martes, 11 de enero de 2011

Reseña: Materia

Materia.
Una novela de La Cultura.

Iain M.Banks.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría de Ideas. Col. Solaris ficción # 138. Madrid, 2010. Título original: Matter. Traducción: Marta García Martínez. 447 páginas.

Retorna Banks con esta novela a su particular universo de La Cultura después de los ocho años pasados desde el anterior libro dedicado a la misma, A barlovento, y lo hace con una novela que contiene todo aquello que ha hecho famosa a esta serie y que, sin embargo, no alcanza la satisfacción de sus predecesoras ―sin dejar por eso de ser un buen libro―.

Con un gran principio, el autor presenta un mundo concha, Sursamen, un planeta artificial, hueco, con catorce niveles concéntricos sostenidos por monumentales “torres”, y con soles y estrellas “rodando” por sus lejanos techos. En el octavo de esos niveles se desarrolla un drama en una sociedad cuasi feudal, los Sarl, una «nación» casi medieval poseedora sin embrago de cierta tecnología basada en el uso del vapor, cuando el rey «muera» en la confusión de una batalla y su heredero, Ferbin Hausk, contabilizado también entre las bajas tenga que huir del planetoide acompañado tan solo por su «fiel» criado Choubris Holse. Con Ferbin partiendo en busca de su hermana, Djan seriy Anaplian, que abandonara el lugar tiempo ha para unirse a la Cultura, es el tercer hijo del monarca muerto, Oramen, menor de edad, quien asumirá el manto del poder bajo la regencia del fiel consejero Tyl Loesp. Todo ello se produce en un subyugante escenario en que pululan los seres alienígenas, se suceden los complots y la fascinante imaginación del autor da muestras una vez más de su brillantez.

Pero entonces comienza el viaje del príncipe Ferbin y, a pesar del enorme despliegue de diferentes sociedades, de seres y de culturas, el ritmo se antoja excesivamente lento y el periplo innecesario, un largo catálogo de especies y localizaciones galácticas que nada aportan realmente a la trama, visto que la hermana ha emprendido de motu propio el retorno al hogar y que nada de lo que encuentren en su camino va a tener influencia real en los hechos finales. Y sí, todo ello hace mucho más grande el universo en que se desarrolla la serie, pero es algo que quizá no fuese necesario para la historia que se está contando en Sursamen y que centra el auténtico interés del relato. Y es que es precisamente cuando se cierra el círculo, de vuelta al mundo concha, con los sucesos del noveno nivel, donde el autor desata toda la habitual fascinación de La Cultura, con toda la acción desatada, los giros inesperados ―aunque quizá esta vez se dejan intuir más que en otras ocasiones―, los descubrimientos y revelaciones grandiosas, el inevitable McGuffin, y todo aquello que ha hecho tan atractiva esta serie.

Banks sigue demostrando que es un maestro de la construcción de ambientes, un prodigio de imaginación creadora de maravillosas obras de ingeniería a escala galáctica, de sociedades alienígenas de carácter cautivador, de situaciones intrigantes, de personajes ambiguos que saben guardar sus secretos y de tramas fascinantes que no dejan indiferente al lector. Pero en esta ocasión parece haber ido demasiado lejos, añadiendo detalles innecesarios y recargando precisamente la trama con excesivos elementos que no aportan realmente nada a la misma y que afectan gravemente al ritmo de la narración en su parte central.

Y, sin embargo, y a pesar de que como tal La Cultura no está implicada directamente en la acción ―la misma se desarrolla principalmente en territorios de otras civilizaciones o en el mundo concha y hasta Anaplian, agente de Circunstancias Especiales, está de “permiso” y no en misión oficial― todo lo que caracteriza sus libros se encuentra ahí: las maravillas tecnológicas, las naves de nombres rimbombantes, las Inteligencias Artificiales de humor socarrón, los drones de combate, las intrigantes sociedades humanas y alienígenas cada cual con su desarrollo particular, las «mejoras» corporales que permiten incluir todo un arsenal del máximo nivel y capacidad destructiva en un agente de campo, los artefactos de fines ignotos legados por seres hace mucho tiempo desaparecidos, las mega construcciones galácticas, los juegos políticos entre especies y las relaciones entre vastas civilizaciones, los inmensos orbitales, la ambigüedad moral de los implicados en las decisiones que afectan a millones de personas y las especies exóticas descritas con detallado realismo.

