sábado, 8 de enero de 2011

Reseña: Sin alma

Sin alma.
El protectorado de la sombrilla, libro 1.

Gail Carriger.

Reseña de: Jamie M.

Versátil ediciones. Barcelona, 2010. Título original: Soulless. Traducción: Sheila Espinosa. 383 páginas.

Cuando uno comienza a leer esta novela pronto se da cuenta de que tiene que cambiar el “chip” con el que la había iniciado, deshaciéndose de toda idea preconcebida que pudiera haberse hecho y dejándose llevar por el relato sin cuestionárselo demasiado. Y es que desde su mismo principio este es un libro que no parece tomarse en serio a sí mismo; el tono ligero y burlón junto a las interpelaciones directas de la protagonista a los lectores siempre con una deriva hacia el humor casi convierten la novela en una parodia de lo que podría haber sido.

Alexia Tarabotti es una “joven” algo especial dentro de la rígida sociedad londinense, por un lado es una solterona a la que parece habérsele pasado ya la edad casadera, pero ¿quién la querría, si es medio italiana, de tez morena y nariz prominente? Y por otro lado, y lo que es aún peor, guarda un secreto inconfesable: no tiene alma; es una preternatural. Y en el mundo de Alexia eso significa que cualquier criatura sobrenatural que llegue a tocarla pierde al momento todos sus “poderes” y revierte a su forma humana. Precisamente la novela empieza con la joven intentando comerse a escondidas un pastel huyendo de las aglomeraciones de una fiesta y siendo atacada, violando las normas de la etiqueta social, por un desorientado vampiro de habla ceceante que parece no conocerla, algo inimaginable pues su peculiar característica se encuentra “registrada” en la Oficina de Registro Antinatural (ORA) y todos los paranormales debieran conocer su existencia (y por tanto no acercarse a ella). Y para que desde un principio quede establecido el tono que va a dominar la narración, se remarca el que mientras Alexia se enfrenta en mortal combate con un vampiro su máxima preocupación es el no haber sido “debidamente presentados” y el desperdicio que supone el que la tarta se haya caído al suelo y haya sido aplastada.

El encuentro, como es de esperar, terminará mal y es entonces cuando hace acto de presencia Lord Conall Maccon, el alfa de la manada del Castillo Woolsey, un hombre lobo escocés, jefe de la ORA, de modales bruscos y que parece chocar frontalmente con la protagonista (con lo cual todo lector avezado puede imaginar cómo van a terminar antes o después). A partir de ahí, se suceden y solapan la investigación sobre el origen del vampiro que no debiera haber existido y sobre la desaparición de alguno de los ya establecidos, el sumergirse en el nido vampírico y en la manada licántropa de Londres, el retrato de la algo retrógrada (según nuestros estándares) sociedad victoriana, un complot en las sombras con ignotos objetivos, un misterioso hombre de rasgos desdibujados y piel de cera, mucha acción con una pizca de erotismo y bastante de eso que algunos/as llaman romance aunque en verdad más parezca un “calentón”.

El misterio avanza a toda velocidad, y no faltan enfrentamientos y persecuciones, luchas sangrientas, muertes inexplicables, criaturas extraordinarias, reuniones sociales, científicos iluminados y alquimistas desquiciados, secuestros fallidos y conseguidos, y encuentros inesperados. Y humor en las situaciones menos predispuestas al mismo, humor en todo momento, aunque resulte forzado en muchas ocasiones.

El tono ligero, burlesco, es la tónica de Sin alma. La joven ni siquiera se toma en serio a sí misma y continuamente lanza dardos envenenados contra su propia persona de forma algo desconcertante dada la alegría, decisión, pragmatismo y vitalidad con la que enfrenta su vida. Carriger parece perseguir simple y llanamente la diversión, sin ninguna otra consideración ni objetivo, y el tono de comedia es el que domina en la mayor parte de la narración (a pesar de que la continua repetición de coletillas termina por desgastar los chistes y hacerse algo cargante; como el insistente recordatorio del origen semi italiano de la protagonista y su rotundidad de formas como algo vergonzoso (tiene curvas, ¡qué horror!) o su irresistible “amor” por la comida, o la continua referencia al mal gusto en el vestir de su mejor amiga Ivy).

El intento de combinar numerosos géneros (comedia de enredo o de costumbres, fantasía urbana, steampunk, romance paranormal, misterio...) y de innovar al mismo tiempo no termina de cuajar, dejando una sensación de “quiero y no puedo” un tanto decepcionante. La mezcla del romántico paranormal con una parafernalia steampunk no está realmente conseguida. El nuevo-viejo panteón de criaturas sobrenaturales (vampiros, licántropos, fantasmas...) con desconcertantes características chocan demasiado (se trata de seres nocturnos con “exceso de alma” y cuanto más tiene una persona más posibilidades tiene de llevar a cabo la trasformación). Las nuevas características de los viejos “monstruos” no se sienten reales. Sí es interesante, no obstante, la sociedad que intenta presentar la autora, con los vampiros, licántropos y otros seres sobrenaturales plenamente integrados dentro de la misma, habiendo ayudado a la construcción del Imperio, alcanzando puestos de gran importancia dentro del Gobierno, los altos estamentos del estado y de los centros de decisión.

El elemento Steampunk nunca llega a tomar entidad. Sí, aparecen dirigibles (aunque solo nombrados como fondo del paisaje), sí, aparecen extrañas (e inexplicadas, con lo que se les quita toda importancia) máquinas supuestamente a vapor, sí, se desarrolla en la sociedad victoriana..., pero ninguno de esos elementos tienen suficiente consistencia como para darle a esta obra la misma consideración que a las de los pioneros del género como Powers o Blaylock, y, de hecho, ninguno es vital para la trama, pudiendo haber sido obviados sin mayor problema y no habría cambiado prácticamente nada (exceptuando, quizá, la presencia de cierto ser que sí tiene un papel importante que interpretar, aunque también sea en segundo plano y en el que no quiero incidir para no chafar la relativa “sorpresa”).

Irónicamente son algunos de los personajes secundarios los que más interés despiertan y mejor plasmados se encuentran. Como el extravagante amigo-mentor vampiro de la protagonista Akeldama o el ayudante de Maccon, el profesor Lyall, que se apoderan de la escena cada vez que aparecen, apartando a un lado a Alexia y Maccon, y elevando el listón por encima de lo que lo hacen los protagonistas. Incluso la familia de Alexia tiene algunas apariciones singulares en su rigidez victoriana y su firme seguimiento de las reglas sociales imperantes (por las que una mujer que se encuentre a solas con un hombre debe casarse obligatoriamente con este si no quiere cubrirse de oprobio, por ejemplo). Todos ellos confirman la sensación de que todo en el libro está llevado al extremo, convirtiendo por exageración a los protagonistas casi en una caricatura de los personajes “tipo” habituales del género o géneros).

Bueno, ¿y lo del Protectorado de la Sombrilla? Pues bien, es que Alexia tiene costumbre de portar (salvo cuando las circunstancias se la arrancan de las manos) una sombrilla con puntera de plata que es un arma letal para las ocasiones más inesperadas; más allá de eso, igual en próximas entregas se hace más hincapié en el tema.

Sin alma es una novela ambiciosa (quizá demasiado) a pesar de su falta de seriedad, un intento de conjugar diversos géneros de una forma novedosa que no termina de cuajar y que, sin embargo, tiene algo que empuja a continuar leyendo y terminar el libro: una presentación interesante y una premisa a priori atractiva que quizá naufraga por esa ambición de una escritora primeriza que ha abarcado más de lo que podía y a la que habrá que dar una segunda oportunidad para ver si evita los defectos y refuerza los aciertos en su siguiente entrega de la serie. Yo por lo menos le voy a dar el beneficio de la duda y picaré con la segunda novela, aunque solo sea para descubrir qué significa el pulpo que adorna por doquier las instalaciones de los “malos”. Eso sí, quien se embarque en la lectura de esta primera novela de la serie que tenga muy en cuenta el estado mental necesario de no tomarse en serio a sí misma con la que debe ser leída; estoy convencido de que así se disfrutará mucho más que si se busca una profundidad que no se ha de encontrar: mi recomendación es leerla con la capacidad crítica más bien desconectada.


miércoles, 5 de enero de 2011

Reseña: El sueño de los dioses

El sueño de los dioses.
Tramórea 3.

