viernes, 23 de septiembre de 2016

Reseña: La mirada perversa

La mirada perversa.

Edowaga Rampo.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Satori ediciones. Col. Satori ficción # 11. Gijón, 2016. Traducción del japonés: Daniel Aguilar. 220 páginas.

Tras publicar El extraño caso de la Isla panorama Satori ofrece ahora al público español una recopilación de seis cuentos, especialmente seleccionados para este volumen entre la producción de Edowaga Rampo situada entre 1925 y 1929 —«detalle» a tener en cuenta para situar el contexto en que se desarrollan sus historias—, la mayoría inéditos hasta el momento y traducidos todos ellos por primera vez directamente del japonés, y con los que el lector se puede hacer una buena idea de la inquietante imaginación del autor japonés. Historias donde lo macabro, lo grotesco, lo perverso y lo erótico se entremezclan de una forma desconcertantemente ingenua, con una mirada casi infantil en su inocencia y crueldad. Historias que hablan de terror, pero del que interiorizan sus protagonistas —que suelen ser aquí también los narradores—, buscando no tanto el miedo como el temor y la tensión. Hay en ellas una mirada cruel y morbosa, en ocasiones francamente desagradable, pero que se revela al final también en cierta forma piadosa, mostrando una inesperada conmiseración tanto por las víctimas como por los verdugos.

Cuentos con personajes de una extraña moral, como la del detective aficionado que gusta de resolver crímenes por el mero placer de resolverlos, indiferente al destino posterior del criminal por recibir un castigo o salir impune. O el del hombre que hastiado de la vida vence incluso a sus temores tan sólo por saber cuál es su límite. O de las perversiones de una mujer cuya lujuria se despierta por la absoluta mutilación de su esposo. O de aquel que encuentra la belleza, dejándose arrastrar por la pasión y el amor, en una ideal artístico. O de quien se deja arrastrar por la curiosidad hasta el punto de jugarse la vida...

Abre el volumen El que pasea por el revés del techo (1925). Para Saburo Koda ninguna diversión, ni ningún trabajo, ni nada que probase a hacer, volvían este mundo ni una pizca más atractivo. Aburrido de todo, el indolente joven, que vive gracias a los periódicos aportes económicos de sus progenitores, va a sentir algo de interés en el mundo del crimen, pero, cobarde como es, jamás se atrevería a cometer ninguna acción ilegal por miedo a sus consecuencias penales. Sin embargo, ¿y si por casualidad encontrase la manera de cometer un crimen perfecto, un asesinato del que salir impune? ¿Se atrevería a llevar hasta el final sus planes? Podría parecer que se trata de un típico caso de «crimen perfecto» —que nunca suele serlo tanto—, pero tanto la elección del protagonista, un apocado y temeroso hombre aburrido de todo y de todos, como la resolución final hacen que se lea con ojos nuevos llenos de curiosidad. Algo a lo que contribuye el «paseo» que a través de sus ojos el lector va a realizar por los entresijos escondidos de la construcción de una casa japonesa, una pensión en este caso y su exploración voyeuristica e indiscreta. Además, contiene una breve aparición de uno de sus personajes recurrentes, el detective privado Kogoro Akechi.

En Pulgarcito baila (1926) Roku es un enano un tanto contrahecho —un «Pulgarcito» según se denominaba en Japón a estos disminuidos que trabajaban en ferias o circos— que acompaña a una troupe de artistas circenses. En plena celebración del éxito de una de sus funciones, con el sake circulando sin mesura, un forzudo le invitará con insistencia a unirse a la fiesta y a beber alcohol, algo a lo que Roku se negará obstinadamente. Una crueldad gratuita llevará a un esperado final de justa vindicación. Emparentado en lo grotesco con el universo de los freaks de ferias y espectáculos, hace gala de cierto sadismo despiadado que desliza la acción hacia un desenlace inevitable, algo que contribuye a aumentar el desasosiego del lector que ve venir el final sin que haya forma de escapar del mismo
Fruto de la fascinación del autor por ciertas innovaciones tecnológicas El infierno de los espejos (1926) refleja la obsesión de un hombre, a quien el narrador sólo identificará como «él», desde muy joven con todo tipo cristales, lentes y espejos, y que llevará gracias a una cuantiosa herencia familiar su fijación morbosa más allá de cualquier límite imaginado. Se trata de una historia un tanto ingenua contemplada bajo el prisma de lo que se puede encontrar hoy en día, pero que guarda no obstante una singular fascinación por el destino que le espera a «él», víctima de sí mismo y de su voluntaria distorsión de la realidad al hilo de las imágenes que le devuelven los espejos cóncavos. Un viaje por el subconsciente y sus perturbadoras obsesiones.

