domingo, 7 de febrero de 2010

Reseña: La Europa de las cinco naciones

La Europa de las cinco naciones

Luis Suárez

Reseña de: Amandil

Ariel, Barcelona 2008. 996 páginas.

Antes de nada querría señalar que la lectura de este libro me ha llevado año y medio por diversos motivos ajenos a su calidad, interés y precisión. De hecho, de no haber surgido multitud de pequeñas interrupciones lo habría devorado en poco tiempo, pese a la profundidad de su temática y lo, en ocasiones, complejo del desarrollo, debido a que plantea una visión de la historia europea poco conocida e interesante. Así que este año y medio en que me ha acompañado me ha servido para ir reflexionando sobre algunas de las afirmaciones que Luis Suárez sostiene y expande a lo largo de sus casi mil páginas, al tiempo que he leído otras cosas y he vivido cambios importantísimos en mi propia vida que me han hecho replantearme algunas cuestiones que, paradójicamente aunque sea un ensayo histórico, el libro ha puesto delante de mi sentido crítico y de mis conocimientos de nuestra propia herencia cultural y religiosa.

El autor, por medio de un breve prólogo, un amplio y extenso desarrollo en veintinueve capítulos y un dilatado epílogo, se impone narrar de un modo claro y taxativo la historia de la cinco naciones constituyentes de Europa desde la caída del Imperio Romano hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Para ello define el origen de esas "naciones" como las herederas del mundo tardorromano y del Cristianismo receptoras, por tanto, de la tradición cultural, política, filosófica , científica y religiosa de Roma y sujetas a la vigorosa entrada del mundo germánico en ese área de influencia. Italia, Germania, Britania, Galia e Hispania, reconocidas a sí mismas como naciones unidas por un mismo origen y unas mismas esencias, conforman la geografía político-cultural que avanzará de un modo unido pero no necesariamente homogéneo hasta la concepción de europeidad que impera en nuestros días. La elección de esas naciones y no otras no responde a un acto subjetivo del autor sino a la propia división que se remarcó en el Concilio de Basilea y, posteriormente, en el reinado de Carlomagno y su proyecto de civitas Dei como señalaba San Agustín.

Esta realidad, conocida en la Edad Media como "Cristiandad" y desde la paz de Westfalia en 1648 como "Europa", conforma el sujeto de estudio y análisis de la obra, incidiendo en su desarrollo y dejando de lado, salvo cuando una explicación concreta lo requiere, el mundo externo a sus fronteras. En este sentido, y sin usarlo de modo peyorativo, se puede afirmar a rajatabla que La Europa de las cinco naciones es una obra estrictamente eurocentrista y sin ningún ánimo de ir más allá de estos límites.

Para llevar a cabo el estudio y la exposición del desarrollo de las cinco naciones, Suárez opta por centrar su atención en una serie de temas centrales que sazona con una profusión de datos históricos muy cercanos a la tradicional concepción de Historia Política clásica, sin vanas concesiones a otras escuelas históricas menos preocupadas en los acontecimientos históricos y si mucho más en la interpretación externa de los mismos (incluyendo algunas llamadas de atención sobre los "errores" en que incurren otros modos de análisis como el marxista, por ejemplo).

Esos temas centrales que señalan el devenir de la obra son, a groso modo, cuatro: la concepción de la Autoridad y la Potestad de los poderes políticos (desde las magistraturas romanas hasta los Estados actuales), la evolución del concepto de "Legalidad" (desde la idea de "corrección necesaria para atenuar la natural tendencia al mal de los Hombres que tiene como origen la Ley Natural plasmada por Dios en la Creación" hasta la actual concepción de "deseo coyuntural de la mayoría sin tener ninguna referencia moral ajena a la propia decisión de esa mayoría"), el papel de la Iglesia Católica y la fe Cristiana en la formación de la europeidad (desde los Concilios Ecuménicos hasta el Vaticano II) y la continua disyuntiva entre fe y razón que dota a las cinco naciones de herramientas intelectuales, científicas y filosóficas únicas en el mundo que llegarán a suponer una tensión creciente contra la base Cristiana que las creó (libre albedrío, vías de Santo Tomás, la neoescolástica, el racionalismo, el deísmo, el agnosticismo, los movimientos ateos y el laicismo beligerante).

Alrededor de estos cuatro grandes bloques el autor sitúa tanto el desarrollo político de Europa, como el artístico, filosófico o el económico, entrelazando con maestría todos los aspectos para mostrar al lector un cuadro completo que permite comprender el porqué de los acontecimientos desde una perspectiva amplia que rompe, en ocasiones, con visiones parciales o poco claras de muchos hechos históricos que, tomados por sí solos, carecen de un sentido profundo y de una lógica coherente. En otras palabras: se nos narra una Historia "total" que se atreve a indagar en los hechos con una visión de conjunto y sin tratar de justificar o juzgar las decisiones de los distintos actores que pasan por sus páginas.

Eso sí, Luis Suárez se explaya contra aquellas interpretaciones históricas que considera erróneas o equivocadas sin caer en el menosprecio simplón o la apelación al prejuicio ideológico o manipulador. De ese modo eventos como el luteranismo, el agnosticismo, el marxismo o el nazismo, son explicados desde una perspectiva amplia, ahondando en las verdaderas raíces de los mismos y señalando sus fuentes, sus orígenes, sus peculiaridades y el porqué de su desarrollo y aparente triunfo sin caer en la tentación de condenar "per se".

Otro de los aspectos que se desarrollan durante todo el libro es la idea de que el alejamiento progresivo de Europa de sus raíces Cristianas (no sólo en sentido religioso sino también cultural) desemboca en el sometimiento de los ciudadanos al poder del Estado que pasa de servidor a director, utilizando la aparente libertad política emanada de la revolución liberal de finales del siglo XVIII, como excusa para crear nuevas limitaciones a las personas en sus aspectos morales, religiosos y sociales apelando a esa variedad de "obediencia debida" que se esconde tras la dictadura de las mayorías y que anula la libertad de conciencia y cualquier referencia a un sistema permanente y externo de valores morales.

Hay que decir que la lectura de La Europa de las cinco naciones se disfruta (y se comprende) más si se dispone de un mínimo de conocimientos históricos previos que permitan situar los hechos en un determinado momento y lugar. De hecho, el libro adolece de no incluir mapas (sí, en cambio, una selección de fotografías de obras de arte referidas a algunos de los aspectos que se van contando), volviendo confusas las referencias a zonas geográficas poco conocidas de Europa o a las fronteras que van y vienen a lo largo de los quince siglos que abarca el libro.

En cualquier caso, el estilo utilizado por Luis Suárez (propio de un profesor con sobrada experiencia y con unos conocimientos amplísimos de la materia que expone que, en algunos capítulos, parecen desbordar la capacidad de síntesis del autor provocando una cierta confusión), es el propio de una especie de gran lección magistral en la que prima el discurso coherente a la referencia constante a bibliografía, citas externas o datos concretos. De hecho, a diferencia de un simple manual de Historia o de una obra temática sintética, no existen los pies de página ni las llamadas, sino que se nos presenta un todo continuo y apoyado en la propia sabiduría del autor (sabiduría, esta sí, apoyada por una carrera docente e investigadora que "garantiza" la verosimilitud de lo que se está contando). El lenguaje utilizado, así como la presentación en sí de los temas, pretende hacer accesible la temática y su desarrollo a cualquier lector que esté dispuesto a enfrentarse a una Historia de la Europeidad. Desde esta perspectiva el libro bien puede servir como base para indagar, con posterioridad y en otras obras, en los temas que se nos presentan.

Asistimos, pues, a un contundente y hermoso libro que no busca crear una nueva visión de la Historia sino, simplemente, servir como gran guía de referencia que explique el porqué del mundo europeo que vivimos en la actualidad. El origen de sus tendencias culturales, científicas, espirituales y políticas. La posición de la Iglesia Católica y el Cristianismo como referencia ininterrumpida desde la caída del Imperio Romano hasta nuestros días. La progresión de conceptos tan comunes hoy (y de origen europeo) como los Derechos Humanos, la democracia representativa o la investigación científica quedan perfectamente definidos y explicados en sus orígenes gracias a la labor divulgativa que Luis Suárez se impone en este libro.

Con La Europa de las cinco naciones probablemente asistimos a la creación de uno de los libros de referencia necesarios para comprender la realidad del mundo en que nos movemos los europeos. Muy recomendable.

jueves, 4 de febrero de 2010

Reseña: El adepto de la reina

El adepto de la reina.

Rodolfo Martínez.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Sportula. Gijón, 2009. 393 páginas.

