lunes, 8 de enero de 2018

Reseña: La tecnología respira

La tecnología respira.
Finalistas del III concurso de relatos Homocrisis.

VV.AA.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Ed. Salto de página. Col. Púrpura # 91. Madrid, 2017. 172 páginas.

El presente volumen recoge las diez obras finalistas, incluida la ganadora, del III concurso de relatos Homocrisis, auspiciada bajo el patrocinio de Toshiba. El primer relato comienza así: "El primer día de clase uno de los profesores que impartía docencia en el curso de posgrado de Estudios Avanzados en IA comenzó su lección lanzando una consigna: «Ellos no respiran. Nosotros sí»". Se podría decir que es una declaración de intenciones para todas las obras de la antología, ya que en la mayor parte de ellas hay un intento muy consciente de «humanizar» los productos de la tecnología, de hacerlos, en efecto, respirar. Es curioso, al ser un requisito de las bases el que aparezca en ellos un sistema de climatización por aerotermia (un aparato de aire acondicionado en modo refrigeración o calefacción), el modo en que los autores enfrentan el reto y consiguen que el frío creado mediante mecanismos mecánicos —incluso biológicos— participe de la trama, de forma muy tangencial en algunos, tan sólo como elemento introductorio, pero central, casi se podría decir que vital, en otros. Más allá de este detalle, más bien anecdótico, es de destacar la enorme heterogeneidad de las propuestas, ofreciendo historias en torno a la Inteligencia Artificial, el ecologismo, la biotecnología, el discurso del arte o las naves generacionales. Con algunos altibajos se trata de una antología ciertamente remarcable.

De forma agradablemente sorpresiva el Prólogo de Carlos Gómez Caño, Director General de Toshiba HVAC, es en realidad un cuento prospectivo en toda regla. El autor presenta una cronología con los eventos más relevantes de nuestro futuro, partiendo de 2028, con la erradicación del cáncer hasta alcanzar un lejano 2218 con…, mejor que lo descubra el lector. Cabe decir a modo de advertencia, no obstante, que se trata, tras unos años prometedores, de una visión un tanto inquietante de lo que espera a la larga a la humanidad. Es una lectura muy interesante y una forma estupenda de abrir el volumen sin echar mano de las manidas introducciones glosando las bondades del premio o de los autores galardonados. Bien jugado.

Así el primer relato de los finalistas del certamen es en realidad el segundo de la antología. La última voluntad de Anastasij Maksímych, de Beatriz García Sánchez presenta uno de los temas más queridos de la ciencia ficción, el de los androides destinados a servir a la humanidad y su supuesto comportamiento erróneo o disfuncional. Raquel, empleada en Apotech, una modesta empresa de unidades —androides— de asistencia de bajo coste, pide ayuda a María, antigua compañera de estudios y ahora contratada en una elitista firma de abogados, ante la amenaza de una clienta insatisfecha de interponer un pleito a su empresa. Al parecer su unidad la ha agredido, contra su programación, y encima ha reconocido tal infracción. La demanda puede ser terrible, así que es importante descubrir a qué se ha debido el fallo. Y lo que descubran puede no dejar en buen lugar a nadie. García Sánchez plantea una historia muy completa, con dosis de misterio, de investigación, de bajos fondos y bajos impulsos, de transgresiones y de ternura, con un final más bien agridulce. Una magnífica forma de empezar la lectura.
A continuación Triste pesca del calamar en seco, de Miguel Garrido de Vega, es un hermoso relato lleno de nostalgia y de amor por los mayores con una lectura ecocatastrofista. La sequía avanza imparable y el mundo agoniza mientras algunos parecen no querer darse por enterados. Javier, paciente del doctor Velrubio, psicólogo, le pide acceder a un tratamiento con una nueva tecnología que le permitirá, si no curar sus dolencias, al menos cumplir un anhelado deseo, pero cuyas consecuencias pueden no ser las esperadas. Una historia de amor por la familia, de sacrificio, de anhelo por lo que no pudo de ser, con una tierna mirada a los efectos del paso del tiempo y un escenario marcado por el aviso del desastre ecológico al que el mundo parece irreparablemente condenado. Intenso e interesante.

También lo es, en un estilo muy diferente, Descuelga el teléfono, de Álvaro Gómez Ramos. El doctor Philip J. Howard se ha hecho acompañar por el profesor Leibowitz en un largo viaje hasta la fría Siberia profunda donde está ansioso por mostrarle un sorprendente descubrimiento. En una vieja instalación de tiempos de la II Guerra Mundial Howard ha descubierto un misterio que ha permanecido largo tiempo en la oscuridad. Una máquina de tecnología soviética adelantada a su tiempo que guarda celosamente sus secretos hasta que los dos científicos llegan para proyectar algo de luz. Pero para ello deberán descubrir el código que permita conocer el funcionamiento y objetivo de la máquina. Un relato con un delicioso sabor añejo, muy posiblemente de forma intencionada, que retrotrae a obras de glorioso recuerdo, y encierra una advertencia sobre el deseo de obtener el conocimiento a cualquier precio, en este caso no precisamente por parte de los científicos presentes.

En (Air)repentimientos Óscar González Soto presenta una casa totalmente domótica regida por una solícita IA que espera la llegada de sus nuevos habitantes. La IA, Air, controla hasta el último detalle dentro de sus dominios, desde la temperatura más adecuada para cada residente dependiendo de sus constantes vitales hasta el tono de la luz o el timbre de la puerta. Se muestra tan atenta, desde su anonimato, que quizá se pueda sospechar que incluso tenga sentimientos. Un relato sobre la brecha generacional y la incomunicación, sobre los cambios que los avances en tecnología propician en la vida de los usuarios, en sus gustos o en las formas de ocio. Encierra un pequeño lamento ante el abandono de la «vida real» por las pantallas, por un mundo que quizá vaya un poco demasiado deprisa, pero que también presenta maravillas, con un futuro en que forzar el diálogo quizá sea más importante que cumplir la programación, tal y como podría decirse sucede hoy en día.

