lunes, 16 de noviembre de 2009

Reseña: Anatema

Anatema.

Neal Stephenson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2009. Título original: Anathem. Traducción: Pedro Jorge Romero. 724 páginas.

Echando la mirada hacia atrás no puedo recordar de entre todas mis lecturas una novela en que me haya parecido tan interesante lo que me contaba y que me haya aburrido tanto mientras me lo contaba. Y es que para tres momentos álgidos semejante volumen de páginas dedicadas de alguna manera a reconstruir la ciencia y filosofía de nuestro mundo occidental con un exceso de pretendido didactismo se antoja demasiado exagerado. Hago mía una crítica anglosajona que leí hace un tiempo en internet —lamento no recordar ni la web ni el autor— y que venía a decir, más o menos, que la ficción siempre es más efectiva cuando las ideas son sugeridas por la acción y no mediante interminables discursos y conversaciones. Y es que Anatema es el intento de Stephenson de construir un nuevo mundo con todo su bagaje cultural, similar y alejado del nuestro a un tiempo, y con el que justificar su innegable erudición y sus propias teorías. Y todo ello estaría muy bien si el lector se encontrase ante un ensayo; pero no, Anatema es una novela —o lo pretende—, con todo lo que ello implica, detalle que el autor parece haber olvidado en muchos momentos, inmerso en su burbuja. O tal vez, y parece mentira decir algo así, es que el autor hubiera necesitado un par de volúmenes más, como hiciera con el Ciclo Barroco, para plasmar de forma satisfactoria todo lo que llevaba en la cabeza, intercalando entre teoría y teoría algo más de su reconocido sentido para la acción.

Y es que resulta algo increíble que Stephenson sea el mismo autor de la imaginativa y frenética Snowcrash. Novela a novela el autor ha ido dejando cada vez más de lado el “entretenimiento” para sumergirse más y más en la “divulgación”. Y la emoción, desde luego, sale perdiendo, ante un mayor nivel de lectura y de capas de profundidad. Anatema es una novela compleja, profunda filosófica e intelectualmente, donde el lector debe poner mucho de su parte, ir aprendiendo al mismo tiempo que los protagonistas y cuestionarse muchas veces las explicaciones para desentrañar unas respuestas no siempre evidentes.

Anatema es, además, una novela lenta, muy lenta. Comienza con la presentación del principal protagonista, Fra Erasmas, narrador en primera persona de la trama, y del grupo de compañeros que habrán de compartir a ratos su “aventura”. Erasmas, o Raz, es un joven de 19 años que vive en un «concento», dedicado al estudio y a la conservación del saber de su mundo. En el planeta Arbre la sociedad se encuentra rígidamente separada en dos grupos, casi dos sociedades totalmente diferenciadas: los seculares, los habitantes de ciudades y campos, y los avotos, aquellos que viven dedicados a la ciencia y las matemáticas, encerrados en sus cenobios que solo abren sus puertas para “Apert” cada uno, diez, cien o mil años, dependiendo de la opción de estudio elegida, en la única ocasión en que pueden relacionarse con el mundo exterior y unirse al o abandonar el concento antes del nuevo cierre de las puertas. En ese mundo casi contemplativo, donde la tecnología está prácticamente prohibida —existe incluso una casta especial de especialistas que se encargan del mantenimiento de los pocos aparatos permitidos sin mezclarse ni mantener contacto con los avotos— la rutina es prácticamente la regla y lo más emocionante del día es dar cuerda a un inmenso y complicado reloj hasta que, por supuesto, algo extraordinario sucede y lanza a nuestro protagonista al exterior a realizar un largo viaje, tanto en el plano físico como en el intelectual. Y ya que hay pocas sorpresas y acción, permitidme que no las revele para mantener el interés del misterio que es de lo poco que da algo de emoción al texto —eso sí, aquellos que se hayan leído la sinopsis de contraportada ya se han perdido la mitad de la gracia—.

Stephenson ha construido un mundo nuevo siguiendo unas líneas científicas y filosóficas muy similares a las de nuestra tradición occidental, y así el lector puede reconocer fácilmente bajo otros nombres la caverna de Platón, la jaula de Faraday, la navaja de Occam, la relatividad de Einstein, la teoría de la física cuántica y otras tantas que hacen prácticamente imposible al no docto aprehenderlas todas, al tiempo que en su sociedad secular también se hacen evidentes las semejanzas en los coches y camiones —llamados “mobes”—, los teléfonos móviles, los refrescos, las ropas de los pandilleros, los realities de TV, los ordenadores e internet —denominados “dispositivos sintácticos” y “retícula” respectivamente—, los centros comerciales o la inmigración ilegal, junto a detalles absolutamente diferenciadores como las “marañas” —unas plantas que generan el sustento alimenticio íntegro de un avoto al tiempo que regeneran el suelo y otras muchas maravillas—, los árboles genéticamente modificados en que crecen hojas de papel o ropa, o la “neomateria”, que posee especiales características físicas de las que carecen los elementos naturales y con la que se puede fabricar sorprendentes objetos. Stephenson ha realizado un muy elaborado trabajo de creación de un nuevo vocabulario y una nueva nomenclatura representada en el glosario final —y aquí no puedo sino quitarme el sombrero ante la magnífica labor traductora de Pedro Jorge Romero, enfrentado a una tarea que se antoja cuando menos complicada con la creación por parte del autor de todo un léxico a medida de los personajes—. Sin embargo, la catástrofe tecnológica que antaño fracturase tan radicalmente la sociedad de Arbre le permite al autor precisamente refinar y extractar nuestro propio saber y avances para simplificar y hacer accesibles sus teorías para llevar la narración sin excesivas distracciones hacia el punto que deseaba. Ha refinado su mundo para sentar las bases necesarias y perfectas para plantear el debate que le interesa.

Un debate muy atractivo y sugestivo, pero que presentado bajo la forma de largas e interminables —y muchas veces repetitivas— conversaciones, ya lo muestre como discusiones de claustro, como clases magistrales, como diálogos socráticos en torno a la mesa o como seminarios de expertos, se hace terriblemente pesado y, para tratarse de una novela, aburrido. Entre tanta información, sin embargo, algunos pequeños misterios se van acumulando en torno al protagonista y sus compañeros, como la llegada al concento de dos inquisidores —encargados de que se mantenga el orden y la separación entre los avotos y los seculares— que parecen interesados en Raz, o como el extraño comportamiento de su maestro y mentor, Fra Orolo, y su brusca expulsión que deja en el aire la duda sobre lo que se encontraba estudiando en los cielos nocturnos, o como la extraña e inexplicable elección de destinos de estudio de sus amigos… que encaminan la narración hacia esos escasos picos de emoción que pronto vuelven a descender al valle de la “teorética”.

La salida al mundo exterior de Raz le permite a Stephenson confrontar la visión enclaustrada del mundo cenobítico con el desarrollo práctico del secular, estudiando así temas como la influencia real de las teorías en la sociedad, como se relacionan ciencia y religión y como se inmiscuye en ellas la política llegando incluso a cambiar sus objetivos, o si en verdad se puede llegar a nuevas revelaciones científicas o filosóficas después de siglos de estudio —incluso existe una rama de los avotos dedicada a refutar todas las ideas nuevas demostrando que ya habían sido pensadas con anterioridad—, o si los grandes avances podrían llegar a producir una escisión entre el mundo “común” y el científico que pueda abocarnos a potenciales desastres, o si la ciencia puede hacerse tan complicada, solo al alcance del entendimiento de unos pocos, que se convierta de facto en una nueva religión. Al reconstruir de alguna manera Arbre con una visión platónica de nuestro planeta le permite a Stephenson el plantear multitud de temas de nuestra propia tradición de una forma mucho más refinada, libre de los caminos erróneos ya explorados en nuestra Historia. De alguna manera y con todos sus defectos —y ha habido grandes conflictos en su pasado— Arbre es una imagen perfeccionada de la Tierra, ya que la existencia de los concentos le da una base de estabilidad y continuidad histórica, científica y filosófica a una sociedad secular por otro lado tan inestable en lo político como la nuestra, donde los grandes cambios se ven compensados por el sentido de permanencia de los avotos. De esta manera, el autor se dota de un magnífico instrumento para estudiarnos a nosotros mismos, para juzgarnos y para situar bajo el microscopio nuestros logros y fracasos.

