miércoles, 20 de enero de 2010

Reseña: País de espías

País de espías.

William Gibson.

Reseñas de : Santiago Gª Soláns.

Ediciones Plata. Col. Plata Negra. Barcelona, 2009. Título original: Spook Country. Traducción: Rafel Marín Trechera. 381 páginas.

William Gibson ambienta su última novela en nuestro presente —en 2006, más concretamente—, alejándose, como ya hiciera en la anterior Mundo espejo (Pattern Recognition, 2003), de la visión del futuro cyberpunk que él mismo contribuyó a crear; aunque en el presente de País de espías podemos observar muchos detalles, sobre todo en el desarrollo y aplicación de las nuevas tecnologías, que de alguna manera hermanan el libro con aquellas obras anteriores del autor. Como es habitual en su forma de narrar, la novela se divide en tres líneas, una de ellas aparentemente irreconciliable con las otras dos, pero que, nadie lo dude, están irremediablemente llamadas a encontrarse.

Ese presente de la novela es casi el nuestro; casi, pero no del todo. Hay multitud de pequeños, pero significativos, detalles que lo conforman más como una especie de mundo paralelo al nuestro, una extrapolación pausible de las tecnologías que van instalándose en nuestras vidas paulatinamente sin apenas darnos cuenta, más que como un reflejo de nuestra propia realidad. Así, País de espías viene a ser un thriller tecnológico con un barniz de novela de espionaje. La globalización de un mundo, nuestra Tierra, cada vez más «pequeño», donde los sucesos de un país cada vez tienen una mayor repercusión en los rincones más inesperados del orbe, donde la política de una nación adquiere ramificaciones mundiales, donde el movimiento de una «ficha» o de un «peón» tiene su respuesta a miles de kilómetros de distancia, y donde el arte y la música van adquiriendo un carácter unificado y cada vez hay menos sitio para innovar, hace que personajes totalmente ajenos terminen abocados a cruzarse y a compartir unos conocimientos que, quizá, ni siquiera sospechaban compatibles. En este sentido, el arte locativo al que Gibson da una enorme importancia en la novela —al punto que casi es el detonante que da origen a la historia— y que no es sino el remedo tecnológico de los graffitis callejeros, pero elevados a una complejidad y un anonimato mayúsculos —para poder disfrutarlos hay, primero, que saber dónde se encuentran y, segundo, disponer de la interfaz que permita su visualización—, con el mismo carácter efímero y temporal que aquellos —dependen en exceso de servidores, routers y suministro energético; tal y como queda demostrado en la propia novela—, termina uniendo de alguna manera casi imposible a todos los personajes de la novela.

Al final, queda la impresión de que País de espías no es precisamente una de las mejores novelas de Gibson, de hecho me atrevería a decir que es casi la peor, o al menos la más decepcionante, de ellas. La compleja, e incluso intencionalmente confusa, trama, llena de detalles que parece van a tener gran importancia y luego no sirven para nada, se resuelve finalmente en un “bluf” que deja muy insatisfecho al lector que se esperaba mucho más del autor de Neuromante. Tal vez se deba a que esta novela, supuestamente más realista y cercana, precisa de bastante más “suspensión de la incredulidad” que las novelas más futuristas del autor. Para ser una narración situada en nuestro presente —o en un pasado muy, muy cercano—, hay que tragar demasiadas “ruedas de molino” como para que la lectura resulte satisfactoria.

Hollis Henry es una ex estrella de una banda de culto de pop-rock indie, que perdió todo lo que había ganado en su carrera musical en la crisis de las punto com y que en la actualidad se dedica a escribir artículos como freelancer hasta que recibe una oferta irrechazable para trabajar para una nueva revista europea, Nódulo, dedicada a la música y las nuevas tendencias. Su primer encargo será, precisamente, investigar sobre el novísimo arte locativo y sus principales autores y promotores para lo que se trasladará a Los Ángeles en busca de Bobby Chombo, el paranóico creador del soporte que permite las invisibles esculturas holográficas y que resultará ser bastante escurridizo. Tito es un joven perteneciente a una familia de exiliados chino-cubanos, con misteriosas conexiones con la Rusia soviética y con la CIA, y que se mueve por un Nueva York marginal, participando en pequeñas actividades delictivas en torno al intercambio de «información» hasta que parece verse mezclado, de repente, en una trama de espionaje de altos vuelos, teniendo que abandonar todo lo que conoce en pos de la aventura. Brown es un agente secreto de no se sabe qué agencia gubernamental ni de qué país exactamente, o que quizá tan solo está trabajando para sí mismo con los conocimientos secretos adquiridos con anterioridad, que busca interceptar los mensajes de una red de traficantes de información para localizar un objeto en principio desconocido, tarea para la cual ha raptado a Milgrim, una adicto a las drogas, las pastillas de Ativan en concreto, y experto lingüista de un oscuro dialecto ruso, el volapuk, en el que la red parece comunicarse, con poco interés en la vida salvo asegurarse la siguiente dosis de pastillas y sumergirse en la lectura de un libro sobre oscuras e ignotas desviaciones religiosas.

Gibson pone en píe una interesante trama a priori, con la que consigue llamar la atención del lector y meterlo en la fragmentaria historia hasta que paulatinamente este se da cuenta de que la misma no termina de ir a ninguna parte. Y es que País de espías se desvela pronto como la simple búsqueda de lo que Alfred Hitchcok diera en llamar un «MacGuffin», un objeto en torno al que gira toda la trama y que en este caso no es sino un contenedor que se encuentra en paradero desconocido con un misterioso contenido en su interior, y al que todos, de forma consciente o no, buscan encontrar, cada cual con sus particulares fines. La irrupción en escena del filántropo multimillonario Hubertus Bigend —que ya apareciera en Mundo espejo y que tiene incluso el “honor” de poseer una entrada propia en la wikipedia— como uno de los principales jugadores en la sombra, patrocinador de la investigación de Hollis y con una agenda propia que no parece demasiado interesada en el arte locativo por sí mismo, sino como parte de un plan para alcanzar otros intereses a través de la figura de Chombo, no hace sino forzar aún más la credulidad del lector ante sus acciones.

Parece claro que Gibson ha intentado escribir una novela sobre los EE.UU. y el mundo post 11-S y todos los cambios geopolíticos que han tenido lugar desde entonces. Pero lo cierto es que se ha quedado en lo anecdótico sin entrar realmente en el fondo de la cuestión y sin tomar partido de una forma decidida. El lector en ningún momento llega a sentir una implicación emocional con lo narrado o con los personajes —un grupo de solitarios marginales con los que es muy difícil conectar—. No hay un sentimiento de apremio, de peligro, de suspense, al punto que el contenedor y su misterioso contenido no crean excesiva curiosidad y que finalmente, incluso con las bajas expectativas, defrauda miserablemente. La historia se desvela como demasiado simple, después de crear un escenario enorme, global, todo termina siendo demasiado local, demasiado interno, demasiado mezquino, con unos objetivos, visto lo que está en juego, demasiado pequeños. Y el carácter tecnológico que se le supone a las narraciones del autor termina limitándose a los medios técnicos necesarios para poner en marcha, mantener y contemplar el arte locativo —GPS, gafas de realidad virtual, hackers y servidores informáticos entre otros— y en el barniz que supone el sustituir los antiguos microfilms o cintas grabadas de las historias clásicas de espías por i-pod cargados de datos que van cambiando de manos. Demasiado poco para alguien que llegara a ser tan innovador en sus obras anteriores. Pero es que a nivel de simple novela de espionaje también fracasa de algún modo, no termina de entrar a fondo en lo que realmente significa una sociedad permanentemente vigilada, en constante tensión, con unos gobiernos que en pos de la seguridad recortan sin rubor las libertades civiles y donde la lucha contra el terrorismo justifica aparentemente cualquier “pacto con el diablo”. Muchos de los personajes tienen o han tenido contacto con agencias de espionaje o contra-espionaje, aunque en la novela todos parecen actuar por libre y con objetivos propios; el problema surge cuando esos objetivos no terminan de revelarse demasiado claramente o, cuando sí llegan a conocerse, resultan bastante flojos como motivación. Pase lo que pase a los protagonistas, al final prácticamente nada de lo sucedido tendrá una repercusión real ni importante en el mundo en el que estos se mueven. Y eso lo único que consigue es dejar muy frío al lector, con una sensación de decepción profunda dado lo que se esperaba de este autor.

