sábado, 29 de octubre de 2011

Reseña: El Jardín de la Memoria

El Jardín de la Memoria.
El adepto de la Reina /2.

Rodolfo Martínez.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Sportula. Gijón, 2011. 453 páginas.

Segunda de las novelas dedicadas por el autor a glosar las aventuras del adepto empírico Yáxtor Brandan, al servicio de su majestad de Alboné, y que sirve, a través de una gran aventura, para explorar y ampliar el fantástico mundo en que el mismo se mueve, desplazando en esta ocasión una parte importante de la acción hacia el este, hacia el archipiélago de Honoi, un lugar con grandes reminiscencias con nuestro Japón feudal, siempre matizado por la existencia de los bosqueoscuros y sus mensajeros, o «hermanitos» en este caso.

Seis meses después de los sucesos de El adepto de la Reina —novela que no es imprescindible, pero sí muy recomendable haber leído antes que la presente— Yáxtor debe acompañar como escolta a su Majestad en una misión diplomática para acudir a Kyono-jo, donde un nuevo emperador está a punto de ser coronado aceptando sobre sus hombros el manto del anterior. Cuando tiene lugar un intento de asesinato contra el nuevo monarca, empieza a resultar evidente que la misión del adepto va a ser más complicada de lo que se suponía. Mientras los servicios de espionaje de ambos reinos se encargan de intentar esclarecer el intento de magnicidio, siguiendo las pistas de una conspiración que extiende sus ramificaciones hasta la misma Alboné, Yáxtor deberá unirse a los soldados del emperador en su viaje hacia el Jardín de la Memoria.

Es esta, sin duda, una novela menos “bondiana” que la anterior, aunque sin alejarse del todo de esa ambientación a lo Guerra Fría, donde permanece bastante presente todo el tema del espionaje con un alto componente de intriga. Así, ciertos personajes de la anterior entrega dan un paso adelante, cobrando un cierto protagonismo independiente, mientras Yáxtor se asienta en una trama que se podría casi considerar de Espada y Brujería si no fuera por la falta de un hechicero al uso. El Jardín de la Memoria se acerca así de alguna manera a una fantasía más canónica, de héroes, viajes y hazañas por realizar, con seres sobrenaturales acordes a la ambientación oriental del relato y con personajes que viven sus vidas según un particular «código del samurai» —o del «ingtze» en todo caso— unidos a sus espadas de forma íntima.

Se nota que Martínez se lo ha tenido que pasar fenomenal escribiendo esta novela, o al menos esa es la sensación que se transmite al lector, una búsqueda del entretenimiento puro basada en una trama y un mundo perfectamente desarrollados; solo hace falta echarle una ojeada a la cronología que cierra el libro para constatar lo pensado que lo tiene todo el autor. Ha creado un escenario que resume o reproduce de alguna manera el nuestro, en una escala menor, más fácilmente abarcable, fusionando diversas épocas de nuestra historia y permitiendo al autor una libertad creativa con un gran número de posibilidades y caminos por explorar. Érvinder resume en una especie de microcosmos gran parte del mundo real: Alboné es Gran Bretaña, la Confederación Occidental equivale a Estados Unidos —impagable la figura del «embajador» con sus formas familiares y un tanto chabacanas mientras no se pierde detalle de lo que sucede a su alrededor en la Corte—, Honoi corresponde a un anacrónico Japón, mezcla de diversas de sus etapas históricas, que lucha entre su habitual aislamiento y los nuevos aires aperturistas motivados mayormente por las consecuencias de la Bomba de Malas Noticias lanzada sobre su territorio y que ha de motivar grandes cambios en su manera de entender las relaciones con el resto de países...

La tecnología, revelada a través de los mensajeros o hermanitos —¿elementos nanotecnológicos o partículas «mágicas»?—, permite entre otras maravillas la presencia de trasuntos de tablets o de una especie de realidad virtual, y de, como ya se viera anteriormente, unas cuantas cosas sorprendentes, casi milagrosas, más como la duplicación de cuerpos o el trasvase de personalidades. Si se trata de ciencia ficción o de fantasía sería difícil decirlo, aunque, sobre todo por lo visto en El adepto de la Reina y por ciertas explicaciones en torno a Otrolugar, yo me decantó más por lo primero con un ropaje de los segundo. En todo caso, sigue tratándose de un interesante thriller de acción, con toda la trama supeditada a la aventura y al entretenimiento puros, a la diversión más desenfadada y espectacular, con ciertas reminiscencias comiqueras —o mangakas en la novela que nos ocupa— que ya empiezan a parecer una interesante marca de fábrica del autor.

