jueves, 26 de julio de 2018

Reseña: Rascacielos

Rascacielos.

J.G. Ballard.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alianza editorial. Col. Runas. Madrid, 2018. Título original: High-Rise. Traducción: David Tejera Expósito. 199 páginas.

Publicado originalmente en 1975, y con diversas ediciones anteriores en nuestro idioma, Alianza recupera con acierto un título emblemático dentro de la producción del autor británico, con una nueva y adecuada traducción a cargo del siempre solvente David Tejera. J.G. Ballard presenta una curiosa distopía del presente para el presente contenida dentro de un enorme edificio residencial, un rascacielos autosuficiente habitado por 2000 inquilinos, todos ellos profesionales acomodados, sin dificultades económicas y un nivel social y cultural se supone que elevado. Dentro del rascacielos tienen todo lo que pueden necesitar, saliendo del mismo tan sólo para acudir a sus respectivos trabajos. Supermercado, banco, salón de belleza, gimnasio, pistas de squash, piscinas, escuela y parque infantil, sala de proyecciones, licorería… Vivir allí tendría que ser un ideal, y sin embargo las aguas se van a salir de cauce y el contrato social se va a ver irreparablemente quebrado provocando una situación de violento caos que habla mucho de la naturaleza interior del ser humano. Es una obra, desde luego, en la que se debe tener muy en cuenta el momento histórico y social en que fue escrita, pero cuya lectura, obviando ciertos detalles como la ausencia de adelantos tecnológicos tan implantados hoy día como los móviles, mantiene un mensaje igualmente impactante en la actualidad. Nunca fue más cierto aquello de homo homini lupus. Como pronto van a descubrir ciertos residentes, el hombre es un lobo para el hombre.

En un rascacielos de cuarenta pisos, el primero de un total de cinco proyectados en las afueras de Londres, el doctor Robert Laing, profesor universitario en la cercana Facultad de Medicina y habitante del piso 25, rememora ante un fuego encendido en su balcón en el que se asa un perro los eventos sucedidos en las semanas precedentes. Al parecer el estallido de violencia ha llegado a su fin, o al menos a un impasse que le permite un momento de serena tranquilidad. Así, ¿qué ha llevado hasta allí? Nada le hacía presagiar, cuando se mudó al edificio ante las recomendaciones de su hermana, residente con su marido en el mismo, lo que habría de vivir poco después. Es el momento en que el último de los propietarios se instala en su apartamento el que parece dar el pistoletazo de salida para un cambio de paradigma en la convivencia dentro del condominio. Un estallido de violencia tal como nadie podría haber sospechado.

Además de desde el punto de vista narrativo de Laing, representante de los pisos centrales del edificio, la narración sigue otros dos focos. Anthony Royal, adinerado ocupante de uno de los áticos del piso 40, formó parte del equipo de diseñadores del rascacielos y desde la alturas, cual antiguo señor feudal, parece vigilar de forma condescendiente sus dominios. Mucho más abajo, Richard Wilder, musculado periodista y productor de televisión, casado y con dos hijos a quienes no duda en dejar en su apartamento del piso 2 para iniciar un arduo ascenso, será el ejemplo de la lucha por ascender en la sociedad de aquellos que se sienten maltratados o minusvalorados por quienes se encuentran, supuestamente de forma injusta, por encima de ellos, sirviendo de metáfora de todas las personas que luchan por ascender en la escala social, aunque para ello deban utilizar métodos poco civilizados.

Saltando de un punto de vista al otro, con su habitual prosa tan afilada como descriptiva, económica y libre de distracciones o rellenos, Ballard va directo a lo que importa. El estallido descubre una insatisfacción en la clase media-alta, culta, que a pesar de tener todos los servicios cubiertos siente que algo le falta. Gente que, encorsetada por lo que marca la sociedad, decide quitarse en la intimidad de su hogar el traje que les impone la convivencia social y dejar salir el oscuro impulso reprimido. El rascacielos se convierte en un microcosmos en el que la violencia se ejerce como una forma de socialización, de estrechar lazos con los vecinos cercanos y los residentes afines frente a los otros, los que buscan quedarse con lo suyo. Se produce un enfrentamiento entre familias con hijos contra los desaires de solteros o parejas independientes que se disputan los espacios del edificio. Una lucha por alcanzar un estatus diferente. De conseguir aquello que no les da su vida laboral o familiar. Las piscinas que van convirtiéndose en vertederos de toda la suciedad que los residentes dejan de recoger son la perfecta imagen del desplome de la pátina de civilización con el que la gente se viste de cara a los demás. Los ascensores que dejan de funcionar o son «raptados» por parte de los residentes, las barricadas de muebles, las apartamentos saqueados, las muertes…, no son sino la dilatada consecuencia lógica del estallido de una botella de vino espumoso contra el suelo de una terraza.