Es una pena que el ritmo mayoritariamente lento lastre la magnífica tarea de construcción de Arbre y de la trama con ese ¿sorprendente? final. El planeta y sus habitantes se convierten en un mero lienzo para plasmar la argumentación de Stephenson tratando de demostrar la relevancia e importancia de la aplicación práctica de las teorías, sin la cual, viene a decir, estas no tendrían sentido; el saber por el saber no vale de nada. La lástima es que este sentido didáctico se adueña en exceso de la narración haciendo que incluso las escenas supuestamente más emocionantes y dramáticas (y hacia el final, cuando la novela cambia de referente espacial, hay unas cuantas de ellas) se conviertan en una suerte de lección, muy interesante, sí, pero que consigue despojarlas precisamente de su emoción.

Stephenson triunfa de forma apabullante en la construcción del mundo, tan cercano y tan lejano al nuestro, y ofrece al lector una nueva ración de personajes curiosos y atractivos. Sin embargo, fracasa en transmitir al lector de una forma más amena sus brillantes disquisiciones teóricas. Libro a libro, Stephenson se va convirtiendo en un escritor más farragoso, llegando incluso en esta ocasión a renunciar prácticamente a su peculiar y característico humor, a esos diálogos cómicos marca de la casa que aquí casi brillan por su ausencia —y lo que se agradecen cuando por fin hacen breves actos de presencia—. Anatema es un libro muy interesante con un ritmo plomizo, plagado sin duda de grandes descubrimientos, pero para el que hay que armarse de enorme paciencia para poder avanzar a lo largo de su exceso de explicaciones. Es un libro enorme, monumental, que peca quizá de querer abarcar demasiado olvidándose de que lo que tiene entre manos es una novela y no un ensayo.

A pesar de todas mis palabras negativas, considero Anatema una lectura hasta cierto punto recomendable por sus ideas, siempre que el lector sepa dónde se está embarcando; pues ya solo la construcción y descripción de la sociedad de Arbre y la enorme tarea léxica desarrollada por el autor merecen la pena, la trama es interesante, el misterio es atractivo, y el pecado del ritmo puede obviarse con la debida reserva de tiempo y la citada paciencia. Además siempre se puede ir jugando a descubrir todas las semejanzas y equivalencias entre Arbre y la Tierra, a qué corresponde cada teoría o cada tecnología o a quién cada personaje histórico… Que cada lector entre en las páginas de Anatema bajo su propia responsabilidad; al final el resultado no dejará de ser algo satisfactorio y, eso no se le puede negar, se habrá aprendido algo por el camino, y es que Anatema es, cuando menos, didáctico.

Lanzamientos: Batería de novedades

Hemos subido a la sección de Noticias unas cuantos novedades:

jueves, 12 de noviembre de 2009

La Factoría presenta "Los jardines de la luna"

La Factoría ha puesto a la venta el primer volumen de la saga "Malaz: El libro de los caídos" del escritor Steven Erikson.
"LOS JARDINES DE LA LUNA" es la primera novela de esta serie. Una novela extensa y compleja que sirve de excelsa introducción a la historia de un Imperio que lucha por ser más grande y más fuerte, sobre todas las cosas.

martes, 10 de noviembre de 2009

Reseña: La Guardiana

La Guardiana.

Tanya Huff.

Reseña de: Jamie M.

Nabla Ediciones. Col. Fantastika. Barcelona, 2008. Título original: Summon the Keeper. Traducción: María Pardo Vuelta. 447 páginas.

De Tanya Huff en nuestro país se había publicado previamente la serie de Los libros de la Sangre (La Factoría), donde ofrecía nuevas visiones de los monstruos clásicos (vampiros, hombres lobo, momias, zombies…) desde una óptica más humana, aunque sin llegar a despojarlos de su capacidad aterrorizadora, y que también serían convertidos en serie de TV bajo el título de Hijos de la Noche (Blood Ties). Fueron cinco libros que pasaron —injustamente en mi opinión— muy desapercibidos debido quizá a su desafortunada inclusión dentro de la colección de Vampiro que seguramente hizo que no llegasen a encontrar a su público objetivo: los seguidores del juego de rol no los compraron al no pertenecer al mismo y los lectores que hubieran podido estar interesados los pasaron por alto al pensar que formaban parte de la franquicia. Más recientemente también llegó a las librerías la aportación de la autora al mundo de Ravenloft: La venganza de Aurek.

Ahora, Nabla ediciones nos ofrece una nueva serie —aunque originalmente ya tiene sus añitos—, en este caso trilogía, sobrenatural de Huff, que se abre con este La Guardiana y han continuado ya con La segunda llamada.

Es esta una novela que lo más fácil sería enclavar dentro del género de la Fantasía Urbana, y que sin embargo se escapa de la etiqueta y es algo más difícil de clasificar que eso. Con ciertas pinceladas —algo diluidas, eso sí— de terror, con guiños a las historias de mansiones encantadas, con un toque de romance paranormal… lo cierto es que lo que finalmente domina el libro es el humor y la comedia. Un humor socarrón e irónico muchas veces, pero también muy sutil en ocasiones, que recuerda de alguna manera —salvando las incuestionables distancias— al de Gaiman y Pratchett en Buenos presagios.

Claire Hansen es una guardiana, perteneciente a una rama de la humanidad que desciende de Adán y Lilith, que poseen grandes poderes mágicos y que tienen la tarea de evitar los “desgarrones” en nuestra realidad, sellando las fugas o agujeros en el tejido del universo desde los que el mal trata de escapar hacia nuestro mundo. Al comenzar el libro, Claire, cargada de maletas bajo la lluvia en las calles de Kingston, Canadá, ha sido “convocada” a una pensión de mala muerte llamada «Campos Elíseos». A la mañana siguiente de su llegada descubrirá, para su consternación, que se ha convertido en la nueva propietaria del lugar y que el mismo incluye un agujero al infierno en el sótano, una mujer que lleva dormida desde 1945 en la habitación 6, un fantasma en el ático y un ascensor entremedio que no siempre parece llevar a la planta solicitada. Así que el mundo parece venírsele encima al hacerse consciente de la posibilidad de verse anclada durante mucho, mucho tiempo —incluso de por vida— en la pensión dado el peculiar equilibro de fuerzas.

Para ayudarla en tan singular tarea, Claire cuenta con la “inestimable” asistencia de Austin, un sarcástico y poco políticamente correcto gato parlanchín, de edad avanzada, que parece más preocupado en hacer chistes a costa de la Guardiana y en recibir comida no geriátrica que en los problemas de su compañera; situación que da lugar a algunos de los mejores y más divertidos diálogos de la novela.

La Guardiana se desarrolla casi como una obra de teatro, en la que en apenas un único escenario —son pocas las ocasiones en que los protagonistas se alejan de la pensión— van entrando y saliendo los diferentes actores: por un lado los principales, los residentes permanentes en el lugar, incluida Claire, y por otro los secundarios que dan el contrapunto entre los esporádicos huéspedes y la vecina cotilla y molesta que no para de personarse en el lugar en los momentos más inoportunos.

Entre el plantel de protagonistas, además de a Claire —una mujer valiente e ingeniosa, aunque algo insegura en ocasiones, dotada de gran decisión menos cuando las cosas parecen afectar a su vida personal, con un gran corazón que a veces parece querer abarcar demasiado— y del mencionado Austin, el lector va a encontrarse con Dean McIsaac, el joven —20 añitos— cocinero y chico para todo que la Guardiana hereda con la pensión y con el que establecerá una atracción sexual no resuelta al ser “demasiado joven para ella”, y con Jacques Labaet, un libidinoso fantasma franco-canadiense de épocas pasadas que suspira por ser corpóreo de nuevo, más que nada para disfrutar de los placeres carnales una vez más.

Entre la clientela, diversos seres de la noche y un grupo de olímpicos jubilados en viaje de la tercera edad realmente hilarantes. Y no podemos olvidar a la señorita Abrams, la vecina metomentodo e inoportuna siempre acompañada de su agresivo doberman que encontrará un hueso duro de roer en Austin; ni a Diana, la problemática hermana de Claire, estudiante también para convertirse en Guardiana, poseedora de un enorme poder y muy poco sentido común, y a la que los desastres parecen seguir dondequiera que vaya. Mención aparte merecen las conversaciones que un desquiciado Infierno mantiene consigo mismo a través del agujero del sótano y su peculiar interacción con la Guardiana.

Huff, consciente de lo que tiene entre manos, estira sin embargo en ocasiones excesivamente ese lado cómico de los personajes o de las situaciones, adentrándose de lleno en la caricatura y desdibujando el realismo de los mismos —el caso de Jacques sería el más evidente—, lo que hace que se pierda un tanto la tensión necesaria en los momentos más “serios”, donde el terror debiera haber dominado la escena sin llegar a conseguirlo. Tal vez no era su objetivo.

