miércoles, 17 de mayo de 2017

Reseña: Luna. Luna de lobos

Luna. Luna de lobos.

Ian McDonald.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2017. Título original: Luna. Wolf Moon. Traducción: José Heisenberg. 396 páginas.

La segunda entrega de la trilogía que iba a ser bilogía —no voy a ser yo quien se queje— Luna empieza dieciocho meses después de los demoledores eventos al final de la anterior entrega. McDonald no juega a ofrecer un libro de «en medio» y, en vez de tomarse un tiempo para recapitular, colocar las piezas y montar la partida que ha de desarrollarse más adelante, da un golpe sobre la mesa, rompe el tablero y lanza al lector a una vorágine de acontecimientos sin piedad, pausa o reposo. Cuando ni siquiera se había conseguido el equilibrio entre y dentro de las familias / compañías que dominan el devenir económico del satélite, una nueva hecatombe viene a echar más leña al fuego en el enfrentamiento y en el juego de alianzas y traiciones. Con un relato crudo y violento, elegante y refinado, siempre traicionero, Luna de lobos es una segunda parte que incluso mejora a su predecesora, aprovechando todo lo bueno allí expuesto y perfilando intrigantes nuevas situaciones al tiempo que pule algunos de sus «defectos». El juego político sigue siendo un elemento predominante, pero cede buenas parcelas a la acción desatada, la lucha despiadada, la venganza y la simple supervivencia. Como ya hiciera con Luna nueva, se podrían nombrar muchas obras, de diversos géneros, con las que esta novela comparte enfoque o características, pero seguramente sería hacer de menos a un relato que ha encontrado su propia voz y camino. Aviso: La presente reseña puede destripar algunos detalles de lo narrado con anterioridad.

Los Corta han caído y las familias implicadas en su caída se reparten los despojos, incluidos a los jóvenes supervivientes que son «adoptados», como Robson, rehén de facto de los Mackenzie, o acogidos y ocultados por diversas facciones, como Luna o Lucasinho bajo el manto protector de los Asamoah. Los escasos adultos que salieron con vida de la ordalía se han dispersado e intentan, cada uno a su manera reconstruir su futuro. Ariel, inválida, amargada y malviviendo junto a su guardaespaldas Marina Calzaghe, hasta que la tentación de nuevas alianzas políticas, con la promesa de recuperar algo de lo perdido, salta a su encuentro. O Wagner, el lobo lunar, que se refugia en el trabajo de su equipo de cristaleros, Lucky Eight Ball, para olvidar todo lo demás, pero quien no va a poder mantenerse tan al margen como desearía. No después de los sucesos de Crucible que desencadenarán de nuevo una guerra que no había terminado en absoluto.

La naturaleza no gusta del vacío, ni siquiera en la Luna —especialmente en la Luna— y siempre hay algo, o alguien, que viene a llenarlo. El viejo orden ha caído. Los gobiernos de la Tierra siempre han querido dejar claro su dominio sobre un satélite que se regía por unas reglas bastantes anárquicas y autocráticas; y el vacío de poder siempre llama a la conspiración, algo que los poderes terrestres quizá no puedan pasar por alto. Los cinco, perdón, cuatro Dragones, se mueven deprisa ocultando sus planes a los demás, aunque no pueden obviar sus divisiones y luchas intestinas. El Águila de la Luna debe luchar por mantener su puesto. Y los Corta, o algunos Corta, todavía no han dicho su última palabra.

Combinando el exotismo de las diversas procedencias, y por tanto formas de actuar, de las familias que dominan los destinos de todos los habitantes de la Luna —los Sun, de ascendiente chino, los Asamoah, africanos, los Voronstov, rusos, los Mackenzie, de origen australiano, y los Corta, brasileiros—, no demasiado habituales en la mayoría de novelas del género y que da cuenta de la globalización de nuestro mundo, dotando de agradecida originalidad a lo narrado, el escenario sigue siendo uno de los puntos fuertes del relato y McDonald aprovecha a fondo todos los recursos que la ambientación le permite. La Luna sigue siendo una cruel amante, su superficie siempre es hostil, implacable ante los errores. Hay una guerra en curso, y muchas formas de ganarla o perderla. Las herramientas más insospechadas se convierten en armas de destrucción inmisericorde. El afecto se negocia. Y, en medio del colapso, agua y oxígeno se convierten en bienes cada vez más necesarios.