Desde el principio de Materia, Banks demuestra la gran variedad de registros que usa como escritor y juega a la perfección con los resortes literarios de la fantasía épica ―y su referente más cercano sería la anterior novela Inversiones― para sumergir luego la historia en una space opera tecnológica ―la descripción de los mundos concha es pura ciencia ficción hard― de gran calado contemplada principalmente a través de los ojos del príncipe y su criado, y obteniendo su contrapunto en la visión mucho más asentada de Anaplian, una mujer convertida en un ejército de una sola persona. Como suele ser habitual en todos los libros de Banks, se pueden encontrar aquí multitud de capas dentro de capas ―como en el propio mundo concha―, tanto en la historia como en los géneros tratados. El drama de tintes casi shakesperianos se entremezcla con el tecno-thriller, el space opera adquiere tintes épicos, la tecnología se confunde con magia, el misterio se esconde en lo bélico... La violencia adquiere un protagonismo visceral, y la venganza se convierte en un leiv motiv impulsor, aunque no central de la historia. Banks mantiene en marcha varias líneas de la historia con muy diferentes ambientaciones ―y, por desgracia, también diferente interés para el lector―, haciéndolas confluir en el momento oportuno para ofrecer un pirotécnico final que no puede dejar indiferente. Si en ciertos momentos de esas líneas el lector siente que lo narrado es algo supérfluo, que sirve para aumentar el conocimiento del universo de La Cultura, pero sin aportar nada a la trama general, en el último centenar de páginas se antoja que le ha costado llegar al meollo, pero cuando por fin llega lo hace de forma, literalmente, explosiva.

En Materia, el autor vuelve a incidir en uno de los temas centrales de toda la serie: la conveniencia de la política de no intervención de las civilizaciones avanzadas sobre aquellas otras menos desarrolladas, sobre la ética de las circunstancias en las que tal cosa es permisible e incluso deseable ―si es que lo es― por el “propio bien” de los “intervenidos”. Así, los Sarl son un pueblo «atrasado», pero que ha recibido numerosas influencias exteriores, y a pesar de que lo que se está desarrollando parece ser una historia local de Sursamen, las consecuencias de lo que allí suceda puede extenderse por toda la galaxia, afectando gravemente a diferentes especies y sociedades. El evidente choque cultural del príncipe Ferbin al salir de su universo cerrado a la muy diversa y a veces incomprensible sociedad galáctica cuestiona de alguna forma la política de dejar a cada especie desarrollarse a su ritmo; ¿es mejor dejar a los pueblos escalar paso a paso la pirámide del conocimiento y el desarrollo tecnológico, de la «civilización», o conviene darles un empujoncito en la dirección «correcta»? La Cultura, y Circunstancias Especiales sobre todo, parecen tenerlo claro, siendo Anaplian es el mejor ejemplo. Todo ello perfectamente aplicable a nuestro mismo entorno.

Y que nadie se llame a error por lo comentado sobre el ritmo ―y el exceso de páginas― de la novela, éste es un estupendo libro que decepciona algo al no estar quizá a la altura de la excelencia del resto de la serie, pero que descolla de forma evidente por encima de muchos otros que le acompañan en las estanterías de las librerías. Es todo lo que la buena space opera debería ser: aventura y escenario, acción estelar y grandiosos ambientes. Y una recomendación final para cerrar la reseña: como se suele hacer de un tiempo a esta parte en las grandes superproducciones de Hollywood, es importante quedarse hasta que se encienden las luces, hasta la última página más allá de los apéndices, para asistir a la escena «extra» que además matiza de forma magistral todo lo leído hasta ese momento. Seguro que se agradece.

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Reseña de otras obras del autor:


Inversiones. Una novela de La Cultura.

A barlovento. Una novela de La Cultura.


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