lunes, 26 de octubre de 2020

Reseña: Transcrepuscular

Transcrepuscular.
Los ojos bizcos del sol 1.Emilio Bueso.


Reseña de: Santiago Gª Soláns.


Gigamesh. Col. Omnium # 16. Barcelona, 2019 (2ª edición). Ilustración de cubierta: Alejandro Terán. 414 páginas.


Alejado del mundanal ruido y con toda la polvareda levantada en su momento asentándose ya tranquilamente en el fértil suelo, aprovecho la ocasión de la publicación del tercer libro de la trilogía para proceder a la lectura del primero. Dejo a un lado, por pertenecer a otra edición, la política de formatos y declaraciones cruzadas, me aislo de acusaciones y maledicencias, y, con la distancia que permite el paso de estos tres años desde su publicación original, me sumerjo en el agradable formato Omnium y me centro en lo que importa: el texto. Después del ruido solo queda el libro y debo decir que me ha sorprendido y conquistado a partes iguales. Es cierto que se trata de una obra exigente; el lector, lanzado de buenas a primeras a un mundo muy diferente del conocido, extraño y exuberante, debe poner sin duda de su parte, pero la lectura resulta finalmente de lo más satisfactoria. Imaginación desbordante, sorpresas que juegan con las ideas preconcebidas del lector, aventura desatada, humor socarrón, reflexiones inesperadas y certeras, decenas de referencias y guiños al acervo de la cultura popular, y un mundo fascinante por descubrir. La ambientación engañosamente medievalizante, unas estructuras sociales acordes a un mundo no demasiado desarrollado, y el enorme despliegue de criaturas desconcertantes y su simbiosis con los humanos, decanta de inicio la narración hacia la fantasía. Mas ciertos detalles imbuidos en el escenario, que el autor va introduciendo hábil, insidiosa y sibilinamente, pronto conducen las sospechas del lector hacia una ciencia ficción bastarda, repleta de aventura, de misterios y de sugerentes sociedades. Biopunk o Sword&Planet lo han llamado, pero se trata en definitiva de una obra tan inclasificable que cualquier etiqueta que se intente imponerle no hace sino constreñir su libertad y atractivo.

Una noche el Alguacil escucha el canto de alarma de los caracoles. Alguien, un ladrón, se ha introducido en Palacio, robado un objeto y ahora huye. Al cargo de un municipio en el que nunca pasa nada, herido en su orgullo, no dudará en perseguir al intruso cabalgando su libélula de combate hasta el mismísimo Agujero del Mundo, un lugar terrible e inhabitable donde tendrá que desistir y dejarlo escapar. De vuelta en Palacio, tendrá que dar explicaciones ante el Concejo, y sin comerlo ni beberlo se verá envuelto en un delirante viaje junto a la Regidora y el Astrólogo. Su objetivo: recuperar una reliquia que custodiaba el Gobernador. Su destino: la oscuridad del polo donde nunca asoma el sol. Para llegar allí deberán enfrentar grandes peligros y recorrer buena parte del Círculo Crepuscular. Moluscos simbióticos, insectos gigantes, artrópodos convertidos en monturas o en animales de tiro, climatología enloquecida y extrema, hongos y setas de tamaño descomunal, compañeros inesperados a cual más singular. Una auténtica epopeya que va a llevar a los aventureros donde nunca pensaron que ir, uniendo a su grupo otros viajeros y haciéndoles replantearse muchas cosas que creían conocer sobre su mundo y las distintas sociedades que lo habitan.


Narrado en primera persona, desde el estoico punto de vista del Alguacil, una suerte de monje guerrero eunuco imbuido de filosofía oriental, Transcrepuscular bebe así de la larga tradición del grupo aventurero que emprende el proverbial viaje de búsqueda. Un periplo, jornada a jornada quemando etapas y episodios, repleto de aventuras y fascinantes descubrimientos, con una compañía que reúne todos los prototipos requeridos para la misión, desde el guerrero al hechicero, desde la sacerdotisa al pícaro, pero que, no obstante, esconde mucho más. Ninguno de esos arquetipos va a resultar lo que se espera. Lanzado de sopetón, sin mayores explicaciones, a un mundo chocante y extraño, el lector va a ir descubriendo sobre la marcha un lugar con una mitología propia, una fauna sorprendente y una humanidad distinta, integrada en comunión con los insectos, moluscos y todo tipo de bichos invertebrados que pululan por una geografía muy marcada por la situación del planeta.


