jueves, 6 de septiembre de 2018

Reseña: El gélido mando

El gélido mando.
Tierra de héroes, libro II.

Richard Morgan.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alamut. Madrid, 2017. Título original: The Cold Commands. Traducción: Núria Gres. 443 páginas.

La fama es efímera, los héroes, pasado el breve momento de la gloria, caen fácilmente en el olvido e incluso en el repudio. Los protagonistas de Morgan lo han vivido y siguen viviéndolo en sus propias carnes. Ha pasado un año desde los eventos que cerraban el volumen anterior y los tres protagonistas han seguido, unos mejor que otros, con su vida, arrastrados por sus obsesiones. Pero el destino, o aquellos que juegan con el mismo desde las sombras, no les van a permitir el descanso. ¿Oscura fantasía épica —grimdark— o cyberpunk de un futuro muy lejano? El autor sigue jugando con los límites de los géneros, sugiriendo mucho más de lo que especifica haciendo que el lector elucubre su propio trasfondo para una historia sucia, sangrienta, carnal, violenta y sombría. Como siempre aviso, la presente reseña podría desvelar detalles de la anterior entrega, así que cada cual proceda a la lectura según su propia cautela.

Después de las experiencias vividas Ringil Eskiath, desheredado y repudiado por su familia, no puede volver la mirada a otro lado con el tema de la esclavitud, así que va a poner su granito de arena en impedir que el tráfico de las caravanas de esclavos continúe impune. Su solución, muy posiblemente, no sea la más fácil ni las más limpia, pero el lenguaje de las espadas es el que él domina y con el que mejor se expresa. Un camino elegido que le llevará a destinos insospechados. Mientras tanto, en Yhelteth, capital del imperio del sur, su antiguo compañero Egar el Matadragones se aburre soberanamente en su papel, bastante testimonial, como guardaespaldas de la mestiza Archeth ante la ausencia en su domicilio de la propia kiriath, embarcada en una misión cerca de la antigua ciudad de An-Monal de la que volverá con un sorprendente acompañante y noticias de lo más inquietantes. En su ausencia el aburrimiento llevará a Egar a investigar ciertos rumores nada tranquilizadores que amenazan con alterar el equilibrio en torno a los poderes establecidos dentro del imperio. Una investigación que podría desembocar en algunos líos de lo más interesantes.

A pesar de ciertos tiempos muertos, la acción de la novela es continua, violenta y cinética. Los intereses políticos y religiosos entran en conflicto, como suele ser común, y una tormenta se adivina en el horizonte. Sobre todo cuando en la Ciudadela se hayan visto ángeles rodeados de una extraña luz azul. Las lealtades serán cuestionadas, el bien y el mal demostrarán que todo depende de la definición de quien enarbole los mejores argumentos. Morgan cuestiona el uso de la violencia y la guerra mediante una gráfica descripción de las mismas, de sus horrores y bajezas, de la deshumanización y el olvido a la que son condenados por la misma sociedad que antaño salvaron. Los soldados veteranos se convierten en mendigos, en pordioseros apenas tolerados, y los que los comandaron, los héroes, apenas son soportados como una brutal reminiscencia de un pasado que es recordado por sus gloriosos oropeles, pero no por sus sacrificios. El realismo y crudeza toman fuerza entre la fantasía del relato, llamando a revolver estómagos y conciencias, sobre todo cuando esos llamados «héroes» están dispuestos a cometer, y cometen, las mismas bajezas que aquellos a los que combaten, como permitir la violación grupal —nunca justificada— de una enemiga por el simple hecho de ser parte de una prometida venganza. No hay aquí «elegidos» y, contra lo que el título de la serie parece prometer, en realidad ni siquiera hay héroes, sino individuos con los que los «dioses» juegan a su antojo.

La magia y la ciencia de este mundo parecen inextricablemente unidas. Las razas extrañas a la humanidad se mueven entre los pliegues de la realidad, provenientes de mundos moribundos, cambiantes y crepusculares, llenos de maravillas sacadas de un pasado que no tiene reflejo en su presente. La intervención divina se antoja de lo más mundana, incluso rastrera, aunque no por ello menos extraña y difícil de comprender por parte de los protagonistas. El lector en todo momento se encuentra preguntándose dónde encaja esa tierra de héroes en nuestra propia línea de existencia, si tan sólo se trata de un mundo subcreado o de nuestra Tierra en un futuro muy muy lejano. La construcción del escenario, todavía más si cabe que en el anterior, es sugerente e inmersiva, aunque el desarrollo literario, la trama, se encuentre por momentos puntuales algo menos acorde al nivel.

El sexo consentido y lo que es mero deseo son una parte muy importante del relato, sobre todo desde el momento en que dos de los protagonistas no son precisamente heterosexuales, y sus vidas son por ello mucho más complicadas de las del resto de la sociedad en la que viven. Obligados de alguna manera a presentar ante la sociedad invisibles máscaras de lo que no son, ninguno lo tiene fácil en un mundo que desprecia y condena sus inclinaciones, haciendo más profundas sus personalidades y su toma de decisiones. Las referencias y críticas de género, de como ellos lo tienen más fácil que ellas, de cómo la justicia no es igual para hombres que para mujeres, y que la sociedad permite comportamientos a unos totalmente prohibidos a las otras, plagan el texto de forma armónica y muy bien integrada. La denuncia de la esclavitud, de las injusticias para quienes menos pueden defenderse, el insípido sabor de la venganza o la reafirmación de la entrega desinteresada a una causa y el cómo el pasado modela el presente, sobre todo en cuanto a las personalidades de las personas, son otros de los temas que sobrevuelan de modo muy interesante por la obra. Morgan no da lecciones morales, sus personajes son brutales, hacen cosas desagradables y toman decisiones poco éticas pero necesarias, y su prosa cercana, apasionada, sucia y expresiva no hace sino acentuar estas contradicciones para reflexión del lector.

Lleno de conflictos, de revelaciones, de picaresca, de enfrentamientos «políticos», de amenazas y muertes, y también de algunos tiempos muertos y acciones superfluas un tanto decepcionantes por su quiebra del ritmo, cabe advertir que, al contrario que el primer libro, Sólo el acero, que quedaba lo bastante cerrado como para considerarlo de lectura prácticamente autoconclusiva, este segundo, tanto por ser continuación y necesitar de la lectura del anterior, como por un final que deja en el aire líneas muy importantes del argumento —aunque cierre otras—, no se puede decir que lo sea también en absoluto. Va a haber un emocionante clímax, un enfrentamiento que ponga punto y final a una importante subtrama, pero este es, sin duda, un libro de enmedio, libre de las ataduras de presentar a los protagonistas y el mundo en que se desenvuelven, pero dedicado en definitiva a dejar preparado el estado de las cosas para lo que ha de acontecer a continuación. La terrible, impía, oscuridad que está viniendo o que podría estar ya allí, sigue latente esperando a ser enfrentada en la siguiente entrega.
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