Al final, todo se limita a intentar saber qué es el misterioso contenedor, qué contiene: ¿drogas? ¿armas? ¿documentos secretos? ¿tecnología revolucionaria?, a quién pertenece, quién lo ha puesto en marcha, dónde lo ha enviado, quién es el destinatario y qué quieren del mismo toda este variopinto y dispar conjunto de personajes y para qué. De forma voluntaria o medio obligados todos correrán en una especie de carrera a ciegas para ser los primeros en poner sus ojos sobre el objeto hasta alcanzar un desenlace, como poco, anticlimático. Desde luego, Gibson aprovecha para dar salida a muchos temas paralelos con los que el lector puede sentir que no ha perdido del todo el tiempo con la lectura: la forma en que se utiliza la tecnología y como su abuso puede producir una quiebra en la sociedad; el poder de la información y el peso obstaculizador de la burocracia en su intercambio; la volatilidad de la fama, que tan pronto se va como vuelve; la Historia secreta, ajena al común de los mortales; las manos en las sombras que mueven los grandes hilos; la excentricidad que permite la riqueza; el miedo que puede condicionar la actuación de toda una sociedad, llegando a renunciar a principios fundamentales tan solo para sentirse segura —la visión mostrada de unos Estados Unidos absolutamente doblegados por la congoja y la confusión que todavía hoy produce en ellos los hechos del 11-S, la paranoia creada en la psique colectiva al punto de que la desconfianza es el sentimiento predominante en cualquier relación nueva o cómo se desgarran por dentro con una guerra tan impopular como inacabable en Irak y Afganistán... Un país que se ha apartado peligrosamente de sus principios fundacionales y que todavía no ha encontrado un nuevo marco firme con el que remplazarlos— y que aún así nunca puede quitarse de encima la sensación de estar siendo continuamente vigilada, escuchada y observada. Es fácil darse cuenta de que País de espías y Mundo espejo no solo comparten un mismo escenario, sino que casi se superponen, dando lugar a una lectura paralela de resultados cuando menos curiosos, cuando no insospechados. Aunque, tras todo ello, lo cierto es que la sensación es de cierta indiferencia, la narración no consigue despertar un auténtico interés sobre lo que está pasando o sobre el destino de contenedor y personajes. La lectura termina siendo muy desapegada, sin implicación alguna, lo cual no deja de ser una lástima.

En cuanto al estilo, Gibson permanece fiel a sí mismo, con oraciones y frases cortas, cargadas de significado, directas y algo descarnadas; con metáforas duras, industriales, grises como las ciudades que pretende retratar, como el presente un tanto descorazonador en el que sitúa a sus personajes; con diálogos concisos, breves, que nunca van mucho más allá de lo que es imprescindible decir, pero con unas resonancias muy realistas, cargadas de significado, dando a cada personaje una voz y unos sentimientos perfectamente definidos e individuales.

Y después de todo, el lector se queda con demasiadas preguntas, con demasiados hilos que no van a ningún sitio, con demasiados detalles que al final no sirven para nada y que si Gibson se hubiera centrado un poco más en ellos se antoja que pudiera haber salido una novela mucho más interesante. Al final quedan demasiados destinos en el aire, demasiadas cuestiones sin resolución y demasiados callejones sin salida. Una lástima. Esperaba pero que mucho más de Gibson. Mi conclusión: Mucho ruido, demasiado, y pocas, muy pocas, nueces.

lunes, 18 de enero de 2010

Reseña: La princesa prometida

La princesa prometida.

William Goldman
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Reseña de: Amandil.

Martínez Roca, Barcelona 1999. Título original: The princess bride. Traducción: Celia Filipetto. 252 páginas.

Cuando William Goldman (guionista de cine y televisón reconocido con múltiples premios como los celebérrimos Oscars) escribió en 1973 La princesa prometida probablemente no era consciente de que estaba creando una novela de aventuras llamada a ser un clásico. En su ánimo más bien estaría el escribir un relato cómico, bastante cínico en ocasiones, en el que bajo el pretexto de volcar algunas experiencias personales, narraba un bello cuento romántico que tendría como principal argumento la lucha de dos personajes arquetípicos, Westley y Buttercup, en pos de su porción de Amor Verdadero.

Al ser un relato pretendidamente tópico no faltarán los malos "modélicos", encarnados en las figuras del Conde Rugen, el Príncipe Humperdinck y el taimado siciliano Vizzini; los compañeros de los buenos, como el popular Íñigo Montoya, el forzudo Fezik y Max Milagros, los duelos a espada, las persecuciones, los juegos de inteligencia, los animales fantásticos, las peleas absolutamente desequilibradas a favor de los malos y la eterna lucha entre el bien y el mal. En definitiva La princesa prometida lo tiene todo. Hasta una película tan atractiva como el libro y guionizada por el mismo autor.

La historia es bien sencilla:

El libro preferido de William Goldman es un libro que nunca leyó. O, mejor dicho, es un libro que le leyó su padre cuando era niño y que él nunca leyó por sí mismo. Se trata del clásico de la literatura de Florín, La princesa prometida, escrito por S. Morgenstern, y que es un compendio de aventuras y amoríos. Así que ¿qué mejor regalo de cumpleaños para su propio hijo que un ejemplar de aquella obra? Sin embargo, para su decepción, en su hijo no parece despertarse la misma pasión que él vivió cuando se lo leyó su padre. ¿Cómo es eso posible? Sencillo. Su padre le leyó sólo las partes del libro que contenían cosas "entretenidas", saltándose aquellas aburridas y completamente ajenas a los gustos de un niño. Contrariado por el descubrimiento Goldman decide "reescribir" una versión "breve" que sólo incluya la historia que le contó su padre en la lejana infancia... Esa versión breve es la que da cuerpo al libro.

En ella la atractiva Buttercup y el mozo de cuadras de su casa, Westley, se enamoran perdidamente. Debido a la pobreza el buen mozo decide viajar a América para hacer fortuna y así poder empezar una vida junto a su amada. Pero en su viaje se cruza el terrible pirata Roberts y todo el mundo sabe que nunca hace prisioneros. Buttercup, finalmente, pese a estar destrozada por la noticia se ve empujada a aceptar casarse con el príncipe de Florín, Humperdinck, quien, en realidad pretende asesinar a su joven prometida para acusar del crimen al país vecino, Guilder, y empezar una guerra contra ellos. Para lograr su objetivo contrata los servicios de un grupo formado por el espadachín español Íniño Montoya, el gigantesto luchador turco Fezik y el inteligente y malvado siciliano Vizzini. Todo parece ir de maravilla hasta que se cruza en el camino de los maleantes un misterioso "hombre de negro" que parece empeñado en liberar a Buttercup...

La narración escrita por Goldman se caracteriza por un estilo cómico y sencillo en el que el lector se siente en todo momento atrapado por una trepidante acción y una trama amable, muy entretenida y bien llevada, que parece beber del modo cinematográfico más que del literario. Abundan las imágenes de fácil descripción y muy evocadoras (los Acantilados de la Locura, el Zoo de la Muerte, la historia de Íñigo, las aventuras del pirata Roberts, la hilarante intervención de Max Milagros) que resaltan en todo momento la vis cómica y ágil que impregna absolutamente todo el relato. Además, utilizando el truco de insertar comentarios del propio autor en cursiva, añadiendo anécdotas ajenas a la historia, valoraciones intrascendentes pero divertidas y críticas bastante cínicas a lo que va contando, se desarrolla una especie de doble lectura paralela (la de las aventuras de Buttercup y Westley y las ocurrencias de Goldman en su "resescritura" del clásico de Florín) que enriquece la novela y añade un cierto toque de esperpento genial al conjunto.

En definitiva, La princesa prometida, es uno de esos libros que se pueden leer perfectamente sin necesidad de ser seguidor acérrimo del género fantástico ya que es, en realidad, una obra cómica que bebe de los elementos comunes a muchos libros de aventuras de espadachines clásicas. Su ritmo, su estilo y, sobre todo, lo amena que es la lectura, hacen que pase en un suspiro y que se tengan ganas de leer más o, en su defecto, releer la obrita cada cierto tiempo recordando el buen sabor de boca que deja y lo divertida que llega a ser por momentos.

