sábado, 11 de marzo de 2017

Reseña: El Muro de las Tormentas

El Muro de las Tormentas.
Libro segundo de La Dinastía del Diente de León.

Ken Liu.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alianza editorial. Col. Runas ciencia ficción y fantasía. Madrid, 2017. Título original:The Wall of Storms. Traducción: Francisco Muñoz de Bustillo. 891 páginas.

La segunda entrega de esta trilogía empieza unos seis años después de lo narrado en la novela anterior, y va a ir avanzando hacia adelante con profusión de saltos hacia el pasado del relato. Establecida ya en el trono la Dinastía del Diente de León, se mantiene un periodo de paz y es hora de dar paso a otro tipo de tramas y a nuevos personajes, principalmente a los hijos del emperador Ragin. Superando, o evitando, de forma magistral el «síndrome del libro de enmedio», Liu proyecta la acción a nuevas cotas de emoción e intriga salpimentando una historia épica sobre la construcción de una dinastía con las debidas dosis de juegos políticos palaciegos y cortesanos, conspiraciones dentro de conspiraciones a todos los niveles, traiciones forzadas, buenas intenciones frustradas por malas decisiones, amor —romántico, fraternal, de amistad…—, maquinaciones maquiavélicas, choques culturales, inventos de lo más curioso, debates filosóficos y científicos, enemigos inesperados, imaginativas tácticas y novedosas máquinas bélicas, guerra desatada y muy humanos personajes. El enorme fresco que el autor está pintando abarca años y tierras distantes, recogiendo las consecuencias de decisiones tomadas mucho tiempo atrás, incluso cuando el emperador Mapidéré todavía mantenía su trono y organizaba expediciones colosales hacia tierras distantes. Liu no echa mano de una narración lineal, sino que vuelve una y otra vez hacia atrás, para recapitular eventos que influyen en la trama general, insertando asimismo gran cantidad de cuentos ejemplarizantes, relatos de los héroes y sabios antiguos o apuntes históricos que, aun a riesgo de romper a veces el ritmo, aportan al mismo una gran profundidad y textura dotando a la novela de un singular atractivo.

Años después de lo narrado en La gracias de los reyes ha llegado el momento de emprender algunas reformas. La paz se extiende por las islas de Dara y es la hora de los eruditos de dar un paso al frente y tomar las riendas de los entresijos del gobierno. El Gran Examen, que tiene lugar cada cinco años en la Ciudad Armoniosa, servirá para seleccionar a los más aptos y más sabios entre los cashima, la flor y nata de los eruditos procedentes de toda Dara, a los mejores, los firoa —los cien que han aprobado el examen con las mejores notas— que habrán de ayudar al buen discurrir del imperio en tareas académicas y burocráticas. Sin embargo, ciertas tensiones internas y externas, aunque mayoritariamente soterradas, todavía mantienen su poder para desestabilizar el equilibrio alcanzado. Todavía quedan gentes descontentas con las políticas que rigen el imperio de Kuni Garu, ambiciosos que no han alcanzado las cotas de poder o riqueza esperadas, enemigos derrotados que anhelan la vuelta de los viejos tiempos, antiguos aliados que no sea amoldan a los nuevos tiempos de paz, estudiosos que consideran que sus ideas deberían ser tomadas más en cuenta, envidiosos que suspiran por las glorias ajenas... Y las decisiones que unos y otros toman, maniobrando en secretas conspiraciones, no hacen sino avivar la llama del conflicto. Pero una sombra mayor amenaza el horizonte y el futuro podría resultar mucho más negro y violento de lo que todos soñaban. La guerra está servida, aunque quizá el enemigo no sea precisamente el esperado.