Javier Negrete.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Barcelona, 2010. 486 páginas.

Después de un dilatado período de tiempo, más de cinco años, en que el autor se ha dedicado a otros menesteres literarios, por fin se ha editado la tercera parte ―de una anunciada tetralogía― de la serie de Tramórea iniciada con La Espada de Fuego y continuada con El espíritu del mago ―y que es imprescindible haber leído para disfrutar de la presente y que esta reseña no «chafe» ningún detalle―. El relato se retoma con la descripción de una arrasada ciudad de Narak a la que llegan Derguín y Mikhon Tiq volando a lomos de un terón. En seguida la acción se traslada a dos semanas antes, a la batalla de la Roca de la Sangre, justo al momento de la carga de las Atagairas y los Invictos de la Horda Roja contra el poderosísimo ejército del Martal, asistiendo el lector a nuevas escenas de la lucha y a los hechos acaecidos en sus postrimerías, siendo quizá el más importante de ellos, la desgraciada decisión de alguien muy cercano al Zelmalit de robarle la espada Zemal, decisión que acarreará funestas consecuencias no solo para los cercanamente implicados sino para toda la humanidad.

Negrete culmina aquí de forma perfecta y sin fisuras de coherencia la transición de la fantasía épica a la ciencia ficción iniciada en El espíritu del mago con la visita del protagonista Derguín a la Torre de Etemenanki y la muerte del Rey Gris, y que aquí da paso a la presencia de los dioses desde ese remedo del Olimpo que es el Bardaluit, la morada donde han permanecido durante años a la espera de que Tramórea fuera de nuevo accesible a ellos en un sueño del que ahora despiertan. Es así esta una novela de ciencia ficción ―incluso hard en momentos puntuales, con importante irrupción de la cuántica y otros detalles tecnológicos ya presentes que aquí se hacen evidentes― con un ropaje que bebe directamente de la fantasía épica más aventurera. El autor se permite, con uno entre varios guiños al espectador, utilizar la famosa frase de Arthur C. Clarke que afirma que cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Así, las revelaciones que se presentan en torno al pasado de los dioses irá conformando una imagen de la Historia de Tramórea que dota a la narración de una enorme consistencia al tiempo que se desvelan muchas claves para entender su presente. El autor aprovecha su profunda cultura clásica ―es licenciado en Filología Clásica y profesor de griego― ampliamente demostrada en obras como Señores del Olimpo, para presentar unos dioses muy cercanos a los griegos ―o romanos― con sus enfrentamientos, caprichos y poderes. Pero aquí lo hace respaldado por la existencia de un mundo tecnológico anterior a la actual Tramórea.

El autor hace gala de una prosa que aúna la sencillez y fluidez de su lectura con una erudición notable, de amplio vocabulario, incluidos muchos vocablos «técnicos» relativos tanto a armamento como a vestimentas u objetos cotidianos de la antigüedad, muy apropiado para la historia con resonancias míticas que está narrando. La grandilocuencia de los dioses y de algunos de los generales humanos se entrelaza perfectamente con los diálogos de aquellos que están por debajo de ellos, mostrando la zafiedad y el trato directo de las tropas frente a la altivez y distanciamiento de los poderosos. El acertado recurso de narrar las escenas en que aparecen los dioses en tiempo presente mientras el resto de la historia lo está hecho en pretérito transmite una idea de inmediatez que descoloca al lector, infundiéndole una sensación de temporalidad francamente interesante: los inmortales viven en el día de hoy mientras los mortales ven como sus vidas van quedando atrás. Es cierto que el autor se saca algunos inesperados trucos de la manga, con el retorno de personajes que difícilmente se esperaba volver a ver, pero lo hace de una forma tan natural y con unas explicaciones tan coherentes que al lector no le queda otro remedio que quitarse el sombrero ante la pericia narrativa e imaginativa del autor.

El sueño de los dioses es una novela enormemente coral, con gran número de personajes «heredados» de las novelas anteriores ―incluso, como ya he dicho, alguno que el lector podría haber sospechado no volver a ver― y otros que aparecen por primera vez para la ocasión, como los propios dioses, tanto los residentes en el Bardaluit como en Tramórea. Negrete hace uso a fondo del escenario y de todo lo planteado con anterioridad, para mover a sus personajes por toda la superficie conocida del continente, por encima y por debajo, con interesantes viajes bajo tierra, y ampliando el foco hacia las alturas, mostrando ocultos secretos en las tres lunas y en el hogar de los dioses, donde la asamblea de los treinta que perviven da un contrapunto y una nueva interpretación a los sucesos de la superficie. El destino del dios loco Tubilok, encerrado durante siglos en roca fundida, o las intrigas de Tarimán, el creador de Zemal y otros muchos inventos sorprendentes y mortíferos, se funden con los propósitos de los mortales, preparando todo para una guerra que estos últimos parecen abocados a perder.

Entre los humanos Kratos May, junto a su recuperado hijo y a su celosa novia, sueña con convertir las ruinas de la ciudad de Nikastu, en Pasonorte, en una fortaleza donde la Horda pueda asentarse y descansar, donde tras tanta batalla pueda encontrar algo de paz; pero sus planes parecen destinados a torcerse miserablemente. La nueva reina de las Atagairas, Ziyam, aún después de conseguir su principal objetivo va a seguir complotando para alcanzar todo lo que cree que se le niega, convirtiéndose sin embargo en peón de fuerzas que cree dominar y arrastrando en sus propósitos a inesperadas aliadas. Los tres kalagorinôr van a seguir actuando de forma intrigante, persiguiendo ignotos fines sin explicar demasiado de ellos a las personas a las que implican en sus planes. Togul Barok hará acto de presencia con mortífera y destructiva precisión. Ariel seguirá buscando cuál es exactamente su sitio en el orden de las cosas... Ante tal aluvión de personajes y situaciones, y tras el tiempo transcurrido desde la publicación de la anterior novela, sin duda hubiera sido de agradecer una pequeña introducción – resumen de todo lo transcurrido hasta el momento para refrescar la memoria del lector; aunque también es cierto que su inexistencia es una invitación certera a releerse esos libros, que siempre es una tarea grata.

La novela termina en un punto culminante de la acción, con las fuerzas preparadas para enfrentarse en la gran batalla que se avecina y que tendrá lugar en la cuarta, y última, entrega de la serie, El corazón de Tramórea, que será publicada en mayo de 2011. Precisamente de este hecho ha habido algunas «quejas» en los foros que, después de tan larga e impaciente espera, bullen de opiniones; obviando que, por palabras propias, la decisión de escribir esta continuación en dos partes fue una petición del autor aceptada por la editorial. Es cierto que la letra es más grande y las páginas menos que en el anterior (en eso se asemeja mucho más al primero), pero no que “pasen menos cosas” en este libro que en los previos ―de hecho, el nivel de acción es muy alto―. Sí puede existir una sensación, al terminar su lectura, de que el autor ha aprovechado para recolocar sus piezas dejándolas en posición para la inminente batalla que se vislumbra en el horizonte, un enfrentamiento titánico en el que muy posiblemente se decidirá el destino de todo un mundo y de las vidas de todos sus habitantes; pero, como el mismo Negrete ha reconocido, estos dos libros, El sueño de los dioses y El corazón de Tramórea, forman una unidad y como tal debe ser entendida, con lo que solo tras la lectura del último el tapiz podrá ser contemplado en su gloriosa plenitud. También es cierto que la espera hasta entonces se va a hacer muy, pero que muy larga.

Una lectura muy, muy recomendable que, sin embargo, puede decepcionar a aquellos a los que el giro de «género», de fantasía épica a ciencia ficción, no les convenza. Por mi parte estoy enormemente satisfecho y solo puedo esperar que la conclusión se encuentre a la altura de todo lo leído hasta el momento. Una gran novela dentro de una gran serie.


domingo, 2 de enero de 2011

Reseña: La era de Drácula

La era de Drácula.

Kim Newman.

Reseña de: Alb Oliver.

Alamut. Serie Fantástica. Madrid, 2010. Título original: Anno Dracula. Traducción: Jaume de Marcos Andreu. 319 páginas.

Anteriormente publicado en España por Timun Mas bajo el título de El año de Drácula, creo que la palabra que mejor lo define es curiosidad. Kim Newman tiende a crear historias de ¿y si…? y esta vez nos presenta una continuación alternativa a la novela Drácula de Bram Stoker.

