miércoles, 24 de octubre de 2018

Reseña: Tumba de dioses

Tumba de Dioses.
Crónicas de la Nuncanoche, 2.

Jay Kristoff.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Fantascy / Plaza & Janés. Barcelona, 2018. Título original: Godsgrave. Traducción: Manu Viciano. 553 páginas.

Lejos de sucumbir a los males que en ocasiones aquejan a las segundas entregas de una trilogía Kristoff imprime un nuevo rumbo a la búsqueda de venganza de Mia Corvere, dejando atrás su forja como asesina, y explotando decidida y descaradamente el escenario presentado previamente. La ambientación del anterior volumen estaba inspirada en la Roma clásica. ¿Y qué puede haber más representativo de ese periodo que los combates de gladiadores? En efecto, la narración vuelve a sumergir su línea principal en una historia de «entrenamiento», pero en esta ocasión dedicado al duro aprendizaje en el arte del combate en la arena de un público entregado. Y sí, tal vez no sea todo lo original que podría haber sido. Hay aquí mucho de la serie de TV Spartacus: Sangre y arena, algo de Gladiator o un poco de la película Espartaco protagonizada por Kirk Douglas. Pero el giro que le imprime Kristoff hace que la lectura no se resienta en absoluto. Como Nuncanoche, la anterior entrega, es esta una fantasía oscura repleta de acción, intrigas, conjuras políticas y/o económicas, amistades no buscadas y enemistades encarnizadas, violencia, combates, muchas y sangrientas muertes, misterios, secretos y mentiras por doquier, humor grueso, explícitos escarceos amatorios, rivalidades, traición y la prominente venganza de Mia sobrevolando todo el texto. Y, como siempre aviso, esta reseña no va a contener destripes de la trama de la novela presente, pero sí es muy posible, bueno, más bien seguro, que los haya de la precedente.

La acción empieza con Mia intentando ser vendida como esclava para entrar en el collegium de Leónidas, uno de los sanguilas, los dueños de los establos humanos, más afamado de toda la República. Su intención es poder participar en el combate final del Venatus Magni, el más grande juego de gladiadores, a celebrar en Tumba de Dioses y en el que los dos objetivos principales de su venganza, el cónsul Scaeva y el cardenal Duomo, harán una de sus escasas apariciones públicas conjuntas. No obstante, hasta las mejores planes, y este ya desde el principio hacía agua por unos cuantos agujeros, pueden torcerse. Y Mia no terminará exactamente donde tenía pensado. Pero ¿cómo ha llegado hasta esa situación? Para descubrirlo el foco temporal deberá viajar hasta cuatro meses antes, cuando la recién ordenada asesina se encuentra inmersa en la ejecución de las primeras misiones encargadas por la Iglesia Roja. Así los capítulos de la primera parte del libro, como ya sucediera en el anterior, se encuentran divididos en dos, con una narración en letra redonda de su presente y otra en cursiva para su pasado inmediato.

A pesar del título, tan sólo alguno de los capítulos del primer tramo de la novela y su decidido final se desarrollan en la ciudad de Tumba de Dioses, teniendo lugar durante el resto de la narración principalmente en Nido de Cuervo, antiguo hogar de la familia Corvere y ahora lugar de entrenamiento de los gladiatii del collegium de la domina Leona, y en las diversas ciudades que los luchadores visitan para participar en los combates que les otorgue la posibilidad de participar en el torneo definitivo, el mentado Venatus Magni, donde Mia quizá tenga la oportunidad perfecta, y muy posiblemente única, de acabar con sus odiados enemigos. Mientras tanto, debe encajar entre el resto de gladiadores y mantenerse con vida el tiempo suficiente como para recomponer su plan y cumplir sus objetivos. No sabe en quién puede o no confiar ni entre sus compañeros esclavos ni entre sus aliados externos. En quién apoyarse o de quién cubrirse las espaldas. El mundo de los gladiadores es ciertamente muy competitivo, dentro y fuera del propio collegium, y no es un sitio en el que cultivar amistades entre unos hombres y mujeres que podrían estar muertos —a los que se podría estar obligado a matar— en el próximo lance de los combates.

© Cameron McCafferty
Mia sigue evolucionando y creciendo como personaje. La venganza continúa siendo el motor que mueve su vida, pero, viviendo en el «otro lado», entre los esclavos y los desfavorecidos, y obteniendo nuevas revelaciones sobre sus padres y sobre la rebelión que su progenitor apoyaba, sobre las complejidades, injusticias y principios vulnerados en que se encuentra asentada su sociedad, sobre los entresijos no siempre limpios de la política en uno y otro bando, muy paulatinamente va a empezar a cuestionarse ciertas cosas que siempre ha dado por sentadas sobre su familia, la Iglesia Roja, sus compañeros de infortunio, el sistema social de amos y esclavos, o sobre el mundo en el que vive y en el que podría haber vivido. Va a descubrir que incluso un tema tan claro hasta ahora para ella como el de la venganza se aleja con mucho de un simple blanco o negro. Algunas de sus convicciones se tambalean, aunque eso no le va a hacer perder de vista su objetivo.