Liu abre el foco del relato haciéndolo más coral si cabe, dando paso a una nueva generación de la Dinastía junto a la aparición de muchos de los personajes supervivientes del anterior tomo. Kuni Garu ha tenido cuatro hijos, y el tema de la elección de su sucesor al trono sobrevuela sobre la corte, envenenando las lealtades. Timu y Théra son hijos de la emperatriz Jia. Phyro de la consorte Risana. Y la más pequeña, Fara, de una tercera esposa que murió en el parto. El primogénito, Timu, es estudioso y dedicado, aunque bastante apocado, muy del gusto de los académicos; todo lo opuesto de Phyro, quien lleno de impulsividad y ardor combativo cuenta con el apoyo de los nobles y el ejército. La princesa Théra —uno de los mejores, sino el mejor, de los personajes de la novela— se encuentra a medio camino entre ambos; poseedora de una mente insaciable, inteligente, llena de curiosidad, paciente, conciliadora y mediadora en los conflictos entre sus hermanos, y arrojada y valiente cuando es necesario, se encuentra sin embargo alejada de la posibilidad de heredar el trono por la rigidez de las costumbres ancestrales de Dara y el papel secundario reservado para la mujer. Fara, demasiado pequeña, tiene poco peso en la narración, salvo como receptora de algunas de las historias ejemplarizantes que tan bien sabe incluir Liu en el relato, muy en la línea del tono clásico oriental que imbuye a toda la narración.

Desviando un tanto el foco directo de Kuni Garu y sus antiguos compañeros, aunque sin apartarlos del escenario en absoluto, el peso de las tramas recae sobre una nueva generación de personajes, sobre todo femeninos. Y es que de alguna manera la novela va a centrarse en el papel de las mujeres y sus anhelos de conseguir una mayor relevancia e igualdad dentro de la sociedad de Dara. Y lo hace siguiendo el punto de vista de un buen puñado de mujeres maravillosamente caracterizadas, llenas de profundidad y relieve, auténticas, cada una con su propia personalidad, motivaciones, decisiones y formas de actuar, impulsando con ello gran parte de la historia. A las ya conocidas, Jia Matiza, Risana o Gin Mazoti, se suman con enorme acierto otras mujeres como la princesa Théra o la cashima Zomi Kidosu, pupila del erudito errante Luan Zya, cada una con su propia idiosincrasia y forma de hacer las cosas o de entender el mundo, todas con ganas de erradicar las injusticias que ven, o creen ver, ante ellas, y, sobre todo, de ser tomadas en consideración en igualdad de oportunidades. En su forma de actuar, se puede llegar a amarlas u odiarlas —incluso ambas cosas en distintos momentos del relato—, pero lo que es seguro es que siempre se las comprende. A veces para construir un mundo nuevo es necesario erradicar de la existencia el antiguo.

Liberado de la necesidad de presentar el escenario —al menos una buena parte del mismo— o de explicar el tipo de sociedad y las filosofías imperantes, las diferentes tramas fluyen de la forma más satisfactoria y placentera, consiguiendo una historia más coral que la anterior, pero igualmente fácil y apasionante de seguir. Una y otra vez, en la búsqueda de equilibrio e igualdad, Liu parece empeñado en demostrar a través de sus personajes que no hay blanco ni negro, ni tan siquiera una escala de grises, sino un gran abanico de colores y de formas de relacionarse, de afrontar la vida, el amor o la guerra. La apertura de la sociedad es una tarea ardua, ante la resistencia de todos los estamentos implicados que ven amenazado su status quo, pero se revela imprescindible para evitar el anquilosamiento, la injusticia o la discriminación sexista. Hay que empezar por abajo, promoviendo a aquellas mujeres como Zomi Zidosu, llenas de curiosidad  y sabiduría pero de «baja» extracción social, y que sin embargo pueden llegar a resultar vitales para el futuro. Hay que forzar un cambio en la forma de pensar «tradicional» y, aunque se sepa que el camino no va a ser sencillo, luchar por ello. Al igual que los hombres, las mujeres no siempre van a acertar en sus decisiones, las acciones que emprenden no siempre van a llegar a buen puerto, a obtener el resultado esperado o a ser entendidas por los que se ven afectados por ellas, pero nada de eso es motivo para cejar en su intento. La derogación de los privilegios en una sociedad tan rígida en la aplicación de las normas heredadas del pasado como la de Dara es tan sólo un primer paso en la búsqueda de la igualdad, pero se trata de un paso lleno de complicaciones e impedimentos. Y, por si a alguien le pareciera poco conflicto, la guerra está a punto de visitar las costas de las islas, llenando el relato de apasionantes, muy meditadas y medidas escenas de enfrentamientos terrestres, marítimos y aéreos, pero es algo que mejor debe descubrir cada lector, junto a otros de los actores y actrices sobresalientes del drama.