Se trata de una novela densa e intensa, con gran cantidad de información que digerir, tanto del propio mundo como de la especulación científica y tecnológica implicada: cálculos balísticos y física orbital, hidroponía, vehículos lunares, supervivencia en circunstancias extremas, incluso los requisitos para cocinar tartas en baja gravedad…; pero McDonald tiene la habilidad de hacerlo de forma, casi siempre, muy amena. La sociedad lunar es un enorme caleidoscopio que ofrece imágenes de lo más sorprendentes. Jóvenes mostrando su rebeldía haciendo parkour entre los diferentes niveles de las ciudades lunares, calculando cuál podría ser la altura máxima desde la que caer se convertiría en un descenso mortal. Personas con trastornos bipolares que se sienten afectadas por las fases de la Tierra y que, echando mano del antiguo mito terrestre de la licantropía, conviven en manadas con sus ritos y costumbres particulares. Diversas formas de practicar sexo entre los distintos géneros, que allí arriba no se circunscriben a los dos tradicionales. Sicarios expertos en el uso de armas blancas por el peligro que encierran para todo hábitat las de fuego. Adolescentes víctimas de la moda y la indolencia, mientras otros intentan descollar en la política. Equipos de trabajo en la superficie, que arriesgan el pellejo en cada salida para mantener los paneles solares operativos, que dependen de la confianza y la pericia de sus compañeros...

Aunque se mantiene el foco sobre los personajes supervivientes del final de la novela predecesora, nuevos actores entran en juego haciendo el relato más coral si cabe, ampliando el foco y dando mayor importancia hacia miembros de otras «dinastías», de los Sun, los Mackenzie o los Vorontsov, que fueran más secundarios en la primera parte. El autor va saltando de un punto de vista a otro de una manera que podría parecer fragmentaria, incluso frustrante al cambiar de escena en momentos críticos dejando colgada la acción para retomarla más adelante, pero que ofrece una visión muy completa del drama que se está desarrollando, de sus eventos más candentes, de toda la barbarie, traiciones, engaños, dobles juegos y puñaladas traperas salidas de cualquier parte. En la Luna cada cual mira por sus propios intereses y ¡ay! de quién se interponga en su camino. No es crueldad, son simples negocios. Y en la Luna los negocios siempre se hacen con un cuchillo a mano. Cada personaje sigue su propia agenda, forja sus propias alianzas, juega sus cartas y fuerza su mano. Pero también hay momentos, escasos eso sí, luminosos, de entrega desinteresada, de valentía, de ternura y cariño, que sirven para aliviar un tanto tanta tensión contenida. Quizá se echa en falta un protagonista con la fortaleza y carácter de la Adriana Costa en la anterior entrega, o de una visión más personal de aquellos que se ven envueltos en el conflicto sin pertenecer a la élite rectora, los soldados, sicarios y carne de cañón variada, pero la verdad es que la acción se encuentra muy bien reflejada y repartida para que el lector pueda hacerse una magnífica idea de la visión general.

Es de agradecer también la diligencia y rapidez de Ediciones B / Nova en traer esta entrega a nuestro país con una edición y traducción realmente encomiables. Luna de lobos encierra una narración tensa y dura, emocionante, con una prosa tan acerada como el propio mundo en que se desarrolla la acción. Un lugar donde el negocio, la familia, la política y la codicia se entremezclan y confunden desembocando en los más despiadados combates. Es así una segunda parte que pone en perspectiva y mejora lo narrado en la primera. Y a pesar de que el cliffhanger que cierra el libro quizá no sea tan salvaje como el que lo hacía en Luna nueva, el final del relato abre la puerta a una próxima entrega dejando ciertas líneas sin cerrar, personajes sin aparecer y preguntas por contestar.
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