domingo, 13 de mayo de 2018

Reseña: Blackwing

Blackwing.
La marca del cuervo 1.

Ed McDonald.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Col. Fantasía. Barcelona, 2018. Título original: Blackwing. Traducción: María José Diéz Pérez. 398 páginas.

Ed McDonald se adentra en el mundo literario con una primera novela de fantasía oscura, sucia y violenta adscrita al grimdark, inicio de trilogía —aunque esta entrega sea de lectura totalmente autoconclusiva—, que conjuga una ambientación de espada y pólvora, magia exótica y conspiraciones insidiosas, ciertamente atractiva. El autor construye un relato vibrante, sombrío e implacable narrado a través de los ojos de un protagonista a medio camino del héroe reticente y el áspero antihéroe. El típico guerrero con demasiadas muertes a su espalda y un pasado oculto con el que lidiar, cansado, hastiado, que debe enfrentar una nueva misión que irá tornándose poco a poco en desesperada. Y lo hace en un mundo que mezcla el paisaje apocalíptico de una tierra quebradiza, corrupta y cambiante enfrentada a una República cuasi renacentista e industrial separadas por una dura frontera que permanece en una tensa paz que algunos parecen dispuestos a poner a prueba.

El capitán Ryhalt Galharrow es un Blackwing que se adentra al mando de un grupo de mercenarios en La Miseria, un paraje inhóspito bajo un cielo roto, frontera entre la República y los Reyes de las Profundidades y su imperio en la antigua Dhojara. Tiempo ha tuvo lugar una guerra que la República ganó a duras penas gracias por un lado a la magia de Pata de Cuervo, uno de los Sin Nombre, que creó aquel quebrado, asolado y engañoso paisaje al desatar el Corazón del vacío, y por otro a la Máquina de Punzón, un  artefacto de inmenso poder que es lo único capaz de mantener a raya a las hordas de siervos, hombres y mujeres subyugados y deformados grotescamente por las artes oscuras del enemigo. Cuando su patrón, el propio Pata de Cuervo, le da a Galharrow el encargo de acudir al Puesto Doce, en el Límite, y se asegure de que cierta dama sobreviva, sabe que no puede hacer nada por oponerse. Pero a lo que se enfrente allí puede ser tan sólo el primer paso en el reinicio de unas hostilidades que han permanecido ochenta años larvadas. Ya en el Puesto Doce, se dará cuenta de que las cosas no funcionan como deberían; y eso sólo es el principio de su largo deslizarse por una rampa que lleva a profundidades que no desea conocer.

Galharrow, como uno de los Blackwing, una especie de organización de cazarrecompensas que actúan bajo la autoridad directa de Pata de Cuervo con bastante independencia respecto a otros cuerpos militares, se encuentra de pronto en el meollo de la acción y va a ser el encargado de su narración en primera persona. Un narrador con cierta tendencia a la digresión, a reflexionar sobre todo aquello que ha podido llevar a su situación actual y soltar información sin mesura, aunque la dosifique mucho más a quienes le rodean —y en parte al lector— sobre todo si tiene que ver con su vida personal, del que sólo va dejando caer gotas que mantienen la curiosidad por su pasado. A través de él, y a costa a veces de sacrificar el ritmo del relato, se irá conociendo todo lo necesario sobre el mundo en que se desarrolla la aventura, sobre las fuerzas en oposición, las circunstancias y acontecimientos que han llevado hasta allí, la estratificación social, la geografía del lugar o la magia, sus efectos y los distintos tipos de retorcidas criaturas a las que han de enfrentarse. Galharrow es todo un veterano de mil enfrentamientos, bebedor empedernido, endurecido por todos los combates y la sangre derramada, con un pasado del que prefiere no acordarse aunque algunas veces le salte inopinadamente a la cara. Un hombre atormentado que oculta una cara sensible que no quiere reconocer siquiera ante sí mismo.

Dentro de su grupo íntimo extiende una camaradería que recuerda, a una menor escala, pues en este caso al final casi se limita a tres de los personajes de toda la obra, a la de la veterana soldadesca de Malaz, con conversaciones provocativas, llenas de bromas procaces, de diálogos chispeantes y pullas cortantes, de entrega y lealtad. Tnota es su navegante, uno de los pocos que son capaces de orientarse en La Miseria,curtido, irónico y atraído siempre por los jóvenes de su raza. Nenn es una soldado descarada y valiente, a la que le falta la nariz suplida por una prótesis de madera, deslenguada y leal hasta la médula. Por el lado de la nobleza y la magia se presenta Ezabeth Tanza, poderosa Tejedora, empeñada en desenredar el hilo del ovillo de una posible conspiración que podría llevar a la derrota de la República. Y es que, a diferencia del mentado Malaz, la acción de la novela se presenta bastante localizada en apenas media docena de distintos escenarios geográficos, mediante un limitado elenco de actores principales. La escala de los eventos que están teniendo lugar es muy grande, afectando a una buena parte de ese mundo, pero el lector tan sólo asiste a la parte que Galharrow vive o conoce en primera persona, al ser el suyo el único punto de vista narrativo.

