viernes, 9 de noviembre de 2018

Reseña: Binti. Hogar

Binti: Hogar.
Binti 2.

Nnedi Okorafor.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Crononauta. Sevilla, 2018. Título original: Binti Home. Traducción: Carla Bataller Estruch. 195 páginas.

En esta segunda entrega de la trilogía Okorafor ofrece una nueva etapa en el crecimiento de Binti, una joven con una prodigiosa mente matemática destinada a convertirse en una armonizadora. En cada entrega la protagonista avanza hacia un nuevo estado, despojándose de algo del anterior y adquiriendo nuevos dones para alcanzar su verdadera naturaleza. No es esta precisamente una novela de acción, sino de reflexión sobre los prejuicios y la naturaleza humana. Una novela que, mediante lo alienígena, pone un espejo ante el lector para que contemple sus propias contradicciones y se enfrente a ellas. Y vaya si lo consigue. La identidad cultural, el desarraigo, el racismo, la desconfianza ante el desconocido, los resentimientos a los que no se da salida, las ideas preconcebidas tan interiorizadas que ya ni se cuestionan, el peso de la tradición y la necesidad de integrarla con los avances tecnológicos… Mucho para una novela que se hace tan corta —y sí, aunque esta reseña no va a contener especiales destripes de Binti: Hogar, si es muy posible que haya alguno de su predecesora, así que cuidado para quien no haya leído aquella—.

Un año después de llegar al planeta Binti prosigue con su educación en Oomza Uni, pero su nueva condición no deja de llenarla de preocupación. Sufre unos inexplicables ataques de ira que le causan una desasosegante confusión y de los que a duras penas consigue escapar gracias a su técnica de ramificación matemática. Sigue intentando comprender qué es exactamente el edan que tanto tiempo la ha acompañado. Sigue ayudando a Okwu, su amiga medusa a que también avance en sus estudios sin matar a ninguno de sus profesores por el camino. Y siente que ha llegado el momento de volver a casa, a Namibia, de retomar un contacto casi perdido, de realizar algunas de las tradiciones de su pueblo que no tuvo ocasión de llevar a cabo antes de partir, como ir de peregrinación —una especie de rito de paso a la edad adulta de las jóvenes de la tribu—, y de paso hacer frente a alguna de sus leyendas como la de la Mascarada Nocturna. Modernidad y tradición se dan la mano, aunque a veces se demuestren irreconciliables.

La joven va a intentar regresar, a bordo de una nave espacial embarazada, a su hogar y a su familia, pero las cosas no van a salir ni mucho menos como esperaba. Nunca se regresa al mismo sitio porque quien vuelve ya no es la misma persona que partió, sino que acarrea todo el bagaje acumulado de las nuevas experiencias, de lo que ha vivido y conocido. Crecer significa precisamente cambiar y dejar algo atrás, una lección que la protagonista va a aprender por las malas. Pues el retorno, más allá del viaje en sí acompañada por Okwu como embajadora de las medusas a una Tierra que quizá no esté preparada para ella, no será sencillo.

Tras ofrecer un somero, intrigante y sugerente vistazo a las diferentes actividades y lugares de Oomza Uni, Okorafor expande la amplitud del escenario recurriendo en realidad a una vuelta a las raíces. Un retorno que le permite poner el foco sobre los humanos y sus contradicciones. Binti debe enfrentar muchos miedos, nuevos y viejos, imbricados con firmeza en su alma, y al sentimiento de culpa por haber abandonado a los suyos y que no puede dejar a un lado. Pero no se puede volver al mismo sitio del que se partió. Así que debe hacer frente a un recibimiento, no por esperado, menos doloroso. No puede escapar del peso de la tradición, de las costumbres y de los tabúes tan asentados entre su pueblo. Entre los himba abandonar la tribu y el territorio ancestral es una terrible afrenta y su familia y amigos, aunque la aman, no pueden evitar guardarle amargos reproches.

Y así, aunque ahora es una persona nueva, con nuevos horizontes y expectativas, Binti comprenderá en propias carnes la dificultad de deshacerse de los prejuicios y de las ideas preconcebidas que se acumulan a lo largo de toda una vida sin darse cuentas muchas veces uno mismo de ello. Debe hacer frente al desarraigo, no es fácil volver a integrarse en la vida que se dejó atrás, sobre todo cuando no es está segura de en lo que se ha convertido y en lo que se está convirtiendo. Debe reconciliar su deseo de pertenencia y aceptación dentro de su familia y de su tribu con la constatación de que sus horizontes han crecido. Hay en la joven un evidente cambio físico, pero también hay uno psíquico, mental. Ya no es la misma que era, y eso tiene unas repercusiones. La presencia de los okuoko en su cabeza, la especie de tentáculos a veces con vida propia que han sustituido a sus rastas, la marca como diferente allá donde vaya, pero no es nada con el cambio interior. Ha llegado el momento de enfrentar las consecuencias de los acontecimientos vividos en su impactante último año, de hacer frente al estrés postraumático y a los ataques de pánico que la atenazan, y encarar el futuro.

Una vez de vuelta en su hogar, donde bastantes problemas tiene ya con los que lidiar, singular importancia cobra el Pueblo del Desierto, denostado y despreciado incluso entre los también marginados himba —demostrando que los prejuicios y el racismo no entienden de lógica—, entre los que Binti deberá buscar algunas de las respuestas que tanto anhela. Los khoush miran por encima del hombro, como incivilizados, a los himba. Pero, lejos de solidarizarse con la gente que habita más allá de las dunas, los Enyi Zinariya, los himba también van a mirar despectivamente a estos habitantes del desierto. Las víctimas se revelan como poseedores del mismo pecado y de la misma cortedad de miras que aquellos que con tanto desdén los tratan. Quizá nadie puede estar a la altura de las expectativas. Quizá el cambio deba venir forzado desde fuera.

Aunque, o precisamente porque, Binti profundiza realmente en su crecimiento como persona, la trama avanza de forma intrigante, las sorpresas y descubrimientos están al orden del día, y Okorafor cubre una enorme cantidad de temas de manera muy satisfactoria, con una prosa hermosa, sobria y certera —que también hay que agradecer a la traducción—, lo cierto es que la novela, como segundo libro de la trilogía, deja con una sensación de frustración por la falta de resolución en el cierre. Es cierto que las sorpresas están servidas, sobre todo en cuanto al Pueblo del Desierto y el legado que la propia Binti está a punto de recibir. Pero no es esta una novela independiente en absoluto y su final, un devastador final, deja todo en el aire con el proverbial cliffhanger, sin haber resuelto el total de las dudas surgidas en la entrega anterior y a lo largo de esta misma. El edan, cuya procedencia quedará desvelada al menos, y la ramificación matemática, esa especie de meditación mediante los números, parecen por un momento tomar una importancia central para después ser dejados a un lado a la espera de resolver el misterio de su función en la próxima entrega. Algo que sólo acrecienta las enormes ganas de ver ya publicada en nuestro país esa The Night Masquerade. Que la espera nos sea leve.
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