miércoles, 12 de septiembre de 2018

Reseña: El juego de las esferas

El juego de las esferas.
Trilogía de las esferas 2.

Salvador Bayarri.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Salvador Bayarri ed. Edición digital (ePub). 305 páginas.

Dejando atrás la aventura planetaria con un toque más de fantasía post-interestelar de la anterior, esta segunda entrega de la trilogía se abre a la galaxia y a los viajes espaciales y se embarca, sin abandonar en absoluto su encantador tono de aventura juvenil, decididamente en los parámetros de la space opera más clásica, con un buen poso científico y tecnológico, abundante acción, combates de muy diverso tipo, conspiraciones, naves interplanetarias, política, espionaje y cierta carga filosófico-metafísica —de fácil aprehensión, nadie se alarme—. Al cierre de la anterior entrega quedaban en el aire más preguntas que respuestas, y una nueva e ilusionante etapa se abría ante el futuro del protagonista, un futuro cargado también de amenaza. En este sentido, muchas y principales son las cuestiones que van a obtener resolución en El juego de las esferas, sobre todo en torno a las trece misteriosas zarayan y el destino que para ellas guardan los dioses en su deseo de reunirlas todas y dar por concluida la competición. Aviso que si bien intentaré no destripar nada importante de esta novela sí que, cuando menos el punto de inicio de la misma, puede hacerlo con temas de la anterior.

Al finalizar La ciudad de las esferas Nadiroz Glemen dejaba atrás Dercanlea, en el planeta Mekham al que cayera desde su natal ciudad flotante de Vikatee y donde viviera considerables aventuras, en dirección al asteroide de Maj Taled donde iba a empezar su aprendizaje y entrenamiento para ponerse al servicio de Ahura Masda. Ahora, no obstante, el protagonista se encuentra a punto de enfrentar la misión que pondrá fin a sus estudios y lo convertirá, de superar la prueba, en uno de sus agentes. Pero el examen, la infiltración en el palacio Xandu donde reside la enigmática empresaria megamillonaria Doña Darrensin, encierra unas dificultades con las que no contaba, iniciando un camino que le llevará a viajar repetidamente por el espacio con extrañas compañías mientras continúa la búsqueda de las zarayan, las misteriosas esferas de los Fravashi. De esta manera la acción omite de inicio toda la etapa de estudios del protagonista, yendo directamente al meollo de la acción, al comienzo de lo que podría ser su carrera como agente si nada la trunca por el camino. Una misión que resulta esconder más de lo que aparentaba, algo que el protagonista irá descubriendo sobre la marcha.

La narración, como ya sucediera en el primer volumen, se presenta desde la óptica de la primera persona de Nadir, incluyendo, sobre todo en su primera parte, diversos recuerdos de esa etapa académica objeto de elipsis para dejar constancia de lo que le ha costado al joven llegar hasta allí. Bayarri tiene el acierto de añadir en el relato, además, breves incisos con los movimientos de alguno de los dioses dominadores del juego de las esferas, ayudando a un mayor conocimiento de sus intenciones, de sus propósitos, fintas, engaños y jugadas, aunque también de sus miserias.

Nadir, a pesar de todo lo vivido y que ya no es precisamente un adolescente, parece que sigue con las hormonas revolucionadas, y tan pronto le roba un beso a su amiga de toda la vida, Jilai, con la que escapó de Vikatee y de Dercanlea, como se deja engatusar por los encantos de la rica heredera de turno, la joven y encantadora —en más de un aspecto— Numa, mientras intenta robar algún objeto personal de su madre, Doña Arkana Darrensin —aunque la supuesta «sorpresa» esté cantada desde muy pronto con un poco de intuición—. Inesperados aliados, aunque quizá más interesados de lo que podría pensarse de inicio, recorrerán con él buena parte del camino, incluso «arrastrándole» buena parte del mismo ante una actitud un tanto arrojada pero inmadura. Compañeros como Azenobeth, mentora e intrigante en las sombras en su misión de acabar con las zarayan, o el inteligente científico e inventor Tomlin Rudenlo, cuyos desarrollos tecnológicos están llamados a revolucionar incluso los viajes espaciales y cuya contribución a la aventura va a resultar de alguna manera crucial. Los objetos tecnológicos, de lo más sorprendente, van a cobrar así singular importancia en la trama. Algo que mejor debe descubrir cada lector.

Con un ritmo más sostenido que en la primera entrega, más equilibrado y ágil, manteniendo la sencillez y linealidad de la acción, y añadiendo un plus de emoción y didactismo, la prosa se desliza de forma agradable dando cuenta de cómo el protagonista debe afrontar muy diversos dilemas, empezando por emprender unos cuantos viajes entre planetas en un universo atado a las velocidades relativistas y en el que, por tanto, dejar a alguien atrás supone muy posiblemente no volver a verlo o encontrarlo muy cambiado o con una edad avanzada. Cada vez que emprende camino deberá despedirse de sus amigos en uno más de los sacrificios que debe hacer en pos de la misión en que se ha embarcado de manera voluntaria. Una misión que hermana la búsqueda de su padre, a quien no sabe vivo o muerto, y la búsqueda de venganza sobre los fravashi causantes de todas las desgracias acaecidas en el anterior volumen.

El juego de las esferas es una autoedición que, al menos en su versión digital, no desmerece en absoluto frente a cualquier edición profesional, incluyendo al final del texto algunas ilustraciones y croquis —un par de las cuales acompañan esta reseña— que ayudan a hacer mejor idea de algunas de las máquinas y lugares de importancia en el relato. Una novela que se revela como mucho más que el simple libro de enmedio de la trilogía, ofreciendo una intensa aventura a la vez que contiene una gran carga de información, alguna vital, en torno a las zarayan, los dioses y el propio juego a la vez que hace avanzar la trama. De hecho avanza tanto y se cierra con una revelación de tal calibre que habrá que ver con qué sorprende Bayarri en la tercera y definitiva entrega, tras estas intensas aventuras juveniles —en ocasiones muy juveniles repletas de sentido de la maravilla que dejan con ganas de ver cómo culmina todo en Dioses de las esferas.
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