La era de Drácula, nos relata un futuro hipotético a la historia original cambiando el hecho de que el famoso Conde rumano hubiese sido derrotado por el grupo del profesor Van Helsing, y nos revela los planes que tenía para Gran Bretaña.

Con Van Helsing derrotado (y su cabeza expuesta en una pica como demostración de poder), Drácula se convierte en príncipe consorte de la reina Victoria y se nombra Lord Protector (título que se da en Inglaterra y otorga por así decirlo el control del estado, ejemplo de ello Oliver Cromwell), instaurando su propia sociedad en la que los vampiros salen a la luz pública.

Lógicamente esto crea una nueva situación, en la que se empiezan a diferenciar castas vampíricas (diferenciadas en casi todos los casos por ser ancianos o neonatos) y algún enfrentamiento entre detractores de los vampiros y los propios descendientes de Drácula.

En cierto modo, la sociedad sufre una regresión, a pesar de que en la historia real comienza a haber adelantos, la del libro nos muestra cómo se va regresando a una institución medieval, mostrando una crueldad desmesurada con los enemigos de Drácula, casi siempre ejecutada por su guardia, traída de los Cárpatos.

Esto lleva a lo que sorprendentemente para mí se convierte en la trama principal. Varias vampiras prostitutas aparecen asesinadas en Whitechapel, por obra de un asesino al que se bautiza como “Cuchillo de plata” para más tarde y basándose en los hechos reales sobre las notas mandadas a Scotland Yard, revelarse como Jack el destripador.

Muchos de los personajes que aparecen a lo largo de la novela son fácilmente reconocibles dentro de la novela de Bram Stoker, como puedan ser Mina Murray o Jonathan Harker, pero a su vez les sigue un elenco de otros personajes clásicos de la época victoriana, ya sean reales o ficticios, como los inspectores Lestrade y Abberline, Mycroft Holmes, cierto famoso asesino oriental que tenía su residencia en Limehouse, y otros tantos sobre los que cualquier lector puede tener conocimiento.

Esto hace que el Club Diógenes, una sociedad secreta al servicio de la corona (creada por Arthur Conan Doyle en las novelas de Sherlock Holmes), mande a investigar a Charles Beauregard, joven viudo y encargado de misiones sobre el terreno del club. Junto a él, tenemos a Geneviève Dieudonné, una vampira de más de 400 años con la apariencia de una doncella de dieciséis, que pertenece a un linaje distinto al de Drácula.

A lo largo del libro, se teoriza sobre aspectos médicos, como la posibilidad de que haya distintos tipos de sangre, o que algunos neonatos muestren deformidades (cosa por la que se interesan varios doctores famosos, como Jeckill o Moreau). Principalmente el libro nos presenta una historia detectivesca, pero como suele pasar en las novelas basadas en Jack el destripador, no aporta ninguna innovación, sino que los personajes se limitan a seguir pequeñas pistas tras cada crimen, sin apenas levantar teorías sobre el caso.

Al ir leyendo el libro, descubrí algunas similitudes con From Hell de Alan Moore, (incluso se nombra al doctor William Gull, para luego descubrir que en los agradecimientos consultó varias obras que también reseñaba Moore, así como utiliza personajes de la época victoriana, que también aparecen en La Liga de los Caballeros Extraordinarios.

Es una lectura que recomendaría a gente habituada a novelas ambientadas en la época, simplemente por las numerosas referencias con las que seguramente disfrutarán. La narración en sí, tiene partes bastante cuidadas, como las descripciones de la sensación que produce el vampirismo en algunos personajes o los dilemas a los que se enfrentan, también cuidando las normas de etiqueta de la época.

¿Cuál fue mi mayor sorpresa? Que el príncipe consorte no aparece hasta el último capítulo del libro, a pesar de haber sido nombrado continuamente a lo largo de la historia. Para los que puedan pensar que es predecible, solo voy a decir que no nos encontramos con un enfrentamiento mortal entre Drácula y un grupo de opositores, aunque tal vez tampoco veamos una victoria por parte de Vlad el empalador


miércoles, 29 de diciembre de 2010

Reseña: Cabos sueltos

Cabos sueltos.
Ciclo de Drímar /2.


Rodolfo Martínez.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Sportula. Gijón, 2010. 271 páginas.

Continuando con la recopilación de las historias situadas en el universo de Drímar, este segundo volumen contiene tres narraciones, una de ellas inédita y dos ya publicadas ―alguna de ellas varias veces― con anterioridad:

Se abre el libro precisamente con la novedad: Bailando en la oscuridad. Situando la acción en la «resucitada» ciudad de Neoyorquia, que va recuperando poco a poco el esplendor perdido aunque todavía se encuentra muy lejos de ser lo que fuera en el siglo XX y desde luego dista mucho de los actuales oropeles de la capital, Drímar. En la ciudad, el detective privado, Roy Córdal, ex soldado y ex policia, se verá envuelto en un turbio asunto de drogas y asesinatos cuando una antigua conocida le pida que investigue en qué sucios asuntos se están internando un grupo de alumnos del instituto en que ella trabaja. Las derivaciones del caso pronto se revelarán mucho mayores de lo que aparentaban, con la vuelta de una temible droga pre interregno y antiguos asuntos sin resolver.

Es esta una historia de dobles vidas, de personas que llevan existencias secretas al margen de lo que de ellas conocen los que permanecen a su lado en el día a día. Y es también una historia de amores equivocados, enfermizos incluso, y de algunos rescoldos antiguos que, sin embargo, todavía calientan el corazón. La trama desvelará por un lado la doble vida de la estudiante que guarda un secreto para todos los que la rodean, que busca una salida a su verdadero ser encerrado en la rígida fachada que le impone su existencia y que se convierte de esa manera en juguete del destino; por otro, la del hombre de importancia que muestra un rostro a la sociedad mientras interiormente oculta su despreciable verdadera forma de ser. Y aún por un tercer lado, la del joven que sucumbe a sus pasiones interiores sin llegar a mostrarlas al exterior.

Jugando con los papeles que los estudiantes ensayan para una obra teatral del instituto, Martínez aprovecha en esta ocasión para hablar sobre las máscaras invisibles que portan los protagonistas ―que no son sino las que llevamos todos― y que muestran a los demás a través de un rostro que no es el auténtico, actores todos ellos de un drama que no han escrito, interpretando ante el resto del mundo sus propias vidas, con dos directores de escena, en las sombras, dirigiéndolo todo y forzando los destinos.

El segundo relato, también protagonizado por Roy Córdal, es El robot, premio Ignotus de relato de 1996. El autor nunca ha ocultado su «amor» y admiración por la obra de Isaac Asimov, así que seguramente era inevitable que en algún momento de su carrera literaria escribiera su particular homenaje a una de las más conocidas de las creaciones asimovianas: las leyes de la robótica. Al igual que, tras crear las tres leyes, muchos de los relatos «robóticos» de Asimov se centraron en ver cómo las mismas podían ser burladas o evitadas, Martínez sumergirá a su detective en la resolución de un crimen aparentemente imposible.

Después de haber participado en su inicial «formación» conviviendo un tiempo con él, Córdal es requerido para esclarecer cómo es posible, si es que es posible, que RAL-33 ―Robot con las Leyes de Asimov, prototipo número 33―, también conocido como Ralo, haya asesinado a uno de los científicos implicados en su desarrollo.

Se trata de un relato en el que Martínez vuelca gran parte de sus pasiones, con un buen número de referencias a relatos del propio Asimov, a películas y libros de la ciencia ficción clásica o a canciones de la cultura pop del siglo pasado, muchas de ellas directamente nombradas y otras rastreables ocultas en el propio texto, y que empezando con cierta sensación de ingénuo optimismo ―la consecución de un logro científico largamente aspirado― termina con un terrible poso de amargura. A pesar de su brevedad, y de una escritura se podría decir que «convencional» se antoja sin duda el más redondo de los tres relatos del volumen.