Es extraño que un autor ya “asentado” en el mercado español ―decir consagrado en el género que nos ocupa es un poco una utopía― se embarque en una aventura como la que ha emprendido Rodolfo Martínez con la edición bajo demanda de su nueva novela, para la que ha creado el sello Sportula, la ha puesto a la venta en Amazon y se ha encomendado en manos de los lectores para que su apuesta sea exitosa y, sobre todo, rentable. En el aspecto formal se echa en falta, tal vez, unas solapas que den más consistencia a la portada/contraportada, y una maquetación ―y reconozco que esto es algo muy subjetivo, cuestión de gustos― más descargada en los principios de cada capítulo ―haber empezado a media página y no desde arriba del todo―; pero, para los que recelan de este tipo de edición, decir que el libro, como mero objeto, resulta agradable de leer, está bien impreso, el papel es más que correcto y, en general, no difiere demasiado de un libro con una tirada grande de imprenta.

Y entrando ya en El adepto de la reina en sí, decir que Rodolfo Martínez ofrece al lector una obra de difícil adscripción genérica. Para mí, se podría definir perfctamente como ciencia ficción por ciertos elementos que luego comentaré, pero es cierto que también se la podría considerar una acertada mezcla entre fantasía y, desde luego, novela es espías ―el propio autor ha reconocido que una de sus mayores influencias, entre otras muchas, al escribirla fue el James Bond de Ian Fleming, y vaya si se nota―.

El autor ha creado un mundo con dos grandes bloques antagónicos enfrentados en una larga Guerra Fría, donde el dominio de la información es uno de los elementos principales del “tablero de batalla”, y donde los espías de ambos lados realizan peligrosas misiones para robar o perpetuar los secretos de cada bando. ¿Estados Unidos y la URSS? No: Los Pueblos del Pacto y el Martillo de Dios. En este mundo hermético y secreto se mueve Yáxtor Brandan, adepto empírico al servicio de la Reina de Alboné, cuando una nueva amenaza, un tercer jugador, es introducida en el tablero y las reglas del juego cambian radicalmente. Yáxtor deberá poner todas sus habilidades, que no son pocas, en resolver el misterio que envuelve a la organización que amenaza con acabar con el futuro de ambos bloques y con el propio mundo por el camino.

¿Y dónde está la ciencia ficción aquí? se preguntarán algunos. Pues en la existencia de unos «mensajeros» que algunas personas portan en y exudan de sus cuerpos para conseguir construir con ellos casi cualquier cosa que se les ocurra, modificar sus propios rasgos, manipular a los que les rodean o crear ciertas herramientas de unas forma que casi parecería mágica, sino fuera ―y conforme avanza la narración la sensación se acentúa cuando el lector descubre su origen― porque huelen por todos lados a nanotecnología de origen desconocido. Existen otros elementos que refuerzan la teoría, pero al ser parte importante de la trama conviene que el lector los vaya descubriendo por si mismo, las pistas desde luego se encuentran ahí y una de las gracias de la narración sin duda es ir rastreándolas, obteniendo las piezas poco a poco para conformar un puzzle que solo al final mostrará la imagen completa ―aunque haya una parte del mismo que quizá permanezca bastante en las sombras―.

De esta forma cuando surge la inesperada amenaza terrorista con una bomba de Malas Noticias ―que vendría a ser el equivalente de una atómica en nuestra mundo― que podría acabar con los mensajeros y como consecuencia con la forma de vida establecida en ambos bloques, Yáxtor será enviado a descubrir quién se encuentra detrás del complot, cuales son sus objetivos y a evitarlos por cualquier medio que se precise.

Es este un mundo que, dada la dependencia de los mensajeros, que permiten obtener casi cualquier cosa que se desee, se ha desarrollado mucho en algunas cosas pero muy poco en otras, sobre todo en lo tecnológico. Así, se produce una extraña y fascinante mezcla entre elementos propiamente medievales con otros que podrían haber sido sacados de nuestro siglo XIX, pasando por otras etapas históricas intermedias hábilmente conjugadas en la narración. La desaparición de los mensajeros podría fácilmente acarrear un retorno a la barbarie, a la oscuridad de la ignorancia, y por eso es tan importante desactivar la amenaza y descubrir por el camino que son y de dónde vienen los propios mensajeros, dado que son un elemento del que dependen vitalmente ambas sociedades, pero que ninguna controla realmente.

En su calidad de adepto de la reina, Yáxtor pondrá en juego sus muy diversas habilidades y su dominio superior sobre los mensajeros, asesinando sin piedad, destruyendo a todo aquel que se interponga en su camino, acostándose con y usando a todas las mujeres que le sirvan para acercarse un poco más a su objetivo ―aunque hay que reconocer que ninguna de las relaciones son gratuitas ni fuera de lugar, todas aportan algo a la trama― y enfrentándose a una organización maligna muy en la línea de los enemigos tradicionales de Bond, James Bond. Para remarcar aún más el parecido ―o el homenaje― este particular espía se encuentra acompañado por un elenco de personajes que incluyen a sus particulares M o Moneypenny, su Q y sus artilugios y gatches que bajo aparencias inicuas ocultan sorprendentes y normalmente mortales utilidades. Pero que nadie se engañe, Martínez consigue separarse enseguida de la obra de Fleming para ofrecer una historia plenamente original, frenética en muchas ocasiones ―casi demasiado a veces, se habría agradecido cierta introspección, profundidad y descripciones de ciertos parajes― con un trasfondo ciertamente subyugante y una historia que no da respiro al lector. Cabría señalar un cierto abuso de «deus ex machina» que permiten al autor resolver situaciones desesperadas para los protagonistas, algunos saltos sin red y algunos datos que se guarda en la manga para sorprender al lector; pero sin duda se le perdonan vista la calidad y los resultados conseguidos.

A lo largo de la misión, Yáxtor, un personaje que ha olvidado buena parte de su pasado, víctima de una especie de amnesia selectiva, tendrá que enfrentarse a unas revelaciones que le harán cuestionarse su actual existencia, forzándole a madurar de alguna manera y a cambiar su filosofía de la vida conforme una imagen recurrente de una escena que podría ser de su juventud vuelva una y otra vez a su mente para atormentarle. Es muy de agradecer esta evolución en el protagonista ―detalle que le aleja de su reflejo bondiano― que invita además al autor a seguir profundizando en él en posibles futuras continuaciones. La truculencia de las imágenes que asaltan su mente y las reticencias de sus superiores a tratar el tema o el misterio con el que lo envuelven, van preparando el camino para las impactantes revelaciones sobre lo que llevó a Yáxtor a convertirse en la perfecta máquina de matar, amoral y sin escrúpulos, sin remordimientos y casi, se podría decir, sin sentimientos. Además, otros misterios sin resolver, como la identidad del escurridizo “Número Uno”, cabeza oculta de la organización secreta que amenaza la estabilidad mundial y cuyos agentes se autodenominan “espectros”, también podrían llevar fácilmente a esa hipotética segunda parte.

Los elementos diferenciadores se multiplican pronto, desde la propia sociedad en la que se desenvuelven los personajes, una mezcla casi steampunk de antigüedad y modernidad, las posibilidades que dan los mensajeros, la existencia de unos seres llamados «carneútiles» que adaptan sus cuerpos a los deseos de su primer dueño por el que son esclavizados, para servir desde juguetes sexuales a monturas, y que parecen carecer totalmente de voluntad propia, unos portales de transporte que permiten ir de un punto a otro instantáneamente, unos intransitables «bosqueoscuros» hacia dónde la resolución del misterio parece tender y dónde confluirán buena parte de los protagonistas y de los destinos implicados en la narración... La acción pura da poco tiempo a la reflexión, y las aventuras y las revelaciones sorprendentes se suceden de forma vertiginosa, aunque la novela tiene quizá su principal “pero” en un final un tanto precipitado, dejando sin resolver detalles muy significativos (que es lo que deja al lector con ganas de que Martínez escriba una continuación) que se agradecería hubieran tenido respuesta.

Entre medio, muchos viajes, personajes francamente interesantes, mujeres fatales y despiadadas y otras frágiles que deberán hacerse fuertes ante los golpes de su vida cerca de Yáxtor, aliados que usar y enemigos que eliminar, secretos que desvelar, un pasado misterioso en el que profundizar, y una amenaza que combatir con todas las armas que se tengan a mano. El adepto de la reina es francamente entretenido. Tal vez sea literatura de evasión, un pasapáginas frenético, un libro palomitero donde los haya, pero todo ello con una calidad más que remarcable. Con el estilo característico del autor, con una muy buena y agradable escritura, sin florituras innecesarias, pero con el necesario buen hacer literario, con una fluidez encomiable, con una historia que atrapa..., sin duda este es un libro recomendable para cualquier amante de la buena aventura, de las historias de espías con un toque diferente, de las conspiraciones y las organizaciones de supervillanos a nivel mundial. Ha llegado un antihéroe llamado Brandan, Yáxtor Brandan, y ojalá la aventura editorial de su autor sea un éxito y este particular agente secreto vuelva pronto para quedarse. Yo al menos lo estaré esperando.


lunes, 1 de febrero de 2010

Reseña: A diez mil años luz

A diez mil años luz.