La Guardiana es un libro divertido, difícil de clasificar, frenético en muchas ocasiones, que se aleja sin duda de la actual “fantasía urbana”, un tanto dado a la exageración y con un puntito perverso muy refrescante. Es una comedia de enrredos en medio de una carrera contra el Infierno. Claire, si no quiere verse atada para siempre al «Campos Elíseos», deberá encontrar la manera de sellar la brecha del sótano sin despertar a la huésped de la habitación 6 mientras lidia con la atracción que siente por dos hombres que se le antojan equivocados —uno es demasiado joven y el otro está demasiado muerto— y aún así encuentra tiempo para embarcarse en la reforma de la pensión y dar alojamiento a la más variopinta clientela. Casi nada. ¿Podrá con todo ello Claire? Tendréis que leer el libro para saberlo, pero al menos la diversión —creo yo— está garantizada. Me voy a por el segundo.

Lanzamientos: Alamut presenta "El cuerpo de la casa"

El 17 de noviembre se pone a la venta El cuerpo de la casa, de Orson Scott Card, una novela de temática sobrenatural por el autor de El juego de Ender que estaba completamente inédita en nuestro idioma.

Noticias: Ganadores de los Premios Ignotus 2009

En el transcurso del HispaCon 2009, celebrado en Huesca este fin de semana pasado, se fallaron los ganadores de los Premios Ignotus 2009. Nuestra enhorabuena a todos los premiados...

Libros recibidos 10/11/2009

gracias a la amabilidad de diversas editoriales hemos recibido los siguientes libros como servicio de prensa:

Lanzamientos: La Factoría presenta "La sanguijuela de mi niña"

"LA SANGUIJUELA DE MI NIÑA" es la historia de una jovencita que, sin comerlo ni beberlo, se convierte en vampiro con todas las consecuencias que ello conlleva.

Lanzamientos: "Relatos completos 1" de Isaac Asimov

Alamut ha puesto ya a la venta el primer volumen de la edición definitiva de los relatos de ciencia ficción de Isaac Asimov.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Reseña: Lavinia

Lavinia.

Ursula K. Le Guin.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Barcelona, 2009. Título original: Lavinia. Traducción: Manuel Mata. 313 páginas.

Un poeta moribundo, que sabe que acabará sus días sin haber podido dar un final adecuado a su obra magna y que habla con su creación tratando de encontrar una efímera redención en el pasado. Una princesa del Lacio, que se sabe viva y personaje del poeta a un tiempo, juguete de lo escrito, y que no dudará en enfrentar el porvenir con una personalidad propia que le había robado el poema.

Al morir en el siglo I d.C. Virgilio dejó inacabado o sin corregir —o al menos eso argumentan los expertos en el tema ante su brusco final— el épico poema por el que más habría de ser recordado: La Eneida. Al recibir el encargo de escribir una epopeya para los romanos al estilo de la Ilíada o la Odisea, el poeta tomó a un apenas importante personaje de la primera de estas obras, Eneas, y lo convirtió en el protagonista de un viaje de proporciones míticas, desde las cenizas de Troya, navegando por buena parte del Mediterráneo hasta arribar a las costas de Italia, donde fundaría una colonia que podría ser el preludio de lo que después sería Roma, desatando antes de esta tarea un cruento enfrentamiento.

Ursula Le Guin, utilizando un truco similar, toma a un personaje muy secundario de la Eneida —quien siquiera tiene un diálogo— Lavinia, hija del rey Latino del Lacio, profetizada esposa del héroe, y la convierte en la protagonista de la historia entrañable y a la vez monumental que nos ocupa. Para Virgilio, Lavinia —como la Helena de Homero— es un mero motivo, una excusa, para desatar el conflicto, más como simple e involuntaria portadora de presagios que como pieza importante de los sucesos que ella misma desata. La princesa es una mera sombra, causa de la guerra sin tener arte ni parte en ella, manteniéndose en un segundo plano casi anónimo.

La autora le otorga el protagonismo que el poeta le había negado, le da voz y existencia propia, la trae al frente de la escena dándole el papel que se merecía pero que nadie parecía sospechar que escondía hasta que Le Guin la saca de entre las bambalinas. Su Lavinia, sin duda, ya no es la de Virgilio, aunque la historia de la Eneida sea el trasfondo que acota toda la narración. Su destino parece inexorable e ineludible, escrito mucho después de su existencia e imposible de modificar. Pues en esta historia el lector va a encontrar la voz de Lavinia, en primera persona, narrando la realidad de su vida cotidiana y los aciagos hechos que llevarán, a la larga, a la guerra y a la muerte.

Lavinia es aquí un personaje fuerte, con personalidad propia, segura de si misma, amable, valiente, consciente de quién es, de cuáles son sus objetivos y anhelos, y de lo que debe hacer para alcanzarlos. Perfectamente integrada en la sociedad agrícola del mundo prerromano, la autora le da un papel activo en el devenir del día a día, ayudando en el acarreo de la sal desde las salinas del río Tiber, trabajando en el telar o en los bordados, ocupándose del altar de los dioses y espíritus del hogar como es su deber de princesa y realizando otras tantas labores de la casa. Le Guin encara un enfoque más histórico que mitológico —o fantástico— de la narración; los dioses no tienen una presencia física entre los mortales, sino que tienen su lugar en los rituales y profecías, de gran importancia e influencia para los humanos, pero sin intervenir directamente en sus vidas.

La novela se enclava en cierta manera dentro de la línea más intimista de la producción de la autora. A pesar del tema evidentemente épico de las fuentes de las que bebe —y que late en todo el trasfondo—, el lector se encuentra aquí con una prosa donde el lirismo y el sentimiento se apoderan muchas veces de la narración. Hay unas cuentas batallas y mucha tragedia, sí, pero Le Guin no las muestra directamente, puesto que Lavinia, quien está narrando su historia, no es testigo directo de los hechos, sino que es algún otro personaje quien se las cuenta. Así, la novela se va a centrar más sobre el destino que se abate sobre la protagonista y cómo esta lo enfrenta con valentía, temor y algo de resignación.

Cuando la joven acude al oráculo del bosque de Albunea esperando encontrar un mensaje de sus dioses, lo que halla es el espíritu del poeta que mucho tiempo después habría de escribir la historia que ella misma tan solo está empezando a vivir. Paradójicamente Lavinia parece ser en cierta forma consciente de su “realidad” como personaje de ficción, y de su inmortalidad —literaria— por un lado y de la fatalidad a la que está abocada por otro. Le Guin juega una vez más —y van…— con los límites de la propia ficción, diluyendo sutilmente la línea entre realidad y fantasía, entre hechos históricos y mitológicos, entre creación literaria y homenaje poético. Virgilio se convierte en creador y en personaje, reimaginado el final de su vida tras su muerte; cuando se presenta ante Lavinia sabe que se está muriendo, que solo es su espíritu errabundo el que habla con la mujer, y es consciente de que su gran poema quedará seguramente inacabado y sin revisar ya que no le quedan fuerzas para darle el fin adecuado. No quiere que la Eneida vea la luz, pero sabe que es imposible impedir su publicación. Así, la autora le ofrece la oportunidad de alcanzar cierta redención a través de Lavinia, de llevar la historia a una conclusión más satisfactoria, de darle una voz a la princesa y cerrar el viaje de Eneas. Y lo hace con la propia voz de la autora, quien deja su maravillosa firma en cada página y, sobre todo, en su protagonista.

Porque Lavinia, como la mayoría de los personajes femeninos de Le Guin, es una mujer llamada a dominar la escena. Es ella la verdadera heroína ante la imagen idealizada por el público del propio Eneas —hijo de una diosa—; es una mujer que no puede evitar provocar una guerra con los presagios que su mera presencia desencadena —que no son sino las revelaciones del poeta—, pero que se niega a ser una mera comparsa de los designios de los demás. Y su heroísmo nace, precisamente, del conocimiento recibido en Albunea: el de que se casará con un extranjero, lo que la llevará a rechazar a todos sus pretendientes, incluso a Turno, rey de Rutulia y el preferido por su desequilibrada madre, Amata, aún sabiendo que ese rechazo llevará directamente al derramamiento de sangre; el de todos los hombres que morirán, nombre por nombre; o de la tragedia que se abatirá sobre su matrimonio tras los breves años felices de forma inevitable, pues se encuentra escrito, aún a pesar de todas sus esperanzas de apartar de ella el fatídico desenlace de su historia con Eneas.