Cierra el mismo Este relámpago, esta locura, Mención especial del Premio UPC 1998 y premio Ignotus de novela corta en 2000. Ambientada muchos años después de los dos anteriores, es esta una muy particular historia de superhéroes ―o de superhéroe, en singular―, donde el autor da rienda suelta a su pasión con un curioso homenaje por este género en general y por Superman en particular, con una ambientación que remite directamente al cyberpunk. En otro alarde estilístico, manejando habilidosamente todos los recursos que la escritura y al ciencia ficción le permiten, Martínez ofrece al lector una doble narración en el tiempo, con dos voces distintas, la de Pierre de Charden, un sacerdote-profesor inmerso en una profunda crisis de fe, que desde su presente recuerda hechos acaecidos veinticinco años atrás, y la de Cara, una curtida e irónica ciberpirata amiga del mismo, que se muestra al lector a través de una serie de recuerdos o memorias volcadas y encerradas en un cristal de datos en poder de De Charden. La tarea recibida por el sacerdote de boca de sus superiores en la Orden de vigilar con especial atención a uno de sus alumnos, Karl Kennington, pronto revelerá presentar más complicaciones de las esperadas, y a las dudas crecientes sobre sus tambaleantes valores se va a unir la certeza de que la Orden Soyatu maneja una agenda oculta que poco o nada tiene que ver con el culto que han estado predicando durante largo tiempo.

A pesar de la pasión que destila, o precisamente por eso, es este un relato amargo y triste. El protagonista, De Charden, se debate entre el conocimiento de su propia cobardía pretérita y el recuerdo, doloroso, de los hechos que le llevaron allí. Es un hombre atormentado por los «fantasmas» de su pasado, por lo que debió haber hecho y lo que pudo haber sido. Solo su propia mano, aceptando el «soborno» de la Orden ―el ascenso a su curia―, ha permitido que las cosas hayan llegado donde se encuentran en ese momento. Desde el principio el sacerdote es un hombre marcado, amargado, un profesor que estableciera relaciones carnales con una de sus alumnas, y que cuando llegó el momento de dar el necesario paso adelante en defensa de sus principios se vino abajo, traicionándose a sí mismo. Tal vez ahora, tanto tiempo después le haya llegado la hora de la redención.

Desde la óptica de otra de sus pasiones confesas, los comic-books de superhéroes ―como también se puede observar en las últimas entregas de su serie dedicada a Sherlock Holmes―, Martínez ofrece su particular análisis sobre las posibles motivaciones e impulsos del superhombre, haciendo su reflexión personal sobre la famosa gran responsabilidad que acarrea todo gran poder; sobre la supuesta e imperiosa implicación del héroe en los asuntos del mundo que debería llevarle a tomar partido entre el Bien y el Mal, luchando contra el crimen o formando parte del mismo; o sobre si, más bien, el individuo dotado de esos poderes se decantaría por la búsqueda de la tranquilidad, de una paz que se antoja totalmente imposible de conseguir, apartándose del mundo condenándose a la soledad. A partir de una habilidosa deconstrucción del origen del mito, visto en esta ocasión desde una óptica absolutamente cientifista, el autor ofrece su particular visión sobre el intento de forzar a alguien a hacer aquello que no quiere y de los catastróficos resultados que suele acarrear.

Entre los comics atesorados por el protagonista y la creación del ficticio escritor Mijail Strasinsky, cuyo análisis de alguna de sus obras le permite al autor defender o plantear algunas de sus propias ideas, Martínez establece un particular juego metaliterario con los lectores, un cruce de referencias reales e inventadas con el que aprovecha para volcar allí sus filias y fobias y empujar a los protagonistas en direcciones concretas que tal vez de otra manera no hubieran tomado, planteando a través de las obras inventadas las preguntas que le interesa sean formuladas. El demoledor final ayuda a que la reflexión implícita sea más sorprendente si cabe.

Aunque de alguna manera parece fácil afirmar que el hilo conductor o la relación entre las tres obras recogidas en este volumen es la temática en la que se engloban, entre el thriller y la serie negra, siempre inmersos en la ciencia ficción muy personal del autor, en que todas ellas se desarrollan, se podría decir sin embargo que existe otra conexión «subterránea», aunque bastante evidente, entre los tres, y es la continua presencia, a veces soterrada de fondo, a veces con un papel instigador de la acción, de la Orden Soyatu ―cuya mano ya se dejaba notar en los relatos incluidos en El carpintero y la lluvia― e implícitamente por tanto del papel de la religión en esa sociedad futura. Es curioso cómo el autor gira en muchas de sus historias en torno al tema de las creencias, de la existencia ―o más bien inexistencia― de poderes superiores, y del peligro de las religiones organizadas mostradas en todo caso como instituciones perversas que solo buscan su propio beneficio terrenal, como si se encontrase embarcado en una particular cruzada para dejar bien claras sus postulados ateistas, aunque con tesis algo contradictorias en ocasiones. Como trasfondo de sus historias, es tan recursivo que casi se antoja una obsesión personal, aunque quizá sin mayor importancia.

De todas maneras, con una narración efectiva, muchas veces sorprendente, con una voz cercana y al tiempo usando recursos ciertamente atractivos e impactantes ―aunque quizá ya no tan arriesgados como los usados por ejemplo en Una agujero por el que se cuela la lluvia―, las historias incluidas en Cabos sueltos siguen siendo una lectura obligada para poder hacerse una imagen completa de ese futuro distópico que a lo largo de los años ha estado creando Martínez, al tiempo que se disfruta de una ciencia ficción inteligente llena de misterios que resolver en un perfecto maridaje entre serie negra y ficción especulativa.

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Reseña de otras obras del autor:

domingo, 26 de diciembre de 2010

Reseña. El Trono de Jade

El Trono de Jade.
Tem
erario II.

Naomi Novik.

Reseña de: Jamie M.

Alfaguara. Madrid, 2010. Título original: Throne of Jade. Traducción: José Miguel Pallarés. 478 páginas.

Segundo libro de la primera trilogía de Temerario, la acción comienza muy poco después de que terminará el anterior, El dragón de su majestad. Como se revelara allí, Temerario ha resultado ser un Celestial, una especie de dragón extraordinariamente rara, que el Emperador de China habría regalado a Napoleón cuando todavía era tan solo un huevo y que el Capitán Laurence interceptó en una batalla naval sellando así su propio destino (todo ello relatado en la primera novela). Ahora, los chinos han enviado una delegación del máximo nivel, dirigida por Yongxing, el mismísimo hermano del Emperador, para exigir la devolución del dragón. Como se explicó anteriormente, el vínculo entre jinete y montura es prácticamente indisoluble, así que Laurence se encuentra legitimamente indignado de que los burócratas de su gobierno le ordenen separarse de Temerario. En juego se encuentra la posible y muy negativa alianza de los franceses con China, tanto en el plano bélico como en el comercial, abriéndoles sus puertos y sus rutas al intercambio de materias exóticas, algo que Gran Bretaña no puede permitirse.

Tras el inicial encontronazo, finalmente se acordará que Temerario y el propio Laurence emprendan junto a la delegación china el largo viaje al Lejano Oriente en busca de una solución diplomática que, no obstante, no parece sencilla en absoluto. Se embarcan así en un extenso periplo marítimo (quizá demasiado extenso) que se inicia con un trepidante combate naval al tener que repeler una emboscada francesa cuando apenas se han alejado de las costas británicas, y que les llevará a adentrarse en procelosas aguas costeando África y navegando mucho más allá.

Es de agradecer el cambio del telón de fondo de la acción, ampliando con mucho el escenario de la serie, llevándolo a exóticos parajes y mostrando nuevas visiones de un mundo donde los dragones existen y son tratados de muy diferentes maneras. Sin embargo, hay que reconocer que el viaje marítimo se siente excesivamente dilatado, algo falto de ritmo en la parte central del libro, cuando se demora con detalles nimios de la travesía y se deja un tanto de lado la aventura. No obstante, es esa una necesaria exploración del mundo que sirve para profundizar en el aprendizaje de Temerario, quien va empapándose de todo lo que ve y de lo que le enseñan, ampliando su forma de entender las cosas y enfrentándose con nuevas concepciones que harán a Laurence temer por su vínculo.

