martes, 6 de febrero de 2018

Reseña: El portal de los obeliscos

El portal de los obeliscos.
La Tierra Fragmentada, volumen II.

N.K. Jemisin.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2018. Título original: The Obelisk Gate. Traducción: David Tejera Expósito. 396 páginas.

La dedicatoria de la novela, lejos de acordarse de familiares o amigos como suele ser habitual, es un anticipo de buena parte de lo que el lector se va a encontrar en sus páginas: «Para aquellos a los que nos les queda otra opción que preparar a sus hijos para la batalla». Una preparación, inevitable se dice, que no sólo significa de alguna manera renunciar a ellos, sino la posibilidad de su extinción, de no volver a verlos. Jemisin habla así, a través de las páginas de la novela, del hoy mediante la historia de un mañana muy distante. Una historia llena de emoción, de simbolismo, de amor, incomprensión, renuncia y dolor. Habla de supervivencia y destino, de lo que es y no evitable, y de enfrentarse al futuro, intentando hacer lo mejor posible con las herramientas disponibles, aún sabiendo que la muerte acecha. Retomando la acción allá donde quedará La quinta estación, esto es, con la historia de Essun llegada a la peculiar comu de Castrima, no es esta una novela que se pueda leer sin haber hecho lo propio con la anterior. Incluso la frase precedente bien podría considerarse un destripe de aquella, así que si no se desea chafarse algún detalle sin querer, queda advertido el lector que tal cosa podría pasar con la lectura de la presente reseña.

Essun, sin desear abandonar la búsqueda de su hija, pero consciente de que por el momento nada más puede hacer, se reencuentra con Alabastro, quien le irá revelando, algo crípticamente, algunas claves de la realidad del mundo en que viven y de la importancia de los obeliscos. Deberá aprender todo lo que pueda de su antiguo mentor, aunque el método de enseñanza sea de todo menos directo. Essun tiene reservada una importante labor, relacionada con los obeliscos y con algo que sucedió muchos, muchos años atrás. No será fácil y no todo el mundo está dispuesto a que lo consiga. La vida en la aislada Castrima es dura, más todavía cuando insospechados enemigos intenten quebrar el difícil equilibrio imperante entre orogratas y táticos. Mientras tanto, Nassun acompañará a su padre hacia una extraña y recóndita comu, donde encontrará una nueva manera de dominar su orogenia y un nuevo propósito, dado que su existencia hasta el momento ha sido un ejercicio de secretismo y contención forzada.

Aunque el narrador no cambia —y hasta se revela su identidad—, de nuevo en segunda persona interpelando de manera directa a la protagonista, y en tercera en los capítulos que sigue las vivencias de Nassun, el lector se va a encontrar con una novela en cierto sentido menos compleja y que juega mucho menos al despiste que la precedente. Prácticamente —salvo algún flashback— con una sola línea temporal centrada en apenas un año, menos puntos de vista y localizaciones mucho más concretas. Si bien caben menos sorpresas y el impacto es menor, al conocer ya ciertas claves, la trama sigue igual de bien construida, con un trabajo mimado, sólido y meticuloso, medido al detalle. Jemisin ofrece una ambientación cada vez más oscura, crepuscular, de inminente fin, donde ya no caben héroes y los que sobreviven son los capaces de hacer todo lo necesario, uso de la violencia preventiva inclusive, para imponerse a los que intentan dominarlos.

A pesar de que en ciertos momentos se nota en exceso una morosidad y un exceso de información condensada asociados al segundo libro de trilogía, no es esta una novela «puente» en absoluto. Buena parte del relato, sin necesidad ya de presentaciones, es un paso adelante, una exploración de los límites reales de la orogenia, que se revelan mucho más amplios y versátiles que los impuestos por el Fulcro, y de una «nueva» magia relacionada que será imprescindible para intentar entender y dominar los obeliscos, una tarea imprescindible para lo que se avecina. Tras ciertos eventos y las enseñanzas de Alabastro, empieza a verse el trasfondo de un conflicto que dura ya mucho tiempo, con varias facciones enfrentadas, que puede entenderse como el origen del actual estado de cosas, incluyendo la motivación del decanillado para desencadenar la presente estación, que muy bien pudiera ser la última.

Jemisin sigue guardándose muchas cartas bajo la mano, jugándolas de manera inteligente y pausada, dejando que la intriga sobre ciertos aspectos del mundo y sus gentes —sobre todo de sus gentes— mantenga la atención siempre enfocada donde ella desea. En la apariencia de calma antes de la tempestad, en el alto en el camino que significan Castrima para Essun y Luna Hallada para Nassun, es donde la autora sitúa una vorágine de cambios que conseguirá que ninguno de los personajes salga indemne e igual a como era antes de que todo empezara. Centrando gran parte de la importancia del avance de la trama en las relaciones que se establecen entre las personas, en todo caso se trata de un auténtico examen para lo que ambas creían conocer sobre sí mismas, y de sus descubrimientos depende mucho más que su mera existencia posterior; muchos dependen de sus decisiones. Y la muerte acecha cada una de ellas.

Como la anterior, esta es una novela sobre el poder y sobre la facilidad con la que las personas pueden ser corrompidas por el mismo o por las influencias externas de aquellos con los que crecen. Pero también sobre el falso amor que busca imponer sus condiciones sobre la persona querida, ya sea un amante o una hija. Sobre los derechos de las minorías y el miedo al diferente que muchas veces se convierte en prejuicio, sexismo y racismo. Sobre el aprendizaje y los peligros de ciertas enseñanzas interesadas. Sobre conocerse a uno mismo y aceptarse en su fiabilidad, de encontrar un lugar propio en el conjunto. Y sobre el amor verdadero, por una persona cercana o por el mundo entero, que lleva a la entrega y el sacrificio desinteresados. Un amor que tiene mucho que ver, como adelantaba más arriba, con el dolor que encierra la dedicatoria que abre el libro; el saber que no se puede proteger de todo a los hijos, antes bien, que el mundo les va a hacer mucho daño y que es imposible evitárselo, incluso siendo uno mismo el causante de ciertas heridas irreversibles. Incluso las mejores intenciones pueden causar los mayores males. Y todo, como buena literatura, a través de las acciones y sentimientos de los personajes, sin necesidad de exposición directa, sin moralinas ni mensajes éticos.

El portal de los obeliscos es una novela difícil de clasificar, una densa e intensa fantasía mágica que se rige por muchos rasgos de la ciencia ficción catastrofista, así que lo mejor es pasar de etiquetas y dejarse llevar por su magnífico ejercicio estilístico y literario respaldado por una historia de amplio calado. Tras el final, vaya final, es inevitable quedarse deseando que llegue cuanto antes a nuestro idioma la tercera entrega, The Stone Sky. Sobre esta cuestión, y aunque sea algo redundante al haberlo dicho ya en la reseña de La quinta estación, merece la pena señalarse que tanto la edición —salvo un par de erratas poco significativas— como la traducción son espléndidas. Todo un acierto recurrir una vez más al mismo traductor consiguiendo así una voz unificada y una continuidad de los términos y neologismos asociados a lo orogenia y la vida en la Quietud.

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