La dependencia de todo aquello de lo que proveen los avances de la civilización, de la electricidad que domina inadvertida todo el día a día, hace que un simple apagón deje salir toda la frustración y violencia que las personas acumulan en su interior. La deshumanización del «otro» campa entonces por el edificio, las personas se insensibilizan hasta el límite de despojar de su horror y repudia algo tan terrible como el abuso sexual y las violaciones, racionalizando y convirtiendo en habitual lo más execrable del ser humano. Dolorosamente, parece haber un machismo imperante en muchas de las situaciones planteadas. El elemento femenino se antoja no responder sino al estereotipo del «descanso del guerrero», esposas a defender u objetos de disfrute sin más misión que la satisfacción del hombre. Las mujeres se convierten en víctimas propiciatorias, subordinadas al macho alfa, salvo que sean ellas las que vengan a rescatarse a sí mismas formando una comunidad cooperativa de apoyo mutuo en medio de una sociedad que se polariza en tribus según el piso de residencia. Una visión misógina que de alguna manera se redime en el cierre de la novela, pero para la que hay que esperar mucho.

El rascacielos es un ecosistema social prácticamente cerrado, donde los profesionales entran y salen a sus trabajos, pero sin que lo que sucede en el interior influya en sus vidas exteriores; vidas que cada vez van abandonando en mayor número. La cohabitación en el edificio tiene un punto de inesperado experimento social que excede sus propios parámetros. Surge un neofeudalismo, donde el puesto no lo designa el estatus social anterior sino la altura a la que cada uno habita dentro del rascacielos, el piso en que tiene su apartamento, con Royal en las alturas, aunque sin ejercer un poder demasiado real.

El descenso a la barbarie y la absoluta anarquía se reviste en ciertos niveles todavía de pequeños remedos de civilización, lugares donde se mantienen ciertas formas mientras las fiestas se hacen cada vez más salvajes. Los pequeños roces iniciales van adquiriendo una cualidad mucho más siniestra. El desastre va creciendo de manera imparable sin que nadie pudiera aventurar su dimensión. Los residentes se van paulatinamente centrando tan sólo en su vida dentro del edificio, en sus logros y conquistas, olvidándose de que existe una vida allá fuera, siendo cada vez menos los que acuden a sus trabajos manteniendo una apariencia de normalidad. Echando mano del famoso adagio, lo que sucede dentro del rascacielos se queda dentro del rascacielos. El resto del mundo permanece ajeno a todo lo que está ocurriendo. Incluso se insinúa que al no haber ninguna denuncia ni noticia sobre ello nadie del exterior, ni policía ni servicios sociales u otros cargos oficiales, pueden actuar. Dentro del rascacielos se crea un nuevo orden con tan sólo tres coordenadas a ser cubiertas: la seguridad, la comida y el sexo. Parece ser que vivir bajo las leyes de la jungla es de lo más liberador, siempre que seas de los dominadores y no de los dominados.

La civilización se muestra como una capa de barniz, fácil de cuartear en condiciones de presión, bajo la que late un corazón salvaje. Las convenciones sociales se desvelan como un corsé autoimpuesto, aceptado para la convivencia, pero contreñidor en esencia. Rascacielos, con su foco limitado al edificio, más allá de su lectura arquitectónica —muy bien ilustrada en la estupenda introducción de Ned Beauman—, se muestra como la perfecta metáfora darwiniana de la humanidad encerrada en su planeta, de todas las guerras, grandes y pequeñas pero siempre míseras, de todas las maldades, envidias, luchas de estatus, violaciones, supervivencia del más apto o intentos por subir más que el contrario. La novela se cierra en un impasse que no deja resuelto todo, sin reponer en realidad un nuevo contrato social, pero sí cerrado en su mayoría.

El volumen viene completado con una entrevista, tras la novela, de Ballard con Travis Elborough, apenas unas pocas preguntas, que si bien tampoco es que aporten en exceso a la obra en concreto, sí que resultan muy interesantes para el común de la obra de Ballard, sintiéndose en realidad escasa aunque ilustrativa. Quien desee adentrarse en las oscuridades de la naturaleza urbanita humana que entre sin temor en estas páginas, aún a riesgo de sentirse extrañamente perturbado.
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