El escenario, la creación del mundo, combina elementos de lo más dispares, entre zonas postapocalípticas, como La Miseria, y otras de carácter casi renacentista, con ciudades como Valengrado bendecidas por los dones de la energía extraída por Tejedores y Talentos de la luz de las tres lunas que orbitan el planeta. Una energía almacenada en baterías, controlada por la nobleza, muy necesaria tanto para la prioritaria misión del mantenimiento de las defensas frente a los Reyes de las Profundidades como para el bienestar y lujos de los habitantes de las ciudades como fuente de luz o calor, entre otros usos. Algo que conlleva a la sociedad a ensalzar a sus más poderosos ejecutantes, los Tejedores, y condena en la práctica a los menos hábiles, los Talentos, a la esclavitud obligados a trabajar en las tejedurías de por vida cargando las imprescindibles baterías. La condición un tanto indefinida como Blackwing de Galharrow le da la oportunidad de tratar tanto con lo mejor como con lo peor de la sociedad, aunque haya opiniones dispares sobre cuál es cuál, si la nobleza —la crema— o los soldados. El protagonista se mueve entre las tabernas y tugurios con la misma displicencia que lo hace en los palacios y lugares de poder, con la misma falta de respeto para unos y otros.

Como el Conan —¿alguna vez hemos comentado que el grimdark no vendría a ser sino una vuelta de tuerca a la Espada y Brujería de antaño?— que odiaba la magia pero no podía evitar relacionarse con brujos y hechiceros, Galharrow no las tiene todas consigo cuando se acerca a alguien dotado de este tipo de poderes, pero en ocasiones no puede sino hacer de tripas corazón y recurrir a su ayuda. Una reticencia que se entiende perfectamente dada la dolorosa relación que le une a Pata de Cuervo y la singular, dolorosa y sangrienta manera de éste de transmitirle sus órdenes o deseos. En un buen recurso el sistema mágico, de las dos magias que parecen convivir en realidad, una más salvaje por parte de los Sin Nombre y los Reyes de las profundidades y acólitos varios, y otra más industrial por parte de los Tejedores —y es muy interesante ver la aplicación de esta—, seguramente por no ser el narrador un practicante de ninguna de ellas, no está demasiado explicado ni falta que hace. La mayor parte se va conociendo por su uso y efectos, de modo que toda ella surge de la narración, de lo que Galharrow observa y constata, de lo que deduce y de lo que le cuentan.

McDonald hace uso de una prosa concisa y, sobre todo, de unos diálogos que por momentos se antojan escritos a hachazos, a ráfagas mortales, de forma directa y muy expresiva. La novela, y su traducción, hace gala de un estilo descarnado, despojado de artificio y muy gráfico a un tiempo. La emoción sombría y la sangre tiñen sus páginas. Menudean los combates, a pequeña y, ya bien adentrados en el relato, a gran escala, incluida una decisiva batalla en el último tramo. Las conspiraciones y los giros asociados a traiciones y oscuras maquinaciones van a causar más de una sorpresa. Los engaños están al orden del día, y la supervivencia, ligada a desentrañar cierto misterio, empieza pronto a desvelarse como una carrera contra el tiempo. Una carrera donde los aliados o las personas de confianza son algo muy difícil de encontrar. Hay criaturas inquietantes y muy desagradables acechando y niños que no son lo que parecen. Tatuajes que se convierten en sangrientos cuervos. Soldados malencarados, rudos y desgastados por la vida, y brujos malévolos, que cobran caro sus favores. Y existe violencia, por supuesto, como es habitual en el grimdark, pero, como también suele ser habitual en el subgénero, no hay una glorificación de la violencia per se, sino una explícita visión de lo que la misma les hace a los que la sufren.

El texto, sin conocer el original, adolece de ciertos detalles de esos que a ciertos lectores pejigueros no dejan de llamar la atención. Por un lado la introducción de referencias altamente fuera de lugar en un mundo subcreado sin relación con el nuestro, como la aparición de menciones a ser un buen samaritano o a la noche de San Juan, entre otras, que difícilmente tienen cabida allí. Por otro, resulta un tanto cargante, por repetida insistentemente, la manía que tienen todos los personajes de “amusgar” los ojos, gesto perfectamente normal, pero que llama la atención por la machacona cantidad de veces que aparece un verbo de uso no tan común. Ya lo digo, detalles que sólo sacan de la lectura a aquellos pocos puntillosos que analizan demasiado como el que suscribe.

Tras su lectura Blackwing se revela como una gratificante novela de debut, interesante y entretenida, con algunos problemas de ritmo que no merman la aventura, un mundo subcreado atractivo, y una trama autoconclusiva y perfectamente cerrada, aunque abierta a continuaciones, como así ha sido al terminar conformando una trilogía junto a las dos siguientes entregas: Ravenchy y Crowfall.
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