Indispensable.

jueves, 14 de enero de 2010

El libro del cementerio

El libro del cementerio.

Neil Gaiman.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Roca editorial. Col. Rocajunior. Barcelona, 2009. Título original: The Graveyard Book. Traducción: Mónica Faerna. Ilustraciones: Chris Riddell. 293 páginas.

Neil Gaiman vuelve a navegar con acierto dentro de la Literatura Juvenil y, como ya hiciera en Coraline, lo hace sin renunciar ni un ápice de su particular cosmogonía y estilo temático. Así, El libro del cementerio pertenece abiertamente al género del terror ─aunque beba a su vez de muchos otros─ desde el mismo principio en que un niño pequeño, apenas un bebé, huye de su casa perseguido por un brutal personaje que acaba de asesinar a sus padres y a su hermana mayor, y se refugia en un cementerio donde será adoptado por los fantasmas que lo habitan. Un curioso morador del lugar, Silas, un individuo que no está vivo pero tampoco muerto, poseedor de ciertos poderes psíquicos y que solo sale de noche, se convertirá en su tutor y le dará nombre: Nadie, porque es un niño que “no se parece a nadie”. Nadie Owens, apellido del matrimonio fantasma que lo adopta como hijo, crecerá en el antiguo cementerio ─que ya hace bastante tiempo se convirtiera en una reserva natural en detrimento de su función original, pero sin retirar las tumbas─ rodeado del mundo paranormal, de espectros a cada cual más extraño y ansiando en ocasiones salir a un exterior idealizado que le está vedado mientras la amenaza del asesino de su familia, el Hombre Jack, permanezca activa.

El autor, como ya ha demostrado en numerosas ocasiones, es un maestro en la creación de atmósferas. Mediante un lenguaje y una narración algo más sencillas que en sus novelas «adultas», consigue impregnar cada página de un sabor especial, de una fascinación por lo que está sucediendo y por dónde está sucediendo que hace que se devore el libro, capítulo tras capítulo hasta el agridulce final, sin apenas reposo. Y eso que su estructura interna, que convierte cada uno de esos capítulos en un cuento casi independiente dedicado a un periodo concreto del crecimiento de «Nad», invita a una lectura más reposada de cada uno de ellos, paladeando cada historia con tranquilidad y disfrutando de cada aventura por separado; aunque, confieso, es difícil esperar tanto, dejar pasar el tiempo entre uno y otro, y así la lectura dura un suspiro ─de satisfacción, eso sí─. Como libro infantil-juvenil lo que Gaiman narra no deja de ser bastante previsible (desde una óptica adulta, por supuesto), pero la forma de narrarlo, el cariño que destila cada página y cada personaje, lo aleja de otros libros similares de esta categoría. La imaginación desborda en cada situación y descripción, y Gaiman consigue con una apariencia de increíble sencillez unir el mito antiguo con lo nuevo ofreciendo al lector una experiencia francamente interesante.

El autor parece, no obstante, muy consciente del público al que se dirige en esta ocasión y factura una historia sin excesivas complicaciones ni giros rompedores. El libro del cementerio se encuentra narrado mucho más en “blanco y negro” que otras de sus obras anteriores; el bien y el mal se encuentran perfectamente definidos a pesar de que la forma de actuar de las criaturas que se encuentran a uno y otro lado de la línea no siempre se corresponden con la naturaleza habitualmente aceptada en su versión más clásica ─los fantasmas son, mayoritariamente, encantadores. Los ghouls, a pesar de provocar escalofríos de miedo, tienen algunas de las escenas más hilarantes del libro. Los licántropos no son en absoluto lo que parecen en un primer vistazo…─. El caso más evidente es el del propio Nadie; Gaiman se sirve de la excusa de su infancia en el cementerio, de su falta de contacto con el exterior, para dotarlo de una personalidad que se antoja demasiado plana: el chico siempre es bueno, carece de cualquier tipo de malicia, siempre busca hacer lo correcto y su inmensa curiosidad tan solo busca iluminación, conocimiento sobre el mundo que le rodea, y nunca causar daño. Siempre es amable y reflexivo, siempre está lleno de esperanza y no se deja llevar por el desánimo, siempre hay una luz para él brillando en lo más oscuro para mostrarle el camino correcto. Y en el caso de que sus acciones involuntariamente lleguen a provocar algún perjuicio, siempre está dispuesto a reconocer su culpa e intenta reparar el fallo. No hay doblez, no hay malicia, no hay doble juego, ni engaño, ni segundas intenciones, ni falsedad en Nad. Es, quizá, demasiado virtuoso y, aunque supongo que la intención era presentar al joven lector una figura ejemplarizante, tal vez ese lector lo pueda encontrar con un puntito de ñoñería, siendo sin embargo este el único defecto «grave» que se puede achacar a la novela.

El libro del cementerio navega entre la historia de terror y la aventura del crecimiento del chico en un entorno extraño, plagado de misterios y amenazas, de seres primigenios que aguardan al destino en antiguas criptas, dotándolo con un toque de locura surrealista ─la danza macabré es un capítulo genial, que embarga de nostalgia y rompe los esquemas preconcebidos─ y un humor algo oscuro que termina siendo muy inocente. La novela narra el tránsito de la infancia a la adolescencia de Nad, dedicando cada capítulo a un episodio concreto, casi independiente del resto (de hecho, el propio autor reconoce haberlos escrito desordenadamente, detalle que se nota en algunos momentos en el estilo, desigual en ocasiones) y donde se van presentando nuevos personajes y nuevos retos que superar y con los que ir construyendo la personalidad del muchacho de cara a enfrentarse a la amenaza que oscurece su futuro. Cada vez que Nadie abandona el cementerio se ve abocado a un peligro desconocido, pero siempre presente; sin embargo su voluntad demostrará ser más fuerte que cualquier amenaza, y su deseo de vivir, de conocer, se verá enfrentado a la inmovilidad y a la falta de cambios en la “sociedad” de los fantasmas. Al final, para crecer hay que abandonar la infancia, la seguridad del nido, por mucho que el proceso pueda doler.

Existe en ello una ambivalencia curiosa, por un lado la honestidad con que Gaiman trata a sus lectores más jóvenes, mostrándoles un mundo que puede ser cruel y aterrador, lleno de sombras y amenazas, pero a un tiempo dotándolo de personajes sin apenas matices de gris. De todas maneras, está claro que esta dicotomía no es impedimento para que la novela haya recogido ya un buen número de premios importantes ─el Newbery, el Hugo─ y que se haya confirmado que Neil Jordan la adaptará al medio cinematográfico.

El libro del cementerio es una lectura inquietante a ratos, conmovedora, sugerente, nostálgica, divertida, oscura, dolorosa, amable y hermosa. Y sobre todo muy evocadora gracias a las vívidas imágenes con las que el autor puebla el texto. Un texto que viene acompañado en la edición de Roca de las descriptivas ilustraciones de Chris Riddell, en detrimento de las más inquietantes que Dave McKean hiciera, con un carácter sin duda más adulto, para una de las dos versiones anglosajonas. Quizá esta no sea la mejor o más «redonda» obra de Gaiman, pero sin duda consigue descollar por encima de la gran mayoría de novelas que compiten en su «liga». Recomendable para jóvenes lectores y para los adultos que quieran recuperar o todavía conserven parte de su niñez. Yo la he disfrutado mucho.

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Otras reseñas de obras del autor:

Los hijos de Anansi.

Coraline.

El cementerio sin lápidas y otras historias negras.



Libros recibidos. Enero 2010

Grupo Ajec ha tenido la amabilidad de hacernos llegar los siguientes ejemplares de prensa de dos de sus lanzamientos:

jueves, 24 de diciembre de 2009

Qué poco originales...

Sí, lo sabemos, pero ¿qué le vamos a hacer? Somos así.


Todo el equipo de Sagacomic os queremos desear una muy

feliz Navidad

y un próspero (que falta hace) año 2010.

Muchas gracias por vuestra presencia al otro lado de la pantalla y esperamos seguir contando con vosotros por muchos años más.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Reseña: Zombieland

Zombieland.

Ruben Fleischer.