En esta ocasión el capitán se muestra como un personaje inseguro, que duda en ocasiones de si lo mejor para Temerario es seguir manteniendo el vínculo entre ambos al tiempo que, contradictoriamente, se opone vehementemente a cualquiera que trate de interponerse entre ellos. Novik explora los límites de la relación entre los dos protagonistas principales, tensando la situación ante el evidente contraste del tratamiento que europeos y chinos ejercen sobre los dragones. Al fin y al cabo, Laurence ya es un hombre maduro y de opiniones formadas, pero Temerario no deja de ser un dragón joven con pocos conocimientos y una visión del mundo obligatoriamente limitada. Su interés por su herencia china y por el distinto trato que allí se dispensa a sus congéneres tensará la relación de ambos hasta un punto donde podría peligrar incluso su compañerismo.

La novela abandona paulatinamente el ambiente bélico de la anterior, en medio de las guerras napoleónicas, para adentrarse en las peligrosas aguas de lo diplomático, en el choque cultural entre dos formas muy diferentes de entender el mundo: la milenaria, cerrada y arrogante cultura china; y la pujante, colonizadora y arrogante cultura británica. Convencidos de su superioridad los primeros tan solo desean que les dejen en paz con el menor contacto posible; y, sintiéndose dueños del mundo, los segundos buscan prerrogativas mercantiles y nuevos territorios sin importar los deseos de los asimilados o el precio que acarree para terceros. Es cierto que en ocasiones, tanto fasto y boato se hace algo pesado con las ceremonias, con las cenas, con la insistencia en los trajes y modales; pero también lo es que la autora refleja a la perfección la época, transmitiéndosela al lector con vívida realidad.

A través del conflicto surgido entre las diferentes ideologías imperantes en Oriente y Occidente, Novik aprovecha para tratar temas como la esclavitud o la igualdad, haciendo primero que se hagan conscientes cuando el barco que transporta a los protagonistas recale en un puerto esclavista de la costa de África y Temerario no pueda asimilar que unos seres humanos traten así a otros hombres, y mostrando luego una sociedad china donde los dragones son tratados como seres libres enfrentándola a la británica donde, a pesar del cariño evidente de los miembros de la Fuerza Áerea hacia ellos, no son sino una pieza en la maquinaria bélica sin libertad para ir donde les plazca ni elegir sus destinos, animales de carga sin ningún derecho efectivo. Laurence se llega a cuestionar, con gran dolor, si Temerario no se encontraría mejor entre sus congéneres chinos, tratado con toda ceremonia, que de vuelta a Gran Bretaña a continuar guerreando contra las tropas napoleónicas.

Por supuesto hay mucho más en El trono de Jade. Detrás de la delegación china se intuye una conspiración, un complot de oscuros intereses, que hará sospechar que algunos son en realidad intentos de asesinato sobre la persona de Laurence, y de si los acercamientos en torno a la educación y los privilegios concedidos a Temerario no se esconden en realidad sutiles intentos de separarlos. A la larga travesía marítima le sucede el retrato de una China milenaria que Novik va desvelando a través de los ojos sorprendidos del capitán británico. La autora tiene la habilidad de no caer en el maniqueismo y los chinos no se convierten por obligación del guión en unos malos de opereta sin escrúpulos, sino que la autora refleja unos personajes con una cultura ajena pero atractiva, y tan humanos como los ingleses con los que antagonizan. Las distintas facciones que luchan por acercarse al trono del Emperador utilizarán a Laurence y al propio Temerario como un arma arrojadiza y pronto se hará evidente que el peligro no ha pasado, en absoluto, al arribar a las costas chinas, sino que, más bien, el mismo se ha incrementado, y que deberán luchar por sus vidas o se verán abocados al desastre y a la muerte al encontrarse en medio de una red de intrigas y maquinaciones políticas que van mucho más allá del simple destino de un dragón por muy especial que este sea. Es una lástima que Novik no profundice algo más en la sociedad feudal china, de sus entresijos y peculiaridades, en la convivencia de igual a igual entre humanos y dragones, pero también es cierto que al estar narrado desde el punto de vista del oficial británico hay muchas parcelas de la misma que le están vetados (y a través de él al lector).

La autora amplia adecuadamente para la ocasión el plantel de personajes, empezando por el príncipe Yongxing como antagonista, y al enviado diplomático, Hammond, no se sabe muy bien si como aliado de Laurence o como depositario de los intereses británicos que muy bien pueden chocar con los del jinete de Temerario. Junto a ellos destacan los embajadores chinos, Sun Kai y Liu Bao, cada cual muy distinto, reflejo del buen hacer de la autora. Y, por supuesto, los miembros de la tripulación del dragón que acompañarán a Laurence en tan largo periplo. Además, al dar un mayor protagonismo a los dragones chinos, el lector conocerá algunas curiosidades de su sociedad en el ámbito de la cultura china y a algunos realmente diferentes de los que ya se habían conocido en El dragón de su majestad, y que incluso tienen sus propios intereses.

El trono de Jade es una entretenida continuación de El dragón de su majestad que, lejos de repetir los esquemas de la primera limitándose a ofrecer más de lo mismo, se dedica a ampliar el contexto anterior, añadiendo gran cantidad de detalles geográficos e históricos, que no difieren en demasía de nuestra propia realidad, aunque eso sí, ofreciendo una nueva forma de relación entre humanos y dragones. Porque la autora tampoco olvida en ningún momento que se trata de una novela juvenil en que debe primar la aventura y ofrece un libro atractivo y emocionante, donde las luchas, los atentados, los enfrentamientos y los combates están servidos (aunque el carácter bélico, de grandes batallas, sea menor que en la anterior y el ritmo general más pausado hay bastante acción) entre momentos más reflexivos consiguiendo un equilibrio muy de agradecer. Sin embargo, el final, al contrario que ocurriera en la primera entrega, no está del todo cerrado, dejando a los protagonistas, solucionado de sorprendente manera el problema chino, con un largo camino por delante todavía por recorrer, cosa que harán en La guerra de la pólvora, novela que cierra esta primera trilogía.

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Reseña de otras obras de la autora:


El dragón de su majestad. Temerario I.


jueves, 23 de diciembre de 2010

Reseña: Powers

POWERS

Guión: Brian Michael Bendis.

Dibujo: Michael Avon Oeming.

Reseña de: Alb Oliver.

Panini Cómics. Barcelona. Color. Formato 100% Cult Cómics. Varios volúmenes.

Durante el pasado 2009, Panini decidió continuar con la edición de Powers allá dónde Planeta de Agostini la había dejado. Editorial Planeta llegó a editar los 6 primeros arcos argumentales (¿Quién mató a Retro Girl?, Juego de rol, Muertes insignificantes, El supergrupo. Anarquía y Los vendidos). En ese punto y tras una larga espera para sus seguidores, Panini tuvo el acierto de continuar la historia, añadiendo 6 nuevos volúmenes, a la espera de la publicación de nuevos arcos.

Sólo con ver el título, Powers (Poderes) esperaríamos una (¡sorpresa!) historia de superhéroes, y así es, pero no vista desde la perspectiva de supergrupos luchando contra el villano de turno. Realmente es un cómic de investigación policial, aunque se trata de un departamento especializado en casos de gente con superpoderes. Cogiendo un poco de obras predecesoras, Bendis ha creado un universo en el que los superpoderes han sido ilegalizados, y el departamento de policía cuenta con medios para privar de sus habilidades a los “villanos”, lo que podría otra vez llevar a engaño si esperamos una caza del villano al uso.

El principal protagonista es Christian Walker, detective con un pasado relacionado con los Powers, físicamente corpulento, reservado, y bastante intuitivo. Como acompañante tiene a la detective Deena Pilgrim, una joven que se le asignó a Walker y que aprende de sus métodos, siendo un poco el contrapunto a su seriedad, pero sin embargo una profesional, no cayendo en convertirse en un personaje cómico.

Juntos investigan toda clase de homicidios relacionados con poderes, muchas veces casos en los que cuesta distinguir los grises, dado que en ocasiones se mezcla lo personal con el deber, y los personajes se tienen que cuestionar sus propias acciones. En ocasiones Walker es el referente claro de la rectitud y vemos en Deena cierta anarquía orientada al cumplimiento del deber.

Lo que se inició con una serie de arcos cortos, basados en rutinas de interrogatorios a sospechosos y testigos, aparición de nuevos actos relacionados con el crimen y la resolución del mismo, ha ido evolucionando, y Bendis se ha explayado a la hora de adentrarse en la psicología de los personajes, revelando hechos de su pasado que en gran parte explican sus actitudes actuales, así como conflictos entre lo ético y la obligación. Uno de los tomos más extensos, Para siempre, se basa en la historia de Walker, se mete de lleno en el origen de los personajes con poderes y a su vez ayuda a comprender la interacción del mismo con personajes que aparecieron en tomos anteriores.

