viernes, 24 de marzo de 2017

Reseña: Arcadia

Arcadia.

Iain Pears.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Espasa. Barcelona, 2017. Título original: Arcadia. Traducción: María José Díez Pérez. 637 páginas.

Arcadia es un rompecabezas que mezcla diversos tiempos y planos, incluso mundos alternativos, que juega con la confusión inicial del lector, pero pronto va dando las suficientes pistas como para que nadie se pierda. Una fusión de géneros desde la ciencia ficción al thriller de espionaje en la Guerra Fría, de la novela isabelina a la fantasía medieval, pasando por la utopía pastoril renacentista que el propio título evoca, todos ellos con muy curiosas ramificaciones, personajes algo tópicos, acciones polémicas, una definición «elástica» de la realidad, el tiempo y la existencia, y gran cantidad de referencias literarias —con predominancia del Bardo de Avon— a las que seguir la pista. No obstante, cabe advertir que, precisamente, quien acuda al reclamo de los nombres de Tolkien y Lewis se puede llevar un gran chasco. Ciertamente, aparecen nombrados, pero de una forma muy tangencial y, en el caso de Lewis, bastante crítica, algo más benévola con la obra de Tolkien, pero sin tener nada que ver realmente con sus creaciones y renunciando a la existencia de magia, criaturas o seres fantásticos, y cualquier toque sobrenatural. Arcadia es un puzzle tridimensional que juega con las percepciones para confundir, que no engañar, al lector en un juego de ¿quién es quién? que le arrastrará desde los pubs del Oxford universitario a un mundo secundario tipo Narnia o a un futuro distópico bastante siniestro. No hay que buscar respuestas desde el principio, pues tardan en llegar. Mejor dejarse llevar e ir aprehendiendo la historia por el camino; con un poco de paciencia todo termina adquiriendo su sentido.

Henry Lytten, un profesor de Literatura en el Oxford de 1960, lleva los últimos veinte años construyendo los fundamentos literarios para Anterworld, un mundo imaginario que roza una idílica utopía feudal, donde los dirigentes más respetados de la sociedad son los Narradores, aunque sin terminar en realidad de concretar más que detalles generales de la obra. Antiguo espía en la II Guerra Mundial y en los primeros tiempos de la posguerra, ahora está dedicado a la vida académica y a su afición literaria compartida con un grupo de colegas de pub, grupo en que, cual si de un remanente de los Inklings se tratara, llegaron a estar incluidos autores tan reconocidos como Tolkien o C.S. Lewis, ahora «retirados». Un día, Rosie, una adolescente de quince años que cuida del gato de Lytten, baja a buscar al animal al sótano de la casa del profesor y se encuentra allí almacenada una pérgola de la que emana una extraña luz; una luz que al internarse en ella hará que la joven se encuentre de súbito en un bucólico paisaje rural, causando la sorpresa de un muchacho que se haya al otro lado...

En un momento indeterminado, de lo que puede o no ser el terrible, polucionado y decadente futuro de hoy en día gobernado por una élite científica, la psicomatemática Angela Meerson ha creado un dispositivo que supuestamente permite viajar a realidades alternativas o mundos paralelos, algo que permitiría una salida a la extrema situación de la Humanidad, haciendo ricos a los dueños de la tecnología por el camino. Mas la científica se teme que el dispositivo sea más bien una suerte de máquina temporal que abre una vía tan sólo a su propio pasado. Una teoría que, forzada por las circunstancias, no tendrá más remedio que comprobar en carne propia.

En una novela que llega a implicar tres mundos y a seguir diez líneas, personificada cada una en un personaje: el profesor, la adolescente, el aprendiz, el narrador, la científica —la psicomatemática, centro real de todos los eventos y único personaje que «habla» al lector en primera persona mientras todos el punto de vista de todos los demás es reflejado en tercera—, el jefe de seguridad, el fuera de la ley…, con interconexiones variadas, y desconocidas de salida, de unas a otras, Pears crea una interesante teoría del tiempo —con tanto sustento o falta del mismo como se ha visto en multitud de novelas— y de lo cuántico. Existe una sola realidad, pero muchas, infinitas, posibilidades. Cuando una posibilidad se asienta, aniquila todas las demás, de forma que pasado y futuro coexisten: "El ahora es sólo lo que queda entre ayer y hoy, igual que el cero se sitúa entre menos uno y uno." La paradoja no puede tomar existencia, porque, en caso de darse, reestructura toda la realidad acomodando el resultado para que todo sea como siempre ha sido aunque nunca fuese así. ¿Lioso? En realidad, no, pero suficientemente intrigante, aunque de inicio sí que pueda resultar algo desconcertante.

