domingo, 9 de septiembre de 2018

Reseña: La impía oscuridad

La impía oscuridad.
Tierra de héroes, libro III.

Richard Morgan.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alamut. Madrid, 2018. Título original: The Dark Defiles. Traducción: Núria Gres. 647 páginas.

La trilogía ha llegado a su fin. Al pasar la última página los «héroes» han cumplido, o no, su destino —o el destino ha jugado con ellos para cumplir los deseos y designios de otros—. Grandes desafíos se han llevado a cabo, mucha sangre se ha derramado, algunos corazones se han roto, unos cuantos escarceos amorosos se han robado a una vida inclemente, sorprendentes maravillas han sido desveladas, los secretos de los dioses han salido a la luz, extrañas magias —o reminiscencias de unas tecnologías tiempo ha olvidadas— han sido desatadas, misterios del pasado lejano han sido revelados —aunque no siempre para satisfacción de los que se ven atrapados en la revelación—, guerreros han caído, se han hecho y deshecho alianzas cuando los aliados se han demostrado menos fiables que los propios enemigos, insidiosas conspiraciones han salido a la luz… Y todo mediante la cruda, descarnada, irónica, lúgubre e irreverente imaginación y prosa de Morgan que gusta hacer sufrir a sus personajes hasta la extenuación, física y mental. El autor vuelve a destilar una buena ración de fantasía oscura, visceral y realista, sangrienta…, grimdark según le dicen, envuelta de nuevo en ese indefinible aroma de ciencia ficción y tecnología inexplicable. Como siempre aviso, quien no haya leído los anteriores volúmenes, necesarios para poder hacerse con todas las claves de la historia contenida en este, puede ver desvelados aquí algunos pequeños, mínimos, detalles de sus tramas, así que cuidado al seguir leyendo.

Elipsis mediante, el principio de la novela toma la expedición que los protagonistas empezaban a planear en la anterior entrega en busca del último lugar de descanso del Adoptado de Ilwrack en las lejanas islas Hiron y de la legendaria ciudad flotante kiriath de An-Kirilnar que debía de vigilarlo, y la convierte en una realidad ya consumada y presente del relato. Así Morgan evita el posible hastío y falta de avance narrativo de los preparativos y el viaje en sí —aunque desliza la existencia de interesantes peripecias durante el mismo, como cierto enfrentamiento con un kraken— y lanza la acción justo desde donde desea. Si en los dos anteriores volúmenes el autor desarrollaba tres líneas separadas, siguiendo a sus protagonistas Ringil, Egar y Archeth, para finalmente hacerlas confluir, en este tercero opta justo por lo contrario. Sitúa a los tres protagonistas en un mismo punto geográfico, o al menos muy cercanos entre sí mientras participan en una misma empresa quue al parecer no está demostrando resultados fructíferos, para proceder entonces a separar de manera cruel sus destinos en el momento en que hasta las Hiron llega, de forma muy poco amistosa, la noticia de que el Imperio y la Liga se encuentran de nuevo en guerra. Por un lado Ringil deberá emprender un largo camino de rescate o venganza. Por otro, el Matadragones y la kiriath, deberán lidiar con sus propios problemas cuando son obligados a coger una ruta que para nada deseaban. Por si fuera poco, la amenaza de los dwenda retorna con fuerza, y una enrevesada serie de eventos cruzados hará que salgan a la luz secretos olvidados durante miles de años —aunque que el lector no espere obtener todas, todas, las respuestas a las muchas preguntas sobre el mundo que se estaba formulando—.

Una guerra que se libró hace miles de años parece dispuesta a rebrotar y lanzar unos postreros coletazos que pueden resultar no obstante catastróficos para un mundo que no se lo espera. Fuerzas más allá de la comprensión de los simples mortales, armas de un alcance devastador o magias arcanas se prestan a conjugarse para un último golpe que quizá sea definitivo. Y los tres protagonistas se encuentran, como ya se venía anticipando en los anteriores volúmenes, en medio de todo ello, una por decisión propia, otro por rencores ajenos, y un tercero por pura mala suerte —si se puede considerar así al que los dioses jueguen a su antojo con su sino— o por simple amistad. El destino parece requerirles un último sacrificio, un último gesto a la vez egoísta y heroico.