La narradora de Un amor inhumano (1926) es una joven de 19 años, quien se casa, en una boda acordada por sus padres, con Kadono, un apuesto joven de familia acaudalada. Él primero se desvivirá en atenciones hacia ella, colmándola de felicidad y amor, pero pasado apenas unos meses la ilusión decae y ella empieza a sospechar horribles posibilidades. Recrea una atmósfera extraordinaria, donde la mujer va construyéndose una cárcel de celos y sospechas que llevará a terribles consecuencias. Pero no es menor la cárcel en la que se ha encerrado voluntariamente Kadono, víctima de un juvenil amor, arrebatador y enfermizo, del que no puede renegar, aunque tampoco justificar. Como en otros cuentos de Rampo, la figura femenina se convierte en una frontera difícil de traspasar, en un constructo artificial cargado de misterio, repulsa y atractivo.


Llegados a esta altura La oruga (1929) es uno de los más impactantes, y conseguidos, relatos de la recopilación, tanto por la reprobable fascinación de lo narrado como por toda la profunda carga de humanidad que destila.. Durante tres años Tokiko ha cuidado de su marido, el teniente Sunaga, horriblemente mutilado en la guerra. El teniente es tan sólo un tronco deforme, sin brazos ni piernas, sin oído ni habla, que sin embargo despierta oscuras pasiones lujuriosas en su esposa, imposibles de detener. Un relato grotesco, que habla de pasión, de sadismo, de deseos inconfesables e incomprensibles, de ira y también de perdón. Rampo consigue retratar los bajos instintos, la hipocresía y la depravación sin necesidad de traerlos al primer plano, sino con insinuaciones bien lanzadas que pintan una situación dramática para todos los implicados. Estremecedor.

El último de los cuentos, El hombre que viaja con un cuadro en relieve (1929), es un broche perfecto a lo leído. Mientras viaja en tren, un joven observa que el otro único ocupante del vagón transporta un lienzo envuelto. Cuando el hombre le invita a contemplar la obra, el joven observa una singular imagen facturada con una especie de técnica de collage, la de un anciano y una joven aparentemente embelesados el uno con el otro en medio de un escenario desvaído. Sorprendido escuchará la historia de la pareja de boca del poseedor del cuadro, sin llegar a saber tiempo después si la experiencia tuvo lugar o se trató de un recargado sueño. Una historia tan poética como trágica, hermosa, de un amor imposible que vence casi todas las dificultades. Vuelve a dar cuenta de la extraña interpretación del autor de la feminidad y sus misterios.

Cierran el volumen unos completos e informativos Apéndices, a cargo de Daniel Aguilar, en los que el traductor de los cuentos habla de las decisiones tomadas en cuanto a la selección de los mismos, al contexto en que fueron escritos o a las adaptaciones cinematográficas de sus argumentos.

Los cuentos de Edogawa Rampo se muestran vigentes casi cien años después de haber sido escritos. Más grotescos que terroríficos, en estos tiempos en que el lector está prácticamente inmunizado ante todo, mantienen no obstante una elegancia y cadencia que los emparentan con los de sus admirados autores de terror occidentales como el evidente Edgar Allan Poe —de quien el japonés obtendría su seudónimo—, y dan cuenta de una fascinación por los avances tecnológicos que empezaban a despuntar en esa época en campos científicos como la óptica o la medicina, así como su atracción hacia las marionetas y muñecos vivientes. La mirada perversa es la ocasión perfecta para acercarse a la obra del autor y dejarse arrastrar por unos miedos, pasiones y depravaciones que es difícil dejen indiferente.
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