotrae al inicio de la guerra y a otra manera de entender el desarrollo de las batallas, más en conjunto, más con la vista puesta en minimizar los daños propios y maximizar los contrarios. No se encuentra libre de dudas, en absoluto, sobre todo cuando pone en la balanza sus auténticos sentimientos frente a lo que podría conseguir si asumiese el manto del capitán Blak Jack Geary y su supuesta filosofía guerrera mucho más arriesgada y, por tanto, peligrosa para las vidas de los que le siguen.

El autor hace suya la frase tan spidermaniana de «todo gran poder conlleva una gran responsabilidad». Geary no puede dejarse llevar por el abuso de su poder a riesgo de convertirse en un tirano dentro de la flota ―y dentro de la Alianza si es que consigue llegar hasta allí― encarnando lo peor de la vida marcial que el conoce y a riesgo de convertirse en una nueva versión del enemigo síndico. Hay batallas que se pueden ganar y otras que no, y es mejor vivir y reagruparse para poder luchar otro día que sacrificarse inútilmente; sin embargo también hay ocasiones en que hay que luchar hasta el final, a pesar de que se vea todo perdido, cuando el resultado puede salvar a otros o darles mayores oportunidades de supervivencia. El sacrificio altruista, no egoísta ni buscando la gloria propia, entra dentro del manual del perfecto soldado y a él se acogen tanto el autor como su personaje.

Si de algo peca el personaje de Geary, a pesar de todas sus dudas, es de excesivamente perfecto o ideal. No solo es una especie de genio táctico, capaz de adivinar y contrarrestar todos, o casi todos, los movimientos y trampas síndicos, sino que se encuentra dotado de grandes virtudes como la ecuanimidad, la honradez, la sinceridad, la empatía, la misericordia, la ética, el genio táctico, la intuición... que hacen difícil terminar de identificarse con él, a pesar de todas sus dudas. Ha añadido el autor en esta ocasión además un componente sentimental al relato que a pesar de que suena algo forzado, también le permite dar nuevos matices a los protagonistas, dotándolos de una mayor humanidad, mostrando sus enormes contradicciones y la disciplina que aplican tanto a sus vidas como a todo lo que les rodea. En un mundo cerrado como el de una nave espacial, donde es imposible mantener un tema así en secreto, todo debe ajustarse a las reglas sin dar motivo para el escándalo. Ni siquiera a la hora de dejarse llevar pueden desconectar del todo de lo que son, de las circunstancias que les rodean y de lo que les puede depara el futuro.

La capitana Desjani, la comandante del Intrépido, adquiere algo más de protagonismo, dando un acertado contrapunto a Geary, enfrentado su forma «actual» de entender la guerra a la del héroe descongelado y siendo ganada poco a poco por las maneras de hacer de este que ve en ella un espejo donde sentirse justificado y respaldado, mientras cambia lentamente su filosofía guerrera, aceptando que se puede obtener la gloria sin necesidad de sacrificarse. De alguna manera va pasando de una admiración por el Geary «mítico e ideal» a una admiración por el Geary «real».

La co-presidenta Rione sigue navegando entre dos aguas, con una personalidad explosiva, aunque un tanto infantil en alguna de sus decisiones y tomas de postura. Parece que ella piensa que todo gira alrededor suyo, que es la única que puede tomar las decisiones justas, que su forma de entender la vida es la única correcta. Su auto nombramiento de convertirse en la conciencia de Geary, con la claudicación aquiescente de este, no hace sino añadir un rasgo de antipatía hacia la mujer; es cierto que sus intenciones se nos muestran en principio honorables y benignas, pero su pataletas cuando no consigue lo que quiere ―incluso cuando está equivocada―, su no dar a torcer el brazo hasta que ha quedado más que demostrado su error, su persistencia en el “piensa mal y acertarás” que le hace ir de morros en todo momento, impide que el lector llegue a empatizar auténticamente con ella, como sí lo hace con alguno de los otros personajes que aparecían en la anterior novela y que aquí van adquiriendo un poco más de profundidad ―tampoco mucho más, que eso no es lo que parece importar al autor―. Psicológicamente, por ejemplo, Geary sí que ha crecido algo, mostrando sus dudas morales y su lucha interior para no dejarse arrastrar por la tentación del poder absoluto de una forma muy humana.

Irrumpe con algo más de fuerza dentro de la trama, pero sin aclarar tampoco nada en absoluto, sino planteando incluso más misterios, el tema de una tercera parte inmersa en el conflicto de una manera secreta, adquiriendo cada vez una mayor importancia, tanto a la hora de explicar ciertos adelantos tecnológicos, vitales para la actual situación, y del desencadenante de una guerra que ya nadie parece recordar por qué empezó.

Impávido, más allá de la evidente filiación a la space opera militarista, es una novela sobre el honor, sobre los horrores de la guerra, sobre la justicia, sobre las normas, el liderazgo y la disciplina bien entendidas ―cuando entran tantas variables en juego, hay un momento para la obediencia ciega y un momento para adaptarse a las circunstancias del combate―, sobre la moral y la ética implícita en el dominio de fuerzas capaces de causar un cataclismo de proporciones inmensas ―sistemas estelares enteros se encuentran bajo amenaza de exterminio―, sobre las decisiones que se toman en momentos de presión... Y lo hace centrándose ―a pesar de una apariencia de novela coral― en la figura del héroe John Black Jack Geary, en sus decisiones, en sus contradicciones, en su intento de despegarse de la sombra errónea que le persigue desde su congelación y retorno a la vida al tiempo que la usa para mantener unida la flota, en su dolor ante los sacrificios... Es un personaje quizá un tanto excesivo, demasiado intuitivo, demasiado acertado, demasiado empático, demasiado inteligente e ingénuo a un tiempo... De todas maneras, es algo que sin duda comparte con otros de los más afamados protagonistas de la space opera militar como puedan ser Miles Vorkosigan u Honor Harrington. Como el libro anterior, Impávido es recomendable para los seguidores de este tipo de ciencia ficción bélica, entretenimiento puro sin excesivos problemas, alejada de veleidades filosóficas y otras cuestiones candentes. Esto es la vida militar, esto es la guerra, parece decirle el autor a sus lectores, y hay que entenderlo como tal; matar y morir están al orden del día, lo importante es la manera de hacerlo y que al final del día la conciencia pueda descansar y pensar que se ha hecho lo correcto, lo necesario, y que el sufrimiento y los sacrificios han merecido la pena para proteger a lo propio, sin convertirse en el enemigo ni dar rienda suelta a los bajos instintos en el fragor del momento. La lucha está servida, el cerco se cierra cada vez más y la flota sigue navegando por el espacio síndico. ¿Podrá John Black Jack Geary llevarla a territorio de la Alianza? Solo cabe decir que hay más novelas en el horizonte. Estaremos esperando.

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Reseña de otras obras del autor:


Intrépido. La flota perdida 1.



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