Durante toda la trilogía Morgan ha estado cuestionando qué es aquello que define al héroe, al «elegido», y la relación de la sociedad para con el mismo. Desde la admiración al olvido pasando incluso por el desprecio. Se antojaría que lo peor que un héroe puede hacer es sobrevivir y envejecer. Pero antes de llegar a ello, ¿qué es lo que hace al héroe, qué le mueve a actuar como actúa, qué le moldea? ¿Es algo voluntario, buscado, o una huida hacia adelante, a cara o cruz, en las situaciones más comprometidas? Ni el autor, ni sus personajes principales, creen en los héroes ni en sus grandes gestas, quizá porque los protagonistas las han vivido en sus propias carnes y saben de su auténtico significado. Quizá por que han estado allí donde la moralidad impuesta por la sociedad pierde buena parte de su sentido y donde lo único que cabe hacer es seguir adelante, haciendo de tripas corazón, e intentando no perder demasiados girones del alma por el camino. Quizá porque han tenido que luchar toda su vida contra los prejuicios y las imposiciones, y cuando ha llegado el momento de echar la mirada atrás para ver si ha merecido la pena no han encontrado respuesta. Morgan es un maestro de jugar con la ambigüedad de las situaciones, de la ética, de la política, del sexo o de las drogas, pero ha dejado claro a lo largo de todas estas páginas dónde está su brújula, con quién merece la pena al final desenvainar la espada y compartir el combate.

Ilustración © Vincent Chong
Poco a poco, ha ido creando un consistente escenario para las aventuras de sus protagonistas. Un escenario compuesto de diferentes, y en ocasiones elusivas, capas, desde la más física y «real» a otra más onírica y amenazadora, los Lugares Grises reino de los dwenda y de la magia, donde el mismo tiempo parece hacerse no lineal y donde Ringil intentará aprender a dominar sus incipientes habilidades en el ikinri’ska. Hay mucho trasfondo aquí y en esta tercera entrega toda esa construcción obtiene unos sólidos cimientos de los que, de alguna manera, había carecido hasta el momento. Lleno de aventura, de vueltas, quiebros, luchas, escarceos y sacrificios, el relato aprovecha para dar respuesta a cuestiones muy importantes sobre la naturaleza y la historia de las razas ajenas al plano principal. Los kiriath y su uso de tecnologías desconocidas adquieren una profundidad que hasta el momento les faltaba —y aún así quedan muchos aspectos sobre ellos en las sombras—, y los aldrainos se descubren sorpresivos en su auténtico origen y su cruel ser. Incluso los secretos designios de los miembros de la Corte Oscura, jugando siempre a su veleidoso antojo con sus peones, saldrán a la luz. Y todo mediante el propio desarrollo de los acontecimientos, de forma fluida y perfectamente integrada en las tramas principales. Una fluidez, sin embargo, que no sucede de igual manera con los monólogos interiores con los que se auto castiga cada uno de los protagonistas principales, en especial Ringil, que rompen en ocasiones de forma un tanto abrupta e innecesaria el ritmo de la narración, y algunas de cuyas partes podrían haber sido podadas sin demasiada problema.

La impía oscuridad pone un clímax a la historia individual de cada uno de sus protagonistas. Un clímax acorde a la personalidad de cada uno de ellos, a las reglas que han regido sus vidas y caminos, a las personas que han elegido ser, pero que de alguna manera hurta la proster reunión que echase el cierre a sus vivencias comunes. La novela ofrece un más que digno final a la trilogía, satisfactorio, triste, nostálgico, lleno de cortantes aristas, de muchas preguntas sin resolver y de una veta de esperanza. Un final a medio e indefinido camino entre una derrota dulce y un amargo triunfo, de forma muy acorde a cómo se han desarrollado las tramas a lo largo de toda la trilogía, más centradas en las confrontaciones personales que en un grandioso combate definitorio —que algo también hay, nadie debe preocuparse por ello—. Quizá no sea el final que el lector estaba esperando, pero eso es algo que no es de extrañar ante una saga tan cargada de frustrante y críptica ambigüedad como esta.
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