Reseña de: Amandil

Columbia Pictures / Relativity Media / Pariah, 2009. 88 minutos.

Desde que en 1968 George A. Romero estrenó la película "La noche de los muertos vivientes" el subgénero de los zombies ha avanzado al ritmo de la sociedad tanto en la literatura como en el cine, volviendo una y otra vez a las mismas premisas y a las mismas situaciones apocalípticas. Eso sí, como un meme en estado puro, se ha ido adaptando a los nuevos tiempos, camuflando sus carencias argumentales con nuevas dosis de ingenio que, en el mejor de los casos, consiguen algo de originalidad a base de combinar argumentos e ideas explotadas a su vez en otras historias.

Desde los clásicos zombies lentos y torpes hemos pasado a los actuales muertos-vivientes capaces de derrotar a Ussain Bolt en los 100 metros lisos. De los orígenes accidentales como consecuencia de los desmanes de la humanidad en el ámbito científico hemos llegado a que sean obra de la búsqueda del arma definitiva por parte de corporaciones sin escrúpulos. De ser algo irracional ha pasado a ser una enfermedad contagiosa.

Pero pese a los cambios y los giros (zombies en el siglo XIX, en el XX, en el espacio, en la literatura clásica, etc.) siguen produciéndose los mismos errores e incoherencias que, si bien dan igual en el desarrollo general de las tramas, sí que impiden que se dote de una consistente coherencia interna al mundo de los "come cerebros empedernidos" (por ejemplo, la duración de la "transformación" en zombie varía en función del protagonismo del infectado -desde "inmediato" hasta "varios días"; o ¿por qué a veces los zombies "se comen" a sus victimas y otras veces se contentan con infectarlas?).

En todo caso, el argumento en cualquier obra relacionada con este subgénero del terror suele centrarse en el papel de los "supervivientes", que son a la vez afortunados y desgraciados, valientes y cobardes, capaces de los mejor y de lo peor. En definitiva, la fuerza del relato (más allá de los sustos y las vísceras esparcidas por aquí y allá) suele estar en la capacidad del autor o director para sacar a la superficie las tensiones y vínculos que surgen entre las distintas personas que coinciden en esa desesperada huida que caracteriza a los protagonistas de estas historias.

Pero, un subgénero que acumula ya un muy elevado número de películas en su haber no podía seguir al margen de la comedia que todo lo inunda y Zombieland viene a llenar ese vacío sin llegar a caer en la parodia o el esperpento puro y duro (pese a lo que pueda parecer no estamos ante un "Aterriza como puedas" en versión muertos vivientes). Aprovechando las convenciones aceptadas, y sin añadir ni un gramo de originalidad en el planteamiento lineal de "apocalipsis-supervivientes-desenlace", Ruben Fleischer nos presenta una historia que combina a una serie de personajes estereotipos (el apocado Columbus, el amante de la violencia Tallahassee, la hermosa sin escrúpulos Wichita, la inocente Little Rock) con un mundo arrasado por la plaga zombie.

La trama es la siguiente: Columbus (Jesse Eisemberg) es un joven que ha sobrevivido a la plaga zombie gracias a la aplicación constante de una serie de reglas de supervivencia (¿Homenaje a Zombi: Guia de supervivencia, de Max Brooks?). En un momento dado, se cruza en su camino otro superviviente, Tallahassee (Woody Harrelson), que ha pervivido gracias a sus especiales dotes para matar zombies con cualquier tipo de arma. Aunque son personas de caracteres completamente divergentes terminan por asociarse durante el tiempo que tarden en llegar a un pueblo en el que volverán a separarse. Sin embargo, sus planes se ven frustrados cuando se encuentran con dos hermanas (Emma Stone y Abigail Breslin) que se dedican a hacerles la vida aún más difícil y con las que, finalmente, se dirigirán a un parque de atracciones a las afueras de Los Ángeles.

Con este sencillo planteamiento se desarrolla una trama sin muchos giros pero llena de humor que no duda en "visitar" de un modo ameno muchos de los lugares comunes del género de los muertos vivientes, pero resolviendo situaciones de un modo distinto y rozando el absurdo más descabellado (la escena del centro comercial y el banjo, la "matanza" desde el puesto de palomitas, la carrera dando vueltas alrededor del coche o la clasificación de "muerte zombie de la semana", son muestras del humor con que se afronta la temática). Zombieland, en este aspecto, opta por abordar la desesperación que siempre impera en las películas "post holocausto" desde una perspectiva más relajada, en ocasiones irónica, que sirve para mostrar la fina línea que separa la visión trágica y heroica de la cómica y satírica.

En definitiva, Zombieland es una comedia que pretende entretener por medio de la parodia del género de los muertos vivientes. Utiliza estructuras ya conocidas, introduciendo personajes muy trillados e incluyendo "gags" humorísticos de mejor o peor gusto con alguna que otra sorpresa. Recomendable para pasar el rato y descargar un poco el ya un poco cargado bombardeo zombie de los últimos años.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Reseñas: Artrópodos

Artrópodos.

Luis Montero.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Grupo Ajec. Col. Albemuth # 26. Granada, 2009. 152 páginas.

Confieso que si hay unos bichos que me den realmente asco son las cucarachas, las nuestras, esas negras, lustrosas, brillantes, con su crujir tan característico cuando las aplastas. Así que debo reconocer que la lectura de Artrópodos me ha producido picores por todo el cuerpo en un buen par de ocasiones, sobre todo con las partes más “informativas”.

El libro de Luis Montero, «el e-book más descargado de la historia de Sedice.com» según reza la publicidad, es una fantasía de tintes absurdos que roza en ocasiones el esperpento cómico en la tradición del maestro Valle-Inclán —salvando las inabarcables distancias—. Y es que una vez terminada su lectura la novela se antoja un divertimento, un experimento curioso muy bien documentado que no conduce en realidad a parte alguna, pero que hace sonreír y/o estremecerse en variadas ocasiones.

Como en una comedia de enredo, unos personajes duplicados van entrando y saliendo de la escena provocando situaciones ambiguas, equívocas, incómodas y absurdas a partes iguales. Y es precisamente del uso de ese absurdo de donde proviene el humor, un humor delirante que casi roza lo irracional llevando al lector a preguntarse en ocasiones si no se le estará tomando el pelo. El protagonista, Juan Onésimo —cuyo apellido es un simple juego de palabras matemático que el propio autor destripa en el texto como si no se fiase de la inteligencia de su público—, descubre que tiene un doble exacto físicamente que se dedica a llevar a cabo aquellos de sus sueños que él no había conseguido hacer realidad. Las confusiones que pudiera haber dado lugar la situación habrían sido sin duda más interesantes si no fuera por su incomprensible comportamiento, aceptando sin más al “extraño” y tratando de seguir con su vida con apenas unos cuantos lamentos. La aparición de un policía con doble personalidad y que ejerce alternativamente de inspector o de capitán según sea la dominante y sin que, aparentemente, nadie se lo cuestione —el protagonista solo llega a preguntarse si cobrará dos sueldos—, no hace sino alejar todavía más la realidad del relato, sumergiéndose a fondo en lo absurdo y obligando al lector a aceptar las cosas tal y como vengan, rotas todas las reglas del juego y reconstruidas según parámetros más cercanos a la vida de los propios artrópodos en que trata de sustentar el relato que a los de la lógica humana.

Aunque mayoritariamente narrado en tercera persona, siguiendo las andanzas de Juan Onésimo desde el punto de vista de un narrador omnisciente, conocedor de todo lo que sucede, Luis Montero se permite su propia irrupción en el texto interpretándose a sí mismo jugando con la primera persona en algunos momentos en las que se introduce en la historia como personaje clave en la resolución del misterio —aunque en verdad tal resolución ni siquiera exista—. Mientras por un lado se desarrolla el monólogo que Mr Yee, dueño de ProFinal, empresa de exterminio de insectos en la que trabaja Juan, le encasqueta a éste mientras se encuentran sentados en una noria sobre su personal filosofía de vida, en la narración “principal” se asiste a la peculiar investigación sobre el Ptychopariina Hallucigenia robado en la Gran Sala Trilobites del Museo Nacional de Historia Natural y a los esfuerzos de Juan por poner en marcha la Sala Museo de entomología de ProFinal, aparte de cumplir sus tareas en la empresa y lidiar con su especial situación, romances incluidos.