Brian Michael Bendis es uno de los autores más prolíficos de la época, y alterna sus diferentes trabajos en otros proyectos con ir publicando la que él mismo considera una de sus mejores y más personales obras. Como ya he dicho, ha creado un completo universo superheróico, en el que en ocasiones se pueden captar homenajes a figuras bien conocidas, como puedan ser cuerpos de policías espaciales, Mr Majestic ( a su vez homenaje a Supermán) o todo un mundo relacionado con los héroes que el lector haya seguido hasta el momento.

Lo bueno de todo este popurrí, es que muchas veces simplemente está ahí, en un segundo plano, viendo que la importancia queda en el plano policial, como pueda ocurrir en obras como Top Ten de Alan Moore, o Gotham Central de Greg Rucka. Bendis sigue en su línea de crear personajes con ingenio, aportando diálogos irónicos, pero a la vez aporta la sobriedad y realismo que podría tener cualquier serie televisiva del género policiaco.

La química creada entre los dos protagonistas es simplemente genial, en muchos casos apostaríamos porque se trata de un caso de amor-odio, sin llegar al tema sexual (aunque nunca lo descartemos, dado que al ser una obra considerada “adulta” se ven escenas de sexo, y los diálogos incluyen bastantes expresiones soeces). Ante todo nos podemos fijar en que más que otra cosa se trata de respeto, y Bendis juega con eso a la hora de guionizar, cuestionando en varias ocasiones la confianza que el uno tiene en el otro.

En cuanto al apartado gráfico, ahora mismo no podría imaginar la serie sin Michael Avon Oeming dibujándola. Cuando hojeé el primer tomo, ¿Quién mató a Retro Girl?, poco me imaginaba que pudiera ser un cómic serio. A primera vista es un trazo estilo dibujo animado, por lo que esperaba algo del estilo Batman Animated, siendo el estilo de Bruce Timm lo primero que me vino a la mente, pero para mi sorpresa la historia encajaba perfectamente con semejante dibujo.

Gran labor la de Oeming, perfilando un dibujo cada vez más oscuro, adaptándose perfectamente a las tramas más siniestras que prepara Bendis. Normalmente se centra en la acción, por lo que los fondos no están excesivamente detallados (lo que no quiere decir que no los tenga), por lo que a mí por lo menos me produce la sensación de que la acción está moviéndose en cada viñeta, tal cual sería ver Powers en serie de animación.

Los tomos editados actualmente por Panini, son:

Para siempre

Leyendas

Psicópata

Cósmico

Identidad secreta

Los 25 superhéroes muertos más molones de todos

Y si acaso alguno de ellos resulta un poco más flojo o pesado de lo habitual, os aseguro que en el siguiente recupera el ritmo.

Si aún estáis dispuestos a interesaros por una colección, y más o menos os gusta el género policiaco, creo que Powers es una de las mejores elecciones posibles.


lunes, 20 de diciembre de 2010

Reseña: Invocación

Invocación.
Los poderes oscuros I.

Kelley Armstrong.

Reseña de: Jamie M.

Marlow. Barcelona, 2010. Título original: The summoning. Darkest Powers I. Traducción: Ignacio Alonso Blanco. 380 páginas.

Chloe Saunders es una adolescente que vive con su tía Lauren (ya que su madre ha muerto y su padre está casi siempre ausente “por trabajo”) y estudia en una escuela de artes sin destacar demasiado en nada, más preocupada por su agenda social y su tardío desarrollo hormonal. Justo el día que cumple quince años y decide celebrar un particular acto de rebeldía no muy propio de ella, tiene su primera menstruación y “redescubre” su capacidad de ver y comunicarse con los espíritus de los muertos a través del violento fantasma de un conserje de la escuela. Antes de que pueda llegar a asimilar lo que le está sucediendo, es internada en un peculiar y pequeño centro privado para jóvenes con ciertos problemas, la Residencia Lyle, donde deberá permanecer una inespecificada temporada mientras se busca un diagnóstico para su “dolencia mental”. Ella parece tenerlo claro, al menos al principio: simplemente es que se ha vuelto loca. Pero, ¿y si no fuera así? Mientras empieza a conocer a sus compañeros y cosas extrañas suceden a su alrededor, las dudas comienzan a aparecer en su mente al tiempo que empieza a sospechar que quizá ella no sea la única allí con “habilidades” especiales. Definitivamente, algo extraño sucede en la Residencia Lyle.

Los jóvenes residentes pronto se muestran como inadaptados sociales, los “raritos” de cualquier instituto, acarreando cada uno sus propios problemas que les aísla del resto a pesar de sus ansias de abrirse al mundo, de ser aceptados tal y cómo son, y no tener que esconder su verdadera naturaleza. Todos parecen haber construido corazas alrededor de ellos para que nada del exterior les lastime, pero impidiéndoles a su vez relacionarse de una forma natural con los que les rodean. Es obvio que hay muchos secretos encerrados en la residencia y Chloe caerá en medio de ellos como el detonador de una bomba.

Hay momentos de la narración en que se hace demasiado evidente que esta es una novela de “presentación” dentro de una serie, con una trama demasiada lenta al principio, tomándose excesivo tiempo para “construir” las personalidades de sus protagonistas mientras da repetidas vueltas sobre ciertos detalles innecesariamente (las relaciones que Chloe establece con el resto de chicos de la residencia se encuentran machaconamente remarcadas, con una serie de binomios de atracción y repulsión desgraciadamente tópicas), tardando demasiado en iniciar la auténtica acción. Todo es necesario, sí, pero se podría perfectamente haber abreviado algo. Sin embargo, cuando parece que la narración se va a estancar en los sucesos de la Residencia Lyle, la autora imprime un giro brutal a la trama que le va a dar un nuevo impulso y mucha más emoción. Armstrong se toma su tiempo para establecer la situación de la protagonista y del mundo en el que de repente se ha visto envuelta, entonces pisa el acelerador y el último tercio de la novela lanza la aventura dejándolo todo preparado para lo que haya de venir.

Los personajes son quizá demasiado arquetípicos en cuanto al general de este tipo de historias. Se presenta el inevitable triángulo entre Chloe y los hermanos adoptivos Simon (amable y a la vez inquietante) y Derek (con quien la protagonista pasará de un inicial rechazo frontal a una especie de reticente atracción), que afortunadamente para los lectores no termina implicando ninguna crisis romántica. Victoria (o Tori) es la imprescindible niña malcriada que acostumbra siempre a salirse con la suya destinada a convertirse en la adversaria dispuesta a hacerle la vida imposible a Chloe con su animadversión, pero que seguro que oculta su corazoncito y sus propios problemas. Rachelle (Rae), diagnosticada como una “pirómana”, es esa chica un tanto estrafalaria que se convierte en la compañera de correrías y recipiente de confidencias de la protagonista... Sin embargo, poco a poco, conforme se acerca el final del libro, se vislumbra una evolución en todos ellos que de ser desarrollada en próximas entregas puede dar pie a interesantes situaciones y a una mayor profundidad de los personajes que sería de agradecer.

Invocación es una aventura paranormal, con interesante personajes a través de los cuales la autora ha sabido retratar algunas de las preocupaciones de los adolescentes actuales (como la primera regla, la ropa, los cosméticos y los videojuegos), con buenas dosis de misterio, de conspiraciones y traiciones. Resulta un tanto difícil para el lector (supongo que no tanto para las lectoras) el empatizar con la protagonista y sus problemas, no es fácil ponerse en su lugar, aunque sí el comprender la angustia que se debe sentir con la creencia de que tu mente te está jugando una mala pasada, perfectamente plasmada por Armstrong a través de los pensamientos y reacciones de Chloe, cuyo principal y casi único deseo es abandonar cuanto antes el lugar y reanudar, si es posible, su vida donde la dejó, a la vez que teme no poder hacerlo. Chloe empieza la novela como una insegura adolescente, que incluso tartamudea víctima de su timidez e inadaptación social, pero lentamente va tomando las riendas de su vida en una situación realmente difícil, enfrentándose a sus problemas en vez de limitarse a llorar su frustración encerrada en su cuarto. La búsqueda de respuestas le llevará también a crecer como persona y a tomar una mucho mayor confianza en si misma, en sus recursos y posibilidades.