Es esta una historia que se hace grande en los detalles, en la descripción de ese Lacio que se hace cercano y verídico en la descripción de sus gentes y costumbres, y que demuestran una gran labor de investigación por parte de la autora, que ha conseguido plasmar con su prosa habitual —esa apariencia de simplicidad que esconde una sofisticación impresionante— un pasado totalmente convincente, donde la realidad asoma por cada esquina, en cada acción de los personajes, en los hechos más mundanos y domésticos, en las labores del día a día, en los paisajes… Lavinia, como tantas otras obras de Le Guin, no es sino la historia de unos individuos que buscan su lugar dentro de la sociedad en la que viven, perfectamente retratada y descrita. De esta manera, el estudio sociológico se hace —una vez más— con una parcela fascinante del libro, sumergiendo al lector en unas costumbres extrañas, pero totalmente creíbles y, finalmente, cotidianas.

La historia no es, en contraposición a la historia de Virgilio, un poema épico, a pesar de la épica de sus protagonistas. Es una historia mucho más íntima, que cautivará a los que disfrutaron con la Le Guin de Tehanu o El nombre del mundo es bosque. Lejos de las batallas y las disputas de los hombres, que permanecen como constante telón de fondo, el libro le habla al lector de las preocupaciones y quehaceres de aquellas que se habían deslizado entre los versos de la antigüedad, lejos de los focos, lejos de las emociones violentas, y lo hace con un interés y una profundidad que consigue que el lector quisiera saber mucho más de todo ello. Lavinia es, sin duda, Literatura Fantástica, pero es una fantasía que suena a realidad, que hace casi innecesaria la suspensión de la incredulidad —y eso a pesar de espíritus y profecías y personajes que hablan a través del tiempo que les separa—; que se acerca a un pedazo del Lacio, previo a los reyes de Alba Longa y a la fundación de Roma, y lo reimagina de una forma que lo hace real; que ofrece el relato de una mujer de su tiempo —sin proyecciones ni comportamientos del nuestro— que se enfrentará con decisión a las pruebas que el destino ha puesto en su camino y que se hace poderosa sin llegar a ejercer realmente el poder; que habla de unos hombres que no son sino víctimas de unas pasiones, ambiciones y amores que muchas veces no saben ni expresar; de un poeta en busca de una voz para su postrer criatura alcanzando así su perdón; de un héroe trágico que en momento alguno deja de ser juguete de su propia leyenda escrita muchos años después de su muerte. Es un cuento, en verdad, para paladear con calma y tranquilidad, para degustar muy lentamente, capa tras capa de revelaciones, de significados y de diferentes lecturas, de mensajes y profundidades que van surgiendo conforme se deja reposar y se reflexiona sobre lo leído.

Lavinia, la novela, es el diario de una mujer de su tiempo y un juego metaliterario en el que se mezclan las épocas con extraordinarios resultados. Quizá no sea lectura para todo tipo de lectores, sino de un público concreto —aquel que disfruta de la Le Guin más íntima, alejada de su vena cienciaficcionera—, pero yo confieso haber disfrutado de principio a fin. Una vez más, Ursula K. Le Guin me ha rendido a sus pies.

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Reseñas de otras obras de Ursula K. Le Guin:

Los dones. Anales de la Costa Occidental I.

Voces. Anales de la Costa Occidental II.

Poderes. Anales de la Costa Occidental III.


Libros recibidos 4/11/2009

Hemos recibido los siguientes libros, cortesía del Grupo Editorial AJEC:

domingo, 1 de noviembre de 2009

Reseña: Leonor de Aquitania

Leonor de Aquitania.

Régine Pernoud.

Reseña de: Amandil.

Acantilado. Barcelona, 2009. Título original: Aliénor d'Aquitanie. Traducción: Isabel de Riquer. 332 páginas.

La editorial Acantilado se está caracterizando por traer a nuestras estanterías títulos de gran calidad en ediciones muy cuidadas, recuperando fondos antiguos y casi imposibles de encontrar en la actualidad. Es el caso de esta sucinta y extremadamente recomendable biografía de Leonor de Aquitania (publicada en español por vez primera en 1969 por Espasa Calpe) escrita por la medievalista francesa Régine Pernoud, que cualquier amante de la Edad Media debería leer para conocer a uno de los personajes más influyentes, poderosos y evocadores del siglo XII europeo.

Lo cierto es que esta biografía, en su momento, fue rompedora con todo lo estipulado hasta ese momento por la historiografía tradicional ya que combatía por igual los prejuicios dominantes que definían la Edad Media como una etapa oscura y decadente, y los que recaían sobre Leonor y la tachaban de frívola, libertina y extremadamente sujeta a bajas pasiones. De hecho, Pernoud, en el prólogo, nos confiesa que hasta que no accedió a las fuentes primarias, siempre había basado sus valoraciones sobre esta reina en función de lo que "decían los demás de ella". En cambio, al investigar y documentarse para esta biografía descubrió (con evidente y placentera sorpresa) que, en realidad, tras la máscara construida sobre Leonor, se ocultaba una mujer de calidad humana excepcional, con la grandeza de una reina sensata y que siempre supo enfrentarse a sus enemigos con tal defender sus derechos y los de sus hijos, además de para preservar el reino levantado junto con Enrique II Plantagenet frente a la codicia de los reyes de Francia.

Como en cualquier biografía de un personaje medieval una parte sustancial de la vida de Leonor quedó reflejada en documentos laterales que, si bien no aportan datos concretos sobre la protagonista, si que permiten conocer sus aparentes motivaciones, sus gustos y costumbres e incluso, en muchos casos, sus sentimientos. Cartas, inventarios, tratados, donaciones, poemas, canciones, anales... en todos ellos ha buscado la autora, y de ellos ha extraído la información con la que elaborar la reconstrucción de una vida. De este modo, la labor de la historiadora es la de verdadera intérprete de los "huecos" que quedan allí dónde por medio de otras fuentes no alcanza el conocimiento objetivo. Pernoud, sin embargo, evita en todo momento convertirse en hagiógrafa (o crítica) de la reina, dejando claro que ella no irá más allá de lo que la documentación exponga (por ejemplo en temas tan pintorescos como la pretendida homosexualidad de Luis VII, primer marido de Leonor, o la relación del mismo género entre su hijo Ricardo y Felipe Augusto, se limita a citar textualmente lo que decían las fuentes coetáneas, sin elucubrar sobre esto aquello).

Al mismo tiempo, y con una maestría propia de una historiadora del elevadísimo nivel de la autora, queda perfectamente insertada la vida de Leonor en su tiempo, mostrándose de un modo sencillo todos aquellos aspectos externos que el lector debe conocer, aunque sea someramente, para entender mejor los acontecimientos que la reina vivió así como los objetivos que se marcó. No queda ceñido el relato a un sólo nivel (la vida en sí) sino que se engarza en los movimientos políticos, religiosos y culturales que agitaban la Cristiandad entre mediados del siglo XII y principios del XIII. Así, vemos a Leonor involucrada en las Cruzadas tras la pérdida de Jerusalén, las tensiones con el Sacro Imperio Romano Germánico, las luchas intestinas entre el rey de Francia y sus vasallos, el surgimiento del "imperio Plantagenet", los problemas conyugales entre Leonor y Enrique II, la guerra entre Enrique y sus hijos, las traiciones entre los hijos de la reina, la muerte de Santo Tomás Becket, las alianzas matrimoniales con Sajonia, Flandes, Navarra y Castilla, el auge de los trovadores del langued'oc, el surgir de la caballería, los primeros y más profundos pasos del mito artúrico... y en todos esos sucesos, la omnipresente figura de Leonor, desde su jovial y casi idílica juventud hasta su madurez como madre y, sobre todo, como reina, ejemplificada en su última cabalgada, con ochenta años, hasta Burgos para llevar a su nieta Blanca de Castilla, hija de su hija Leonor y del rey Alfonso VIII, hasta París para desposarla con el heredero del trono francés, el futuro Luis VIII de Francia (recomendada en este punto la lectura de otra de las grandes biografías realizadas por Régine Pernoud, Blanca de Castilla, la gran reina de la Europa medieval). Por lo tanto, además de conocer a la que fuera reina de Francia e Inglaterra asistimos al despliegue de la mayor parte de los grandes momentos históricos que tuvieron lugar entre los años 1120 y 1200 d.C.