Intercalados en esa narración principal, perfectamente integrados, se encuentran una serie de textos informativos sobre la evolución, la taxonomía, la vida y el crecimiento, y un buen montón de datos curiosos —y a veces repelentes— de las diferentes especies de artrópodos que comparten nuestro mundo —aunque después de leerlos el lector no puede evitar preguntarse si no serán los humanos los que comparten SU mundo—. Unos textos, en cursiva, que deben ser leídos con la debida atención, pues ocultan algunas de las claves de lo que Juan Onésimo y su doble, o dobles, pudieran ser. Además de suponer un caudal de información realmente llamativa, aunque algunas partes sin duda hubiera preferido seguir sin conocerlas.

En esta especie de divertido thriller policíaco, mezcla de fantasía y comedia con algo de acción y un toque filosófico, uno de los principales problemas a los que se enfrenta el lector es estilístico y es que, en una historia en que la diferenciación de los protagonistas debería ser vital dada su peculiar naturaleza duplicada, todos los personajes peroratan de la misma manera: Juan 0 y Juan 1 —lo que hasta sería lógico—, pero también Mr Yee, Luis Montero y hasta un taxista que cubre una carrera hasta ProFinal sueltan el mismo tipo de discurso algo recargado, consiguiendo un desarrollo algo plano y pobre, sin caracterización ni profundidad; aunque supongo que no es lo que el autor buscaba.

Y es que Artrópodos, como ya se comenta más arriba, parece más bien un curioso experimento literario; una apreciación que se agudiza al observar que se incluyen en el mismo hojas de cómic, gráficos, esquemas y estadísticas, o recursos como la repetición de frases y párrafos ante situaciones vividas de forma casi repetida entre los duplicados y los muchos homenajes ocultos. Unido al hecho de que no hay que buscar explicaciones, ni finales —salvo la sugerencia de un socorrido accidente cósmico prácticamente imposible de acaecer— lo mejor es dejarse llevar por el relato, adaptarse lo mejor posible y sobrevivir a la travesía con una sonrisa, buscar las pistas y llevar a cabo unas matemáticas no siempre exactas. En el juego de los absurdos no se puede pedir racionalidad, sino realizar un salto mortal sin red en el que no todos llegarán al segundo trapecio. Los que lo consigan no podrán evitar, seguramente, una sensación de insatisfacción, de cierre en falso, de que queda algo por contar y muchas preguntas sin respuesta, aunque con la debida atención tal vez no sean tantas como aparentan. No obstante, he leído por ahí que el autor ya está trabajando en una continuación. Después de su lectura en mi quedan un redoblado asco hacia las cucarachas y una sana admiración por otro tipo de artrópodos, aunque no muchos. Una lectura divertida, breve, exigente, curiosa e intrascendente.

Noticias: presentaciones de "Mentes perversas" y de "Tanga y el gran leopardo" en Zaragoza

Dos novedades editoriales con su correspondiente presentación literaria en Zaragoza en fechas próximas:
No os las perdais.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Reseña: Moon

Moon.

Duncan Jones.


Reseña de: Amandil

Liberty Films UK/Lunar Industries/Xingu Films, 2009. Duración: 97 minutos.

Sam Bell (Sam Rockwell) es el único empleado humano que hay en una base lunar de extracción de Helio 3. Su trabajo consiste en mantener las cosas en marcha, recoger la producción que generan las cosechadoras de mineral y enviarlas a la Tierra periódicamente. Su trabajo, aunque repetitivo y poco agradable, permite que en nuestro planeta haya desaparecido por completo la dependencia de las energías contaminantes. Para ayudarle en sus tareas, y ejerciendo un papel de asistente y cuidador, cuenta con un robot llamado Gerty (cuya voz, en inglés, la presta Kevin Spacey) que no duda en servirle con ahínco y cortesía. El contrato de Sam dura tres años, tras los cuales podrá regresar a su hogar con su bonita esposa (Dominique McElligott) y su hija Eve, y ya sólo tiene que hacer frente a dos semanas más.

Pero el cansancio empieza a hacer mella en él y su fatigada mente empieza a jugarle malas pasadas despertando la preocupación de Gerty. Es en ese momento cuando, realizando una labor rutinaria sufre un accidente... y su mundo se descompone.

Lo cierto es que para ser el primer largometraje de Duncan Jones le ha salido redondo. Quizá, el hecho de que además el argumento sea idea suya, le haya ayudado a saber manejar con soltura los tiempos y los giros y recovecos de la acción. En cierto modo se nota que Moon es una película hecha con mimo, con delicadeza, no un producto de consumo pensado para satisfacer al mayor número posible de palomiteros.

Pese a ser una película que puede encuadrarse en la ciencia ficción (sucede en un entorno espacial, en un futuro cercano, sugiriendo adelantes científicos todavía en desarrollo, en un mundo sutilmente distinto, etc.) no cae en los recursos que actualmente identifican a ese género en el cine. No hay grandes demostraciones de efectos especiales, ni una trama tan lineal como sencilla, ni siquiera grandes explosiones o robots con formas humanas (y sensuales). Y, por supuesto, no hay extraterrestres de colores vistosos ni con sangre ácida. Lo que hay es un escenario sencillo pero efectivo: el interior de algunas estancias de la base lunar, de un blanco prístino muy en la línea de 2001: Una Odisea en el espacio, roto por la presencia de un desvencijado sillón de piel que rompe con la claustrofóbica sensación de estar en una nevera inhumana. También disfrutamos de algunas visitas a la superficie lunar (bien representada, no como se estila ahora de rodar en un desierto metiendo un filtro rojizo para decir "¡eh espectadores, esto es Marte!") y algunas conexiones en vídeo con la Tierra que permiten introducir algunos personajes laterales pero necesarios en la trama.

Y no hay más. El resto (que es mucho) lo ponen Sam Rockwell (actuando) y Kevin Spacey (y su magnífico doblador al español, entonando). Me gustaría destacar con especial atención el estupendo trabajo de Rockwell quien demuestra una calidad muy por encima de lo común, lo que le permite dotar al personaje de Sam Bell de una cantidad de registros, estilos y diferencias abrumadores. En ocasiones el espectador tiene que frotarse los ojos y agudizar la vista para darse cuenta de como un poco de maquillaje y un peinado pueden permitir que se urda una pequeña historia de confusiones en torno a las que gira una parte de la película. Desde luego la actuación es soberbia y me atrevo a decir que es el pilar sobre el que se basa el éxito de Moon. Por otra parte el personaje de Gerty redime, en cierta manera, a otros grandes robots y ordenadores del género de la ciencia ficción, caracterizados por su animadversión hacia sus creadores humanos (Hal 9000 de 2001, Skynet de la saga Terminator, los replicantes de Blade Runner, el robot asesino de Saturno 3, etc.), de hecho en esta película algunos de los momentos más entrañables los protagoniza el robot por medio de su especial interpretación de su papel como "protector" de Sam.

Al buen hacer de los actores se une una realización perfectamente estructurada que permite que la película sea una narración fluida, sin sobresaltos, casi como un cuento, pese a que deja mucho espacio a la sorpresa y a la capacidad del espectador para especular sobre el por qué de lo que sucede con aparente "sin sentido", para encajar todo según se van desvelando las piezas más truculentas y terribles de la verdadera naturaleza de la estación lunar. No hay sensación de perdida de control ni de "a ver si cuelan" escenas o situaciones. No hay relleno. Moon es una película con la duración justa y los tiempos perfectamente medidos para que el incremento de intensidad emocional que busca el director se filtre en el espectador hasta evitar que nadie pueda quedar indiferente.

A esa intensidad emocional ayuda la banda sonora compuesta por Clint Mansell y dominada por un piano acompañado en ocasiones por efectos sintéticos (tan vinculados a la ciencia ficción, por otra parte) y, en el tema más íntimo (Memories. Someone we'll never know), por un violonchelo arrebatador que dota de una fuerza demoledora al declinante Sam Bell que rebusca en sus recuerdos con la desesperación de quien agita los brazos para evitar ahogarse a la caza de la última bocanada de aire.