James Tiptree Jr.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Grupo Ajec. Col. Albemuth Internacional # 27. Granada, 2009. Título original: Ten Thousand Light Years From Home. Traducción: María Pilar San Román / Fernando March. 255 páginas.

Grupo Ajec publica en español la que fuera primera antología de James Tiptree Jr (seudónimo de la escritora Alice B. Sheldon) que permanecía prácticamente inédita en nuestro idioma (algunos cuentos habían sido ya publicados en diversas revistas o antologías, pero la mayoría no; y nunca en su conjunto). El volumen recopila lo «mejor» de la producción primeriza de la autora, desde los inicios de su carrera hacia 1967 hasta la fecha de publicación de la recopilación en 1973. En concreto, quince cuentos en los que se nota bastante que Tiptree todavía no ha terminado de encontrar del todo su “voz”, les falta todavía cierta chispa, pero en los que ya se demuestra el riesgo temático en el que gustaba embarcarse y los derroteros por los que habría de caminar su no demasiada dilatada, en el tiempo, carrera (falleció en 1987, con gran cantidad de cuentos publicados, recopilados en una decena de antologías, pero con tan solo cinco novelas editadas ―dos de ellas, curiosamente, a título póstumo―). Son cuentos primerizos, sí, faltos en ocasiones de pulso narrativo, pero en los que ya se deja ver el trazo y la imaginación de un gran autor. También son, ciertamente, hijos de su tiempo y de una forma de ver y entender la ciencia ficción bastante diferente de la actual.

A falta de una unidad temática, el factor común denominador a todos ellos (o al menos a una gran mayoría) sería el pesimismo vital y la tristeza que destilan. Son relatos que invitan a la reflexión, a pensar sobre ellos y sobre lo que la autora quería expresar, que muestran una fuerte carga de maniqueísmo en ocasiones, pero sin dejarse arrastrar por su melancolía y su, en cierta forma, desesperanza. Interesada en una ciencia ficción más social que la imperante en ese momento, muchas veces la viste con el ropaje de una space opera casi pulp, dando rienda suelta a una imaginería sexual presente en gran parte de los relatos, sorprendente en muchos casos y más avanzada en ocasiones que muchos de sus contemporáneos.

La visión de los extraterrestres que contactan y en ocasiones conviven con los humanos es francamente negativa, siendo la desconfianza ―justificada según da a entender la autora en la mayoría de las ocasiones― el sentimiento que debiera imperar en cualquier relación que se estableciera con ellos. Cuentos como «Y desperté aquí...», donde se muestran las nefastas consecuencias que trae el que los aliens resulten sexualmente atractivos para los humanos y cómo se establecen las relaciones de dependencia; o como «Mamá vuelve a casa», una curiosa extrapolación de la colonización de Sudamérica y la actividad evangelizadora de los occidentales, y su “secuela” «Socorro», en los que la autora advierte de las intenciones ocultas de los visitantes y demuestra que las apariencias no siempre ―o más bien casi nunca― son lo que parecen, son clara muestra de ello.

«Las nieves se han fundido» muestra un desolado mundo futuro en el que un grupo de humanos con terribles malformaciones tratan de asegurar su supervivencia en medio de las ruinas. Con un estilo limpio y directo, consigue en cuatro pinceladas pintar un paisaje descarnado y amenazador, donde la esperanza parece un bien escaso. Una falta de esperanza que también destila «La apacibilidad de Vivyan», donde se entreve la poca confianza que la autora tenía en el común de los mortales y que rezuma una tristeza impresionante cuando el lector comprende que la inocencia muchas veces tiene un precio terrible que pagar y que todo el mundo tiene sombras a las que quizá sería mejor no iluminar.

Dentro de esa desesperanza imperante, la autora ofrece también historias sobre aquellos que trascienden su condición para convertirse en “algo más” y las consecuencias, casi siempre negativas, que ese hecho acarrea. Así, en «Sabio en el dolor» introduce al lector en la mente de un humano que ha sido modificado para no sentir dolor de cara a una interminable misión de exploración espacial en planetas muy lejanos; y como siempre se echa en falta lo que ya no se tiene, el protagonista deseará recuperar la capacidad de sentir, inconscientemente de que a veces obtener lo que deseamos no siempre resulta como querríamos. En «Soy demasiado grande, pero me encanta jugar» es una enorme entidad alienígena gaseosa la que deseará saber lo que se siente al convertirse en ser humano y saborear las mieles de los sentidos; sus diversos intentos, como ya vemos que es la tónica en Tiptree, terminarán generalmente de forma desastrosa y con resultados desesperanzadores.

No podían faltar en esta autora los relatos sobre viajes en el tiempo, como son «El hombre que volvió», sobre como un experimento fallido lanza a un hombre al futuro y su dilatado regreso termina convirtiéndose en una especie de atracción turística; o «Una eternidad en la bahía de Hudson», una historia de amor a través de los años que en su propia paradoja lleva asociada la maldición de los finales desgraciados ―o como la búsqueda de la felicidad arrastra consigo su propio final―.

Dentro de esa búsqueda imposible del amor también se situaría «Madre en el cielo con diamantes», una space opera sobre la minería de asteroides y en la que un Inspector de Seguridad intentará mantener en secreto contra viento y marea su descubrimiento de una antigua nave espacial y de su contenido. La desesperada lucha, la carrera contrarreloj para mantenerse por delante de los que podrían arrebatárselo todo, imbuye al relato de una sensación de catástrofe cercana e inevitable.

Hay en el volumen otros cuentos más intrascendentes y amables, más ligeros, como el amable y simpático «Las puertas del hombre dicen hola» o «Te estaré esperando cuando la piscina esté vacía» ―o de cómo la intervención algo atolondrada pero bienintencionada de un humano avanzado puede modificar a una sociedad extraterrestre primitiva―.

Y entre tanta oscuridad y desesperanza, resplandecen dos relatos en particular, quizá los mejores de la recopilación, con el común denominador de un sentido humorístico cercano a una frenética comedia de situación:

«Os somos fieles, Terra, a nuestra manera» se sitúa en un planeta, Mundocarrera, dedicado íntegramente a las competiciones entre los más diversos seres venidos desde las más lejanas galaxias. En una jornada sin descanso, el lector asistirá a la tarea de Peter Christmas para mantener todo en funcionamiento, evitar los intentos de fraude, desactivar un ataque alienígena y contentar a una delegación de extraterrestres absolutamente extraños con la triste historia de la humanidad; divertido y nostálgico a un tiempo, es sin duda una de las perlas del libro.

«Nacimiento de un viajante» es otra muestra de este humor descabellado sobre las dificultades comerciales que presentan las enormes diferencias sociales y culturales de las distintas razas alienígenas en el intercambio de mercancías entre los planetas o siquiera el simple tránsito entre ellos. De alguna manera eleva el comercio actual entre las naciones de la Tierra a la enésima potencia, poniendo de manifiesto por un lado las absurdas condiciones que hay que acatar para exportar un producto y por otro el nivel de fraude y riesgo al que los comerciantes están dispuestos a llegar para minimizar los costes.

Cierra este A diez mil años luz el cuento «Súbenos a casa», un amable homenaje a una de las series más conocidas de la SF televisiva del siglo XX y que sin duda refleja los sueños sobre el futuro de la propia autora ―el deseo de que lo que nos rodea no sea todo lo que hay―, vestido con un claro mensaje antibelicista.

El volumen, entre que se nota que se trata de cuentos “primerizos” y que la traducción le juega unas cuantas malas pasadas en más de una ocasión ―lo de «Mamá vuelve a casa», por poner un ejemplo, es especialmente sonrojante― , deja una sensación agridulce en el lector. Si bien es cierto que Tiptree no ha encontrado aquí todavía su estilo (lo que no desmerece los relatos), también lo es que la lectura da una buena idea, sobre todo temática, de lo que habría de venir después y no deja insatisfecho. Siempre es interesante asistir a los inicios de quien habría de ser una gran autora.