Pero es seguramente esa cualidad de búsqueda de la aventura continua la que produce uno de los pocos «defectos» achacables a la narración: la falta de un trasfondo social más trabajado. No existe bajo el relato un retrato de las sociedades en las que se mueven los protagonistas, sobre todo en la de Honoi, ya que en Lambodonas —no así en el resto de Alboné— sí que se puede observar algún atisbo de la vida común de la población. Hay un evidente «alejamiento» entre las cúpulas dirigentes de ambas naciones y sus ciudadanos. A través de todo el periplo de Yáxtor y acompañantes, el lector no logra hacerse una idea cabal de cómo viven o a qué se dedican los habitantes de Honoi, los campesinos, comerciantes, siervos..., no hay contacto, no se relacionan, no hay una presencia palpable de ellos en el texto. Parece que solo exista la casta dirigente y la militar, los ingtze —los encargados de la custodia del Emperador y de ciertos lugares de vital importancia, cual samurais especialmente entrenados—, y el decorado se muestra un tanto vacío. Es un detalle menor, sin duda, pero de esos que se agradece tengan su lugar en la narración, ofreciendo profundidad y «realismo». Martínez está centrado en la acción y en el misterio que envuelve a la conspiración, en el viaje al Jardín de la Memoria, y parece que le sobran todo el resto de elementos que no aporten algo directamente o puedan incluso entorpecer la trama; cosa que, por otra parte, consigue dotar a la misma de una rapidez encomiable.

Una rapidez potenciada por la ágil forma de narrar del autor, saltando de un protagonista a otro para ir completando el relato desde un buen número de puntos de vista, con escenas no demasiado largas, párrafos cortos, diálogos directos y textos sin excesos descriptivos más allá de lo imprescindible para situar la acción y permitir la perfecta comprensión de lo narrado; con buenas dosis de duelos, combates, luchas, muertes y enfrentamientos —no siempre físicos—;  y con alguna pequeña introspección que permite un novedoso examen interior de Yáxtor y de sus incipientes «sentimientos». La nueva situación en la que se encuentra tras lo sucedido en la novela anterior permite al autor ofrecer el retrato de un Yáxtor menos maquinal, que se cuestiona un poco las cosas, que produce una pequeña fisura en la armadura que muestra al mundo y le aisla de reflexionar sobre lo que siente, que da resquicio a una mínima duda en su mente sobre sus formas de actuar con los demás, sobre todo con las mujeres. Cierta circunstancia en torno a sus mensajeros y una particular voz interior le llevará a cuestionarse levemente sus actos más recientes. algo que, obviamente, no va a impedir que siga siendo la más acerada y letal espada al servicio de los intereses de su Reina, siempre dispuesto a cumplir todas sus órdenes sin vacilaciones ni remordimientos.

En efecto, como reconoce el autor en una nota final, quizá no sea esta la continuación que muchos estábamos esperando después del cierre de El adepto de la Reina y que habría situado a los espectros de nuevo en el centro de la intriga... Pero eso tan solo consigue que la obra sea todavía mejor, inesperada, sorprendente, agradablemente refrescante. No cabe duda que Yáxtor Brandan volverá a enfrentarse a las maquinaciones del Número Uno de los espectros, pero este inciso en Oriente además de ser una gran aventura, permite al lector ver a un adepto empírico inmerso en ciertos cambios desde los sucesos finales de la anterior novela y la recuperación de ciertos recuerdos que van a marcarle interiormente, además de poder contemplar nuevas facetas del mundo en el que se mueve. El Jardín de la Memoria ofrece una impresionante aventura, una inteligente intriga, un sangriento viaje, un autor explorando las fronteras del mundo que ha creado, expandiéndolo y demostrando que las posibilidades pueden dar mucho de sí. Al final, eso sí, tan solo me queda una duda realmente importante: ¿para cuándo la próxima entrega, La sombra del adepto?

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