viernes, 14 de enero de 2011

Reseña: Tron: Legacy

Tron: Legacy.

Joseph Kosinski.


Reseña de: Amandil.

LivePlanet / Walt Disney Pictures (2010).
125 minutos.

Cuando uno cruza la puerta del cine para ver Tron: Legacy padece esa sensación de temor que está asociada a la revisión de cualquier clásico de infancia y juventud, ¿estará a la altura de los recuerdos y las sensaciones que me provocó en 1982 la mítica (y denostada) Tron? Y al volver a cruzar esa misma puerta dos horas después la respuesta es que no. No ha estado a la altura del mito y del recuerdo. Pero, al menos en mi caso, todavía (dos semanas después de verla) no sé muy bien por qué. Así que, me permitirán que use esta humilde reseña, para tratar de dilucidad qué ha fallado en esta superproducción de Disney y por qué ha fallado.

Quien haya visto Tron sabe perfectamente lo que va a pasar en esta película porque, salvo algunos flecos sueltos, la evolución de la historia es exactamente igual que en la anterior. Eso, sin duda alguna, es un fallo, pero también es cierto que sólo para los que hayamos visto la película de 1982. Lo cierto es que, hoy en día, el cine comercial (y este lo es por los cuatro costados) es incapaz de sorprender y de romper el típico final feliz, pero eso no impide que se espere algo de originalidad por parte del equipo de guionistas. En Tron: Legacy no hay nada de eso. Asistimos a la reutilización de los elementos que configuraron Tron exactamente en el mismo orden y con los mismos resultados:

Digitalización del protagonista e inserción en "la red", confusión y llegada a "los juegos" (las espectaculares escenas de los duelos con los discos y las carreras con las motos), descubrimiento del pastel y búsqueda de información y aliados, viaje en el trenecito hacia el Portal de salida, lucha con el malo y victoria de los buenos con tocata y fuga al mundo real. Títulos de crédito.

Para esto ¿hacen falta guionistas? En fin.

La sucesión de persecuciones y demás se ve aligerada con una serie de momentos "zen" en los que los protagonistas se recogen y meditan sobre su lugar en la trama, sus orígenes, sus sentimientos y la realidad que les ha tocado vivir. Todo ello muy en la moda de tratar de dotar a las películas de acción de una especie de mensaje que permita a los promotores señalar que "más allá de los efectos especiales hay un mensaje profundo y elaborado". Pero lo cierto es que la sucesión de tópicos impide que se llegue más allá del mensaje de "se bueno, no seas malo pero, sobre todo, se molón". Al menos, eso sí, han dejado un pequeño hueco para la autoparodia cuando Kevin Flynn le recrimina a su hijo que con tanta acción y violencia "le ha fastidiado el rollito zen".

Por último señalar que el motor de la historia se supone que es el enfrentamiento entre Kevin Flynn (Jeff Bridges) y CLU (Jeff Bridges remasterizado). El primero es el programador y dueño de la empresa de informática que viene a ser el Microsoft del mundillo y el segundo un programa que creó a su imagen y semejanza para que le ayudara a desarrollar un nuevo mundo digital (en el que sucede toda la trama, claro) que ha de ser perfecto. En un momento dado, CLU se vuelve un cabroncete redomado porque entiende que la perfección a la que aspiran es imposible mientras dirija todo el cotarro un humano, así que atrapa a su creador en ese mundo digital y se dedica a crear un ejército de programas con el que pretende asaltar el mundo físico y llevar la "perfección" hasta sus últimas consecuencias. Para ello necesita obtener el disco de datos que Kevin Flynn lleva en la espalda pero el programador ha logrado huir y está oculto en algún lugar de la red esperando el momento de actuar contra su creación. CLU, ante la perspectiva de no ser capaz de encontrar a su creador opta por tender una trampa al hijo de este, Sam Flynn (Garret Hedlund), para que se digitalice por error y así poder usarlo como cebo. Y así, la trama se convierte en una historia que narra de un modo un poco parco e inexpresivo el reencuentro del padre con el hijo, del creador con su criatura y de una midicloriana, Quorra (Olivia Wilde), con el mundo.

Al final, por lo tanto, pese a los esfuerzos por dotar a la historia de una profundidad emocional y "espiritual" todo queda reducido a un simple argumento maniqueísta (buenos contra malos) y de doctor Frankenstein contra su Criatura. Además, para que no haya confusiones, se vuelve a caer en el cliché de que los buenos brillan con color azul y los malos con color rojo (como los sables jedi: la guía definitiva para que no te equivoques de bando).