P.S. Había terminado de escribir esta reseña cuando me he encontrado con la que han publicado en la página Literatura Prospectiva, en la que el editor de Ajec comenta lo siguiente:

Solo una aclaración:

En principio solo iba a haber un traductor, lógicamente; pero a mitad de traducción la dejó colgada con varios de los relatos por traducir, y tuvimos que buscar a otro traductor (traductora) para rematar la traducción, tan sencillo como eso.

Lo lógico hubiera sido que la nueva traductora tradujera todos los relatos de nuevo, para mantener la uniformidad, pero significaba pagar dos veces por el mismo trabajo, y por desgracia no podíamos permitirnos el dispendio.

Lo cierto es que se sale ganando con el cambio, pues la traducción de ella es francamente mejor que la de él. La pena es que aparentemente no haya habido una corrección que “homogeneizase” ambas traducciones y corrigiese ciertas expresiones y fallos que duelen al leerlos.

La buena noticia es que avisa de que publicarán más obras de Tiptree a medio plazo; y eso siempre es algo grato de escuchar.


jueves, 28 de enero de 2010

Reseña: Día de perros

Día de perros.
David Jasso.
Reseña de: Jamie M.
Hegemon Ediciones. Zaragoza, 2008. 269 páginas.
Premio Ignotus 2009 a la mejor novela de género fantástico en los premios concedidos en la pasada HispaCon de Huesca, una magnífica excusa para animarse a leerla, hay que reconocer que es algo difícil adscribir Día de perros en alguna de sus categorías. Tiene un poco, poquito, de ciencia ficción o ficción especulativa al situar la acción unos años en el futuro en el momento de su publicación, en una Zaragoza post-Expo fácilmente reconocible, aunque sin anticipar, no obstante, la actual crisis económica. Fantasía, entendida como elementos sobrenaturales, mágicos o extraños que se salen de nuestra cotidianidad, no he encontrado yo nada especialmente remarcable. Y terror, la especialidad hasta el momento de Jasso, tampoco es que haya mucho terror, sino más bien lo que el lector va a encontrarse es una realista historia con una creciente tensión que situaría la novela en la clasificación de thriller psicológico o de novela de suspense ―y de este si que hay bastante― de muy alta calidad, eso sí.
Como les sucede a los protagonistas, es fácil cometer un error que marque toda tu vida, sobre todo cuando eres un adolescente y estás aburrido y sin ideas de cómo emplear tu tiempo libre, cuando la chica de la que estás enamorado no te corresponde y cuando tus padres te usan como arma arrojadiza en su divorcio. Así, una calurosa tarde en el parque tomando la sombra debajo de un pino puede convertirse en una terrible aventura con catastróficas consecuencias. Eso es lo que les sucederá al protagonista de la novela, que escribe los hechos como terapia aconsejado por su propio psicólogo, y a su amigo Miguel, el cual, como no tienen nada mejor que hacer y para sacarse un dinerillo para pagarse unas cervezas e invitar a algo a sus amigas, decide raptar a un perro y esperar a que ofrezcan una recompensa a quien lo encuentre para devolverlo y así cobrar la misma. Dicho y hecho. Sin embargo, a partir de ese momento nada saldrá como esperaban, y ellos y su pandilla se verán envueltos en una huida hacia adelante donde cada vez las cosas se irán liando más y más con la intervención de los amos del perrito y de un “buen samaritano” que se ofrecerá a estos a buscar al supuestamente perdido can.
Relatado en primera persona cuando la acción sigue a los adolescentes y en tercera cuando los focos recaen sobre los dueños del perro, Jorge y Cristina, el relato avanza con una rapidez demoledora subiendo la tensión dramática a cada paso que avanzan unos y otros hacia su confluencia. Todo transcurre en una única tarde plagada de errores y de decisiones equivocadas. Anticipando desde la misma introducción el final trágico de la aventura, el buen hacer de la prosa de Jasso consigue dotar a una historia aparentemente trivial de una emoción cada vez mayor, haciendo que el lector no quiera soltar el libro hasta saber qué sucede a continuación. La lectura es muy fluida y amena, y si bien enseguida viene a la mente la idea de que un adolescente, sobre todo en las circunstancias del narrador, se supone que no escribiría de esa manera, con esas imágenes, descripciones y muestras de sentimientos, todo queda perfectamente explicado al final, lo cual es muy de agradecer.
Jasso ha conseguido retratar perfectamente la personalidad de estos jóvenes un tanto desorientados, dotándolos de una profundidad y un realismo admirables, con continuas referencias a sus gustos, a sus modas, a su pasotismo existencial y a su vocabulario que dotan de enorme credibilidad a la narración; al tiempo que en la parte en tercera persona consigue crear una enorme empatía con el dolor y sufrimiento de los amos del chucho, sobre todo de Cristina, una mujer que sufre de obesidad mórbida, que ve como desaparece una de pocas cosas que dan felicidad a su vida y que siente el rapto como una amenaza a su propia cordura. El deseo de su marido de protegerla, de hacerla feliz a cualquier precio, le llevará a contemplar cualquier posibilidad para recuperar al perro, incluso aquellas que le lleven a cruzar la línea de lo correcto. Lo que empezó como una simple travesura, una especie de broma sin gracia pero sin auténtica malicia, se convierte página a página en una persecución implacable que terminará en lágrimas y sangre.
Día de perros es un libro que, con una apariencia de simplicidad ―al fin y al cabo la historia no puede ser más sencilla― esconde en sus páginas importantes temas sobre los que pensar y reflexionar. Sobre el amor, la desesperanza, los sentimientos de los jóvenes y de los mayores, que muchas veces parecen tan distanciados y pronto descubre uno que nos son tan diferentes ni buscan cosas tan distintas; sobre el desarraigo, sobre la problemática familiar, el divorcio y sus consecuencias entre aquellos que, sin comerlo ni beberlo, se ven metidos en medio de un campo de batalla cuando no son directamente usados como munición que dispararse entre los cónyuges de la pareja rota; sobre la dificultad de mantener una comunicación real, abierta y honesta en estos tiempos en que todos estamos conectados a todos y cuantos más aparatitos tenemos más nos aislamos; sobre el amor a los animales y como el mismo puede trascender al amor entre la personas, muchas veces llegando a reemplazar a las relaciones con el resto del mundo; sobre la forma que tenemos de vernos a nosotros mismos que pocas veces coincide con cómo nos ven los demás, sobre como nos juzgamos con más dureza y a la vez más indulgencia que a los que nos rodean; sobre la soledad y el aislamiento que acarrea ser diferente al ideal de la sociedad, más aún cuando esa diferencia se ve como un defecto, en este caso la obesidad, y no como un acto de rebeldía; sobre la amistad, demasiado incondicional en ocasiones, y las cosas que nos hace hacer muchas veces contra nuestro mejor criterio.
Dotado de un ritmo trepidante, que no da reposo, con unas imágenes muy visuales, casi cinematográficas ―se nota que Jasso trabaja en el sector audiovisual―, Día de perros consigue atrapar en una espiral descendente al lector, haciéndole, a través de su eficaz prosa del autor, espectador de excepción de cómo el guijarro que ha sido lanzado se va convirtiendo sin remedio en avalancha, y asistiendo impotente, esclavo de la intriga, a la carrera que avanza imparable hacia un final que se intuye dramático y catastrófico ―como un tren que corre sin frenos, que sabes que va a descarrilar y aún así esperas contra todo pronóstico que encuentre una vía lateral donde detenerse y evitar la tragedia―. Un final, además, con un epílogo que tiene la virtud de modificar todo lo narrado, cambiando todo lo que creíamos saber y dándole un nuevo significado más impactante aún si cabe a todo lo que se nos ha contado, una mayor profundidad, e invitando a una relectura a la luz del nuevo y sorprendente enfoque.
Aunque el propio Jasso reconoce que en principio la novela iba a estar dirigida hacia un público situado principalmente en la franja de «jóvenes – adultos», los derroteros y los componentes algo más duros por los que pronto se embarca la acción, junto al buen hacer del autor, eleva la categoría y la hace destinada a que cualquier amante del misterio y la intriga, tenga la edad que tenga, puede verse atraído por su lectura y salga satisfecho de la misma. El libro es de fácil y rápida lectura, lo cual no le quita ningún mérito, sino que se lo añade en estos tiempos de mamotretos. De hecho, considero que tiene la longitud perfecta para la historia que se narra. Menos páginas seguramente le hubieran restado profundidad a la historia y a los personajes, y más páginas hubieran alargando innecesariamente la trama, difuminado, sin duda, su intensidad. Tal como está consigue mantener en todo momento la tensión creciente, sin decaer ni disminuir, hasta el impactante y, sí, a pesar de todo, inesperado final. Que nadie te lo cuente.
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Reseña de otras obras del autor:
 

lunes, 25 de enero de 2010

Reseña: Star Trek XI

Star Trek XI.