Fría y calculadora, todos sus actos están supeditados a acabar con Scaeva y Duomo. Pero, brutalmente pragmática como es, ¿podría llegar a convencerse de que hay algo más allá de su venganza? ¿Podría cierta vulnerabilidad quebrar su determinación? El lector va a ver madurar a Mia durante todo el libro, de una forma progresiva, lógica, cerebral y elegante, integrada en una trama que guarda muchas sorpresas, algunas más cantadas —anticipadas casi desde el principio o apuntadas de alguna manera antes de que suceda el giro correspondiente—, otras totalmente inesperadas. ¿Podrían incluso reavivarse las llamas del amor después del traumático final de su relación con Tric? Al menos el gusto por el sexo, aparentemente, no lo ha perdido en absoluto.

© Cameron McCafferty
Y no es el único personaje con gran evolución. Ashlinn Järnheim, causante de una buena parte del dolor interior que arrastra la protagonista y quien quedaba en muy mala posición al final de la anterior entrega, adquiere en esta un papel todavía secundario pero muy, muy relevante. Perseguida por todos los asesinos de la Iglesia Roja, Ash sigue buscando su propio camino de venganza. Algo que va a hacer que irremediablemente se cruce con la senda de Mia, pues podrían estar más relacionados de lo que la asesina pudiera haber llegado a sospechar. En la sombra de la protagonista Don Majo y Eclipse conviven en difícil equilibrio. De alguna manera se convierten en el reflejo de su conciencia, dividida en abiertas contradicciones. Y a la vez son fuente de diversión constante por su irónica rivalidad por los afectos de Mia, un alivio cómico y mordaz en medio de tanta tensión. En torno a ellos, y a algún personaje nuevo como cierto gladiatii muy pagado de sí mismo, existen también algunos apuntes novedosos sobre los tenebros y sobre lo que podrían ser. Apuntes ominosos, con inquietantes presencias, que plantean a la protagonista más preguntas que respuestas.

Mas el lector no debe olvidar que Tumba de Dioses es, eminentemente, una novela de acción, trepidante en ocasiones, y por ello contiene abundancia de sangre y violencia, de combates, desmembramientos, amputaciones y muertes, algunas muy crueles de observar —y Kristoff demuestra la suficiente habilidad como para no hacerse repetitivo en los diferentes juegos de gladiadores en los que Mia participa—. Al fin y al cabo es una buena historia de gladiadores y no se debería esperar que la arena no terminase empapada de rojo —aunque muy posiblemente alguna de las muertes más dolorosas para el lector y, desde luego para la protagonista, se produzcan fuera de los juegos—. Y a un tiempo se trata de una imaginativa novela de fantasía, por lo que no se debe buscar ninguna coherencia histórica con nuestra realidad, haciendo un espectáculo grandioso de cada torneo, con grandes e ingeniosos mekkenismos actuando sobre el coso, modificando el terreno de combate, llenándolo de obstáculos, de plataformas, de secciones movedizas o de fortalezas, incluso inundándolo, para recrear cruentas batallas y conquistas del pasado de la República, donde los que han de morir se enfrenten a su cruel e inevitable destino para disfrute del pueblo. Y todo por obtener, además del beneficio económico y la fama para su dominii, la corona que otorgue al vencedor no la gloria —bueno, eso tambien un poco—, sino la libertad.

© Cameron McCafferty
Kristoff, a través de la esmerada traducción que ofrece esta edición, sigue haciendo gala de un estilo divertido, ágil, visual, con gran habilidad para la descripción de la acción y los combates —algo que se antoja imprescindible para una obra de este tipo—, y de un ritmo rápido y violento, con abundantes giros para mantener en todo momento la atención del lector. Es, salta a la vista, una novela extensa, pero se lee de manera muy fluida. Y sin renunciar, aunque quizá sí disminuyen un poco su número, a los extensos pies de página que tanto llamaban la atención en la anterior entrega, tan informativos sobre el trasfondo de la historia y la construcción del escenario como sarcásticos, cínicos e hilarantes en ocasiones. Conviene no saltárselos, porque además de la gran cantidad de información, en ocasiones también anticipan detalles muy relevantes a tener en cuenta más adelante de la trama. La novela no se resiente en absoluto de ser el libro de en medio de la trilogía, haciendo gala de una trama propia, casi conclusa —algo hay que dejar para el siguiente—, emocionante, brutal, sangrienta, emotiva y dotada de un final —ese final— que deja con irresistibles deseos de leer la conclusión definitiva.

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