A la hora de enfocar la lectura de este libro hay que tener en cuenta que, a pesar de lo que su ropaje pudiera hacer parecer, Ken Liu escribe en todo momento bajo las reglas de la ciencia ficción o, matizando un tanto una afirmación tan aventurada, de una suerte de fantasía fiel al método científico en todos sus aspectos principales. Hasta la presencia de animales que se pudieran considerar de lo más fantásticos es presentada con actitud taxonomista, explicando su fisiología hasta las últimas consecuencias. En la relación entre maestro y alumna de Luan y Zomi el autor desgrana una buena cantidad de contenido filosófico y técnico bajo el lema «todo es cognoscible». El método de observación y deducción o la aplicación del cálculo y la ingeniería a la resolución de problemas, a la investigación e invención de nuevos armamentos y máquinas de guerra o a la propia táctica bélica son cuestiones muy presentes y particularmente fascinantes y puntillosas.


Es cierto que la fantasía irrumpe con fuerza con la presencia y participación de los dioses de Dara en el transcurso de la acción, quizá la única licencia que se toma Liu para dotar a su mundo de cierto misticismo y de socorrido sustento para sacar, o no, de algún atolladero, para inspirar la idea salvadora, o para cambiar el curso de los acontecimientos en que se ven envueltos algunos de los personajes, pero la observación empírica prevalece en todo momento, consiguiendo un fuerte realismo en la mayoría de las diferentes facetas del relato. El aprendizaje y la curiosidad científica son una constante siempre presente en una novela que versa sobre el cambio, la transformación y las fuerzas que los impulsan. La política, la cultura, la moral, la familia, las ideas, los privilegios, las propiedad de la tierra y los derechos ancestrales, el reto de enfrentar el paso a la madurez y la responsabilidad de tomar decisiones propias, las tradiciones, la discriminación o las formas de organización de la sociedad en general son objeto de la diseccionadora mirada del autor.

El Muro de las Tormentas es una continuación que no sólo iguala sino que mejora a su predecesora. Recoge las apuestas allí realizadas y las aumenta sin miedo, consciente de estar en posesión de una mano ganadora, con una prosa destacable —al igual que su traducción—, épica, gráfica, poética, evocadora y elegante, con un ritmo que sabe de forma magistral cuándo debe acelerar y cuándo frenar para mantener la necesaria tensión y curiosidad por lo que ha de venir, y una historia simplemente arrebatadora y llena de imaginación. Es verdad que el primer tercio del relato puede resultar algo más «académico» mientras Luan Zya instruye a Zomi Kidosu o se asiste al desarrollo del Gran Examen y sus consecuencias, pero también lo es que Liu consigue hacerlo de lo más interesante, presentando a la vez las tensiones y conspiraciones que están gestándose entre recovecos, y después simplemente desatando la acción de forma imparable e imprevisible. Eso sí, así como el final de La gracia de los reyes se podía considerar perfectamente cerrado, con la trama del conflicto entre el Crisantemo y el Diente de León resuelta de forma total, el cierre de El Muro de las Tormentas se antoja, dentro de su evidente conclusión, más como un impasse de espera o un alto en el camino ante todo lo que ha de venir. Donde la primera entrega se podría haber quedado perfectamente en un libro autoconclusivo, esta segunda, cerradas las líneas principales, deja demasiadas promesas en el aire como para considerarlo como tal. Que llegue pronto la tercera entrega, por favor.
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