J.J. Abrams.

Reseña de: Amandil.

Paramout Pictures / Spyglass Entertainment / Bad Robot / Mavrocine, 2009. Duración: 127 minutos.

La decimoprimera entrega para el cine de la franquicia-saga-negocio Star Trek ha supuesto un reinicio de la totalidad de la línea argumental con intención de "rejuvenecer" a los personajes y tratar de que el fenómeno "treaky" se abra a un público mucho más amplio que no necesite conocer todos los antecedentes (las otras películas, las series, los "spin off", los libros) para comprender la historia y el trasfondo.

En definitiva, se puede decir que a priori Star Trek XI (o 2009) hace honor a su subtitulo "El futuro comienza" ya que abre un nuevo camino para volver a contar las peripecias del capitán Kirk, el señor Spock y el resto de palmeros, con actores jóvenes que garanticen a la saga una buen puñado de nuevas películas (la próxima se estrenará en 2011) y, probablemente, un nuevo muestrario de series que empalmen con la nueva línea argumental que Star Trek XI marca.

¿En qué consiste la novedad? Bien, para no verse abocados a repetir los argumentos de la serie clásica, J.J. Abrams opta por romper con el pasado con uno de los trucos más utilizados en la saga creada por Gene Roddenberry en 1966: por medio de un viaje en el tiempo se provocan una serie de cambios sustanciales que permiten surgir un nuevo plano temporal en el que lo conocido en la trama clásica cambia drásticamente. Así, podrán desarrollarse nuevos guiones utilizando los personajes tradicionales y la U.S.S. Enterprise, en un trasfondo completamente original. De ese modo no queda invalidado el universo creado durante los últimos cuarenta años, sino que es una realidad distinta a la que inaugura la película Star Trek XI. ¿Consigue hacer ese cambio viable? En mi opinión, sí, aunque para ello tenga que retorcer algunos sucesos plagando el guión de coincidencias, paradojas y deus ex machina. Pero se salva la situación y queda todo suficientemente hilvanado como para aguantar una cierta consistencia interna de cara al futuro.

La historieta que se nos narra en la película es la siguiente. Todo comienza con una nave de la Federación investigando una extraña tormenta eléctrica que resulta ser una agujero negro del que surge una nave inmensa, dirigida por un romulano llamado "Nero". La situación se vuelve terrible y como consecuencia de ello la nave federal, tras evacuar a la mayoría de sus tripulantes, se inmola contra la nave romulana que les ataca. Como consecuencia del ataque muere el capitán federal y su segundo ordena evacuar, debiendo inmolarse con su nave al fallar el piloto automático. Para mayor dramatismo apenas 60 segundos antes de la colisión, en una nave de evacuación, nace el hijo del difunto. El recién nacido es James Tiberius Kirk.

Ya tenemos dos de las claves de la película: el malo es un romulano llamado Nero (no hay película de Star Trek sin una personificación clara de un malo, como en James Bond, personificado por el portentoso Eric Bana), y el antecedente heroico familiar que hará que el joven Kirk (émulo de James Dean encarnado por Chris Pine) pase de chulito de pueblo de Iowa a legendario líder de la Federación.

La tercera clave nos vendrá dada con unas pinceladas a los orígenes del otro personaje principal, el señor Spock (interpretado con bastante buen resultado por Zachary Quinto), ese curioso cruce entre humana y vulcaniano (que copó y cegó la carrera de Leonard Nimoy) que hará de su doble origen racial la clave de su trasfondo como personaje.

Ambos personajes se convierten en los motores de la historia al coincidir en la Academia de la Federación en la ciudad de San Francisco, si bien Kirk está enmarcado en un papel de "listillo", mujeriego y audaz, y Spock ya despunta como profesor de la Academia, comandante (segundo de abordo) de la Enterprise y cotizado miembro de la Armada federal.

La historia de Nero y su nave se retoma entonces al amenazar al mismísimo planeta Vulcano, lo que provoca que se tenga que enviar a los cadetes de la flota federal que están en la Tierra puesto que el grueso de la Armada se encuentra demasiado lejos de allí. Y desde ese momento, con diversos trucos, coincidencias y giros un tanto rebuscados (ascensos de tercera fila a jefazos, en minutos encuentros en distantes lunas heladas, etc.) entran el resto de compañeros de la saga en su versión "juvenil": McCoy (Karl Urban), Uhura (Zoe Saldana), Scotty (Simon Pegg), Sulu (John Cho) y Chekov (Anton Yelchin). Todo ello reforzado por la presencia del mítico Spock de la saga clásica en un giro de guión imprescindible para la historia y que viene a suponer una especie de bendición de los integrantes "originarios" a los que ahora se estrenan.

La película en sí consigue dos objetivos de manera más que satisfactoria. En primer lugar reubica Star Trek dentro de los gustos del público moderno y más joven, sin romper los vínculos emocionales con el que ha sido el grupo de seguidores que ha permitido a la franquicia crecer de manera única en el género. Se ha ampliado de ese modo tanto el "target" al tiempo que se ha dado vía libre a los guionistas para que creen un nuevo universo trekkie. En segundo lugar J.J. Abrams ha rodado una historia entretenida, emocionante, muy bien llevada y con los toques justos de humor (impresionante la jugada de McCoy al inyectar a Kirk una vacuna un tanto agresiva), amor (¿¿¿Spock y Uhura???), guiños a la serie clásica (esos uniformes parecidos a pijamas, esos toques años 60 en la mismísima Enterprise, esos fulanos vestidos de rojo que mueren a la primera de cambio) y un ritmo trepidante muy propio del enfoque se le da en al actualidad al cine de ciencia ficción, más cercano a un vídeo de la MTV que a la espantosamente lenta Star Trek de 1979.

Pero hay que dejar clara una cosa, Star Trek XI cierra el universo existente hasta ahora para abrir paso a algo completamente nuevo y acorde con los gustos y los objetivos del público de inicios del siglo XXI. Mantiene un nombre comercial, unos personajes y un entorno, pero los adapta y los renueva hasta el punto de convertir el pasado en algo demasiado viejo, demasiado vetusto en ocasiones, demasiado antiguo. Por ello puede no gustar a los seguidores de la saga hasta el momento. Pero ese es el riesgo que deberá correr la franquicia si quiere perpetuarse en una nueva generación de seguidores alejados notablemente de los que afianzaron la serie en los años setenta y, especialmente, en los noventa del pasado siglo.

Pero ya lo avisa el subtítulo de la película: The Future Begins.

sábado, 23 de enero de 2010

Reseña: Historia alternativa, Vol. II

Historia alternativa, vol.II.

Varios autores.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Grupo Ajec. Col. Albemuth Internacional # 24. Granada, 2008. Traducción: Raúl David Golzálvez del Águila. 247 páginas.

La ucronía o «historia alternativa», el género que trata de responder la pregunta de ¿qué hubiera pasado si...? en torno a hechos claves de la historia, es sin duda difícil de llevar a buen puerto, dado la exigencia de conocimientos históricos unidos a un nivel de extrapolación necesariamente elevado. Es fácil elegir un momento clave en el que las cosas hubieran podido ser diferentes dependiendo de las decisiones que se tomaran o los actos que tuvieran lugar como consecuencia del «suceso desencadenante»; lo complicado es imaginar una historia coherente con un desarrollo diferente de nuestra propia historia. No vale cualquier cosa, aunque sí cualquier tipo de historia para desarrollarlo ―aunque tradicionalmente se encuentra más ligado a la propia Literatura Histórica y a la ciencia ficción y/o la fantasía― , como bien demuestra el volumen presente. Las siete narraciones que contiene vienen a ser un variado reflejo del género, con todas sus bondades y defectos. Además, la ucronía lucha contra el handicap de que el lector debe tener o se le suponen ciertos conocimientos relativos a los hechos que se están cambiando, debe participar de una importante complicidad con el autor para sumergirse en el relato sabiendo dónde están y de que tratan los cambios para poder disfrutar a fondo con la alternativa a la realidad. Sin esos conocimientos es muy posible que se pasen por alto ciertos detalles o personajes vitales que hagan perder el disfrute pleno de las historias.