He disfrutado cada minuto, cada giro del guión, cada imagen, cada reflexión, cada descubrimiento. Y al terminar de verla no he podido evitar volver a ella con el pensamiento, porque a la exquisitez con que se nos cuenta la historia, se le une una factura perfecta y una capacidad sublime para obligar a enfrentarnos a nuestras propias concepciones de la vida, de los límites del desarrollo, de la fraternidad, del sacrificio, de la esperanza, de la mentira. Todo eso se despierta con mayor o menor intensidad al ver Moon y reflexionar sobre la verdad que se revela ante un Sam Bell por el que se siente a partes iguales lástima, admiración y desconsuelo.

¿Qué precio estaríamos dispuestos a pagar como humanidad a cambio de lograr energía barata y limpia? ¿Sería lícito sacrificar la libertad de una persona como tu o como yo? ¿Aceptaríamos ese mal menor a cambio de un bien mayor? Pero, ¿y si esa persona vive en un engaño monstruoso que es una pura pesadilla sin saberlo? ¿Es lícito, es aceptable, convertir la vida de un ser humano en un horizonte de mentiras, si así la Tierra mejora en algo?

jueves, 26 de noviembre de 2009

Reseña: Ágora

Ágora.

Alejandro Amenábar.

Reseña de: Amandil

Mod Producciones/Himenóptero/Telecinco Cinema/Canal + España/Cinebiss, 2009. Duración: 126 minutos.

Hace ya unas buenas semanas que vi esta película y, a día de hoy, todavía no consigo saber si me ha gustado o no. Esta duda nace de un conflicto que hay en mi interior entre múltiples aspectos que creo que reflejan cosas buenas y cosas malas a todos los niveles posibles. La escenificación, las actuaciones, el guión, el mensaje, la adaptación histórica, la recreación, la manipulación, los prejuicios... salí del cine con todo eso bullendo dentro de mi, sin conseguir asentar un juicio fijo y permanente sobre esta controvertida película de Amenábar.

No, miento. Una idea sí que quedo plasmada y fija: había dado una patada al islamismo radical en otro culo, el creado por su visión del Cristianismo, pero generalizando en lo conocido, en lo que sabe que traga, en lo que es, realmente, su poso cultural y el humus de su propia concepción del mundo.

Pero prefiero ir poco a poco para ver si consigo explicarme.

1- Los actores y la actriz: cumplen sobradamente con sus roles haciéndolos creíbles (aunque no respondan a la verdad histórica que representan) y suficientemente llenos de luces y sombras (salvo Hipatia, la protagonista, claro, que sólo tiene lado bueno supongo que para resaltar lo malos que son los demás). Rachel Weisz borda el papel que le asignan con una hermosa mezcla de candor, ingenio, bondad y resignación. Oscar Isaac tiene que lidiar con el papel de Orestes, el político chaquetero y enamorado de Hipatia, y consigue dotar al papel de suficiente falta de honradez y dignidad. Max Minghella, o Davo el esclavo, falla por todas partes, sobre todo en su transformación de esclavo sumiso a fanático cristiano, siendo sus caras de malo como las que hace mi hija de tres años cuando quiere fingir un enfado. Ashraf Barhom, el monje Amonio, interpreta muy bien un personaje que bulle de fanatismo, violencia y cinismo, lo que es normal cuando tienes que estar tantos días vestido con lo que encuentran en el cubo de basura los de producción. Rupert Evans, en el papel de Sinesio, estudiante de Hipatia y posterior obispo de Cirene, vendría a ser el rostro amable del Cristianismo que, a la postre, se pliega ante los radicales.

En general, el reparto es bueno y da la talla en la línea que les marca el guión. En este aspecto me atrevo a decir que Ágora me gustó.

2-La ambientación histórica: Me ha gustado la recreación de Alejandría, y de muchos de los pequeños detalles que aparecen representados y que son un reflejo muy fiel de como debió ser aquella enorme ciudad del Imperio Romano Oriental. Hay, sin embargo, una serie de fallos muy propios del cine (el ejército va vestido tipo Quo Vadis?) y concesiones a lo políticamente correcto que parecen pensados para que el espectador actual no se pierda mucho y se mueva dentro de los parámetros aceptados (ese buen rollismo "somos todos iguales, tío, pásame el porrito, hakuna matata colega" que hay en clase, o ese senador negro). Por otra parte, y probablemente como consecuencia de las limitaciones temporales de la película (o quizá por pura ignorancia o mala leche), no hay espacio para las tensiones político-religiosas que agitaban en esa época al mundo romano mediterráneo y que explican el verdadero trasfondo que motivó los acontecimientos que desembocan en la muerte de la filósofa (la lucha entre el neoplatonismo y el cristianismo, las tensiones entre el Emperador y el Patriarcado, la decadencia social romana en el entorno de desgaste de un Imperio sitiado por todos lados, la debilidad del Papado ante las poderosas sedes orientales, la todavía incipiente formulación dogmática en la Iglesia, la tensión entre el mundo helénico y el latino, las luchas de poder en Alejandría entre facciones que utilizan la religión como escusa para arremeter contra unos u otros, etc.) Amenábar opta por una simplificación maniquea y muy al calor de los tiempos actuales en lo concerniente a la visión que determinados sectores tienen sobre la Iglesia Católica y su relación con el "mundo científico".

En esta faceta creo que pesa demasiado la mano contemporanizadora y eso le quita brillo, por lo que me gustó y me disgustó al mismo tiempo.

3- El mensaje y la manipulación: La película lanza un mensaje muy sencillo y claro: el auge de la Iglesia provocó la destrucción del saber antiguo (científico y filosófico), poniendo en manos de fanáticos incultos el control social, destruyendo lo bueno del mundo antiguo para cambiarlo por la mierda del Cristianismo retrógrado y excluyente. Y punto.

Para facilitar la comprensión de este mensaje se opta por algo tan simple como crear dos bandos, los buenos y los malos, fácilmente identificables y sujetos a un mensaje empático simple: Hipatia, los paganos, los "científicos", los filósofos, son tolerantes, visten de colores claros, son aseados, hablan bien, tienen rasgos dulces y hermosos, piel clara, en definitiva inspiran confianza, ternura y respeto. Por el contrario, los Cristianos son sucios, visten de negro (parecen un cruce entre nazgûl y talibán), son fanáticos, les gusta destruir bibliotecas y matar filósofos y científicos, usan la Biblia como arma arrojadiza, recurren a la violencia para cualquier cosa, son feos, morenos y compiten por ver quien es más radical.

No hay matices, no hay espacios libres pese a que se quieren mostrar algunos "moderados" son barridos, se pliegan al radicalismo y, al final, resultan ser algo así como "engaños" que sólo tratan de ocultar la realidad.

Y la manipulación se vuelve brutal al final de la película, cuando aparecen las típicas frases en la pantalla del estilo de "John Robert fue condenado a catorce años, Susan Brendan se casó con el cartero y tuvo cinco hijos...", sólo que sirven para dar la puntilla al mensaje.

Para entender lo que dicen esas frases hay que partir de los siguientes hechos descritos en la película:
  • - Hipatia descubre que el movimiento de la Tierra alrededor del Sol no es circular sino en forma de elipse, pero muere asesinada antes de poder hacerlo público (pura fantasía, también podían haber hecho que propusiese la Teoría de la Relatividad, que descubriese la vacuna contra el sida y/o, ya puestos que desarrollase las leyes de la robótica de Asimov ).
  • - El obispo Cirilo manda asesinar a Hipatia por bruja, puta, zorra, pagana, etc.
  • - Amonio, el monje parabolano fanático y cruel, es santificado por Cirilo por ser mártir.
En esas frases leemos los siguientes mensajes (no son literales) y en cursiva añado lo que se pretende que el espectador interprete al hilo de lo que ha visto en la película:
  • - El descubrimiento de las leyes del movimiento de los planetas alrededor del sol tendrá lugar en el siglo XVI gracias a Johannes Kepler por lo que, por culpa del fanatismo cristiano, llevamos dieciséis siglos de "retraso" científico. Pero ¿acaso el Cristianismo no hizo suyos en la larga Edad Media como "Autoridades" a Arístóteles (el Maestro), Ptolomeo, Pitágoras, Platón o Arquímedes?¿No está la propia Hipatia representada en la maravillosa obra de la Escuela de Atenas que Rafael pintó en las estancias vaticanas como una de las "autoridades del conocimiento"?
  • - El obispo Cirilo es considerado Santo y Doctor y Padre de la Iglesia Católica así que ya ves que los católicos veneran (y "descienden" de) a los fanáticos, asesinos y retrógrados que son culpables de nuestro retraso científico, entre otras muchas cosas. Pero ¿acaso no vemos en la película el Cirilo que desea Amenabar?¿es ese "personaje ficticio" el santificado en la realidad?
4 - La sensación final: De no ser por la maniquea demostración en el tratamiento del Cristianismo antiguo estoy seguro de que Ágora me habría gustado mucho. Pero la tendencia al azote contra todo lo que huela a Iglesia Católica mas parece un nuevo giro al apolillado tic del anticlericalismo español que una verdadera intención de contar una historia en un momento tan complejo y desconocido para el público en general como el de la transición de la antigüedad pagana a la cristiana en Alejandría. Sin blanquear pero tampoco sin oscurecer.