En palabras de Angela Meerson: “Viajar en el tiempo no tiene nada que ver ni con viajar ni con el tiempo. La frase es una suerte de reliquia inoportuna. Cuando fui a 1936, no viajé en el tiempo en sentido real; esto no tiene sentido. Más bien estaba realizando pequeños ajustes de toda la información que constituye el universo. Es como cortar un fragmento de texto de un libro e insertarlo en un punto anterior, lo que hace que todo lo demás se reorganice para darle cabida.” La gracia se encuentra precisamente en intentar descubrir cómo encaja cada fragmento con todos los demás, cómo se encuentran relacionadas la diferentes existencias que se van mostrando, cómo cada personaje va encontrando su sitio.

En realidad la historia reflejada en Arcadia, como tal, no tiene un principio, pues los eventos narrados en primer lugar podrían muy bien haber sucedido después de otros narrados mucho después. Un personaje puede ser conocido de distinta forma en distintos momentos. Un hecho futuro puede tener eco en el pasado. La linealidad como tal no existe, pero a toda acción sigue una reacción, los actos tienen consecuencias, lo cual no quiere decir que uno vaya después del otro. Para entender este, y otros aspectos del relato, hay por parte del autor, quizá, un exceso de diálogo expositivo entre los protagonistas, explicándose los unos a los otros los fundamentos de su propio mundo, quedando sin embargo los diferentes escenarios un tanto desdibujados. El Oxford de Tolkien y Lewis y la Europa de la Guerra Fría se encuentran sin duda impresos en el imaginario común de los lectores, pero ni Anterworld ni el oscuro futuro llegan a adquirir dimensión en profundidad, salvo para constatar el carácter natural, boscoso, pastoral e idílico de uno y la degradación extrema, la negrura, contaminación, opresión y decadencia del otro. Por la propia naturaleza del relato ni uno ni otro van a tener gran construcción de contexto histórico, se nota mucho que algunos son el centro y otros tan sólo el decorado del escenario, pero es algo cuya razón termina entendiéndose con el cierre de la historia, encajando de tal manera que hace revisar lo narrado mientras ese contexto adquiere su auténtica dimensión, saliendo a relucir un auténtico «worldbuilding» nada típico.

Echando mano las múltiples posibilidades que un relato no lineal le permiten, el autor utiliza en diversos momentos el recurso de la profecía autocumplida, cuando ante el vaticinio de un evento las decisiones que se toman desde su conocimiento son las que hacen inevitablemente que el mismo suceda para llevar a su creación donde realmente quiere, jugando con la línea temporal que el lector suele tener en la cabeza. Pero lo hace de un modo en que todas las piezas del rompecabezas terminan, en efecto, encajando en su sitio, desvelando no obstante una imagen que no era la esperada.

El autor juega con los convencionalismos, y con la necesidad de no proyectar las convicciones morales de un tiempo sobre otro, como el de que un menor mantenga relaciones sexuales con un adulto. A los quince años, en Anterworld, un muchacho debería estar casado y teniendo hijos con su también joven esposa, algo normal en las sociedades feudales, pero incómodo desde la óptica actual. Y a su vez el autor postula que, del mismo modo, en el futuro muchas actuaciones hoy aceptadas podrán haber cambiado también, modificando la forma de pensar y de actuar, incluidas modificaciones corporales como potenciadores de las facultades mentales asociadas a los centros del placer. La figura femenina, no obstante la relevancia de las protagonistas principales, no termina de tener el mejor reflejo posible, con algunas actuaciones o declaraciones algo fuera de lugar.

Arcadia es una novela, como el propio Anterworld, bastante reposada y tranquila, más dada al misterio intelectual que a la acción desatada, que, habiendo, nunca llega a convertirse en el leiv motiv del relato. La «base» científica es mera coartada, más cercana a la magia que quiere evitar que a un auténtico sustento en la física, la matemática o la computación implicadas para la trama, pero cuando menos las teorías son divertidas de seguir. Hay más búsqueda de conocimientos que enfrentamientos físicos, y cuando la violencia estalla se encuentra reflejada con cierto distanciamiento e, incluso, se describen sus efectos sin haber visto los sucesos en directo. Pero no es algo que haga menos intenso o emocionante el relato, pues no es lo importante, sino las relaciones que van interconectando de forma ineludible tres mundos en apariencia tan irreconciliables.

La novela es metaficción —incluso hay, en su edición original, una app para seguir las distintas líneas—, es una reflexión sobre el proceso creativo, sobre los abismos de la codicia, sobre el amor adolescente a primera vista, sobre la maleabilidad de las mentes jóvenes, sobre la importancia de los narradores, sobre la memoria del pasado, sobre la construcción del futuro… Es una fábula ecológica, una advertencia, una locura temporal, una historia de espías, un romance, una conspiración por el poder, un duelo de voluntades. Es una lección sobre la toma de decisiones y sobre la inevitabilidad de ciertas acciones. No es una historia, sino muchas —y no todas se encuentran al mismo nivel—. Conforme se acerca el final, conforme quedan menos y menos páginas, parece que todo se aboca a un desenlace de lo más precipitado, y sin embargo Pears aún guarda una última sorpresa, un último guiño temporal y, desvelando lo que siempre había estado ahí, cierra la historia con un broche, al menos para mi, inesperado.
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