Abre el libro «El frente humano» de Ken McLeod, que se centra en un clásico dentro de las ucronías: qué hubiera sucedido si el final de la II Guerra Mundial hubiera sido algo diferente, si una vez eliminada la amenaza nazi la Guerra Fría entre el bloque occidental y el soviético no hubiera comenzado, sino que hubiera seguido en su fase “caliente”, si los estadounidenses siguieran combatiendo y Stalin se hubiera convertido en un simple partisano luchando por los restos del comunismo. La historia a través de los ojos de John Matheson, un habitante de la isla escocesa de Lewis, irá mostrando un mundo donde el desarrollo tecnológico se ha desviado radicalmente del de nuestra historia, debido principalmente a la existencia de unos aparatos voladores muy similares a nuestros tradicionales OVNIS y con los que los Estados Unidos bombardeara Moscú con una bomba atómica. Pero, ¿de dónde han salido esos aparatos? ¿Quién los pilota? El joven Matheson, como un signo de rebeldía contra la situación de su entorno, se irá introduciendo cada vez más, aunque de forma casi involuntaria, en los ambientes de la izquierda radical, llegando a convertirse en un auténtico revolucionario. El contenido ideológico y la fuerte carga política es algo habitual en este autor, que consigue dotar de esta manera de una lectura diferente a la cuestión ucrónica. A través de pequeñas pinceladas el lector podrá hacerse una idea acerca de la situación en el resto del mundo, sobre todo en unos totalitarios Estados Unidos que llevan camino de imponer su hegemonía sobre un gran número de naciones.

Narrado casi como si se tratara de un relato clásico de la época pulp, utilizando muchos de los recursos de los primeros cuentos sobre el fenómeno de las avistamientos de platillos volantes de los años 50 del pasado siglo, cuando todavía se pensaba que Marte podría estar habitado por seres inteligentes capaces de visitarnos, el giro final que lleva la narración desde el género bélico de guerrillas a entrar plenamente en la ciencia ficción hace que el lector se quede un tanto desconcertado ante el cambio de registro y ante una explicación un tanto traída por los pelos que deja mucho en el aire. Sin embargo, es un acierto del autor el no haber intentado engordar la longitud del relato, pues estirarlo más sin duda le hubiera quitado gran parte de la ¿gracia? que tiene en este formato.

El segundo relato es «Los ojos de américa» de Geoffrey A. Landis, una narración con cierta intencionalidad cómica en la que el lector asistirá a la carrera por la presidencia de los EE.UU. en las elecciones de 1904, para la cual el partido republicano fichará a Thomas Alba Edison como candidato, a lo cual responderán los demócratas trayendo a sus filas como asesor al tradicional “competidor” del inventor: Nikola Tesla. Ambos se embarcarán en una carrera de diseño de inventos que les ayuden a llevar su mensaje al mayor número posible de gentes. Muestra así la lucha entre la corriente alterna y la continua, trasladada a la arena política y con unos testigos de es excepción como son Sam Clemens, más conocido por su seudónimo literario Mark Twain, y la famosa cantante Sarah Bernhardt. La aparición de Clemens le permite al autor introducir un contrapunto crítico a la despolitizada competición entre Tesla y Edison ―más preocupados por aventajar tecnológicamente a su contrincante que en ganar realmente las elecciones―. Divertida y ocurrente.

La tercera narración es «El imperio invisible» de John Kessel, una historia situada en un tiempo indeterminado (¿mediados del XIX, principios del XX?) en unos Estados Unidos rurales todavía en formación, donde el puritanismo es la regla imperante y el papel de la mujer está firmemente supeditado al dominio masculino, al punto que los malos tratos se ocultan y niegan vergonzosamente. En una pequeña comunidad un grupo de mujeres proto feministas se tomará la justicia por su mano con unos métodos absolutamente ku-kux-klanianos que invalidan de alguna manera sus motivaciones. Una narración excesivamente maniquea, correcta, pero bastante obviable y prescindible.

Viene a continuación uno de los relatos más curiosos del libro: «El misterio del Pacífico» de Stephen Baxter. Partiendo de uno de los puntos más recursivos de las ucronías, un mundo donde los nazis ganaron la II Guerra Mundial ―dada la premisa de que, por motivos no desvelados, ningún navegante o piloto de ninguna nación ha conseguido cruzar el Océano Pacífico, razón por la cual los Estados Unidos nunca se establecieron en Pearl harbour y por lo que los japoneses nunca los atacaron, haciendo que estos no llegaran a entrar en la contienda― el autor abandona pronto la prospección histórica y se embarca en el intento de los alemanes de demostrar su poderío tecnológico enviando una enorme aeronave a conquistar el infranqueable Pacífico. Narrada en forma de diario por parte de una periodista británica que se encuentra a bordo de la Goering, o ―como la llamara Chruchill― «la Bestia» como observadora, la historia se convierte en un relato clásico de aventuras, conspiraciones y exploraciones de lo desconocido, abandonando las reglas euclidianas de nuestro mundo y adentrándose en lo ignoto. Emocionante e intrigante a un tiempo, este cuento es una de las grandes satisfacciones del volumen.

La siguiente narración es «Lo desconocido» de William Sanders. Centrándose en la época de las primeras colonias en los incipientes Estados Unidos, muestra el enfrentamiento que se produce entre la mentalidad occidental con la forma de entender la vida de los pieles rojas. Cuando un europeo es convertido en esclavo de los powhatan su influencia empezará a cambiar su forma de vida e, incluso, de pensar a través del poder de la escritura dado que, como el lector pronto descubre, el prisionero no es otro que un famoso dramaturgo británico cuyo destino será bastante diferente del que conocemos en nuestra realidad al embarcarse borracho en Porstmouth y terminar, como ya he dicho, adoptado de alguna manera por el brujo de la tribu. Agradable, conmovedor y divertido a partes iguales, invita a la reflexión y deja un buen gusto.

Y llegamos así al, para mí, mejor relato ―casi una novela corta― de la antología: «Recuperando el Apolo 8» de Kristine Kathryn Rusch. Especula como un pequeño cambio ―el fracaso de la misión del Apolo 8 cuando en nuestra realidad fue un éxito― y el sueño y la inversión de su fortuna en él de un millonario hecho a sí mismo podría haber modificado radical, pero coherentemente, la carrera y la colonización espacial. En 1968, Richard Cronkite es un muchacho de ocho años al que el accidente de la cápsula espacial y la pérdida de sus tres tripulantes ―Lovell, Anders y Borman― en dirección sin retorno hacia los confines del Sistema Solar, marcará con un profundo trauma infantil, que le llevará a dedicar sus energías a crear un imperio empresarial dedicado a la investigación tecnológica espacial con el objetivo de rescatar la nave y los cuerpos de los tres astronautas. La autora consigue imbuir el lector ―sobre todo en los que ya tienen una cierta edad y retienen en la memoria algunas de las fases más emocionantes de la carrera espacial entre Estados Unidos y la URSS― del sentimiento de urgencia, de frustración, de alegría y de resignación por los que va pasando el Cronkite adulto. Es desde luego el desarrollo de la colonización espacial que cualquier aficionado a la ciencia ficción hubiera soñado que existiese a estas alturas y que cada vez se ve más lejos una vez terminada la rivalidad de los bloques de la Guerra Fría. Utilizando con habilidad el recurso de la Historia Alternativa, la autora consigue construir un relato de sentimientos, de sueños e ilusiones, y sobre lo que viene después de conseguirlos, que quizá no sea exactamente lo que se deseaba y lleva a descubrir que se ha dejado demasiado por el camino.

Y cierra la parte “literaria” del volumen «Misivas del futuro posible 1: Resultados de búsqueda de historia alternativa» de John Scalzi, el cuento más prescindible, innecesario, gamberro, supuestamente cómico y pasado de vueltas de la antología. ¿Qué hubiera pasado si Hitler hubiera muerto, de muchas y diferentes maneras, en 1908? El mundo sin duda hubiera sido muy diferente de como lo conocemos, o tal vez no tanto. Lo salva su extrema brevedad, porque no deja de ser una ida de olla de mucho cuidado, una desbarrada gamberra que apenas sirve como divertimento. Tras el anterior relato es una lástima cerrar así la antología, con un enorme anticlimax. Quizá hubiera sido mucho mejor haberla puesto al principio del todo y comenzar con una sonrisa socarrona.

Las últimas páginas del libro están dedicadas a cuatro pequeños ensayos destinados de alguna manera a aclarar ciertos periodos históricos presentes en los relatos anteriores o, en el más interes ante de los artículos, a preguntarse si una carrera espacial diferente hubiera sido posible. Son interesantes, pero muy poco profundos lo que les quita cierta parte de su utilidad.