Sorprendente, divertido y emotivo es De ancianos y babosas, de Raúl Gonzálvez del Águila, donde el señor Raduán, un hombre mayor residente de la Casa de Espera —¿De espera de qué? Leed el relato—, debe enfrentar al choque tecnológico que le supone el uso de ciertos bioaparatos que han sustituido a las máquinas mecánicas. El bioacondicionador, una babosa que se desplaza por el techo de la habitación enfriando el caldeado ambiente de un futuro muy caluroso, no parece funcionar correctamente, así que el servicio técnico, la vetec Xin, una joven con mucha paciencia, le dará algunas claves de su manejo. Un relato con abundante humor para un tema de lo más candente y que, además, hace mención a otros muchos como el calentamiento global, el racismo, la empatía, el respeto por los mayores o la lección de que hay que tratar a los demás como se desea que le traten a uno. Muy buena lectura.

Bajo la luz de Ferros, de Juan Manuel Jiménez Recio, es un western, con un barniz que le da apariencia cifi, hiper adjetivado y repleto de lugares comunes tan trillados como gastados. Destton, un mestizo, cabalga hacia Frontera, un poblacho del interior del planeta Exilia, un mundo colonizado para explotar su gulanita. Va buscando los restos de una banda de forajidos, encabezados por una mujer nativa, que tienen aterrorizado el lugar. Una historia de justicia, de vindicación, de colonización, de codicia…, que no deja sin echar mano ni de uno de los tópicos de las historias del Salvaje Oeste. Anodino, se deja leer, pero aporta más bien poco.

El volumen recupera el pulso, aunque de forma un tanto insólita, con Hacia donde lleve el tiempo, de Gisela María Baños Ros. Clío, una arqueóloga especialista en recuperar soportes informáticos del siglo XXI, obtiene la oportunidad de investigar en persona un lugar que la fascina por haberlo descubierto en viejas grabaciones. Un lugar donde el tiempo parece comportarse de forma extraña. Viajando por un mundo devastado por el cambio climático y las guerras de religión se enfrentará a un desafío mayor de lo que esperaba. Con un buen pulso narrativo la autora factura un relato dominado por la nostalgia y por la lucha contra el paso del tiempo; por un anhelo contra el que es imposible luchar, por un deseo de desentrañar el pasado, y que encierra un final de resonancias metafísicas. Notable.

No tan significativo, sin embargo, es Ñat de La Vega, de Ruben Muñoz Herranz. çEl repartidor Bloff entrega un aparato de aire acondicionado en un centro de arte y aprovecha para entrar en la sala de exposiciones del lugar donde tendrá lugar un intercambio de opiniones, no muy favorables, con uno de los artistas de turno, aspirante a una subvención que patrocine sus obras. Con una trama sencillota aunque divertida sobre el valor del Arte según los ojos de quien lo contempla, su mercantilización y la posibilidad de vivir del mismo, el relato destaca por la «creativa» prosa del autor que llena de personalidad propia la historia. ¿Es suficiente? Como en el Arte, la respuesta queda al juicio de cada lector.

Diferente y sugerente es Sólo los dioses pueden volver, de María Tordera Baviera. En Venus un auriga, Arrio Aretes, se dispone a correr una carrera con su carruaje tirado por tragacantos. De sus pensamientos y la competición con una intrigante mujer que se hace llamar Atenea Palas surgirá la historia de cómo el hombre se viera inmerso en esta situación en un universo alternativo donde Roma siguió rigiendo el destino de la humanidad durante mucho más tiempo que en el nuestro. La autora ofrece un escenario de lo más atractivo con una historia que no termina de explorarlo, pero que deja de lo más satisfecho.

La antología, muy acertadamente, se cierra con el ganador del III concurso de relatos Homocrisis. El motor del mundo, de Javier Castañeda de la Torre, el broche que realza y da esplendor a todo el conjunto. Una estupenda decisión reservarlo para el final, terminando en todo lo alto y dejando así el mejor sabor de boca. Un niño ayuda a su padre en las tareas de mantenimiento de la nava generacional en la que viven, aspirando a poder mantener el estatus que ese trabajo les concede. Muchas cosas han cambiado en un universo que se apaga, la mayoría de ellas propiciadas por la necesidad de ahorro energético que exige la máxima eficiencia tanto de las máquinas como de los seres humanos. «—Qué es la vida» es la frase que abre el cuento, y esa es la cuestión básica de todo su desarrollo. Un relato maravilloso, lleno de ciencia y de humanidad, de desafíos intelectuales, de cuestiones como el valor de una vida cuando nada se desperdicia, y de entropía, que demuestra que el amor a la familia también tiene su lugar al final de todo. Al fin y al cabo, ¿cuál es el verdadero motor del mundo? ¿La máquina que propulsa la nave que encierra toda su existencia o el corazón que hace latir todavía el ansia de los que lo habitan?

Se podría decir sin temor que tan sólo la lectura de esta última obra, tan bien escrita y con tan buen desarrollo estilístico como interesante resulta la situación planteada, hace merecer la pena por todo el volumen, aunque el que otros cuentos rayen también a buena altura hace que la valoración general sea igualmente satisfactoria. Interesante iniciativa con muy diferentes propuestas que dan cuenta de la amplitud de miras y temáticas que encierra el género especulativo. ¿Respira la tecnología? No lo sé, pero sin duda estos relatos sí.

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