sábado, 5 de mayo de 2018

Reseña: Agentes de Dreamland

Agentes de Dreamland.

Caitlín R. Kiernan.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alianza editorial. Col. Runas. Madrid, 2018. Título original: Agents of Dreamland. Traducción: María Pilar San Román. 120 páginas.

El horror cósmico actual tiene una voz a seguir. Con un enfoque de lo más contemporáneo, Kiernan da la vuelta a los viejos mitos, imbuyéndolos de modernidad, con un toque de viejas agencias de espionaje, abyectas sectas del fin del mundo, misterio, cultura popular, teorías conspiranoicas, y viejas, pero renovadas, imágenes fúngicas, sin olvidarse del terror que viene del espacio y ciertas cartas del tarot. Existe ahí fuera un mundo repleto de secretos peligros, un mundo donde lo extraño podría estar al orden del día, donde lo ominoso resulta ilógicamente atractivo. Un mundo de historia soterrada desarrollada a lo largo de las décadas del que sólo unos pocos se encuentran al tanto, de terribles amenazas conocidas tan sólo por un puñado de personas encargadas de enfrentarse a ellas. O quizá tan sólo existen delirios de líderes iluminados fascinados por la idea de la muerte y el renacimiento que embarcan a sus seguidores en una espiral autodestructiva. La autora juega con las percepciones del lector, haciendo que no sea hasta el final de la novela cuando se sepa con qué carta quedarse. A veces se abusa del término «atmosférico», de la creación de un estado de ánimo, para describir las sensaciones creadas por la lectura de un libro, pero aquí está plenamente justificado.

En el caluroso verano de 2015, el Guardagujas, un agente especial de una agencia del gobierno de los EE.UU., se encuentra en el anodino pueblo de Winslow, Arizona, esperando a su contacto, Inmacolata Sexton, una mujer sobre la que parece guardar ciertas reticencias, pero con quien debe intercambiar información de aparente gran importancia sobre un inquietante suceso acaecido días antes. Entonces, en el valle de Coachella, muy cerca del mar de Salton, Chloe, una joven rescatada de una vida de drogadicción por un carismático hombre llamado Drew Standish, saluda al amanecer mientras espera un acontecimiento prometido, consciente de ser la última en haber llegado al grupo, pero esperanzada en sus posibilidades de convertirse en protagonista del evento, de ser la primera en florecer.

© Kyle Cassidy
La autora aprovecha a fondo las 120 páginas de esta novela corta, dando una historia que en una imaginación menos certera hubiera ocupado mucha más longitud perdiendo gran parte de su efectividad por el camino. La narración, con gran concreción, salta adelante y atrás en el tiempo, componiendo una visión general tan sugerente como aterradora. Kiernan ofrece una imagen fracturada, plena de sugerencias más que de certezas, de conversaciones cargadas de enigmáticos significados que escapan de inicio a la comprensión del lector, y de detalles cruzados que sólo adquieren dimensión al obtener luz sobre todo el conjunto. El relato avanza encadenando escenas que podrían antojarse deslavazadas, ya sea siguiendo al Guardagujas, a Chloe o a Inmacolata, con capítulos repletos de información y a la vez enormemente enigmáticos que exigen atención para seguir sus vericuetos, pero que terminan ofreciendo un satisfactorio conjunto.

Cada personaje tiene un tipo de narrador distinto, jugando hábilmente la autora con sus voces, construyendo sus personalidades en función de sus acciones y pensamientos, ofreciendo en muy pocos trazos una tridimensionalidad muy efectiva, siempre con la fragilidad de la mente humana en primer plano. Mientras Chloe hace gala de una mente deslavazada, de pensamientos inconcretos y confusos que consigue contagiar al lector, desvelando mucho más de lo que parece sobre aquello que ha de acontecer, el Guardagujas presenta una actitud mucho más cínica, la del cansado veterano que ha visto demasiado y que se encuentra prácticamente al final del camino, enfrentado a un último reto con el que ya no contaba, ni deseaba, pero al que su necesidad de conocer impide dar la espalda. Inmacolata Sexton es todo un enigma, una mujer con una habilidad extraordinaria, casi increíble, que se muestra como una resignada observadora de eventos de los que parece saber mucho más de lo que debiera. Al final será ella, precisamente, quien se convierta en centro y resolución, o de toda la resolución posible, del misterio y el futuro.

De datos inconexos surge el telón de fondo. Se suceden las teorías de la conspiración,  que implican cosas tan dispares como antiguas películas en blanco y negro, el cese de las emisiones analógicas de TV o la sospechosa relación entre los Beatles y Apple. Y Dreramland, no se olvide nadie de Dreamland. Y en otro plano narrativo, lejos de la Tierra, la sonda New Horizons se acerca a la órbita de Plutón, donde parece encontrar algo fuera de lugar. Hay sucesos cósmicos teniendo lugar, mientras el Guardagujas sigue su terrenal investigación tras los pasos de Standish. Imágenes perturbadoras, desasosegantes, cargadas de ominosa y amenazante oscuridad. Kiernan construye un auténtico rompecabezas mediante el método de romper directamente el relato, superponiendo flashbacks, recuerdos, saltos en el tiempo. minúsculos detalles cargados de significado…, para que sean los lectores los que junten las piezas, haciendo surgir una subyugante historia. Y lo hace con la habilidad necesaria para no perder a sus lectores por el camino, manteniéndolos a oscuras la mayor parte del mismo, pero atados al relato por la fuerza de su estilo y una prosa depurada y elaborada, trasladada a nuestro idioma con una estupenda traducción de Pilar San Román.
Kiernan no juega a dar todos los datos, a arrojar luz sobre todos los misterios. De hecho deja unos cuantos en las sombras para que sea el lector quien rellene los huecos. Hay mucho, quizá demasiado, que leer entre líneas. Invita a pensar, a cuestionarse todo lo que en realidad no llega a decirse. Existen dudas razonables para desechar las más oscuras implicaciones de aquello que los personajes van desvelando. El culto podría no ser más que otra secta compuesta por mentes débiles subyugadas por la personalidad de un hombre carismático, enamorados de la idea de la muerte y la trascendencia pintada por su líder Drew Standish. O muy bien podría encerrar un significado mucho más perturbador, demoledor y sombrío, un horror cósmico, ancestral que acecha desde más allá del espacio. Por suerte, o no, ahí está Inmacolata para proyectar su realidad sobre el telón de fondo. Inquietante es decir poco. Depende de cada lector seguir las pistas y adquirir sus propias conclusiones. Sólo una queja, la novela corta se hace, en efecto, demasiado corta. Deja con ganas de más —por suerte ya hay una nueva entrega esperando, Black Helicopters. Esperemos que haya también suerte y podamos verla traducida con la misma calidad de la edición de estos Agentes de Dreamland—.
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