Para terminar, y como ya viene siendo habitual, un pequeño tirón de orejas a Ajec por la edición, no tan cuidada como debiera, y por las erratas tipográficas. Detalles como empezar la primera historia con la muerte de Stalin en el año 163 ―cuando debiera haber sido en 1963― y otros similares no contribuyen a hacer fluida la lectura precisamente. Son detalles menores, sin duda, pero su recurrencia libro tras libro debiera ser algo a corregir y evitar. Historia alternativa volumen II es una antología, de todas maneras, a la que merece la pena dar una oportunidad dado el nivel medio más que aceptable e incluso sobresaliente en alguna de sus propuestas, sobre todo si al lector le gusta elucubrar sobre cómo podría haber sido la Historia si tan solo algunos pequeños detalles hubieran sido diferentes.


Libros recibidos. Enero 2010 (2)

Gracias a la cortesía de Grupo Ajec, hemos recibido los siguientes ejemplares de prensa de sus novedades:

miércoles, 20 de enero de 2010

Reseña: País de espías

País de espías.

William Gibson.

Reseñas de : Santiago Gª Soláns.

Ediciones Plata. Col. Plata Negra. Barcelona, 2009. Título original: Spook Country. Traducción: Rafel Marín Trechera. 381 páginas.

William Gibson ambienta su última novela en nuestro presente —en 2006, más concretamente—, alejándose, como ya hiciera en la anterior Mundo espejo (Pattern Recognition, 2003), de la visión del futuro cyberpunk que él mismo contribuyó a crear; aunque en el presente de País de espías podemos observar muchos detalles, sobre todo en el desarrollo y aplicación de las nuevas tecnologías, que de alguna manera hermanan el libro con aquellas obras anteriores del autor. Como es habitual en su forma de narrar, la novela se divide en tres líneas, una de ellas aparentemente irreconciliable con las otras dos, pero que, nadie lo dude, están irremediablemente llamadas a encontrarse.

Ese presente de la novela es casi el nuestro; casi, pero no del todo. Hay multitud de pequeños, pero significativos, detalles que lo conforman más como una especie de mundo paralelo al nuestro, una extrapolación pausible de las tecnologías que van instalándose en nuestras vidas paulatinamente sin apenas darnos cuenta, más que como un reflejo de nuestra propia realidad. Así, País de espías viene a ser un thriller tecnológico con un barniz de novela de espionaje. La globalización de un mundo, nuestra Tierra, cada vez más «pequeño», donde los sucesos de un país cada vez tienen una mayor repercusión en los rincones más inesperados del orbe, donde la política de una nación adquiere ramificaciones mundiales, donde el movimiento de una «ficha» o de un «peón» tiene su respuesta a miles de kilómetros de distancia, y donde el arte y la música van adquiriendo un carácter unificado y cada vez hay menos sitio para innovar, hace que personajes totalmente ajenos terminen abocados a cruzarse y a compartir unos conocimientos que, quizá, ni siquiera sospechaban compatibles. En este sentido, el arte locativo al que Gibson da una enorme importancia en la novela —al punto que casi es el detonante que da origen a la historia— y que no es sino el remedo tecnológico de los graffitis callejeros, pero elevados a una complejidad y un anonimato mayúsculos —para poder disfrutarlos hay, primero, que saber dónde se encuentran y, segundo, disponer de la interfaz que permita su visualización—, con el mismo carácter efímero y temporal que aquellos —dependen en exceso de servidores, routers y suministro energético; tal y como queda demostrado en la propia novela—, termina uniendo de alguna manera casi imposible a todos los personajes de la novela.

Al final, queda la impresión de que País de espías no es precisamente una de las mejores novelas de Gibson, de hecho me atrevería a decir que es casi la peor, o al menos la más decepcionante, de ellas. La compleja, e incluso intencionalmente confusa, trama, llena de detalles que parece van a tener gran importancia y luego no sirven para nada, se resuelve finalmente en un “bluf” que deja muy insatisfecho al lector que se esperaba mucho más del autor de Neuromante. Tal vez se deba a que esta novela, supuestamente más realista y cercana, precisa de bastante más “suspensión de la incredulidad” que las novelas más futuristas del autor. Para ser una narración situada en nuestro presente —o en un pasado muy, muy cercano—, hay que tragar demasiadas “ruedas de molino” como para que la lectura resulte satisfactoria.

Hollis Henry es una ex estrella de una banda de culto de pop-rock indie, que perdió todo lo que había ganado en su carrera musical en la crisis de las punto com y que en la actualidad se dedica a escribir artículos como freelancer hasta que recibe una oferta irrechazable para trabajar para una nueva revista europea, Nódulo, dedicada a la música y las nuevas tendencias. Su primer encargo será, precisamente, investigar sobre el novísimo arte locativo y sus principales autores y promotores para lo que se trasladará a Los Ángeles en busca de Bobby Chombo, el paranóico creador del soporte que permite las invisibles esculturas holográficas y que resultará ser bastante escurridizo. Tito es un joven perteneciente a una familia de exiliados chino-cubanos, con misteriosas conexiones con la Rusia soviética y con la CIA, y que se mueve por un Nueva York marginal, participando en pequeñas actividades delictivas en torno al intercambio de «información» hasta que parece verse mezclado, de repente, en una trama de espionaje de altos vuelos, teniendo que abandonar todo lo que conoce en pos de la aventura. Brown es un agente secreto de no se sabe qué agencia gubernamental ni de qué país exactamente, o que quizá tan solo está trabajando para sí mismo con los conocimientos secretos adquiridos con anterioridad, que busca interceptar los mensajes de una red de traficantes de información para localizar un objeto en principio desconocido, tarea para la cual ha raptado a Milgrim, una adicto a las drogas, las pastillas de Ativan en concreto, y experto lingüista de un oscuro dialecto ruso, el volapuk, en el que la red parece comunicarse, con poco interés en la vida salvo asegurarse la siguiente dosis de pastillas y sumergirse en la lectura de un libro sobre oscuras e ignotas desviaciones religiosas.

Gibson pone en píe una interesante trama a priori, con la que consigue llamar la atención del lector y meterlo en la fragmentaria historia hasta que paulatinamente este se da cuenta de que la misma no termina de ir a ninguna parte. Y es que País de espías se desvela pronto como la simple búsqueda de lo que Alfred Hitchcok diera en llamar un «MacGuffin», un objeto en torno al que gira toda la trama y que en este caso no es sino un contenedor que se encuentra en paradero desconocido con un misterioso contenido en su interior, y al que todos, de forma consciente o no, buscan encontrar, cada cual con sus particulares fines. La irrupción en escena del filántropo multimillonario Hubertus Bigend —que ya apareciera en Mundo espejo y que tiene incluso el “honor” de poseer una entrada propia en la wikipedia— como uno de los principales jugadores en la sombra, patrocinador de la investigación de Hollis y con una agenda propia que no parece demasiado interesada en el arte locativo por sí mismo, sino como parte de un plan para alcanzar otros intereses a través de la figura de Chombo, no hace sino forzar aún más la credulidad del lector ante sus acciones.

Parece claro que Gibson ha intentado escribir una novela sobre los EE.UU. y el mundo post 11-S y todos los cambios geopolíticos que han tenido lugar desde entonces. Pero lo cierto es que se ha quedado en lo anecdótico sin entrar realmente en el fondo de la cuestión y sin tomar partido de una forma decidida. El lector en ningún momento llega a sentir una implicación emocional con lo narrado o con los personajes —un grupo de solitarios marginales con los que es muy difícil conectar—. No hay un sentimiento de apremio, de peligro, de suspense, al punto que el contenedor y su misterioso contenido no crean excesiva curiosidad y que finalmente, incluso con las bajas expectativas, defrauda miserablemente. La historia se desvela como demasiado simple, después de crear un escenario enorme, global, todo termina siendo demasiado local, demasiado interno, demasiado mezquino, con unos objetivos, visto lo que está en juego, demasiado pequeños. Y el carácter tecnológico que se le supone a las narraciones del autor termina limitándose a los medios técnicos necesarios para poner en marcha, mantener y contemplar el arte locativo —GPS, gafas de realidad virtual, hackers y servidores informáticos entre otros— y en el barniz que supone el sustituir los antiguos microfilms o cintas grabadas de las historias clásicas de espías por i-pod cargados de datos que van cambiando de manos. Demasiado poco para alguien que llegara a ser tan innovador en sus obras anteriores. Pero es que a nivel de simple novela de espionaje también fracasa de algún modo, no termina de entrar a fondo en lo que realmente significa una sociedad permanentemente vigilada, en constante tensión, con unos gobiernos que en pos de la seguridad recortan sin rubor las libertades civiles y donde la lucha contra el terrorismo justifica aparentemente cualquier “pacto con el diablo”. Muchos de los personajes tienen o han tenido contacto con agencias de espionaje o contra-espionaje, aunque en la novela todos parecen actuar por libre y con objetivos propios; el problema surge cuando esos objetivos no terminan de revelarse demasiado claramente o, cuando sí llegan a conocerse, resultan bastante flojos como motivación. Pase lo que pase a los protagonistas, al final prácticamente nada de lo sucedido tendrá una repercusión real ni importante en el mundo en el que estos se mueven. Y eso lo único que consigue es dejar muy frío al lector, con una sensación de decepción profunda dado lo que se esperaba de este autor.

