miércoles, 26 de julio de 2017

Reseña: Por qué me comí a padre

Por qué me comí a padre.

Roy Lewis.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Gigamesh. Barcelona, 2017. Título original: The Evolution Man, or How I Ate My Father. Traducción: Raquel Marqués. 117 páginas.

El presente libro fue repartido como ejemplar promocional del Día del Libro 2017, por lo que no sé hasta qué punto será fácil encontrarlo pasada dicha fecha, pero lo cierto es que se trata de una novela corta tan divertida como recomendable, así que quien tenga la oportunidad de conseguirla que no dude demasiado. Publicada originalmente en 1960 y situando la narración en un divertido y algo anacrónico en cuanto a ciertos comportamientos, pensamientos y uso del lenguaje, Pleistoceno, la obra presenta una irónica visión de la llegada del progreso tecnológico y social a una tribu prehistórica, y de los hitos que marcan a partir de ese momento la evolución de los homínidos, empezando con la domesticación del fuego, con todas las consecuencias que ese hecho destacado trae asociadas, y que de alguna manera inicia el arduo camino para convertir a los humanos en la especie dominante del planeta. De forma muy divertida e irreverente, con una «ciencia ficción» de carácter antropológico, el autor no deja de cuestionar muchos de los planteamientos de la sociedad de mediados del siglo XX que todavía siguen de lo más vigente hoy en día.

En el África oriental Ernest, narrador en primera persona del relato, es uno de los hijos de Edward, un homínido adelantado a su tiempo, un hombre mono visionario, decidido a dejar atrás los duros y peligrosos tiempos del Pleistoceno. Convencido de que el progreso y la adaptación al medio mejorarán la vida de los integrantes de su horda, convirtiéndolos incluso en una tribu, dominará el fuego salvaje para convertirlo en una fogata que aleje la oscuridad de la noche y a los depredadores que se ocultan en la misma, instalará a su gente en una caverna de lo más acogedora, donde las chicas tengan su intimidad, mejorará las técnicas de fabricación de herramientas propiciando también una mayor efectividad en la caza, fomentará las primeras muestras de arte e invitará a sus hijos a extender su acervo genético fuera del endogámico reducto de su familia. No todo va a resultar perfecto, por supuesto. El progreso lleva asociada su buena ración de problemas, y siempre hay quien se opone a las innovaciones. Los miembros de la horda se tendrán que enfrentar a diversos desafíos y de alguno saldrán más bien chamuscados, pero el cabeza de familia, padre, no cejará en su empeño. Salir del Pleistoceno depende de ello.

Lewis se sirve del humor y de evidentes y brutales anacronismos para criticar sin tapujos buena serie de comportamientos de su tiempo, totalmente de actualidad casi sesenta años después. El narrador y su familia son perfectamente conscientes de encontrarse en algún momento del Pleistoceno, se expresan con un lenguaje actual, con elocuentes y sofisticados diálogos poco congruentes con criaturas recién bajadas del árbol. Ernest y compañía también dominan ciertos conocimientos actuales, tanto geográficos —como el nombre actual de continentes, mares o montañas— como científicos —conocen las medidas de longitud y tiempo, los principios de la evolución y la genética, la taxonomía de las especies animales…— impropios del momento prehistórico retratado, pero que, en el tono paródico general, se sienten muy adecuados dentro del relato, además de irónicamente divertidos aplicados a lo narrado.

Decidido a propiciar el cambio que mejore la vida de los suyos Edward tendrá que enfrentarse, sin hacerle demasiado caso todo hay que decirlo, a las críticas y la oposición del tío Vania, fiel defensor del modo de vida tradicional convencido de que los hombres y mujeres mono deben vivir en inocente comunión con la naturaleza, al viejo estilo, por muchos problemas que ello genere. Aunque, por otro lado, no tenga ningún recato en aprovechar sus visitas a la caverna de la horda para disfrutar de todos los avances que tanto critica, desde el calor del fuego a los frutos de la caza. El tío Vania da voz a ese enorme sector de la humanidad que se resiste a aceptar los avances de la ciencia, clamando siempre contra sus peligros, mientras disfruta de sus ventajas esperando poder esbozar el proverbial «ya te lo dije» cuando algo finalmente sale mal.