¿Qué más se puede pedir a un libro no muy extenso y espléndidamente armado? Pues hay algo más: la capacidad que la autora muestra desde el principio para dotar al relato de un ritmo intenso que se une a la evocadora manera de contar las cosas. La lectura, que podría ser aburrida o demasiado espesa, es ligera y cercana al estilo novelesco por momento, haciendo que al interés histórico en sí se venga a unir el deseo generado por los giros y "suspenses" de la biografía de Leonor. Utilizando una mezcla de descripciones casi teatrales en lo visual (los paisajes, los ropajes, las viandas, los combates) y en la presentación de los protagonistas del drama (su aspecto, su personalidad, incluso algunos diálogos), parece que asistimos a un representación en la que la autora, como una voz en off, nos va desgranando el argumento en el que se suceden las escenas.

En definitiva, Leonor de Aquitania cumple perfectamente el objetivo de ser una biografía que rompe con los prejuicios anteriores , con el añadido de que puede ser, perfectamente, tomado como una somera introducción a la historia de la Edad Media en el siglo XII desde una perspectiva mucho más luminosa que la tradicional de oscurantismo y podredumbre.

jueves, 29 de octubre de 2009

Lanzamientos: Alamut presenta "Hôtel Transylvania"

El 3 de noviembre Alamut pone a la venta Hôtel Transylvania, la ya clásica novela de Chelsea Quinn Yarbro donde presenta por primera vez al conde de Saint-Germain.

martes, 27 de octubre de 2009

Noticias: Premios Nocte de Terror

La Asociación Española de Escritores de Terror ha hecho públicos los galardonados con los Premios NOCTE para obras a fines al género publicadas durante el año 2008.

jueves, 22 de octubre de 2009

Reseña: Bruja mala nunca muere

Bruja mala nunca muere.
Rachel Morgan 1.


Kim Harrison.

Reseña de: Jamie M..

Pandora Romántica. (La Factoría de Ideas). Madrid, 2009. Título original: Dead Witch Walking. Traducción: Elena Castillo Maqueda. 343 páginas.

En una realidad paralela a la nuestra, donde los EE.UU. nunca llegaron a la Luna, Rachel Morgan es una bruja que trabaja en Cincinnati para la Seguridad del Inframundo, una agencia oficial de seguridad que trata con los crímenes cometidos por las criaturas paranormales. Pero últimamente parece que la mala suerte se ceba con ella y, además, todas las misiones que le encargan se le antojan muy por debajo de sus capacidades, cosas que cualquier novato podría realizar. Cuando la envían a capturar a un leprechaum evasor de impuestos siente que ha tocado fondo y que su única salida es pasarse al sector privado. Pero romper su contrato con la SI significa que la agencia va a poner precio a su cabeza y que tendrá que hacer frente a todos los cazarrecompensas que vayan a por ella. Por “suerte” la vampira Ivy decidirá abandonar también Seguridad del Inframundo, irse con Rachel y formar un equipo cuando menos paradójico.

Kim Harrison sitúa a sus personajes en una realidad que diverge de la nuestra en la década de los ’50 del siglo pasado. Tras el descubrimiento del ADN humano, la experimentación genética llevará a la creación de un devastador virus biológico transmitido por los tomates que arrasará con gran parte de la población, aunque pronto se descubrirá que los inframundanos —los seres paranormales: brujas, hechiceros, vampiros, hombres bestia, pixies, hadas…—, que habían estado viviendo de incógnito entre nosotros desde tiempos inmemoriales, son inmunes al mismo, propiciando un equilibrio en el número de individuos de ambos grupos que llevará a estos últimos a salir a la luz, produciéndose desde entonces una tensa convivencia, una tregua inestable entre humanos e inframundanos.

En este escenario, Rachel Morgan apostará su propia vida en la empresa de capturar al concejal y exitoso hombre de negocios, Trent Kalamack, bajo sospecha de diversas actividades delictivas que nunca se han podido demostrar, con la esperanza de que si lo lleva ante la justicia y demuestra su culpabilidad, la SI anulará la recompensa ofrecida por su cabeza. La trama se mueve rápidamente —casi demasiado— a lo largo de todo el libro, alternando no sin habilidad las escenas más domésticas donde se concentra la información —la mayoría del desarrollo del mundo y de las personalidades de los protagonistas se produce en conversaciones de cocina o comedor, o en tareas de la casa— y las explosiones de acción y magia que impiden soltar el libro. Se agradece el buen hacer de la autora con los diálogos, ágiles e informativos a un tiempo, sin sonar falsos o plomizos en momento alguno. Quizá haya precisamente un exceso de información al principio de la novela al presentar el mundo, aunque parece algo connatural a la primera entrega de una nueva serie, donde la autora desea poner en antecedentes al lector cuanto antes y pasar lo más rápidamente posible a la trama en sí misma.

Si algo destaca en Bruja mala nunca muere es el humor algo socarrón que salpica gran parte del texto, la buena exposición del uso de la magia y el desarrollo de los dos compañeros de Rachel, que en muchos momentos se imponen por encima de la propia protagonista. Despojada de su apartamento y con él de todas sus pertenencias, la bruja inicia una nueva andadura junto a la vampira Ivy y el pixie Jenks. Ivy es un personaje ambiguo, que guarda para sí sus secretos, como el auténtico motivo para acompañar a Rachel en su nueva andadura laboral, y que ha renunciado recientemente al consumo de sangre. En el mundo descrito por la autora existen tres tipos o niveles de vampirismo: por un lado estarían los vampiros no-muertos en su versión más “tradicional”, con su imposibilidad de salir al sol, su fobia a los símbolos religiosos y una inclinación inmoral y malvada; por otro están los humanos que han sido transformados por uno de los anteriores, aunque siguen vivos; y en tercer lugar están los que, como Ivy, han nacido de una vampira afectados ya por el “virus” del vampirismo desde el vientre materno. En estos dos últimos casos el individuo afectado puede hacer una vida relativamente normal a pesar de su querencia por la sangre, saliendo de día y profesando cualquier fe religiosa —o incluso residiendo en una antigua iglesia—, gozando de ciertas ventajas de los inframundanos, y algunos inconvenientes, hasta el momento de su muerte humana en que pasan a formar parte del primer grupo.

La convivencia de Rachel e Ivy bajo un mismo techo llevará a un buen número de situaciones incómodas y a malentendidos bastante divertidos —como la lectura de la guía sobre el vampirismo ¡con ilustraciones! de Rachel en el autobús—. Ivy es el típico personaje misterioso, fuerte y contradictorio que puede llegar a dar mucho juego en posteriores entregas.

El otro compañero de Rachel es Jenks, un diminuto pixie que suele acompañarla colgado de uno de sus pendientes, y que comienza como el contrapunto gruñón y fanfarrón, el espía y ayudante perfecto sino fuera por su retorcido sentido de humor, pero que poco a poco va revelando tener su corazoncito, amando y defendiendo a su enorme familia y su territorio —su jardín— a cualquier riesgo, y demostrando una fidelidad fuera de serie.

A pesar de que la novela se encuentra narrada en primera persona por la bruja, la arrolladora personalidad de sus compañeros y la sensación de que las cosas están sucediendo alrededor de Rachel y no a la propia Rachel —que parece estar allí para que los demás le saquen las castañas del fuego—, hacen que Ivy y Jenks se apoderen en muchas ocasiones de la escena, robándole sin rubor el protagonismo y el interés.

El libro tiene además otros secundarios de interés como Nick, un humano “normal” destinatario del interés amoroso de Rachel y que no parece ser tan inocente como quiere aparentar; o el intrigante Trent Kalamack, antagonista necesario e instigador de algunas de las peores perrerías que va a sufrir la protagonista.

Un fallo del libro es precisamente que, comparada con todos ellos, Rachel curiosamente parece algo falta de profundidad, demasiado común y menos trabajada que el resto. Tiene cicatrices, sí, y la tragedia ha golpeado su vida; pero parece que el único poso que le ha dejado es una búsqueda desesperada de emociones y unas malas elecciones de objetivo en su vida amorosa. Siendo la protagonista principal se antoja que debería tener mucho más fondo.

Uno de los mayores aciertos, sin embargo, de Bruja mala nunca muere es el detallado y bien desarrollado sistema de magia usando las líneas de poder o líneas luminosas de la Tierra. Una magia dividida como es tradicional en blanca y negra, pero con un buen número de tonalidades grises —como el hecho de que todos los hechizos por muy benignos que sean necesiten un sacrificio, que los amuletos requieran de un pequeño derramamiento de sangre para activarse o que cada vez que se usen las líneas de poder se ponga la propia alma en riesgo—. En este contexto Rachel es una bruja blanca que no dudará en mancharse de gris cuando piense que la situación lo requiere.