Todo el drama que se intuye en torno a la Residencia Lyle está bastante bien construido, añadiendo lentamente detalles inquietantes que ayudan a crear una atmósfera de sospecha que parece dispuesta a estallar en cualquier momento dejando sin aparente salida a los jóvenes implicados. ¿Hay alguna otra causa para que los chicos se encuentren allí aparte de su supuesta enfermedad? ¿Quién se encuentra detrás de su encierro? ¿Son enfermos mentales o tienen auténticos poderes? ¿Existen los seres paranormales? Dentro de la residencia, una serie de pequeños misterios, sin aparente gran importancia, van a irse sumando uno sobre otro para conformar un total mucho más grande que sus partes, mientras se siente cómo la tragedia se va acercando.

El libro, primera parte de una trilogía, termina con un final absolutamente abierto, lleno de emoción, en un punto álgido que deja al lector con cierta frustración y a la trama con todo preparado para la siguiente entrega cuando la acción comenzaba a coger mucha velocidad. Invocación es una lectura entretenida y ligera, con una narración sin grandes complicaciones, fácil de seguir y de entender, con mucha cercanía a los jóvenes a los que va dirigido (estupendo, por ejemplo, el recurso de utilizar la NDS para comunicarse en secreto). Una historia que bebe de muchas fuentes con un poquito de terror, un poquito de romance, algo de misterio, magia y seres paranormales (y no, no hay vampiros en esta ocasión), y mucho drama adolescente que no llega a apoderarse de la trama, sino que presenta problemas reales de los que se presentan con el crecimiento (ampliados, eso sí, por las circunstancias en las que se ven inmersos los protagonistas, obviamente). Suficiente como para dejar con ganas de leer la siguiente entrega.


viernes, 17 de diciembre de 2010

Reseña: El corredor del laberinto

El corredor del laberinto.

James Dashner.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Nocturna ediciones. Col. Literatura Mágica. Madrid, 2010. Título original: The Maze Runner. Traducción: Noemí Risco Mateo. 524 páginas.

Un adolescente de unos dieciséis años, Thomas, se encuentra sin saber cómo en una habitación sin puertas ni ventanas, apenas una caja metálica que parece moverse, como el ascensor de una mina. No sabe cómo ha llegado allí ni recuerda gran cosa de su vida pasada. Cuando el movimiento se deteniene y el techo se abre, descubre que se encuentra en una especie de ascensor y que ha llegado al Claro , un lugar rodeado por inmensos muros de piedra habitado por otros jóvenes como él, con bastante malas pulgas o mucha indiferencia ―salvo escasas excepciones― y aparentemente muy reticentes a darle alguna información de su nueva situación. Sin embargo, sí le explicarán que el lugar tiene cuatro puertas que se abren de día a un laberinto cerrándose por la noche, que no es posible abandonar el lugar, que una vez al mes el ascensor llega con un chico amnésico como él, y que todo se encuentra organizado y que cada cual tiene su función para la supervivencia de todos. Por su parte también descubrirá otras cosas más tenebrosas, como el «Cambio», y la existencia de los amenazadores laceradores que acechan fuera de su refugio. Cuando al día siguiente, de forma inesperada, el ascensor se presente con un nuevo residente, las cosas se precipitarán, ya que la joven ―pues, algo inédito allí, se trata de una chica― dice haber traído el fin de todo.

En medio de una situación que le supera, Thomas, de forma inexplicable, siente algo familiar y conocido en el lugar, frustrantes reminiscencias del pasado que no le aclaran nada, al tiempo que se siente impelido a formar parte de los corredores, los muchachos que cada día salen al exterior del Claro para intentar cartografiar el laberinto y resolver su misterio en busca de la salida. Pero no es una labor en absoluto fácil, pues todas las noches, mientras ellos se encuentran encerrados tras los inmensos muros, las paredes del laberinto cambian de configuración, convirtiendo su tarea en una misión imposible. Sin embargo, los jóvenes no cejan en su empeño, mucho menos ahora, cuando de encontrar esa hipotética salida puede muy bien depender su propia supervivencia.

El protagonista intentará por todos los medios recuperar unos recuerdos que parecen indicarle que se encuentra de alguna forma íntimamente ligado al lugar, mientras junto con el resto de jóvenes busca dar respuesta a las inevitables preguntas que les suscita su situación: ¿Qué es en realidad el laberinto? ¿Quién los puso a ellos allí y con qué misión? ¿Quiénes son los misteriosos «creadores» que parecen estar vigilándolos sin intervenir en ningún momento, observando cómo sufren e, incluso, son cruelmente asesinados por los laceradores? ¿Quién les robó sus recuerdos a todos ellos? ¿De dónde proceden? ¿Hay un mundo más allá de los muros del Laberinto y en caso afirmativo qué está sucediendo en él? ¿Tienen familias con las que volver, personas que les echan de menos?

El autor ofrece una sorprendente visión distópica de lo que en un primer momento el lector no puede saber si es el futuro o el presente, si se trata de un extraño experimento o de una cruel cárcel, o el por qué se encuentran encerrados allí todos aquellos adolescentes sin una supervisión «adulta». Dashner va dosificando con habilidad y acierto la información, haciendo que el lector vaya conociendo el mundo y los hechos relevantes al mismo tiempo que lo va haciendo Thomas ―y teniendo en cuenta la reticencia de sus compañeros de contarle demasiado, los datos van llegando con cuentagotas, creando una tensión y una necesidad de «saber» que acentúa el interés por continuar la lectura y descubrir lo qué está sucediendo―. El misterio se mantiene en todo momento, cada respuesta conlleva una nueva pregunta. El autor, además, para dar una mayor realidad a la narración, ha creado una jerga especial, sobre todo en cuanto a los insultos y exabruptos, de abundante uso entre los jóvenes que, sin embargo, se siente de alguna manera algo impostada y demasiado artificial, sin alcanzar totalmente su intención.

El corredor del laberinto es una novela que no da descanso, salvo quizá en ese primer capítulo que se antoja un tanto lento como introducción, pero que pronto deja paso a la acción y a la pura lucha por la supervivencia. El autor imprime en la narración continuos giros y cliffhangers que garantizan la emoción y el interés, sin dar reposo apenas a sus protagonistas, quienes cuando no están inmersos en la vorágine de la aventura se encuentran sumidos en los intentos intelectuales de resolver el misterio que les rodea con las pocas pistas de las que disponen. No hay un momento para el aburrimiento gracias a una prosa enormemente visual que retrata a la perfección tanto a los muchachos implicados como el claustrofóbico escenario en que se desenvuelven. Dashner sube a sus protagonistas, sobre todo a Thomas, a una montaña rusa de sentimientos, donde tan pronto pueden sentirse eufóricos por un pequeño logro como pasar a una terrible depresión al ser conscientes de lo titánico de su tarea o a lo desesperado de su supervivencia. Casi no hay transiciones y las emociones se encuentran a flor de piel, y la amistad y el odio se encuentran tan solo a un paso.

Con una sociedad integrada exclusivamente por adolescentes que se sitúa a medio camino entre el bucolismo de Dos años de vacaciones y la brutalidad de El señor de las moscas, el autor consigue retratar un mundo sin duda adverso pero que podría funcionar, donde cada muchacho tiene un lugar acorde a sus capacidades, y donde mientras nadie se meta en la vida de los demás todos cuidan de todos. Durante casi dos años, los muchachos han establecido su propio gobierno, han integrado a los recién llegados, han cultivado algunos de sus alimentos ―otros les llegan por el ascensor―, cocinado sus comidas, cuidado de sus enfermos, enterrado a sus muertos, mantenido establos con algunos animales de granja, explorado el laberinto, creado una serie de inquebrantables reglas para asegurar sus supervivencia... La llegada de los dos nuevos habitantes provocará un cambio radical en todo ello, desencadenando una serie de hechos irrevocables que hará imposible volver a la situación anterior, pero quizá les acerque más que nunca a su anhelo casi imposible de abandonar el lugar. Lo único que parece cierto es que seguramente no todos lo conseguirán. Así, la novela se encuentra salpicada de una violencia explicita, tanto física como psicológica, no muy habitual en una obra en principio destinada a un publico juvenil ―una distinción por otra parte a la que no se le encuentra mayor explicación que las expectativas de ventas, puesto que el libro puede ser enormemente disfrutado por cualquiera al que le guste un tanto la ciencia ficción, incluso descubriendo muchas más claves que el lector joven y neófito―.