Pero Edward es un ser inquieto, cuando consigue un avance ya está pensando en cuál podría ser el siguiente, descubrir aplicaciones nuevas para cada descubrimiento, cómo puede mejorar la vida de su gente cada hallazgo. Para él sólo puede haber un camino: siempre adelante, así que ni opiniones adversas ni catastróficos accidentes van a coartar su destino. La especie debe mejorar, y para ello debe haber exogamia, se deben obtener las mejores características genéticas en los cruces con otras hordas: los cráneos más grandes para contener un buen cerebro, las caderas amplias para una mejor fertilidad y maternidad, la postura erguida para no volver a los árboles… Y la mejora también lleva asociada otra serie de ideas que acompañan al progreso, como el cultivo de las artes rupestres o la domesticación de ciertos animales. Cada adelanto va a propiciar una liberación de los esfuerzos requeridos para la mera supervivencia, introduciendo en las vidas de los componentes de la horda beneficios para ellos insospechados como el cuidado de la salud o el ocio, impensables hasta el momento.

El autor muestra así una decidida apuesta por el progreso como algo apetecible y positivo, pero no oculta su vertiente oscura con críticas muy poco disimuladas hacía algunas de sus consecuencias, como ciertas desigualdades que inevitablemente se van a producir debido a la naturaleza humana —o lo que luego será la naturaleza humana a la que van accediendo los primates—. Hay una evidente reprobación de muchos de los comportamientos de la sociedad capitalista actual, ejemplificada en el tema de la propiedad y explotación privada de los descubrimientos enfrentada al libre acceso del público a los mismos. Entre padre e hijos se produce un tirante choque de opiniones entre el sugerido colaboracionismo desinteresado, en que cada descubrimiento y avance debería ser compartido altruistamente con todos los homínidos y el incipiente capitalismo que postula que los individuos que han conseguido el descubrimiento deberían poder controlarlo y beneficiarse del mismo. Al mismo tiempo, surge entre los miembros de la tribu, más saludables y fuertes gracias a su nueva forma de vida, la idea de aprovechar sus ventajas para sojuzgar y dominar a sus vecinos gracias a una tecnología y un uso de los elementos superior. Interesante también es el reparto de tareas por géneros y el lugar relegado de las mujeres en la sociedad, limitado al cuidado de la caverna según alguno de los machos —y de alguna de las hembras que sólo suspira por la vuelta de su hombre—, aunque algunas de ellas demuestren dotes y habilidades, e inteligencia, para tareas más elevadas, a la altura de lo que podría hacer cualquier hombre. Nada nuevo bajo el sol.

Por qué me comí a padre es el divertido relato del ascenso del mono hacia la humanidad, dejando atrás el salvajismo para entrar decididamente en la civilización, inaugurada, no podía ser de otra manera, con algún pérfido homicidio que otro, unas cuantas dosis de latrocinio y engaño, y amargas disputas entre padres e hijos. El orgullo lleva asociado su propio castigo, y al igual que quien ha creído dominar el fuego puede llegar a quemarse con él, quien se ha creído dueño del futuro puede no llegar a verlo. ¿Es inevitable el progreso? ¿Es siempre beneficioso y deseable? ¿Es equitativo siquiera? Que cada cual saque sus propias conclusiones. No sé hasta qué punto quedarán ejemplares en la librería Gigamesh, en Lektu o Cyberdark, y, sobre todo al ser una edición «no venal», en qué condiciones podría obtenerse, pero quien quiera pasar un muy buen rato al tiempo que recibe una ración de humildad y de preguntas incómodas haría bien en consultarlo e intentar hacerse con su ejemplar —sé de la existencia de otras ediciones anteriores en español, pero tampoco tengo clara su disponibilidad, que supongo escasa o nula—.
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