En el lado de los fallos, uno de los puntos más flojos —a pesar de las situaciones humorísticas en las que se ven involucrados los tomates— de la novela es la premisa un tanto traída por los pelos del virus genético que arrasa con la humanidad y la reacción exageradamente extrema que se plantea como “solución”. ¿Alguien se cree que incluso con una gran mortandad, o precisamente a pesar de ella, se iba a prohibir la investigación médica para curar un gran número de enfermedades? Es ese uno de los temas que la autora hubiera debido trabajar un poco más, pues tal y como está suena a mera excusa para situar el escenario y pasar a la trama que le interesa más.

Como aviso decir también que las comparaciones que circulan por ahí —en la propia portada sin ir más lejos— con la Anita Blake de Laurell K. Hamilton no creo que sean en absoluto acertadas. Rachel Morgan —y este primer libro en general— no podría ser más diferente de Anita, a pesar de que ambas se dediquen a perseguir seres sobrenaturales. No hay aquí ni tanto sexo —de hecho la tensión sexual Rachel-Ivy o Rachel-Nick está tratada más en plan comedia de equívocos que en una vertiente erótica o sentimental— ni tanta sangre o gore como en aquellas, y la personalidad de ambas mujeres no podría ser más distinta. De alguna forma, Rachel con su manera de ser torpe, algo ingenua, impulsiva, vulnerable y que se deja llevar por las circunstancias demuestra ser más humana y realista que Anita.

Bruja mala nunca muere, como primera entrega de una serie, me ha creado la suficiente incertidumbre e interés como para dejarme con ganas de leer la siguiente novela. Kim Harrison ha escrito un libro de entretenimiento sobrenatural —del cada vez más extendido género de la «fantasía urbana»— con una trama detectivesca con sus buenas dosis de acción y magia, con unas —hay que reconocer que pocas— gotas de romance, y mucho humor, incluso políticamente incorrecto, que hacen que la lectura se pase en un momento. Veremos si la autora es capaz de mantener el tipo en las siguientes entregas; lo cierto es que el personaje, o el trío más bien, protagonista puede dar para mucho. Ojalá lo haya conseguido.

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Reseña de otras obras de la autora:


Lanzamientos: La Factoría presenta "Pacto con el vampiro"

Para los amantes de los vampiros La Factoría presenta "PACTO CON EL VAMPIRO" de la escritora americana Jeanne Kalogridis.
Ambientada cincuenta años antes que los sucesos que narra el "Drácula" de Bram Stoker, nos sumerge en un escenario gótico...

miércoles, 21 de octubre de 2009

martes, 20 de octubre de 2009

lunes, 19 de octubre de 2009

jueves, 15 de octubre de 2009

Reseña: Los juegos del hambre

Los juegos del hambre.

Suzanne Collins.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Molino (RBA Libros). Barcelona, 2009. Título original: The Hunger Games. Traducción: Pilar Ramírez Tello. 396 páginas.

En ocasiones la originalidad de una novela no se encuentra tanto en lo que se cuenta sino en cómo se cuenta. Los juegos del hambre es una distopía en la que vernos exageradamente reflejados. Es la historia de lo que viene después de un gran desastre: en una fecha futura inconcreta los EE.UU. fueron devastados por un conjunto de desastres naturales, inundaciones, hambrunas, desórdenes sociales, guerras… y sobre las ruinas posteriores se levantó la nación de Panem, con una todopoderosa y tiránica ciudad central llamada Capitolio que rige los destinos de doce distritos productivos, aunque antaño fueron trece, pero el decimotercero fue arrasado como castigo por rebelarse contra ese dominio y como ejemplo para los demás. Como parte de ese castigo, los doce restantes deben enviar a dos “tributos”, chico y chica, para participar en los «Juegos del Hambre», un sangriento «reality show» retransmitido por televisión en el que los 24 jóvenes se enfrentarán a muerte hasta que solo quede uno vivo. Mientras el ganador recibirá una vida de lujo por encima de la miseria imperante en los distritos, los perdedores no sobreviven. Katniss será, junto con Peeta, la designada como tributo del empobrecido distrito 12. A través de los ojos de la joven, en primera persona y en tiempo presente, el lector asiste a una historia de profunda deshumanización e, irónicamente, a una lección de amistad. Ni Katniss ni Peeta creen sinceramente que puedan ganar, pero pondrán todo su empeño en el intento sabiendo que al final, como mínimo, uno de los dos no llegará a la “meta”.

Desde el mito griego de Teseo y el Minotauro de Creta, donde Atenas debía de sacrificar anualmente a 14 de sus jóvenes como pago para garantizar su tranquilidad, hasta la hiperviolenta Battle Royale, enfrentamiento estudiantil en que solo puede quedar uno, del escritor japonés Koushun Takami —novela trasformada luego en manga y un par de películas—, pasando por las novelas de Richard Bachman (seudónimo de Stephen King) El fugitivo (The Running Man) —con una película de mismo título en el que Arnold Schwarzenegger hacía precisamente de un “concursante” en un reality show televisivo en el que los participantes debían enfrentarse hasta la muerte— o La larga marcha (The Long Walk), la idea desde luego no se antoja en absoluto novedosa. De esta manera, el interés del lector radica en descubrir los derroteros por los que la autora ha decidido llevarla, que es precisamente donde se encuentra el acierto de esta primera novela de lo que se ha anunciado como una trilogía dedicada a Panem.

El libro está claramente dirigido hacia un público “joven-adulto” y eso se nota bastante en el tratamiento de temas como, por ejemplo, la sexualidad, intuida, pero apenas tratada, o, especialmente, en la forma de mostrar la violencia. Dada la particular temática del libro parece obvio que la narración se va a ver vista salpicada de combates y fallecimientos; sin embargo, a pesar de las cámaras que retransmiten en directo los juegos y que las muertes violentas se suceden una tras otra, ninguna de ellas se muestra más que de forma indirecta a los ojos del lector, evitando así los detalles y descripciones más escabrosos y sangrientos.

En este contexto, Katniss es un personaje muy bien construido y plasmado. Una mezcla de contrastes con la que el joven lector puede empatizar y sentirse identificado (desde la lejanía del escenario, claro). Es una adolescente hábil y agradable, capaz de los mayores sacrificios por el bienestar de sus seres queridos, que se hace simpática desde un principio por su comportamiento a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, pero que también se muestra fría y calculadora cuando su supervivencia entra en juego, muy capaz de sentir y provocar odio, de hacer daño, con una veta manipuladora atemperada no obstante por una naturaleza básicamente bondadosa. Como cualquier adolescente, en una edad difícil y en unas circunstancias extremas, es un cúmulo de contradicciones, llena de rechazo y desprecio hacia los capitolinos, sintiéndose sin embargo en cierta forma halagada por el trato recibido —desde estilistas a entrenadores personales— como preparación al “show”. Katniss de esa forma no solo luchará por la victoria, por su supervivencia, sino también por la aprobación de los que la rodean y del mismo público al que odia. Es un personaje muy logrado y el mayor acierto de la novela. Inmersa sin opciones en medio de una sociedad totalmente fracturada entre los obsesionados por la riqueza, la celebridad y el poder —los habitantes de Capitolio— y los cuasi esclavos productivos de los distritos —sobre los que penden otros terribles castigos como se muestra en esa sirviente a la que han arrancado la lengua por intentar huir—, Katniss se sumergerá casi sin querer en el frenesí de los medios de comunicación, dejándose llevar pos sus consejeros y llegando a utilizar todas las armas a su alcance para ganarse el favor del público y los patrocinadores —que pueden hacer mucho más llevaderos los combates en la Arena—.

Los juegos del hambre es así una novela violenta no solo en el plano físico, del mata o muere, sino también en el psíquico, mostrando a la perfección el proceso por el que los tributos van perdiendo su propia humanidad conforme va reduciéndose su número y los combates se alargan sin mostrar ningún tipo de piedad. De hecho, existen distritos que entrenan durante toda su vida a sus tributos para vencer a toda costa, ganando mejores prerrogativas si lo consiguen, y se unen así en el pozo, junto a los ricos capitalinos, de los que irónicamente parecen haber perdido su humanidad hace ya mucho tiempo, disfrutando tan solo con el sufrimiento ajeno retransmitido en directo por la televisión.