Por cierto, el personaje que se llama Tron y que era el que daba lugar al título de la película de 1982, es poco menos que un actor secundario sin casi papel y atrapado en el rol de "perro de presa"de CLU, que no habla, sólo hace un ruido como de disco duro rayado, (Bruce Boxleitner debe de estar cagándose en todo por el modo en que le han dado la patada en esta versión, pero en fin, al menos ha salido como Alan Bradley mostrando una madurez envidiable -no le veía desde que terminó Babylon 5-).

¿Consigue la película, tan endeble argumentalmente, ganar enteros gracias a la interpretación de los actores y actrices? Bueno, desde luego no lo hacen nada mal pero hay algunos detalles que impiden cargar sobre sus hombros un eventual éxito de la película. Por un lado la versión joven de Jeff Bridges deja mucho que desear y en ningún momento logra no parecer lo que es: una máscara hecha con efectos digitales. Por mucho que lo hayan intentado los técnicos es bastante nefasta y no va más allá de la calidad que podemos percibir en cualquier videojuego. La cara es demasiado lisa, poco expresiva,más cercana a lo que se vio hace años en la pionera Final Fantasy que en la reciente Avatar. El personaje de CLU, por lo tanto, no desprende ningún tipo de carisma ni de emoción ni siquiera de inquietud. Además, en las escenas en las que aparece con la cara tapada por el casco se nota una mejoría sustancial en la calidad de los movimientos corporales al haber sido rodados con un actor de carne y hueso sin retoques digitales. El resto del plantel está bien aunque las (escasas) escenas "sensibleras" no tienen apenas capacidad conmovedora y muestran que Bridges y el joven Garret Hedlund no han nacido para interpretar personajes sentimentales (por momentos Bridges parece un híbrido entre su personaje en El Gran Lebowski y Obi Wan). Olivia Wilde (esa especie de Lulú de origen cuasimitológico) parece sujeta a limitar su papel debido al origen informático de su personaje, quizá por ello opta por acercase al modo en que Carrie-Anne Moss interpretó a la inexpresiva y masculinizada Trinity en la serie Matrix, aunque con un toque mucho más dulce e inocente y una sensualidad pronunciada y atrayente. Mención especial se merece un simpatiquísimo y llamativo Michael Sheen en el papel del puñetero y superviviente Castor, aderezando una escena más bien simplona con una capacidad para la actuación histriónica y enloquecida que hace que se convierta, a mi juicio, en el momento más sugestivo de la película. El resto del elenco está a la altura y ni añade ni resta méritos a Tron: Legacy.

Por último hay que destacar que Disney ha pretendido dar un golpe en la mesa del 3D tratando de desbancar a Avatar y buscando una primacía que hace años que perdió en el sector del entretenimiento familiar ajeno a la animación y los dibujos animados. Su apuesta por Tron: Legacy se nota en la excelente calidad de las escenas rodadas en tres dimensiones (todas las que suceden dentro de la red) pero eso no impide que, quizá porque es una técnica aún en pañales, muchos planos se vean borrosos o el pretendido efecto tridimensional no pase de ser un mayor brillo o una variable sensación de profundidad. El espectador en ningún momento disfruta de ningún efecto que le haga creer que hay algún objeto al alcance de su mano (en Avatar el primer plano consiste precisamente en lograr eso por medio de una burbujas que están flotando en gravedad cero) y eso hace que, al terminar la película, no se pueda valorar con regocijo lo que ha aportado el 3D al entretenimiento. Me temo que, al igual que en otras películas pretendidamente tridimensionales del último año, en Tron: Legacy el 3D podía haber aportado mucho más de lo que finalmente ha añadido al conjunto de la producción.

En definitiva y como colofón a este humilde reseña, Tron: Legacy ha estado a la altura en lo que a espectacularidad se refiere pero no ha logrado acompañar un magnífico trabajo digital (que no necesariamente es 3D) con un guión bien elaborado. Se ha limitado a repetir los tiempos y originalidades de Tron añadiendo personajes jóvenes y guapos con el fin de rejuvenecer al público objetivo (los hijos de quienes vieron la película en los albores de los años ochenta) y, quizá, dar pie a una saga franquiciada que permita a Disney estar presente cada dos o tres años en el mercado de las superproducciones plagadas de efectos digitales y pretendidos guiones "con mensaje". Merece la pena verla en el cine, pero no pasará a la historia como una gran película, me temo.

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