El corredor del laberinto habla principalmente de encontrar la esperanza incluso en el peor de los momentos, de rebelarse contra la inevitable, de hacer frente a las adversidades aún pensando que no se puede ganar, de hallar la respuesta al peor de los problemas y prepararse para cualquier cosa, por negativa que sea, que puede deparar el destino, de superar los miedos y romper las reglas cuando se hace patente que son injustas. Y lo hace de una forma amena y emocionante, a través de unos personajes bien perfilados, claramente diferenciados, cada uno con su propia personalidad, con sus particularidades, defectos y bondades; unos personajes que a pesar de todas las amenazas que les rodean, de todos los duros golpes que reciben ―y el autor no les ahorra padecimientos en absoluto― no pierden del todo el optimismo que les impulsa a seguir buscando una salida. El mayor «defecto» de la novela es que se trata del primer volumen de una anunciada trilogía cuyas siguientes entregas todavía no se han publicado en inglés, con lo que nos toca esperar para saber cómo evolucionará la aventura después del abrupto final, si es que puede llamársele final, de esta primera entrega.


martes, 14 de diciembre de 2010

Reseña: Johnny y la bomba

Johnny y la bomba.
Las aventuras de Johnny Maxwell.

Terry Pratchett.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Timunmas. Col. Biblioteca Terry Pratchett. Barcelona, 2010. Título original: Johnny and the Bomb. Traducción: Albert Vitó i Godina. 235 páginas.

Tercera y ―lamentablemente― última entrega de las aventuras de Johnny Maxwell, el joven que ya se enfrentara anteriormente a una invasión alienígena en Sólo tú puedes salvar a la Humanidad y tuviera un particular encuentro con los algo especiales residentes de un cementerio en Johnny y los muertos. En esta ocasión Pratchett va a rizar el rizo con el personaje y lo embarcará en una atractiva trama que incluye vertiginosos viajes arriba y abajo por el tiempo.

A pesar de que se trata, como las dos anteriores entregas, de una historia totalmente independiente, que puede ser leída sin haber disfrutado de aquellas, lo cierto es que es muy recomendable haberlo hecho, aunque solo sea por la diversión que se extrae de ellas. Como mayor punto de encuentro, el autor ha «recuperado» para la ocasión a un par de secundarios anteriores; por un lado y dándole un vital papel desencadenante de la acción, a la anciana señora Tachyon, una especie de andrajosa indigente medio loca ―o loca del todo, aunque en sus continuas incoherencias el lector atento pueda encontrar un sorprendente patrón― que porta todas sus pertenencias en un carrito de supermercado y que apareciera por primera vez en Johnny y los muertos ―sin que ese detalle realmente adquiera mayor relevancia ya que no hay referencia a tal aparición, absolutamente secundaria, en el libro que nos ocupa―. Cuando la pandilla de Johnny se la encuentran inconsciente en un callejón saben que no pueden abandonarla así, que tienen que hacer algo, siempre que no sea practicarle el boca a boca. Deciden llamar a una ambulancia y, por no dejarlo abandonado, llevar su carrito al garaje del abuelo de Johnny, donde su contenido, entre el que se incluye un gato sarnoso y bastante agresivo llamado Guilty y unas repulsivas bolsas de basura negras que parecen contener algún elemento líquido, se encontrará a salvo. Lo que no pueden sospechar es que su buena acción les va a reportar sorprendentes consecuencias.

Por otro lado, también hace acto de presencia Kirsty / Kasandra ―o el nombre que haya elegido esa semana― proveniente de la primera novela. Cuando ella y Johnny vayan a visitar a la anciana al hospital descubrirán que sus desvaríos tal vez no sean tales; y que el ahora quizá no sea un sitio tan seguro y estable como pensaban cuando una serie de fenómenos extraños empiecen a suceder en el garaje. Si de verdad se pudiera viajar en el tiempo y sabiendo por sus «proyectos escolares» cuándo las bombas alemanas caerían sobre Blackbury en plena II Guerra Mundial, ¿se podría modificar de alguna manera el histórico, y letal, bombardeo sobre la ciudad en 1941?, y si se pudiera hacer ¿no cambiaría también eso el presente del que proceden los muchachos? Con su habitual mordacidad e ironía, el autor le da una vuelta al mundo que conocemos, o al que conocen los protagonistas en todo caso, para descubrir lo que pudiera haber sido en otras circunstancias levemente diferentes. Utilizando todos los resortes de una comedia de enredo, el autor crea una apasionante trama de realidades alternativas, donde cada vez que los muchachos se meten en problemas ―y se van a meter en muchos― las cosas se complican todavía más y el presente se ve amenazado por los cambios.

Los amigos de Johnny, el Serio, Bigmac, el Cojo o la propia Kir... Kasandra, se encuentran mucho mejor y más profundamente retratados en esta ocasión que en ninguna de las otras novelas, adquiriendo un mayor peso y protagonismo en la narración, y participando ya no como comparsas dela trama sino como actores de pleno derecho que roban la escena en varios momentos al propio protagonista principal. Cada uno de ellos tiene sus particularidades, explotadas aquí con gran acierto, que le hacen especial y entrañable, formando una terrible pandilla de inadaptados sociales que sin embargo se complementan y consiguen un extraordinario equilibrio, primando por encima de todo la fuerza de una amistad que les llevará, a pesar de su juventud, incluso a sacrificarse por los otros.

Con su especial humor y su certero acierto, Pratchett se enfrenta a temas tan importantes como los prejuicios sociales y raciales ―y eso que el Serio es un negro bastante poco común―, la importancia real de los símbolos ―la esvástica que Bigmac ha estado usando inconscientemente como mero elemento decorativo de su indumentaria skinhead sin darle mayor importancia demuestra sí tenerla, y mucha, en el contexto de 1941―, el rechazo de la guerra, el heroísmo y la solidaridad, la muerte, la amistad, el amor y respeto al prójimo, la compasión, la importancia de los encurtidos y la naturaleza del tiempo y lo retorcido de la Historia.

Johnny y la bomba es un relato más cercano a la Fantasía que a la Ciencia Ficción, dado que el viaje en el tiempo se produce por medios bastante esotéricos, casi podría decirse que mágicos, y nada científicos ―ni siquiera se escuda tras algo de tecnojerga que intente dar una justificación racional al fenómeno―. La teoría de las perneras de los pantalones para explicar la divergencia temporal es sencillamente genial. Las paradojas se van a suceder conforme los muchachos intentan arreglar el desaguisado en que se está convirtiendo su aventura.

De las tres aventuras de Johnny Maxwell esta es, sin duda, la más elaborada y compleja, y la que más se acercaría a la forma de narrar y a la temática propia del Mundodisco ―diferenciando el escenario, por supuesto―. La acción es mucho menos lineal que en las anteriores novelas y hay que estar bastante atentos a todos los detalles para no dejar pasar nada por alto. Y es que todo está muy pensado, las piezas encajan con perfección suiza y todo termina, increiblemente, en su lugar ―¿o tal vez no?―. A pesar de encontrarse englobada dentro de la literatura juvenil se trata de una novela que puede disfrutarse sin ningún problema a cualquier edad. Incluso me atrevería a aventurar que los lectores adultos encontrarán unos niveles de lectura que pasarán posiblemente desapercibidos para el público más joven. Divertida y refrescante, irónicamente retorcida, la novela se lee en un suspiro y se cierra con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Creo que no se puede pedir más.

Por cierto, que la BBC adaptó las aventuras de Johnny y sus amigos en una serie de telefilmes de los que es fácil encontrar información en IMDB o en Internet en general.

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Reseña de otras obras del autor:


Pies de barro. Una novela de Mundodisco.

Papá Puerco. Una novela de Mundodisco.

¡Voto a bríos! Una novela de Mundodisco.

Carpe jugulum. Una novela de Mundodisco.

El último héroe. Una fábula del Mundodisco.

Nación.

Sólo tú puedes salvar a la Humanidad. Una aventura de Johnny Maxwell..

Johnny y los muertos. Una aventura de Johnny Maxwell.