A lo largo de la novela el lector asiste primero a la presentación de Katniss, a la selección de los tributos, a la preparación y entrenamiento para los combates, para entrar posteriormente a fondo en los juegos del título, donde la narración se dispara, mostrando un mundo extraño y familiar a un tiempo. Entre todo ello queda un pequeño hueco para el romance y los equívocos amorosos, dentro de una historia marcada sobre todo por el suspense y la acción, con la tensión de las estrategias de los diferentes tributos marcando el ritmo. De fondo muchos temas interesantes, como la doblegación y aborregamiento de las masas por los medios de comunicación o su control por parte de los gobiernos; las muestras apenas vislumbradas de un futuro tecnológicamente avanzado con la manipulación genética de ciertos animales y depredadores; el reflejo de hechos pasados de nuestra propia Historia, de ciertas jerarquías de poblaciones dominadas colaborando con los opresores para mantener el estatus (¿los afrancesados con Napoleón o el colaboracionismo con los nazis en la II Guerra Mundial?) o esa dominación de una “minoría” poderosa sobre zonas o países satélites (¿la antigua URSS?); la naturaleza dual del ser humano, capaz de lo mejor y lo peor de un momento a otro, con una innata y cruel tendencia a la propia supervivencia caiga quien caiga unida a una innegable capacidad de sacrificio que llega a poner la vida de otros por encima de la de uno mismo; o cómo el oropel y las atenciones pueden llegar a cegar y a cambiar a una persona o de cómo las privaciones pueden llevar a valorar mucho más las pequeñas cosas que ofrece la vida…

Al final, mientras avanza la acción, al estar narrada en primera persona, el lector espera, e intuye fácilmente, que Katniss sobrevivirá a la ordalía; lo importante entonces es descubrir el cómo lo hace o lo que tendrá que pagar a cambio de su vida y si el precio no será excesivo. ¿Podrá Katniss pasar por la experiencia con su alma intacta o tendrá que dejar retazos de sí misma por el camino? Habrá que esperar al siguiente libro, Catching Fire, para descubrirlo.

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Reseña de otras obras de la autora:

En llamas. Los juegos del hambre 2.

Sinsajo. Los juegos del hambre 3.


domingo, 11 de octubre de 2009

Lanzamientos: Novedades de Minotauro y Timun Mas para noviembre de 2009

Adelanto de las novedades que Minotauro y Timun Mas publicarán el próximo mes de noviembre.

Reseña: Luna nueva

Luna nueva

Stephenie Meyer

Reseña de: Amandil

Alfaguara, Madrid 2009. Título original: New moon. Traducción: José Miguel Pallarés. 574 páginas.

Es todo un detalle que esta segunda entrega de la denominada saga Crepúsculo comience con una cita de Romeo y Julieta porque, en muchos aspectos, la autora ha recurrido con bastante descaro al argumentos de esa obra teatral para dar fundamento a su libro. De hecho, por momentos, es preferible recurrir a la obra de Shakespeare que seguir leyendo la de Meyer porque, al menos, la historia está mejor hilvanada en Romeo y Julieta que en Luna nueva.

El argumento es muy sencillo y excesivamente repetitivo con respecto a la anterior entrega. Bella Swan, la protagonista, debido a una de sus tradicionales torpezas provoca una situación tremendamente violenta en casa de los Cullen, la familia vampírica Edward. Como consecuencia de ello se ve expuesta a un peligro inesperado que parece convencer a su novio de que es mejor romper la relación y desaparecer de su vida que exponerla continuadamente a una muerte violenta por un desliz. Como consecuencia de esa decisión Bella se hunde en una depresión salvaje que la hace replantearse su propia existencia y la aletarga hasta convertirla en lo que ella misma denomina "una zombie viva". No sabe vivir sin Edward pero no quiere algo la impide dar el paso al suicidio por desesperación.

Esta oscuridad, con una narración muy intimista y excesivamente repetitiva volviendo una y otra vez sobre las mismas líneas de razonamiento y de autoflagelación, sólo se verá rota por un descubrimiento interior y un reencuentro exterior. El descubrimiento implica una manera de volver a escuchar la voz de su amado en su cabeza, al precio de tener que exponer su vida a situaciones límite. Y el reencuentro se plasma en el personaje de Jacob Black, el hijo de Bill, ambos residentes en la cercana reserva india de La Push y vinculados al padre de Bella, el jefe de policía Charlie, por una sólida y antigua amistad. Jake, debido a su bondad natural, su carácter afable y su más que evidente enamoramiento por la protagonista, se convierte en algo así como su único foco de luz ante la desesperación que la atenaza día tras día.

La historia de amistad con Jacob se convierte en el motor principal de los dos primeros tercios del libro, aderezado por la entrada en escena de un nuevo peligro emanado del primer libro de la serie. Victoria, la vampiresa, ha regresado a los alrededores de Forks con intención de vengar la muerte de su novio, el rastreador que casi asesina a Bella en Crepúsculo. Y con ella parece haber llegado algo peor, amenazante, inquietante. Un animal mayor que un oso que ronda en los bosques y dará pie a que la amistad de Jake y Bella se vea sometida a peligros nacidos de las leyendas de los indios y a la presentación de unos nuevos seres sobrenaturales inesperados y amenazantes.

Finalmente, el libro dará un giro argumental brutal, que rompe la trama y la acción desarrolladas hasta ese momento, y dirigirá al lector hacia un final tan previsible como lleno de tópicos, en el que las cosas parecerán volver a su curso normal y dejarán sin resolver todas las líneas argumentales que la autora presentó a conciencia durante trescientas páginas.

Hasta aquí el desarrollo de la trama con el menor número de spoilers posible pero con algunas de las claves que nos darán pistas sobre los fallos flagrantes que Stephenie Meyer comete a la hora de dar una continuación coherente a Crepúsculo.

La estructura de la primera parte de Luna nueva es una copia de la de la anterior novela repitiendo el patrón Presentación-crisis interior de Bella-aparición de personaje masculino perfecto-amenaza revelada. Quedando la originalidad únicamente en los destellos reservados a la tendencia suicida de la protagonista y a su lucha interior por mantener con Jacob (en su nueva versión de tipo escultural unido a su personalidad muy parecida la de un"oso amoroso") como amigo pese a los deseos del joven indio por ser mucho más que eso. De nuevo asistimos a una historia de amor juvenil aderezada con algunos sobresaltos fantásticos (en esta ocasión, y ya es mala suerte, el príncipe azul de Bella resulta que es un hombre lobo sin saberlo) pero que no irá mucho más allá en lo referido al trasfondo sobrenatural. A los efectos de presentación de una realidad oculta daría los mismo que Jake fuese un hombre lobo, la momia o un ficus, lo importante es que su naturaleza añade nuevos elementos de crisis y reflexión a esa historia juvenil sin más pretensiones. Para darle emoción a esta parte de la novela, la autora recurre nuevamente al manido truco de introducir una amenaza externa (Victoria la vampiresa sanguinaria) que sólo sirve para que el personaje de Isabella medite una y otra vez sobre lo terrible de su existencia y de la amenaza que supone para todos los que la rodean y la quieren. Bueno y para que los hombres lobo luzcan abdominales aquí y allá y parezca que se asiste a una cacería entre la una y los otros con la protagonista como cebo involuntario (¿no les recuerda a algo de lo que pasa en Crepúsculo?).

La segunda parte del libro, que da comienzo con la aparición estelar de Alice (la hermana de Edward que tiene visiones sobre acontecimientos que podrían pasar en el futuro) y el súbito giro argumental que abandona por completo todo lo desarrollado hasta ese momento, mete al lector en una nueva novela, sin conexión con Jacob, Victoria ni los lupinos, que bien podría haberse empalmado con los tres primeros capítulos reduciendo la extensión de Luna nueva a un folletín de 120 páginas a lo sumo. De golpe, y fusilando la ceremonia de confusiones que cierra Romeo y Julieta (los enamorados que terminan suicidándose por una serie de errores de percepción), la acción se centra en Italia y la relación entre los Volturi (algo así como el clan vampírico más antiguo) y Edward y la alocada carrera contrarreloj para cambiar el final de la obra de Shakespeare.

Meyer consigue de ese modo que el lector se sienta sorprendido, decepcionado y estafado ya que se desprende de todo esto que la autora parecía impelida a cerrar el libro en X páginas dejando colgada la acción en aras de volver a encauzar el verdadero motor de la saga (el amor entre Edward y Bella por encima de todo) de cara a la tercera entrega. El desarrollo argumental del principio se queda en nada con la conclusión. El ritmo pausado con que se va desgranando la relación con Jacob salta por los aires con el sprint final que supone el viaje a Italia. En definitiva, asistimos a una nueva historia juvenil que sólo aporta un nuevo giro sobrenatural y una ampliación del trasfondo vampírico de cara al futuro (quizá sea determinante en los dos siguientes libros, pero en Luna nueva no da más de sí).