(Publicado originalmente en El Último Íbero y reproducido con permiso del autor).

martes, 24 de noviembre de 2009

Reseña: El último hombre mortal

El último hombre mortal.

Syne Mitchell.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría de Ideas. Col. Solaris ficción # 112. Madrid, 2008. Título original: The Last Mortal Man. Traducción: Álvaro Sánchez-Elvira Carrillo. 346 páginas.

¿Puede una obra eminentemente de acción mover también a la reflexión? A la vista de la lectura de El último hombre mortal parece evidente que sí. La novela es un trepidante thriller de ciencia ficción en el que el lector va a encontrarse con el muy tecnificado mundo del siglo XXIV, un lugar donde la nanotecnología ha poblado la Tierra a todos los niveles, desde el interior de los cuerpos de los seres humanos hasta la construcción de las ciudades que habitan o el crecimiento de los alimentos que comen; se puede decir que la nanotecnología es algo que está en el aire, como lo más natural del mundo, aunque solo los muy ricos pueden permitirse el tratamiento que erradica cualquier enfermedad, evita la degeneración provocada por el paso del tiempo y fortalece los cuerpos concediéndoles prácticamente la inmortalidad.

Alexa Dubois, enferma de un cáncer terminal y que no puede permitirse pagar la nanorregeneración de sus células, siente que Lucius Sterling, el dueño de la patente de la nanotecnología, es el culpable de que la cura de su enfermedad no esté disponible para el público en general, por lo que aceptará participar en una conspiración para acabar con la vida del empresario. Años después, convertida en la inmortal e implacable guardaespaldas de Lucius, recibirá el encargo de formar equipo con el bisnieto de este, Jack, un hombre alérgico a la nanotecnología y que vive apartado del mundo en una comunidad religiosa menonita, para que entre ambos hagan frente a la amenaza de los desensambladores, una nueva generación de nanos que amenazan con acabar con la civilización. Jack, el único ser humano que parece inmune a la amenaza, y Alexa, tendrán que unir fuerzas para encontrar al creador de la nueva tecnología, hacerle frente y ponerle freno.

Empieza así una frenética carrera contrarreloj en la que cada segundo perdido, cada pista falsa seguida puede llevar a la muerte de miles de personas e, incluso, a la aniquilación de la mayor parte de la raza humana. Pronto se verán inmersos en el juego de la política de los poderosos, donde las personas no son sino peones sacrificables y donde el balance económico es más importante que cualquier otra consideración. Y dentro de esta narración que no da respiro, plagada de «cliffhangers» —no en vano fue publicada originalmente en forma serializada—, Syne Mitchell se permite ir introduciendo de forma casi inadvertida un buen número de cuestiones que terminan llenando la mente del lector, empujándole a la reflexión. Empezando por la muy evidente denuncia del control capitalista de los avances científicos —sobre todo médicos—, donde solo los muy ricos tienen acceso a ciertos adelantos que les convierten de facto en los auténticos gobernantes del mundo, con poder de vida y muerte sobre los menos favorecidos por el simple hecho de poseer la capacidad de dar o negar el tratamiento a aquellos sin los debidos recursos económicos.

Pero también plantea los dilemas morales que supondría que el ser humano consiguiese la inmortalidad —gracias a parte de esa nanotecnología el cuerpo se convierte en virtualmente indestructible, al punto de poder sobrevivir incluso a los mayores cataclismos—, y lo que eso significaría para el futuro evolutivo, tanto físico como social, de la humanidad. Cuando se puede transformar los cuerpos, añadiéndoles apéndices, alas, branquias para respirar bajo el agua o cualquier cosa que se imagine, ¿no cambiaría eso incluso la forma de pensar del sujeto transformado?, ¿en qué momento se deja de ser humano? Cuando no es necesaria la descendencia ¿no se está abocado al estancamiento y a la cerrazón mental de aquellos que, precisamente, debían de tirar del carro? Cuando la sociedad se divide entre mortales e inmortales, ¿tardará mucho en producirse la ruptura y la revuelta de los desfavorecidos, de los que sienten que les están robando el futuro?…

Otra cuestión realmente importante es la del autocontrol de los científicos. ¿Es lícito probar cualquier tecnología nueva por el simple hecho de que es posible hacerlo? ¿Dónde se encuentra y, sobre todo, quién marca la línea que no debería ser cruzada bajo ningún concepto? ¿Quién controla todas esas investigaciones privadas llevadas muchas veces en secreto y que solo buscan el beneficio económico de los implicados sin preocuparse en realidad del bienestar común o de las fatídicas consecuencias que también puede producir su uso descontrolado?

Para plantear estas, y otras muchas, cuestiones, Mitchell crea todo un elenco de personajes curiosos, extremos a veces, demasiado arquetípicos casi siempre, que cubren todos los nichos necesarios: Lucius Sterling, el magnate despiadado, que oculta un pequeño corazón hacia los suyos; Alexa Dubois, la sexy guardaespaldas carente, en apariencia, de sentimientos; Jack Sterling, el hijo prodigo, que después de abandonar el seno familiar renunciará a su paz duramente alcanzada, jugándose incluso su propia vida, por los de sus sangre; Sarah, la hija del patriarca menonita de la comunidad en la que vive Jack, que buscará vencer los prejuicios de la fanática comunidad religiosa (y aquí habría tema para hacer otra reseña completa) para ayudar al hombre del que cree estar enamorada; sin olvidar al prototipo de científico loco, en la figura de Leonardo Fontesca, auténtico descubridor de la biología artificial y que vive prácticamente recluido en Elysium, la isla-estado creada de la nada con nanotecnología desde donde reina su mentor, Lucius, y que se ha dedicado desde entonces a perfeccionar y probar nuevos caminos de sus inventos; ni a Isobel, la niña encantadora e inquietante, llamada a producir empatía y repelús a un tiempo.

La dicotomía entre el mundo, evidentemente injusto, que Jack y Alexa tratan de salvar y la consecuencia peor, con la muerte de millones, que sucedería de no hacerlo, produce una extraña desazón en el lector, impidiéndole en ocasiones tomar partido claro por ninguno de los dos bandos, ya que todos aparentan la misma crueldad y desprecio por la vida del común de los mortales; el egoísmo parece ser el motor de la mayoría de las decisiones —¿es justo que Jack para salvar a una persona sacrifique la vida de otra docena?— y tan malos se muestran finalmente tanto unos como otros. ¿El fin justifica todos los medios? ¿La búsqueda del supuesto bien de muchos redime del fracaso que lleva al genocidio?

Mientras las ciudades se desmoronan en polvo, sus elementos básicos desensamblados, ¿quién puede justificar la invasión nanobiológica incontrolada de todos los seres vivos y de todo aquello que conforma sus vidas? ¿Quién puede justificar todas las muertes solo para castigar a la élite empresarial que se ha beneficiado hasta el momento de la tecnología? ¿Qué pasa con los inocentes que se limitan a vivir sus vidas sin interferir en los designios de los poderosos? No hay héroes cuando todos los implicados parecen igual de desalmados en busca de perpetuar sus beneficiosas prerrogativas.