La climatología extrema convierte el escenario en un entorno hostil. Los viajeros se ven forzados a refugiarse periódicamente en refugios de tormenta contra las violentas tempestades, unos lugares donde conviven en tensa armonía con individuos de todo tipo de catadura, desde comerciantes a bandidos. Las escasas poblaciones se encuentran dispersas y aisladas sujetas a particulares reglas que el recién llegado debe cuidarse mucho de respetar. La trama avanza sin descanso, mostrando un mundo rico en rarezas, que en todo momento produce una sensación de otredad en el lector, con personajes de lo más estrambóticos a los que es imposible no coger aprecio. La humanidad vive en simbiosis con caracoles, babosas y otros moluscos, cuya unión les añade distintos tipos de habilidades físicas o mentales, muchas de ellas rayanas con algo muy similar a la magia, aunque quede bastante claro que no lo es. Unas habilidades, por otra parte, que no resultan gratis, y cuyo coste puede resultar de lo más repulsivo en algunos momentos.


Bajo la profusa capa de aventura desatada el relato esconde buenas dosis de crítica social, desde el egoísmo individualista a los peligros de la disolución de la personalidad en una comunidad que lo domina, de la obediencia ciega a los dejes totalitarios. Los diversos niveles de simbiosis y de modificaciones corporales se encuentran cargados de simbolismo, y de muy diferentes formas de pensamiento. El viaje de los protagonistas permite mostrar toda la riqueza del escenario, desde los municipios rurales como aquel en el que ejerce el alguacil en sus años de retiro del servicio militar a las grandes ciudades y sus refugios bajo tierra, pasando por instalaciones mineras y monasterios de monjes guerreros. En cada lugar se acentúa la incómoda pero grata sensación de rareza ante las particularidades de cada sociedad, de sus culturas, comportamientos o filosofías marcadas por el entorno, pero también heredadas de un pasado casi legendario, tan extrañas y a un tiempo reconocibles en cierto grado. Atisbos de rasgos casi conocidos por el lector, de detalles muy cercanos a nuestro mundo, se unen a otros totalmente ajenos, jugando con la anticipación y las dudas, creando multitud de cábalas sobre la naturaleza y la localización del escenario donde se desenvuelven las aventuras de los protagonistas. Detalles que van conformando un puzzle del que todavía es difícil ver la imagen que terminará componiendo cuando esté finalizado y completo.


Bueso hace gala de su habitual estilo, brusco y directo, potente, rotundo y crítico, socarrón, coloquial y cercano, rico en terminología —sobre todo cuando se da cuenta de la amplia variedad de invertebrados que pululan por el relato—, no exento de cierta poesía en las descripciones de su mundo, con imágenes sugerentes y evocadoras, sobrecogedoras y espectaculares, y de inesperadas reflexiones sobre los sistemas sociales, tan trasladables a nuestro propio mundo, que los viajeros van encontrando. Gran fuerza del relato se sustenta sobre unos personajes de trabajada caracterización, construidos sobre unos diálogos acerados, cargados de ironía y de verismo en su extrañeza, grotescos, soeces, carnales y atractivos, repletos de aristas y defectos que los muestran vivos y muy humanos. Junto a ellos, una estructura de capítulos cortos hace que la acción avance a buen ritmo, el relato no decae sino que va aumentando paulatinamente en interés y misterio para terminar en un punto álgido. Así, la novela se cierra con un cliffhanger de esos que dejan con ganas de seguir leyendo —algo que yo me propongo hacer de inmediato—. Un final abierto, irónicamente satisfactorio; de esos que dejan con más preguntas que respuestas, pero también con un gran sabor en el recuerdo. Los que todavía no habéis sucumbido a los encantos de Los ojos bizcos del sol esperad a conocer al trapo.


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