En cuanto a los personajes, su desarrollo y sus motivaciones, surgen una serie de incoherencias en torno a la protagonista que debilitan su credibilidad a pasos agigantados. En especial las referidas a sus deseos en convertirse en vampiresa por amor pero también por el gustazo de sentirse por encima de los demás, aderezas por la suprema incoherencia y memez que supone su "debate final con Edward" estableciendo las condiciones para que la conviertan, que sacan a la luz que Bella, además de torpe es bastante tonta y con un puntito creciente de soberbia que no casa con lo que se nos ha presentado hasta el momento. En todo caso destaca sobre los demás protagonistas por el mero hecho de que estos se mueven entre el estereotipo y el perfil plano. Edward sigue en un pedestal aglutinando perfecciones; Jacob es el estereotipo de "amigo para llorarle las desgracias con los otros chicos"; Charlie es el ideal de padre que no se inmiscuye en los asuntos de su hija y la deja espacio e intimidad suficiente; Bill no pasa de ser una voz al otro lado de la línea telefónica en este libro; los Cullen son todo amor, comprensión y vegetarianismo vampírico; y los compañeros de instituto prácticamente desaparecen y quedan relegados a figurantes.

En definitiva, Luna nueva es una réplica de Crepúsculo que parece servir más como presentación de nuevas situaciones que como avance real en el argumento general de la saga. Los protagonistas quedan encuadrados en una especie de triangulo sentimental (la mortal insegura el vampiro perfecto y el hombre lobo amoroso) que será, probablemente, uno de los ejes sobre los que gire el (esperemos que mucho mejor) argumento en el siguiente libro.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Lanzamientos: La Factoría presenta "TRAKATRÁ", nueva colección de NOVELA JUVENIL

La Factoría de Ideas nos presenta su nueva colección de Novela Juvenil con el lanzamiento de sus dos primeros títulos: Nathan Fox, tiempos peligrosos, de Lynn Brittney, y La fotografía del vampiro, de Kevin Emerson.


lunes, 5 de octubre de 2009

Reseña: Donde los ángeles no se atreven

Donde los ángeles no se atreven.
Allen Steele. 
Reseña de: Santiago Gª Soláns. 
Grupo Ajec. Col. Albemuth # 26. Granada, 2009. Título original: Where Angels Fear to Tread / The Death of Captain Future. Traducción: Claudia de Bella. 130 páginas. 
Allen Steele es autor de un par de docenas de novelas y colecciones de relatos, pero permanece prácticamente inédito en nuestro país. Tan solo se han publicado en español la novela Descomposición orbital (en Ultramar, primera entrega de su serie del Espacio Cercano) y algunos relatos en la revista Asimov Ciencia Ficción; por eso es especialmente de agradecer la inclusión de la «Presentación» de Pablo Almécija Lusón que abre el presente libro y repasa la carrera y antecedentes del autor.
Este volumen se compone de dos novelas cortas, ambas galardonadas con el Premio Hugo, el de 1998 para la que le da título, Donde los ángeles no se atreven, y el de 1996 para la que cierra la publicación, La muerte del Capitán Futuro.
Una cita de Alexander Pope, entresacada de su Ensayo sobre la crítica, sirve a Steele para colocar en situación al lector respecto a la primera narración: «Los necios se apresuran a entrar donde los ángeles no se atreven», y viene muy a cuento de lo que vamos a encontrar en esta historia de viajes temporales y realidades paralelas. A finales del siglo XX, el Dr. Zack Murphy, una persona bastante racionalista y escéptica atrapada en su trabajo para la gubernamental Oficina de Ciencias Paranormales estadounidense, se verá inmerso en una investigación a cargo del ejército que hará que tenga que replantearse una buena parte de las cosas que había creído hasta el momento. Mientras tanto, dos crononautas del siglo XXV se introducen en el último viaje del Hinderburg para documentar la catástrofe. Sin embargo, los peligros de trastear con la corriente temporal pronto se harán evidentes viéndose su misión gravemente comprometida, incluyendo el secreto de su existencia.
Los personajes están tratados de una forma muy humana, consiguiendo que sus reacciones sean muy cercanas al lector —Murphy odia la idea de lo que significa su trabajo, pero sin embargo no puede permitirse perderlo— y los cambios en la Historia se encuentran coherentemente explicados e introducidos en la narración, consiguiendo evitar las paradojas y abriendo la posibilidad de los múltiples universos paralelos, tan parecidos y, no obstante, tan diferentes en los pequeños detalles. Es precisamente la cuestión de cómo las pequeñas cosas, los cambios minúsculos, podrían ser el desencadenante de cambios radicales en el curso del devenir futuro lo que se plantea para solaz y reflexión del lector. Y cómo los humanos acorralados, fuera de su propia línea, ven como la concepción del mundo varía según se modifican los parámetros que creían inamovibles.
La segunda novela corta, La muerte del Capitán Futuro, es un claro homenaje a las novelas pulp que en la primera mitad del siglo XX publicara sobre este personaje —sobre todo— Edmon Hamilton. En aquellas novelas de un Space Opera ingenuo y lleno de aventuras, el Capitán Futuro recorría el espacio en su nave, desfaciendo entuertos y saliendo victorioso de las más peligrosas situaciones. Al enfrentarme a la lectura, tuve algo de miedo de que fuera imprescindible poseer un conocimiento previo de la serie original —que yo no tengo—, pero no es en absoluto necesario. Gracias a las citas que abren cada capítulo el lector se puede hacer una idea clara de por dónde iban los derroteros de las novelas, los escenarios e, incluso, la personalidad del protagonista original; y la actual narración enlaza con aquellas a través de un megalomaniaco personaje enamorado de los pulps originales y que en su aparente locura ha tomado sobre sí el manto del Capitán Futuro, de forma que ya no responde a otro nombre.
Cuando Rohr Furland se enrole en su nave obligado por las circunstancias adversas y en contra de lo que el buen sentido le recomienda, la aventura empezará a rodar de forma casi desapercibida e involuntaria hacia un desenlace trágico, épico y cargado de emotividad que pondrá un brillante y magnífico punto final a la carrera de tan singular personaje. ¿O tal vez no es todo lo que parece?
A pesar de lo alienado de los protagonistas y a pesar de que de los tres tripulantes de la nave tan solo el propio Furland podría considerarse un representante “normal” de la humanidad, el relato se muestra tiernamente humano. Lleno de pinceladas de humor que tan solo hacen aumentar el sentimiento implícito de nostalgia, la narración pasa de la monotonía de la vida en la nave a la emoción del descubrimiento y la misión espacial, hablando de la confrontación entre los sentimientos y la razón, de la locura romántica que inunda los corazones y cierra las mentes cuando la fealdad de lo que nos rodea es tan insoportable que obliga a evadirse, de la responsabilidad más allá del deber cuando nada se debe y de cómo incluso en las peores situaciones —o sobre todo en ellas— el ser humano es capaz de dejar atrás los prejuicios y sacar a flote lo mejor de si mismo.
Siendo quizá más “redonda” la primera novela, es sin embargo esta segunda la que me ha llegado ciertamente al corazón consiguiendo emocionarme. Muy interesante. Habría que darle un tirón de orejas al Grupo Ajec, no obstante, por una edición que deja algo que desear en cuanto a la presentación, pero que tampoco impide ni influye en exceso en el disfrute de su lectura.
Dos historias bastante redondas contadas en su longitud justa. Se leen en un suspiro, en una tarde tranquila, pero es un suspiro ciertamente agradable.

Lanzamiento: 65 INSTANTES, en AJEC. Edición Digital Gratuita

AJEC informa que ya está disponible la antología "65 INSTANTES Y OTROS RELATOS", número 21 de la colección Albemuth. Se trata de la antología que recoge los mejores relatos recibidos en la VI edición del concurso "El Melocotón Mecánico".

En esta ocasión, la antología se distribuye gratuitamente a través de internet en formato PDF.

Ya a la venta: "Drácula, el no muerto", en Roca Editorial

Drácula, el no muerto está basado en las notas de Bram Stoker que fueron editadas en la primera versión de Drácula.

A través de un exhaustivo proceso de investigación y contando con la aprobación de los herederos del autor irlandés, Ian Holt y Dacre Stoker han conseguido dar vida de nuevo a estos personajes clásicos en una novela electrizante, digna de la primera parte.