El último hombre mortal va acelerando cada vez más conforme avanzan las páginas y la investigación de Jack y Alexa, llegando a un punto, en torno al último cuarto de la novela, en que ya el ritmo es imparable. Se suceden las explosiones, las persecuciones, las peleas entre luchadores de habilidades aumentadas y cuerpos mejorados, las ciudades derrumbándose, las escapadas en el último segundo, mucha acción y un final, cerrado, que sin embargo llamaba a una anunciada continuación. Y es que, en efecto, esta novela había de ser el primer volumen de una trilogía ahora cancelada. Existen rumores de que la autora podría continuarla con otra editorial —en el mercado anglosajón, se sobreentiende—, aunque por el momento nada se sabe de cierto. Una lástima.

El libro contiene acción sin límite, a veces demasiado exagerada (al igual que sucede con sus protagonistas), tensando en contadas ocasiones hasta el exceso la elasticidad de la credulidad del lector, con personajes que se hacen humanos en sus contradictorias reacciones bajo presión (¿salvarías a la persona que conoces o a las miles que no?), que invita a la reflexión en multitud de temas y que provoca una cierta desazón en la conciencia.

El último hombre mortal es una narración autoconclusiva, aunque queden varios hilos que habrían merecido ser explorados en el futuro, y tiene un final satisfactorio a tenor de todo lo narrado, quizá no tanto a nivel de lo que cada lector hubiera decidido de encontrarse en esas circunstancias como en el del desarrollo de los propios protagonistas; y es que Mitchell no juega a enviar un mensaje moral —aunque su toma de partido parece clara—, ni a juzgar a nadie cuando lo “menos malo” es igualmente aterrador. Su prosa, sin ser ninguna maravilla, es más que correcta y comunica la debida emoción. Tal vez peque de abusar de explicaciones redundantes, supongo que debido a su primigenia serialización que le hace volver a exponer periódicamente detalles ya conocidos y, por tanto, innecesarios, pero que no se hacen notar tampoco en exceso ni cortan la narración. En definitiva, es este un libro que habría merecido no pasar tan desapercibido como, me da la impresión, ha pasado en nuestro país. Ojalá la autora consiga publicar sus continuaciones y estas estén a la altura.

viernes, 20 de noviembre de 2009

jueves, 19 de noviembre de 2009

Reseña: La elección de Kendria

La elección de Kendria.

Lorena A. Falcón.

Reseña de: Lyrenna.

Arte & Parte. Buenos Aires, 2008. 241 páginas.

En un mundo donde la magia es una realidad palpable, Kendria es una joven de diecisiete años con mucho poder interior y grandes dudas en su cabeza. Seguramente las exigencias de su vida en la Cofradía le han hecho crecer demasiado rápido sin ocasión para asimilar del todo los cambios que le han sobrevenido en los últimos tiempos. Ha pasado de ser una simple estudiante a convertirse en una adepta de segundo nivel saltándose directamente el primero. Y lo que le depara el futuro promete traerle cambios aún más radicales.

Lorena A. Falcón presenta en La elección de Kendria un mundo medieval casi esquemático en su simplicidad, muy poco descrito, con una sobriedad en la que aquello que no afecta directamente al relato parece no existir. La cofradía se nos muestra como un lugar de estudio sobre la magia natural, instaurado para mantener el equilibrio entre sus diferentes manifestaciones. Poco a poco iremos conociendo la existencia de otros cuatro castillos o ciudadelas pertenecientes cada una a las Órdenes que dominan la magia de cada uno de los elementos de la naturaleza, siendo la primera en presentarse la Orden del Fuego, donde pronto uno se da cuenta de que las cosas no andan todo lo bien que debieran.

Con una narración muy rápida, de párrafos muy cortos y capítulos no muy extensos, se suceden las presentaciones de personajes; desde Bevan, un joven y díscolo estudiante (aunque luego se explore muy poco esa faceta), secretamente enamorado de la protagonista, hasta Briana, la mejor amiga de la misma, o Kiros, el Regente de la Cofradía, quien carga sobre sus hombros con el peso de terribles sospechas y conocimientos. Entre unos y otros, muchos más irán entrando y saliendo de la acción; algunos con una participación importante, como Keir, un oscuro individuo, manipulador y sibilino, que pronto demuestra buscar infames propósitos, y unos cuantos de los que tampoco se explica demasiado cuál es su papel en la trama, salvo quizá el de dar mayor profundidad y líneas a la historia. Pero tal vez uno de los fallos de la novela sea precisamente la escasa caracterización de la mayoría de los personajes y la falta de explicaciones para muchas de sus reacciones. Tampoco es un tema que tenga mayor influencia en la narración (salvo por la falta de contexto), con lo que no afecta en demasía, aunque sí que deja con el deseo de haber sabido más de ellos, de sus sentimientos y motivaciones.

En cuanto a la trama en sí, enclavada dentro de la novela juvenil, enseguida se estructura en torno a una búsqueda. Pero contra lo que suele ser habitual en estos casos de fantasía medieval, en esta ocasión no se trata de encontrar ningún objeto mágico, ningún poderoso amuleto, ninguna espada encantada, ninguna joya robada, nada tangible que salve la situación; no, en este caso la búsqueda va en pos de la sabiduría, de respuestas a hechos sucedidos en el pasado y que están teniendo importantes repercusiones en el presente en el que viven Kendria y sus amigos.

Así se forma un pequeño grupo, con la protagonista a la cabeza a pesar de su juventud, para visitar algunas de las Órdenes y conseguir el conocimiento que pueda poner remedio a la situación actual. El problema, por su puesto, surgirá cuando se haga patente que no todos tienen en mente las mismas preguntas ni persiguen exactamente los mismos intereses. Porque lo cierto es que al tiempo que se produce el viaje externo, cabalgando de una Orden a otra, también hay una búsqueda en el interior de Kendria, quien siente que algo le falta, que de alguna forma se encuentra incompleta, que todavía no ha encontrado su rumbo, y que aunque no sabe demasiado bien qué es lo que necesita, tampoco desea que sean otros los que marquen su camino. Y todos sus estudios y lecturas no hacen sino acentuar sus dudas al comparar fragmentos de historias del pasado contradictorias entre sí, entre lo que le dicen los que la rodean y lo que va descubriendo en los libros.

A lo largo del camino Kendria irá dándose cuenta de que es mucho más poderosa de lo que ella misma se figuraba, y la confusión se irá adueñando de sus pensamientos conforme se vaya haciendo consciente de la encrucijada a la que intuye que la están conduciendo las circunstancias. El destino que le fuerza a tomar una elección que finalmente tendrá incluso una mayor repercusión de lo que creía y que no será en absoluto lo que pensaba. Es de agradecer, curiosamente, la ausencia de grandes batallas tan típicas de este tipo de novelas y que aquí permite una mayor intimidad y cercanía a la narración, un mayor apego a los personajes.

Para el lector español la escritura de La elección de Kendria resulta al principio algo chocante dados los giros idiomáticos argentinos propios de la nacionalidad de la autora. La diferente utilización de ciertas palabras a un lado y otro del Atlántico o el uso de expresiones coloquiales propias de allá no utilizadas en España o de construcciones sintácticas que nos resultan extrañas sin por ello ser incorrectas, pueden acarrear una pequeña dificultad a la lectura, rápidamente subsanable en cuanto uno logra sumergirse en la veloz historia.

Una historia que progresa de forma casi vertiginosa, apresurada a veces, sin permitirse apenas momentos de introspección, como con ganas de llegar cuanto antes a la revelación final; que adolece de algunos errores de congruencia temporal, con algunos fallos de continuidad entre escenas y cambios de punto de vista de los personajes (que muy bien podría tratarse de un fallo de maquetación al no dejar una línea en blanco que indique la separación entre escena y escena, ya que tal y como están muchas veces se mezclan dando sensación de brusquedad), y detalles propios de una primera novela como referencias que quedan en el aire o hilos que se cortan sin llegar a sitio alguno y que podrían haber dado para más; pero que se lee en un auténtico suspiro (yo en dos días) y que termina con un pequeño mensaje moral (que no moralizante) que nunca viene mal recordar. Es cierto que se nota un tanto la mano de un escritor novel en su primer intento de sacar adelante un texto largo, pero lo cierto es que Lorena A. Falcón presenta con acierto la historia y que, a pesar de que necesita seguir trabajando su prosa y el desarrollo de sus tramas, apunta buenas maneras.