viernes, 2 de junio de 2017

Reseña: Fuego

Fuego.

Joe Hill.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Nocturna ediciones. Col. Noches Negras # 1. Madrid, 2017. Título original: The Fireman. Traducción: Pilar Ramírez Tello.816 páginas.

Con esta novela Nocturna ediciones inaugura su colección Noches Negras, dedicada a los thrillers. Siempre es difícil encontrar la clasificación de una historia de corte postapocalíptico como esta, pero aquí el tratamiento «realista» del hongo «Trichophyton draco incendia» causante de toda la catástrofe en curso, y dada la presentación de toda una «base científica» en torno al fenómeno, propagación y efectos, acercan más la obra a la ciencia ficción. Y, sin embargo, algunos de los creativos usos posteriores de sus «síntomas» entrarían de manera abierta en la fantasía. Difícil, pero eso sí, se puede afirmar con bastante convicción, y aún a pesar de ciertas «comunidades» que quieren colgarle la etiqueta —es de suponer que más por la trayectoria de Hill que por la obra en sí—, poco en el libro es lo que le llevaría a las estanterías de terror. Tampoco debería importar en absoluto. Pues, como suele ocurrir, el género y el apocalipsis no son sino la excusa perfecta del autor para escribir sobre esos otros muchos temas que le interesan, sobre relaciones humanas, sobre las reacciones de gentes llevadas al límite, sobre empatía y falta de ella. Una historia apocalíptica que encierra una gran historia de amor, romántico —aunque no sea el más importante—, pero sobre todo de ese que trata de querer a los demás y quererse a uno mismo, aún en las circunstancias más adversas; una historia desgarradora de pasión, sacrificios y obsesiones. Un mundo cargado de amenazas y violencia que lleva a cada persona a cuestionarse su propia existencia, sus convicciones, y ver qué sale a relucir.

La enfermera Harper Grayson, tras el cierre del colegio en cuya enfermería trabajaba, se presenta de manera voluntaria en el Hospital de Portsmouth para ayudar en el cuidado de los afectados por lo que el público ha dado en llamar la «escama de dragón», una espora que muestra sus primeros síntomas como unas marcas de color ceniza, negras y doradas, que se antojan creativos tatuajes, y que termina llevando a los afectados a una suerte de explosiva combustión espontánea. Mientras el mundo empieza a sumergirse en el caos, Harper descubre que se encuentras embarazada en el peor de los momentos, mientras su marido Jakob le recuerda un impulsivo pacto de suicidio en caso de enfermar. Ella termina refugiada en el Campamento Wyndham, un antiguo campamento de verano reconvertido en refugio para infectados, donde pueden esconderse de las patrullas vecinales que persiguen a los «colillas» para exterminarlos y donde, quizá, puedan empezar una nueva vida.

Tras una presentación muy intensa, el libro entra en una fase se podría decir más «tranquila» —que no relajada, pues la tensión sigue siendo máxima—, dedicándose entonces Hill a plantear candentes cuestiones sobre el racismo, la discriminación, el machismo y la violencia de género, la religión, el fanatismo, los extremismos y la histeria de masas, la inmigración y los refugiados, el poder de las ondas y los medios sociales, las cosas a las que hay que renunciar para sentirse seguro, los motivos que pueden llevar a una persona sin esperanza a seguir sobreviviendo, las maneras en que una comunidad puede desintegrarse... Aunque en todo momento presente, el apocalipsis tan sólo es el telón de fondo preciso para presentar a un grupo de personas que intentan empezar de nuevo. El campamento se convierte en un microcosmos, una sociedad cerrada en sí misma y aislada voluntariamente del exterior, con una definida dinámica de grupo, convirtiéndose el relato en algo local, aunque con unas cuantas agradecidas referencias a lo que está sucediendo en el resto del mundo, recibidas sobre todo a través de la televisión y la radio mientras ambas siguen funcionando. Cuestiones como la constante necesidad de suministros, tanto de alimentos como sanitarios, de permanecer siempre alerta en pos de la seguridad, de la problemática de una convivencia tan cercana, con tantos «roces»…, se vuelven vitales.