Al final, todo se limita a intentar saber qué es el misterioso contenedor, qué contiene: ¿drogas? ¿armas? ¿documentos secretos? ¿tecnología revolucionaria?, a quién pertenece, quién lo ha puesto en marcha, dónde lo ha enviado, quién es el destinatario y qué quieren del mismo toda este variopinto y dispar conjunto de personajes y para qué. De forma voluntaria o medio obligados todos correrán en una especie de carrera a ciegas para ser los primeros en poner sus ojos sobre el objeto hasta alcanzar un desenlace, como poco, anticlimático. Desde luego, Gibson aprovecha para dar salida a muchos temas paralelos con los que el lector puede sentir que no ha perdido del todo el tiempo con la lectura: la forma en que se utiliza la tecnología y como su abuso puede producir una quiebra en la sociedad; el poder de la información y el peso obstaculizador de la burocracia en su intercambio; la volatilidad de la fama, que tan pronto se va como vuelve; la Historia secreta, ajena al común de los mortales; las manos en las sombras que mueven los grandes hilos; la excentricidad que permite la riqueza; el miedo que puede condicionar la actuación de toda una sociedad, llegando a renunciar a principios fundamentales tan solo para sentirse segura —la visión mostrada de unos Estados Unidos absolutamente doblegados por la congoja y la confusión que todavía hoy produce en ellos los hechos del 11-S, la paranoia creada en la psique colectiva al punto de que la desconfianza es el sentimiento predominante en cualquier relación nueva o cómo se desgarran por dentro con una guerra tan impopular como inacabable en Irak y Afganistán... Un país que se ha apartado peligrosamente de sus principios fundacionales y que todavía no ha encontrado un nuevo marco firme con el que remplazarlos— y que aún así nunca puede quitarse de encima la sensación de estar siendo continuamente vigilada, escuchada y observada. Es fácil darse cuenta de que País de espías y Mundo espejo no solo comparten un mismo escenario, sino que casi se superponen, dando lugar a una lectura paralela de resultados cuando menos curiosos, cuando no insospechados. Aunque, tras todo ello, lo cierto es que la sensación es de cierta indiferencia, la narración no consigue despertar un auténtico interés sobre lo que está pasando o sobre el destino de contenedor y personajes. La lectura termina siendo muy desapegada, sin implicación alguna, lo cual no deja de ser una lástima.

En cuanto al estilo, Gibson permanece fiel a sí mismo, con oraciones y frases cortas, cargadas de significado, directas y algo descarnadas; con metáforas duras, industriales, grises como las ciudades que pretende retratar, como el presente un tanto descorazonador en el que sitúa a sus personajes; con diálogos concisos, breves, que nunca van mucho más allá de lo que es imprescindible decir, pero con unas resonancias muy realistas, cargadas de significado, dando a cada personaje una voz y unos sentimientos perfectamente definidos e individuales.

Y después de todo, el lector se queda con demasiadas preguntas, con demasiados hilos que no van a ningún sitio, con demasiados detalles que al final no sirven para nada y que si Gibson se hubiera centrado un poco más en ellos se antoja que pudiera haber salido una novela mucho más interesante. Al final quedan demasiados destinos en el aire, demasiadas cuestiones sin resolución y demasiados callejones sin salida. Una lástima. Esperaba pero que mucho más de Gibson. Mi conclusión: Mucho ruido, demasiado, y pocas, muy pocas, nueces.

lunes, 18 de enero de 2010

Reseña: La princesa prometida

La princesa prometida.

William Goldman
.

Reseña de: Amandil.

Martínez Roca, Barcelona 1999. Título original: The princess bride. Traducción: Celia Filipetto. 252 páginas.

Cuando William Goldman (guionista de cine y televisón reconocido con múltiples premios como los celebérrimos Oscars) escribió en 1973 La princesa prometida probablemente no era consciente de que estaba creando una novela de aventuras llamada a ser un clásico. En su ánimo más bien estaría el escribir un relato cómico, bastante cínico en ocasiones, en el que bajo el pretexto de volcar algunas experiencias personales, narraba un bello cuento romántico que tendría como principal argumento la lucha de dos personajes arquetípicos, Westley y Buttercup, en pos de su porción de Amor Verdadero.

Al ser un relato pretendidamente tópico no faltarán los malos "modélicos", encarnados en las figuras del Conde Rugen, el Príncipe Humperdinck y el taimado siciliano Vizzini; los compañeros de los buenos, como el popular Íñigo Montoya, el forzudo Fezik y Max Milagros, los duelos a espada, las persecuciones, los juegos de inteligencia, los animales fantásticos, las peleas absolutamente desequilibradas a favor de los malos y la eterna lucha entre el bien y el mal. En definitiva La princesa prometida lo tiene todo. Hasta una película tan atractiva como el libro y guionizada por el mismo autor.

La historia es bien sencilla:

El libro preferido de William Goldman es un libro que nunca leyó. O, mejor dicho, es un libro que le leyó su padre cuando era niño y que él nunca leyó por sí mismo. Se trata del clásico de la literatura de Florín, La princesa prometida, escrito por S. Morgenstern, y que es un compendio de aventuras y amoríos. Así que ¿qué mejor regalo de cumpleaños para su propio hijo que un ejemplar de aquella obra? Sin embargo, para su decepción, en su hijo no parece despertarse la misma pasión que él vivió cuando se lo leyó su padre. ¿Cómo es eso posible? Sencillo. Su padre le leyó sólo las partes del libro que contenían cosas "entretenidas", saltándose aquellas aburridas y completamente ajenas a los gustos de un niño. Contrariado por el descubrimiento Goldman decide "reescribir" una versión "breve" que sólo incluya la historia que le contó su padre en la lejana infancia... Esa versión breve es la que da cuerpo al libro.

En ella la atractiva Buttercup y el mozo de cuadras de su casa, Westley, se enamoran perdidamente. Debido a la pobreza el buen mozo decide viajar a América para hacer fortuna y así poder empezar una vida junto a su amada. Pero en su viaje se cruza el terrible pirata Roberts y todo el mundo sabe que nunca hace prisioneros. Buttercup, finalmente, pese a estar destrozada por la noticia se ve empujada a aceptar casarse con el príncipe de Florín, Humperdinck, quien, en realidad pretende asesinar a su joven prometida para acusar del crimen al país vecino, Guilder, y empezar una guerra contra ellos. Para lograr su objetivo contrata los servicios de un grupo formado por el espadachín español Íniño Montoya, el gigantesto luchador turco Fezik y el inteligente y malvado siciliano Vizzini. Todo parece ir de maravilla hasta que se cruza en el camino de los maleantes un misterioso "hombre de negro" que parece empeñado en liberar a Buttercup...

La narración escrita por Goldman se caracteriza por un estilo cómico y sencillo en el que el lector se siente en todo momento atrapado por una trepidante acción y una trama amable, muy entretenida y bien llevada, que parece beber del modo cinematográfico más que del literario. Abundan las imágenes de fácil descripción y muy evocadoras (los Acantilados de la Locura, el Zoo de la Muerte, la historia de Íñigo, las aventuras del pirata Roberts, la hilarante intervención de Max Milagros) que resaltan en todo momento la vis cómica y ágil que impregna absolutamente todo el relato. Además, utilizando el truco de insertar comentarios del propio autor en cursiva, añadiendo anécdotas ajenas a la historia, valoraciones intrascendentes pero divertidas y críticas bastante cínicas a lo que va contando, se desarrolla una especie de doble lectura paralela (la de las aventuras de Buttercup y Westley y las ocurrencias de Goldman en su "resescritura" del clásico de Florín) que enriquece la novela y añade un cierto toque de esperpento genial al conjunto.

En definitiva, La princesa prometida, es uno de esos libros que se pueden leer perfectamente sin necesidad de ser seguidor acérrimo del género fantástico ya que es, en realidad, una obra cómica que bebe de los elementos comunes a muchos libros de aventuras de espadachines clásicas. Su ritmo, su estilo y, sobre todo, lo amena que es la lectura, hacen que pase en un suspiro y que se tengan ganas de leer más o, en su defecto, releer la obrita cada cierto tiempo recordando el buen sabor de boca que deja y lo divertida que llega a ser por momentos.

Indispensable.