Mediante una voz narradora omnisciente centrada principalmente en la enfermera Grayson, luego Willowes, Hill utiliza a un buen número de personajes, con muy diferentes reacciones ante el apocalipsis que están viviendo. En una sociedad tan cerrada los encontronazos son inevitables, sobre todo porque cada personajes tiene su propio idiosincrasia, sus propias ideas sobre cómo afrontar la situación y el autor demuestra ser un hábil constructor de naturalezas humanas, de personajes «con alma». Así la novela hace hincapié en las relaciones de todo tipo, dependencia, romance, camaradería, envidia, confianza, egoísmo, sacrificio altruista, paternalismo, obediencia ciega, rebeldía…, que se van estableciendo entre ellos. Y cada elemento nuevo añadido, cada persona por muy buenas intenciones que tenga, viene a crear tensiones y cambios en el conjunto. La narración encierra un estudio a pequeña escala de la naturaleza humana, de todas sus virtudes y todas sus mezquindades, de como las personas ante la adversidad son capaces de sacar lo mejor, pero también de como en demasiadas ocasiones lo que aflora es lo peor, los pequeños demonios que todo hijo de vecino lleva en su interior.

Como cuando en medio de la desolación nace un brote y viene alguien y lo pisotea, así pisotea Hill una y otra vez las esperanzas de sus protagonistas, quienes luchan contra el infortunio sin visos de victoria. Cuando cae sobre ellos un rayito de luz es tan sólo para que nuevos y más negros nubarrones tapen el sol. Y, sin embargo, el relato no adolece de amabilidad y esperanza, de un sutil optimismo que no llega a despuntar, pero que se encuentra presente en modos inesperados. El mundo se ha ido efectivamente al garete, pero todavía quedan personas que no se rinden ni renuncian a echar una mano a los demás, a la empatía, a las buenas obras. Que saben que en la hora más oscura las canciones, el humor o un gesto amable pueden significar toda la diferencia entre la vida y la muerte. El horror es descubrir que la pandemia es tan terrible como hermosa, que oculta insospechados beneficios bajo todo su mortal riesgo. Y la «comunión» entre los infectados no es el menor de ellos.

El autor utiliza la técnica de colocar un «anzuelo» al final de muchos capítulos, anticipando acontecimientos del futuro, de modo que el lector se vea impelido a seguir con la lectura. Además, introduce el principio de unos cuantos de los «libros» en que se divide la obra con un extracto del diario de una antiguo miembro del campamento donde da cuenta de la información conocida sobre la infección fúngica, las circunstancias de propagación de la esporas, las formas de contagio o de ciertas formas de convivir con el mismo una vez ya infectado, de modo que el lector sienta el «realismo» de la infección. Una vez más se plantea que el peor enemigo para los infectados no es la enfermedad sino el resto de humanos que se vuelven violentamente contra ellos. Y violencia no va a faltar, aunque alternada con preciosos momentos de desahogo.

Hill desarrolla una obra muy ceñida a la cultura popular, con continuas referencias a musicales o a películas clásicas, y la protagonista se demuestra una auténtica fanática de Disney y una auténtica Mary Poppins —con una vertiente dura, eso sí— siempre deseando ayudar a sus compañeros incluso cuando implica  llegar a ponerse ella misma en riesgo. Apuntes también a series de culto de la TV como Doctor Who; a otros autores y obras literarias de referencia como Ray Bradbury, J.K. Rowling, Margaret Atwood, Richard Adams o el mismo Stephen King; y a canciones o viejas bandas musicales como los Dire Straits, y a míticos «enfrentamientos» como el de Beatles vs. Rolling Stones.

Es cierto que Fuego es un libro largo, y que hay momentos que podrían haber sido mejor resueltos, incluso se puede afirmar que hay situaciones que parecen salirse por la tangente sin relación directa con la trama principal o que el intento de desarrollar el pasado de alguno de los personajes tropieza con el deseo del lector de que la historia siga avanzando en vez de desviarse por otros caminos…, pero sinceramente creo que nada sobra, y todo acompaña en el terrible camino que los protagonistas tienen que recorrer hacia el demoledor, agridulce final. Eso sí, hay que quedarse leyendo hasta el final de los Créditos. La narración es muy fluida, con remansos de descanso entre los estallidos de tensión —con un poco de azúcar la píldora sabe mejor—, y la traducción, incluido el cambio del título, se siente muy acertada, ayudando al disfrute de la novela, haciendo que se lea con enorme rapidez y facilidad... Nótese que en toda la reseña no he mencionado al «Bombero» del título original, un personaje vital para toda la trama que quizá sea mejor que cada lector pueda descubrir por sí mismo.
Publicar un comentario